El Otro Foucault

Por Juan Carlos Blanco Sommaruga


En su muerte en 1984, Michel Foucault dejó una carta indicando que no quería saber nada de publicaciones póstumas de su obra.

Debería haber sabido mejor: El hambre de una mayor clarificación y elaboración de posiciones del maestro podría resultar irresistible. También lo ha sido el flujo de publicaciones póstumas, el más esperado de los cuales han sido la docena de compilaciones de extensión de un libro de sus conferencias anuales en el Collège de France, que comenzó a aparecer en la traducción Inglés en 2003.

La forma de Foucault de su trayectoria intelectual ya era polémica durante su vida. Los lectores preguntaron, por ejemplo, si su difunto a su vez de la ética del autocuidado era una traición a su anterior profecía que el concepto de “hombre” estaba destinado a desaparecer. ¿Cómo podía distinguir entre el bien y el mal en las acciones humanas sin un compromiso con uno mismo y el ser humano?

Al analizar la obra del maestro no se puede pretender que sus respuestas sean definitivas. Se observa que más de la mitad de las 110 cajas de papeles de Foucault, clasificadas por Francia como un tesoro nacional y guardado en la Biblioteca Nacional de Francia, permanecen cerrados a los investigadores, dejando así a todas las interpretaciones provisionales. Pero una ganancia colateral a la carrera de Foucault es lo que revela las propias confusiones e incertidumbres sobre su proyecto y lo que en realidad estaba tratando de hacer Foucault.

En la lectura de Foucault, uno llega a ver a uno de los pensadores más célebres del siglo pasado en el papel poco familiar de un escritor con disertación de tropiezo, vacilante probando diferentes respuestas a esa pregunta temida: “¿Cuál es su idea básica?”

Gracias a Foucault, generaciones de estudiantes han recibido instrucciones de que el poder no lo es, o donde es posible esperar que sea. No debe ser imaginado sentado majestuosamente en la parte superior de una pirámide donde el soberano sólo tiene la última palabra. La Revolución Francesa de haber ido y venido, ya era hora, Foucault declaró, para cortar la cabeza del rey en la teoría política. El poder ya no debe ser imaginado como residentes sólo dentro de instituciones como el Estado y sus fuerzas policiales. La unidad no se necesita para  enviar tanques rugiendo por las principales arterias de las capitales; más bien, se vuelca en silencio y de forma continua a través de los capilares de la sociedad, donde tiende a pasar desapercibido. El poder también puede ser suave y fácilmente identificarlo. No siempre te dicen que no; a menudo se le anima a seguir sus deseos. No siempre te calles; a menudo se le anima a hablar, sobre todo consigo mismo.

La coacción social, puede ser sin dolor, no punitiva, y al parecer humana. Todo lo que el escrutinio microscópico de sus hábitos y actividades puede parecer como si estuviera motivada por nada más que un deseo para su rehabilitación.

En retrospectiva, la teoría revisada de Foucault del poder parece haber surgido de las protestas de mayo de 1968. Foucault perdió esos trastornos; enseñaba en Túnez. La obra de Foucault a veces catalogada como “arqueológica”, era centrada en cómo lo que se conocía y dijo estaba limitada por estructuras discursivas invisibles. Ídolos de Foucault, en esta fase, eran la literatura, el arte y la locura, todo lo cual podría ser acreditado con la exposición de la arbitrariedad de los conocimientos existentes, o al menos de sus categorías del ordenamiento social.

No se discute esta narrativa, pero sí sostengo que los escritos de Foucault se convirtieron en política antes de lo que generalmente se piensa y se quedaron en política hasta el final. Un objeto principal es vincular el desarrollo del concepto de Foucault del poder con su activismo en los primeros años 70, sobre todo en la psiquiatría y la prisión.

Curiosamente, parece que cuando Foucault comenzó centrándose en el poder, las formas más vigorosas de activismo cayeron fuera de su propio tiempo. Pero él dirigió la mayor parte de su energía hacia la escritura. Era estudioso, meticuloso  y compulsivo. Foucault solía pasar 12 horas al día sentado en la Biblioteca Nacional. Se puede ver por qué se desarrolló una teoría del intelectual “específica”, cuyo compromiso político se limita a su forma y por su lugar de trabajo.

Nació en 1926 en Poitiers, Francia.

Foucault era hijo y nieto de médicos provinciales de gran éxito. Teniendo en cuenta el pensamiento médico sobre la homosexualidad en el momento, no es sorprendente que a pesar de su brillantez académica, su juventud no fue feliz.

A Michel no le resultó fácil decirle a su padre que no iba a continuar la tradición familiar. A los once años sorprendió a sus mayores que daban por descontado que sería cirujano cuando les anunció que deseaba ser profesor de Historia. A pesar de tal atrevimiento infantil, Foucault mantuvo toda su vida una relación privilegiada con la medicina, aunque fue una relación signada por una desconfianza esencial.

Sin embargo, el haber sobrevivido al escándalo de ser un adolescente homosexual en un mundo que consideraba que esa orientación sexual era una enfermedad o una forma de degeneración moral, el haber sido capaz de superar semejante condena lo acostumbró al riesgo, lo fortaleció y lo capacitó para intervenir en los combates intelectuales que lo esperaban, no menos feroces que las crueles burlas y los brutales sarcasmos que tuvo que soportar en sus años de estudiante. En principio, Foucault aprendió desde muy joven a enfrentar las cuestiones desde un lugar absolutamente original. En las disputas que la izquierda y la derecha mantenían durante los calientes años de la Guerra Fría, aunque se había alineado con la izquierda (incluso, ingresó al Partido Comunista, siguiendo a su amigo Louis Althusser), su posición estaba tan lejos de ser ortodoxa que no le resultó extraño a nadie que dejara el comunismo tan rápidamente como había ingresado.

Nunca fue un izquierdista típico; sus posiciones políticas escandalizaban tanto a los conservadores como a los progresistas. Tampoco es de extrañar que se rebeló contra el catolicismo de su madre y la intimidación de sus patriarcas médicos. Su obra se fue acercando a su ideal de vida: llegar a ser lo que verdaderamente se es. A la vez que el circunspecto Foucault el que había negado la importancia de la vida para la obra fue capaz de ir dejando de lado sus propios temores y se atrevió a manifestarse, comenzó a importarle no sólo quién habla, sino cómo se vive una experiencia. Esto iluminó su obra. Su filosofía se transformó en aquello que Sartre deseó producir pero no logró articular, una ética. La ética de Foucault nació cuando, en su reflexión, se encontró con sus maestros los antiguos griegos. Esa intensidad final, nacida del riesgo, otorga a su obra una consistencia clásica.


 

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