“En segundo de escuela ya sabía todo lo que quería ser”. Entrevista y fotorreportaje con Patricia Turnes

La cantante y escritora Patricia Turnes editó en diciembre de 2018 su segundo disco, “Yo tenía una vida”. Antes de eso escribió, hizo cortometrajes, dirigió algunas publicaciones y colaboró en distintos medios con notas culturales. El próximo 23 de julio se presenta en el espacio Felisberto Hernández. De eso y de algunas otras cosas conversó con Granizo.


Por Mauricio Rodríguez / Fotografías de Paola Scagliotti

Hay un par de cafés que nos separan en la mesa de un bar céntrico. Patricia Turnes hace pocos ademanes, como concentrada en lo que dice. Al otro lado del vidrio la ciudad va y viene. Como sus recuerdos, de los que tira como de una madeja durante más de una hora. Habla de su infancia entre Montevideo, Buenos Aires, Piriápolis y Maldonado. Recuerda los tiempos en los que escribió en la revista subte Viajero de Piedra Muerta.

Ejerció el periodismo cultural en el semanario Brecha, en El Día y en el suplemento cultural de El País. Es egresada de la Carrera de Realización Cinematográfica de la Escuela de Cine del Uruguay. Hizo cortometrajes y producción de arte para televisión. Participó del taller literario del escritor Mario Levrero, de quien guarda un recuerdo de gran aprendizaje. En 2016 se volcó a la música. Tocó en distintos lugares y en febrero de 2017 publicó su primer disco, “Lentes oscuros”. En diciembre de 2018 llegó el segundo, “Yo tenía una vida”.

En 2001 publicó una serie de cuentos – “Últimos días con mi familia” -, en 2007 la novela “Pendejos” y en 2010 “Amor y amistad entre ovejas negras”.

Tu infancia se dividió entre Montevideo, Buenos Aires y Maldonado…
Sí, cuando yo era chica, mi padre era médico y trabajaba en el Sindicato Médico del Uruguay. En tiempos de dictadura hubo intervenciones a los gremios, pero ya antes el ambiente estaba un poco jodido. Mi padre era administrador general y  por tanto responsable de cualquier cosa que pasara. Hubo un apagón y  lo llevaron preso por dos días, y empezaron a suceder cosas, allanamientos, etc. Mi padre, aunque no tenía nada que ver, decidió irse con la familia. Entonces la escuela la pasé en Buenos Aires. Él se puso a trabajar de oficinista porque escribía muy rápido a máquina. Había estudiado piano y tenía mucha habilidad. Cuando yo estaba en quinto de escuela, mi padre habló con  un amigo y juntos pusieron un laboratorio en Maldonado. Teníamos a esa altura una casa en Piriápolis y mi padre iba y venía. Luego nos mudamos a Maldonado y cuando yo tenía 13 o 14 años nos venimos para Montevideo de vuelta, porque luego de la dictadura reintegraron a todo el personal del Sindicato Médico. Mi madre también trabajaba ahí. Fue buenísimo para ellos, aunque para mí no mucho, porque ya tenía todo ahí en Maldonado. Imaginate que a cada escuela que iba me iba, al tiempo me tenía que despedir de todos. Era como la historia de Hulk que se tenía que ir de los pueblos (Risas). Mis raíces están en Maldonado, yo no quiero moverme más. No viajo. No me interesa.

¿Toda esa primera etapa la volcaste en lo que vino después: novelas, cuentos, periodismo, música?
Creo que no. Integra todo, mi ser y todo lo que soy, pero no me acuerdo haber escrito específicamente sobre la infancia. Puede haber alguna cosa en Piriápolis, pero creo que no.

¿Como empieza a aparecer la escritura en tu vida?
En la escuela, ya en Buenos Aires. En segundo de escuela ya sabía todo lo que quería ser. Solo que en cuanto a profesión y carrera y tipo para ganar dinero no tenía (Risas). Porque no tenía la mentalidad esa, pero sí tenía claro qué quería. Y era hacer música. De hecho lo único que pedí fuera de la escuela fue que me mandaran a piano, porque era lo que yo entendía que quería hacer. No entendí nada, era todo teórico, solfeo, etc. Después pedí guitarra, pero en la escuela en lo que más me destacaba era escribiendo. Escribía dos palabras y la maestra se ponía a llorar. Y me di cuenta que con eso podía expresarme. Ya tenía una vida paralela con la música fuera de la escuela, y de lo curricular yo quería hacer música. Pero quedó como enterrado. Fui a estudiar educación musical con unas maestras que enseñaban guitarra pero eran muy hippies (Risas). Recuerdo que me gustaba también el teclado, y tocaba en los ratos libres. Canciones que venía tocar y cosas que se me ocurrían.

Hablemos de los tiempos de Piba Piraña
Ya en Maldonado hacíamos una revista, que se llamaba El Muro. Ya estaba en esa onda de las revistas. Libros y discos ya se regalaban mucho en casa. Era el regalo de mi padre, me llevaba a obras de teatro todo el tiempo. Mi padre trabajaba muchísimo, y trabajaba de médico el fin de semana. Cuando volvimos a Montevideo al principio no me adaptaba acá. En una época una amiga que me presentó a una persona que resultó ser uno de los novios que más quise. Ese chico tenía una revista que se llamaba Viajero de Piedra Muerta. Empezamos a hacer la revista, por el 93 o 94. Yo ya había empezado periodismo en la UTU, lo había dejado, estaba haciendo Letras, ya había empezado la Universidad Católica. En ese ínterin hice todo eso. Leíamos esas cosas que se leen a esa edad, Bukowski, y desde Lautreamont hasta Flaubert. Pero Bukowski era la onda de la veta subte. Después empecé a hacer notas de periodismo cultural, donde me interesaba la música. Pero creo que eso fue una desviación de lo que yo quería hacer. Lo de la música lo dejé hasta que ahí se reengancha con otra pareja que tuve. Él tocaba el bajo y siempre íbamos a recitales. Yo a veces escribía prosa poética, o notas, o crítica; porque me interesaba la crítica de cine. Ya me interesaba el cine. Hacía alguna entrevista, o algún manifiesto criticando todo (Risas).

Después pasás por realización cinematográfica…
Sí, porque ahí en la Católica, cuando yo me anoté para periodismo, se abrió redacción creativa y cine. Y me dije “¡es acá!”. Pero después tuve ataques de pánico y hubo un momento en el que tuve que dejar porque todo me generaba un desacomodo. Yo tenía una vida muy de leer y de mirar películas, era todo muy intelectual. Pero me faltaba un poco de actividad física, una armonía entre todo. Capaz que también la parte laboral. Mucho cerebro. Entonces arranqué a hacer karate. Además tenía ganas de irme de mi casa, me separé de mi pareja, etc. Todo eso me creó una crisis, en todo sentido. Al estilo de “quiero cambiar de vida”. De pronto ya era la crisis pre ponerme a escribir, porque ahí empecé a conocer a Mario Levrero a través de algunos mails que le mandé. Con Horacio, que era mi novio, le escribimos una vez para saber que había sido del perro Pongo de la novela “El discurso vacío”, y después nos quedamos conectados con él. Yo le prestaba la computadora, que en esa época había pocas.

¿Qué llegaste a hacer en cine?
Algún corto… (Piensa). Algún día me gustaría hacer una película. Cuando tenga cincuenta y pico, pero da bastante trabajo. Ahora tengo 47 (Risas). Terminé la ECU. Quise volver a la Católica solo para terminar. Pasaron algunos años en los cuales hice cerámica en la UTU, tarot, astrología, etc. Empecé con otras cosas y ahí ya vivía sola. Tenía una pareja – Nicolás – , que trabajaba en el bar del padre, y después el bar se fundió. Yo empecé a trabajar en una librería y ya en esa época estudiaba cine, pasé unos años de exploración creativa. Y un poco siguiendo los consejos de Levrero escribí mucho. Y ahí pasó de todo. Dicen que las crisis son la antesala de un gran cambio. Y en esa época la correspondencia con Levrero era muy nutritiva. Él marcó varias decisiones. Creo que si nunca lo hubiera conocido no hubiera hecho muchas de las cosas que hice.  Me dio coraje. Me decía “hacé lo que sentís porque si no te vas a enfermar”. Yo estaba perdiendo energía re calentándome con profesores a quienes odiaba, y a alguno de mis compañeros también los odiaba (Risas). En mi clase nadie leía a Onetti, nadie sabía quién era. Eran más chicos que yo. Y había una profesora que decía “acá la compañera que sabe quién es Onetti”. En las clases estaba tan en otro lado que agarraba un libro, una novela, y  me ponía a leer en plena clase.

¿Y qué te dejó la Facultad?
Aprendés las técnicas de escritura. También había profesores y compañeros muy buenos.

Y con Levrero, específicamente con la escritura ¿qué herramientas te dio?
Muchas. Explicaba que hay que escribir con imágenes. La primera vez que le mandé un cuento dijo “sí, yo antes escribía cosas así pero ahora no”. Como diciendo “esto es un embole”, pero no te lo decía. Era como todo en la mente, una construcción mental que ya estaba pensado desde lo primero a lo último. Tenía la idea de que escribir era como una aventura donde empezás y no sabés dónde vas a llegar. Un cuento empieza a cobrar un vuelo y no sé dónde va. Eso era lo que sugería.  Así como la Facultad te enseña a escribir una nota, él te daba los piques tipo “no expliques a los personajes”. Era muy dinámico. Yo no pensaba escribir una novela, en el taller estaba escribiendo tipo relatos, cuentos. Y me dijo “vos ya estás como para escribir una novela, tendrías que empezar a venir y escribir una novela”. Estaba re entregada a lo que él me dijera. Entonces en la primera sesión me acuerdo que sacó unas cartas hechas por él de cartulina blanca, dibujadas con unos signos que eran como una escalera, un rayo, etc. Y me las tiró y me dijo cosas re fuertes. Y luego agregó “ahora escribí”. Me dejó sola. Me desestructuró bastante, era bien raro. Un acuariano medio loco, medio volado, pero muy bueno para eso que hacía.

¿Cómo entra Leo Maslíah en tu vida?
Cuando yo tenía 13, 14 años. Hubo un momento crucial que fue cuando fui al Palacio de la Música en Maldonado y compré un disco de Leo Masliah por mí misma, aunque mi padre ya había comprado también alguna cosa. Porque la madre de él trabajaba con mi padre en el Sindicato. Le decía a mi padre “Antoñito hacé algo porque Leo se está metiendo en líos” (Risas). Después mi padre se fue y Leo siguió con su vida pero ése disco fue como que llegó algo extraterrestre a mi casa. Eran “Falta un vidrio” y “Recital especial”, que está dibujado por él. Tiene como una vaca que toma mate. Es como una cosa de comic y para una persona chica estaba buenísimo, aunque no entendía del todo lo del comic. Era una parodia del Uruguay, de los géneros, de la izquierda, de la derecha. Ya me gustó y cuando escuché las canciones me encantó.

Además de Leo, ¿escuchabas a otros artistas uruguayos?
En la adolescencia empecé a escuchar mucho a Darnauchans. Lo conocí por una amiga mía que era estudiante del IAVA y estaba metida en todas las marchas anti- razzias. Esto pasaba antes del 85. Después me empezaron a gustar mucho Los Tontos, Los Traidores, Los Estómagos. Lo que más hacía era ir a bailes en Maldonado que al final pasaban rock nacional, había todo un furor. Lo disfruté más bailándolo que viéndolo en vivo. Cuando llegué a Montevideo era muy chica como para ir a recitales. Fuimos una vez al Circo con unas amigas de Maldonado y nos asustamos bastante porque estaban todos destroyed (Risas).

¿Por qué no te pudiste acostumbrar de Montevideo cuando volviste?
Yo tenía amigas allá y hasta me quejaba de que la almacenera era una chusma, pero acá nadie te daba bola. En Montevideo no curtí recitales hasta de grande. Ahora voy todos los fines de semana, o dos veces por semana como promedio. Yo escuchaba mucha radio cuando llegué acá, por ejemplo ponía El Dorado FM cuando estudiaba. En cuanto al karate sigo yendo dos veces por semana, y salgo a correr y camino una hora todos los días. Y me pasa que así como me da vergüenza tocar, me da vergüenza pasar adelante con el karate. Y lo que más me gusta es tocar sola, componer, grabar…

Antes de llegar a la música, pasaste por esa época de escribir mucho, ¿cómo recordas esa etapa?
Tuve un período de mucho malhumor porque claro, cuando no estás realizado… Y una de las cosas que yo necesitaba era publicar un libro. Lo veía lejanísimo, y no tenía ganas de mandar a concurso. Igual lo hice, porque Levero me decía “mandá porque vos sabés que eso te sirve, para ir emprolijando, armando algo”. Él armó una colección, y ahí hicimos un libro con varios autores con la Editorial Cauce. Hubo reuniones para ponernos de acuerdo y con el  objetivo grupal de publicar un libro. Yo no estaba de acuerdo con casi nada, y ahí hubo desencuentros. Llegamos a pelearnos por eso, aunque en algunas cosas tenía razón. Todavía tengo las cartas que me escribía con él. Finalmente se publicó este libro, y quedó re lindo, me gustó pila. Era con papel ecológico, un autor por libro. En mi caso fue un cuento que se llamaba “Últimos días con mi familia”. Después trabajé como siete años en una librería y escribía blog. Y empecé a recopilar todo lo que había empezado con Levrero en novela, le puse título, y dije “la voy a llevar a un par de editoriales y si no funciona la voy a sacar yo sola”. Lo hice y cuando estaba pensando que nadie me estaba por llamar, porque habían pasado dos meses , me llamaron y se publicó por la Editorial Planeta. Después seguí escribiendo, tenía una novela – como en el 2014 – , que la llevé a algunos lugares, y que no les interesó. Era muy larga, coral, que al día de hoy yo la tengo ahí. Es como de grouppies, donde cada una cuenta su historia. Pero ahí ya venía con ganas de hacer otra cosa y no me estaba dando cuenta. En 2007 empecé a tocar guitarra con Mandrake (Alberto Wolf) por voluntad propia,  porque sino siempre iba a depender de otro. No quería seguir dependiendo siempre de una persona que tocaba la guitarra y empecé a Samanta Navarro también a clases, y en esas dos personas yo veía como que ellos vivían a lo grande, capaz que era una visión simplemente porque hacían eso, yo admiraba que ellos fueran músicos, que tocaban y tenían una vida artística con la música y se animaban y tenían sus letras, sus canciones ….

¿Y en qué momento das el salto hacia la música?
Tuve que meterle a hacer cosas con la música para que saliera la música. Para eso hay que ensayar horas, no te da el tiempo para todo. Y además le agarré cierto rechazo a la escritura en aquel momento. Como que solo escribir me parecía muy frustrante, porque me di cuenta que había como un mecanismo – no sé si es así en todos los escritores – de no vivir, de observar. Aunque también vivís y escribís sobre eso. Me pasó que empecé como a desdoblarme mucho con la cuestión autobiográfica y me dije que capaz lo más sano sería hacer otra cosa. Quería algo más nuevo, incluso siguiendo toda esa idea de que no sabés dónde va a terminar la canción. Me parece más desafiante…

La idea de Levrero…
Claro, siguiendo esa idea de Levrero. La canción me resulta más desafiante porque nunca sé ni cómo va a empezar, ni cómo va a terminar. A veces sé el tema que quiero cantar. Más conectado con lo infantil, con lo vital y lo corporal. Porque por más triste que sea una canción, siempre es algo físico que hacés, no tan intelectual. Tratar de ir a algo como más sano. No es que la escritura no lo sea, pero en mi caso era una frustración muy grande. Hay cosas que tienen que ver con mi historia familiar, por ejemplo, mi padre tocaba el piano y se recibió incluso en la adolescencia. Pero después no tocó más, y aunque era fanático de la música se dedicó durante toda su vida a otras cosas. Más tarde se dio que más o menos cuando yo empecé a escribir, él empezó a escribir también. Tenía esa vocación pero no la llevaba adelante.

En paralelo a la música y a la escritura, ¿cómo te las arreglabas para sobrevivir económicamente?
Puse un lugar que se llama Taller la Diosa y ahí había cursos de tarot, cartas astrales, taller de escritura, etc. Y además tengo mi casa alquilada, porque al vivir donde vivo – en la cooperativa de mi pareja – pude hacerlo. Tengo cinco perros, vivimos en Mesa 1, y tengo mucha conexión con la naturaleza. Todo lo que va pasando siempre me está sorprendiendo. Por ejemplo, lo último que me pasó – que me movilizó bastante  – fue saber que venía Maximiliano Angelieri a vivir a Uruguay. Yo era re fanática de Exilio Psíquico.

¿Hay algún recital que hayas disfrutado un poco más que otros?
(Piensa) Hay veces que estás incómodo, porque estás parado, porque estás sentado… No deja de ser una instancia de prueba. Yo no soy una virtuosa, creo que nunca voy a ser una virtuosa. Me interesan muchas cosas distintas como para estar encerrada todo el día tocando. Participé del taller de composición de Ruben Olivera que me ayudó a concientizarme de todo el tema de las raíces. Un debe que tengo es aprender folklore. Cada vez me gusta más tocar la guitarra


 

1 Comment

  1. Leyendo la entrevista me di cuenta de que sí eras la Patricia Turnes que yo conocía, fuimos vecinas en el Edificio Rafael en Maldonado.
    Saludos y éxitos! Madelón Rodríguez, “la del 202”!

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