La Colombia desconocida

Desde Colombia, por Daniel Noya


Dejo Medellín con mucha pena ya que es una ciudad que me gusta mucho. Es una ciudad que tiene todo. Ya al día de estar por sus calles ya se moverme perfectamente por sus avenidas y rincones y ya tengo el sistema del metro bien entendido. Medellín es muy amigable. Pero como siempre digo, hay que hacer el duelo y seguir viajando.

El nuevo destino es el colorido y tranquilo pueblo de Jardín. Este se encuentra a unas 4 horas de Medellín. Luego del movimiento y actividad que tiene una ciudad, es muy bueno pasar a un pequeño pueblo con otros ritmos y tiempos. Aquí la gente se detiene, charla y escucha. Algo muy raro en las ciudades.

Jardín es un pequeño pueblo muy cerca del llamado “eje cafetero” que se caracteriza por su hermosa plaza central y sus casas y balcones repletos de colores. Se trata de una plaza donde está colmada de mesas y sillas pintadas de los más diversos colores y donde la actividad de la gente del lugar es pasar largos momentos tomando café, cerveza, entre otras cosas. La taza de café sale unos 7 pesos uruguayos y eso invita a quedarse ahí degustando el verdadero café colombiano. La plaza es un verdadero escenario teatral. Es un pueblo donde la gente toma y hace propio el afuera. Se duerme en las casas pero se vive en el pueblo. El nombre de Jardín le sienta perfecto al pueblo. Los viejos y los niños parecen monopolizar la plaza y se los ve, a los primeros, tomando café y,  a los segundos, jugando y corriendo por las escaleras que conducen a la iglesia. Es muy gratificante convertirse en estos días en un parroquiano más y formar parte del pueblo. Uno camina y se encuentra con los mismos vecinos. La riqueza de visitar Jardín es que sale del circuito turístico tradicional colombiano. Uno así puede vivir y sentir la realidad del pueblo, con su gente y su accionar cotidiano. Bien diferente a Cartagena donde uno era una presa de los vendedores y cazadores de turistas. Disfruto enteramente del pueblo. Son  días de descanso y de caminatas por los alrededores del pueblo. Aquí estreno un instrumento que debe tener todo buen caminante; el bastón de viajero. Uno empieza a utilizarlo como coquetería pero tras varias horas de caminata pasa a ser un elemento de lujo y es imprescindible. El bastón apareció a un costado del camino, y como una gentiliza a quien lo dejó en mi camino, luego de usarlo, yo lo dejó también a un costado para que otro viajero pueda aprovecharlo como yo. Esta es la consigna al viajar: uso y dejo para otro.

El viaje continúa y llegó a la ciudad de Manizales. Estoy un día en un hotel céntrico que da mucho miedo. Tiene un aspecto de antiguo y tenebroso con personajes que asustan. Prácticamente no salgo dela habitación. Me estoy dando cuenta que era más un hotel de alta rotatividad. Fue barato. Al día siguiente decido partir para el pueblo de Salento. Este es un pequeño pueblo que tiene dos grandes atractivos: el Valle del Cocora y el Parque Nacional los Nevados. Estos son de los grandes objetivos del viaje. Visitar las montañas en Colombia era una idea que la tenía muy marcada. Ver una Colombia desconocida, fría y sin playas me resulta muy interesante.

Salgo por la mañana temprano a la plaza de Salento desde donde parten los jeep para el Valle. Llego y parto a uno de los puntos más alejados. Ahí se encuentra la llamada Casa del Colibri y decido armar campamento. Ahí reciben a todos los viajeros con un chocolate con un trozo del llamado queso campesino dentro. Una delicia. La noche es muy fría y es solo contrarrestada por las hermosas charlas a la hora de la cena con la gente del lugar. La carpa la puse en una casona en construcción donde no hay puertas ni ventanas y en donde el viento atravesaba la misma por todos lados. Por suerte el piso era de madera y la gente del lugar me presta frazadas para pasar la noche. Logro sobrevivir a la noche y sobre las 8 de la mañana marcho a una linda caminata de 7 horas al Parque Nacional los Nevados e internarme en los 4000 metros. Dejo el Cocora pero sabiendo que a la vuelta lo visito.

El parque de Los Nevados es una de las maravillas naturales que tiene Colombia. Sus Características son su belleza y la diversidad de paisajes. Los Nevados es un lugar perfecto para conectarnos con la naturaleza y realizar turismo ecológico y de aventura. Antes de ingresar en la montaña encontramos la vegetación del páramo donde dominan los arbustos frailejones. Mientras vamos avanzando va apareciendo la neblina y cubre todo el espacio dando un aspecto misterioso.

La zona de los Nevados también tiene la importancia de que los ríos que descienden de sus picos nevados y de sus páramos, riegan todas las tierras agrícolas de la región y también nutren a las ciudades y pueblos del centro del País.

Tengo en mi mente el nombre de “Finca La Primavera” en donde reciben a los viajeros, dan alojamiento y comida caliente. Ahí vamos entonces. Sobre las 3 de la tarde y con el cuerpo destrozado a consecuencia de la caminata y las subidas y bajadas, llego a la deseada Finca. El paisaje es increíble: una finca perdida entre montañas y envuelta entre las nubes, y todo coronado por el impresionante guardián blanco (ya no tan blanco): el Tolima. A las pocas horas ya se puso de noche y era imposible estar afuera. Aquí uno se encuentra con viajeros y montañistas de todos lados del mundo y se genera un lindo encuentro entre todos. Gente de Francia, Polonia, Canadá, Colombia y España dominan la escena. Cenamos todos juntos en la cocina del lugar. La mesa estaba integrada al horno de leña donde la señora dueña del lugar cocina todo el día para los viajeros, guías y para su familia. En este contexto, en la cocina estaba la vida, el calor, la hoguera: el hogar. El fuego aglutina, acerca y humaniza. Llega la noche y el frio invade todo el lugar. A las 21 horas se apaga la luz y ya es la señal para acostarse a dormir. El frio es tanto en el lugar que solo te queda acostarte y taparte con tres frazadas. Antes de eso salgo a ver las estrellas y veo el mejor cielo que vi en mi vida. Un cielo bien negro y estrellas que tapizan todo el manto oscuro. Uno se embriaga de contemplar las estrellas y las montañas.

Al día siguiente y tras desayunar bien temprano decido moverme a otra finca que está a media hora más para las montañas. La finca paradójicamente se llama “La playa”. Ahí instalado dejo las cosas pesadas de la mochila y salgo para conocer la Laguna El Encanto y acercarme lo más posible al Tolima. Antes de llegar averigüé en Salento por excursiones al Tolima y el precio era algo que impactaba: unos 9000 pesos uruguayos e incluía todo en esos tres días de ascenso y descenso a la montaña. No lo podía pagar y así decido ir por mi cuenta y llegar a donde la montaña me diga. Tras unas 3 horas de caminata entre montañas llego a la laguna y de ahí decido subir una montaña más y ahí, con el poco físico que me queda, decido quedarme observando bien cerca el Tolima. La montaña me dijo “hasta aquí” y  por supuesto que la obedecí. Ahí uno siente un gran y gigantesco silencio. Otra sensación que se me viene es la de la soledad. Uno pasa por ahí y la naturaleza te deja transitar y conocer. La montaña tiene una gran sobriedad en su concepto. Uno camina, aprecia, piensa y sigue caminando. No hay distractores mayores. Llego hasta los 4200 metros. La noche, como siempre, nos espera muy fría y seca. En la noche comienzo a sentirme muy mal y termino sin comer y vomitando. Una noche hermosa en un lugar donde las nubes tocan el techo de la finca y donde el Tolima custodia todo con sus nieves eternas, y en contrapartida yo estoy tirado en el piso vomitando y pidiendo una tregua al cuerpo. Esa imagen dantesca hizo que la señora de la finca me prepara un té de coca. A los minutos ya me siento mejor. Igualmente cuesta respirar y es un lugar que es muy hostil al cuerpo. Quiero quedarme más días pero finalmente decido volver y dejar las montañas.

A medida que subimos a las montañas, el organismo busca adaptarse a la disminución de oxígeno, acelerando los ritmos cardiacos y respiratorios. Este proceso es necesario para evitar los llamados males de altura, que pueden ir desde náuseas y dolor de cabeza, hasta edemas. Las temperaturas frías en las alturas exigen ropa y de calzado adecuado para conservar el calor. También los ojos deben ser protegidos; el brillo solar es más intenso y su reflejo puede causar problemas en los ojos. La piel en contacto con el sol y el viento frio se quema rápidamente y también debe cuidarse. La montaña me devolvió mareado, rojo del sol y con los labios quemados. Y me dejó con una experiencia inolvidable.

Parto bien temprano y es el mismo camino por el que se llega. Paso todo el día caminando por las montañas y bosques y sobre la tarde estoy pisando el Valle del Cocora.

El Valle de Cocora es un área natural ubicada en una planicie de la Cordillera Central de los Andes colombianos. Es un hermoso paisaje dominado por sus palmas de Cera que miden más 60 metros. Las palma esta declarada como el árbol Nacional de Colombia. La recorrida del Cocora se puede hacer en unas tres horas y el recorrido es sumamente disfrutable. Aquí las formas y líneas circulares de las montañas y de los valles se cruzan con las líneas verticales de las palmas creando un interesante juego geométrico en la naturaleza.

Este tramo del viaje me deja la riqueza del caminar. El avanzar y ver otros entornos, otras realidades. Un viajero tiene que caminar e ir a un lugar. Caminan los pies y también caminamos internamente. Uno  a veces camina por dentro sin importar el afuera. El moverse te da más opciones, te hace más libre. Uno comenzó el viaje con la idea de conquistar experiencias de tomarlas pero con el paso del tiempo uno va viendo que lo interesante, lo fundamental no es tomar, juntar, sino que las cosas, sensaciones, ideas, reflexiones te conquisten a ti.

Ya nos acercamos a la salida de Colombia pero nos queda conocer su gran y poblada capital, Bogotá.    


 

 

 

 

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