El escritorio. Un cuento de Carolina Bello

Escribe Carolina Bello


Apenas dejo mis cosas sobre la cama me quedo inmóvil en la habitación. Roto sobre mí mismo, como si tuviera una cámara en mis manos que necesita realizar un paneo perfecto. Hay pocas cosas en el cuarto. En la pared opuesta a la puerta hay una ventana con una cortina que se mueve de vez en cuando. En ocasiones deja ver un pedazo de mar y la imagen se asemeja a un cuadro de Magritte. Hay, además, una mesa de luz apolillada que parece sostenerse por puro capricho. El escritorio se encuentra en un rincón, incrustado en una arcada de ladrillos a la vista. Está en el lugar donde debía estar y eso me tranquiliza.

El escritorio es chico, apenas si entran las piernas de un hombre debajo de su mesa. Cuando me acerco a examinarlo puedo arriesgar que fue fabricado hace por lo menos cien años. Carece de cajones pero tiene una cavidad a la que se accede levantando una tapa. También tiene un agujero, ahora revestido de polvo, en donde antiguamente se colocaba el recipiente con la tinta. Dudo que alguien en este hotel, ni en el barrio, ni probablemente en la ciudad entera, sepa quién escribió sobre este escritorio los versos que serían motivo de consagración. Pero yo sí lo sé. La investigación fue larga y extenuante y ahora experimento los nervios de quien acaba de hallar un tesoro con las pistas de un mapa desprolijo y borroso. Dentro de un momento, cuando abra la tapa y adiestre ojos de cirujano encontraré lo que nadie conoce.

En un primer momento no lo veo. Empiezo a soplar el polvo adherido a la humedad de la madera hasta que por fin, pequeñas letras empiezan a revelarse como si se tratase de una piedra cincelada oculta en medio del desierto. Se trata de un trazo fino y casi ilegible por su tamaño reducido. Probablemente tallado con la punta metálica de la pluma que solía usar. Leo, una y otra vez leo. Parece ser una estrofa y por la métrica sospecho que podría pertenecer a uno de sus poemas publicados. Me siento en el piso frente a él. Son demasiadas las preguntas como para poder arriesgar alguna respuesta. Y sin embargo, el escritorio que tengo frente a mí, acaba de adquirir estatus de pieza invaluable. Un mueble viejo y corroído que solo llena el austero vacío de un cuarto de hotel. Qué le voy a decir al conserje. Cuando le comente que quiero comprar el escritorio va a sospechar y aun desconociendo mis motivos no va a querer deshacerse de él. Basta que alguien demuestre interés por el trasto para que éste adquiera algún tipo de valor. Robarlo es una posibilidad, pero lo cierto es que sus dimensiones exceden el tamaño de la ventana de Magritte. Sacarlo por la puerta implicaría bajar los tres pisos que me separan de la planta baja y, considerando la ocurrencia de llegar hasta ahí, no tendría cómo esconder semejante mueble ante las personas que se encuentren en la recepción.

Sigo sentado en el piso cavilando, manejando posibilidades. Tengo que irme de acá con el escritorio así que considero la idea menos falible. El conserje me mira sorprendido. Lo supuse. Pero al contrario de mis especulaciones el tipo accede a vendérmelo a un precio que estoy dispuesto a pagar. En la puerta del hotel el taxista convierte el momento en una escena grotesca. El escritorio no entra en el baúl y el hombre se desespera mientras trata de de encastrarlo con brutalidad. Finalmente lo logra. El conserje me despide amablemente mientras cuenta los billetes y yo me subo al taxi camino al aeropuerto. Si me pagaran un millón de dólares por este poema me fumaría un cigarro riéndome de la oferta. 


 

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