El hijo de Z. Por Luis A. Fleitas


Crónicas de verano

La primera vez que vinimos a La Pedrera, la dueña de la casa que alquilamos, para organizar la limpieza y hacer entrega de las llaves, se valía de un señor, Z,  todo un personaje muy pintoresco del lugar, que tuve oportunidad de conocer esa vez, hace unos años. Era una persona de edad indefinida, tal vez de unos cincuenta años, simpático,  canchero,  gordo y apacible.  Esa vez me recibió en su casa que quedaba a los fondos de un local, donde charlamos a la sombra en un mediodía tórrido.  Me contó que vivía del alquiler del local  y de varias cabañas y casas que tenía en el balneario; durante el año se encargaba de refaccionarlas y acondicionarlas, y durante la temporada de verano, de alquilarlas.

La temporada en La Pedrera dura desde el quince de diciembre cuando empiezan a caer los primeros y prematuros turistas, antes de navidad, y se extiende hasta febrero. En marzo queda todo muerto, e incluso en turismo viene muy poca gente. Así que en esos dos meses y pocos días, me contó Z, deben concentrar todos los esfuerzos, pues el resto del año es tiempo muerto. Antiguamente él hacía de todo, albañilería, sanitaria, pintura, techos, quinchados, etcétera; hoy por suerte, puede contratar gente que lo haga por él.  Antes de vivir de rentas, y siempre en La Pedrera, Z hizo de todo, tuvo taller de vehículos, almacén, e hizo bagayo desde el Chuy, así que conoce todo lo que hay que conocer, y me hizo un breve bosquejo de quién es quién en la zona, incluyendo por supuesto a sus archienemigos, los  dueños de la inmobiliaria  más importante del lugar, y claro que para defenestrarlos.  Por lo que me dijo ha hecho bastante dinero, pero como muchos de esos personajes del interior que conozco y que hacen fortuna, siguen viviendo de la misma forma pobretona y  mezquina como lo hicieron toda su vida.

Esa vez conocí a su hijo más chico, un chiquilín menudo, muy flaco y rubiecito de unos once o doce años, que fue quien me atendió cuando golpeé la puerta. Al conversar con él, encontré una mirada huidiza y respuestas muy breves y tajantes, hasta que de pronto, en medio de una frase se detuvo, hipó de una manera rara y ralentizada, y se quedó moviendo los labios sin conseguir proferir sonido. Cuando caí en la cuenta que era tartamudo traté de ayudarlo a proseguir la frase y el diálogo, pero avergonzado, inmediatamente se dio vuelta a llamar a su padre.  Años después, cuando volví a alquilar la misma casa, y fui a buscar las llaves, no encontré a Z;  me atendió y me entregó las llaves el mismo hijo aquél. Lo encontré convertido en un hermoso adolescente de unos catorce años, que había pegado el estirón, y que medía como un metro ochenta, siempre muy flaco.

Hablé con él entonces y unos días después cuando fue a la casa a cortar el césped. Hacía el liceo en La Paloma y soñaba con hacer un curso de submarinismo en Montevideo. Mucho me dolió que siguiera conservando la misma mirada huidiza, la actitud de evitar el diálogo, y que la tartamudez se le hubiera agudizado a extremos que  casi le imposibilitaba enhebrar una frase de corrido. Seguramente que a Z en esos  años no se le había movido un pelo, pues esa dificultad fonética se trabaja y se corrige, claro que con tratamientos que cuestan dinero. Ojalá que Z haya dedicado algo del suyo, que seguramente sea bastante, para que ese chiquilín supere su martirio que seguramente lo hará desdichado y condicione su futuro. Conociendo y sabiendo como es este tipo de gente, lo dudo.

Este año al regresar a La Pedrera,  no encontré a Z ni a su hijo, pero preferí no preguntar.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*