La fiera de Quebracho. Es la hora de la verdad

Por Luis A. Fleitas Coya


Hace tiempo ya que el tema duele, lastima y convoca de tal forma que es imperdonable permanecer en silencio. Los sucesos de Quebracho, con un incalificable sujeto que mató a tiros a su ex suegra con un rifle con mira telescópica y al policía que acudió al pedido de auxilio con la propia pistola de reglamento del uniformado, que incendió vivienda y establecimiento de los padres del actual compañero de su ex mujer al no poder asesinar a éstos dos últimos, y que anda escondido como una alimaña en lo profundo de un bosque cercano o rondando la zona tal vez buscando continuar la espantosa matanza, han venido a operar como definitivo disparador para esta nota [1]. Los casos son innumerables, variados en sus circunstancias, víctimas y modalidades de acción, y vienen a la memoria el caso de la contadora que fuera asesinada junto con su bebé de meses y su madre a cuchillazos por su esposo; el de la bailarina de una comparsa de candombe, asesinada por su cónyuge en la puerta de su casa frente a sus dos hijos, que el mismo criminal tuvo el cuidado y la precaución de llevárselos a continuación del lugar para ponerlos a buen resguardo en casa de sus padres envenenando mientras tanto a los gurises con sus inescrupulosas y manipuladoras explicaciones de que él no había tenido más remedio que matar a la madre porque ella se lo había buscado; la pobre profesora asesinada a tiros y a mansalva cuando venía del liceo en plena calle y en bicicleta por su esposo, el estanciero de Fraile Muerto; el crápula seductor, secuestrador y estrangulador de la niña de doce años; la mujer de Paysandú y su policía custodio muertos a tiros por el esposo que ingresó subrepticiamente burlando la vigilancia de dos agentes por los fondos de la vivienda,  y podríamos seguir sin parar porque la lista es inmensa e igualmente escalofriante, y nada más hablemos de los últimos años y de los últimos meses.  La violencia asesina de hombres contra mujeres y todo lo que sea anexo o pretenda protegerlas, se ha desatado como un vendaval incontrolable, un caso sí y otro también, uno tras otro, sin que nadie pareciera saber qué hacer ni cómo poner fin a todo esto.

Detengámonos entonces por aquí.  No hay dudas que el flagelo ha existido desde siempre, pero actualmente seguramente es mucho más visible que antes,  se informa de otra manera, y la prensa se ocupa como es debido en gran parte gracias  a los alertas y las campañas de los grupos anti violencia de género. También el estado y la policía tienen otra conciencia del fenómeno y su gravedad.  Pero no puede negarse que los asesinatos se suceden y que parecerían ser cada vez más descarados y más frecuentes.  No hacemos nada con decir que este fenómeno existe desde siempre, sino que tenemos que asumir que lo que importa es que existe aquí y ahora y con una magnitud intolerable.

¿Cuál es el común denominador de estos casos? En todos,  hombres, agrediendo de la peor manera posible a mujeres. Por supuesto que las mujeres también son agresivas, pero su agresividad no tiene punto de comparación con la de los hombres; podrán excederse, golpear, hacer la vida imposible, insultar, perder los estribos, etcétera, pero no llegan al extremo de los asesinatos, y si lo hacen, los casos son absolutamente excepcionales y contados con los dedos. El otro común denominador es que los hombres reaccionan así colocados en determinada situación, la de pérdida de su vínculo o relación con la mujer. Parecería que hay un aspecto  de dominación en el vínculo afectivo o sexual hombre-mujer, que los hombres no soportan perder o que se le resquebraje, tal vez porque afecta fenómenos inconscientes y muy profundos de pulsión sexual o vital. De eso sabrán dar cuenta debidamente psicólogos y psiquiatras. Por supuesto, dejamos de lado los casos de patologías como psicópatas o dementes, y nos referimos a personas más o menos normales.

Por mi parte, aprendí ya hace bastante tiempo, estudiando las causas del holocausto judío, de los campos de concentración nazis y soviéticos, y de las torturas y desapariciones durante las dictaduras militares en América Latina, que los seres humanos, colocados en determinadas circunstancias, somos capaces de los actos más abyectos, atroces y degradantes contra nuestros propios congéneres. Si bien en una primera aproximación nos causan repulsión quienes fueron capaces de semejantes actos y no dudamos en tildarlos de monstruos, luego a medida que nos interiorizamos de cómo, cuándo, por qué y de qué manera ocurrieron las aberraciones, nos damos cuenta para nuestra sorpresa que los seres que las cometieron en su gran mayoría fueron individuos comunes y corrientes, y que lo hicieron concientemente porque estaban imbuidos de determinadas convicciones e insertos en ciertas coordenadas históricas, sociales, políticas, que los llevaban a actuar de esa manera, aunque de ninguna manera los justifique. Bajo el nacionalsocialismo alemán  fueron personas de todos los estratos sociales y sin atributos de monstruosidad los que llevaron a cabo las bestialidades, para colmo acompasados o con el consenso expreso o por lo menos tácito de las grandes mayorías o incluso de la sociedad alemana en pleno, tal como se plantea una y otra vez, sin consuelo, Primo Levi en sus libros, especialmente en Los hundidos y los salvados, capítulos 7, 8 y Conclusión.  Nos ocurrió aquí y en la dictadura, darnos cuenta que los militares que torturaron o fusilaron o hicieron desaparecer personas en los cuarteles, muchas veces eran buenos vecinos del barrio o de la cuadra, buenos padres de familia, es decir, seres humanos normales en su vida cotidiana. Y eso que vemos en relación a coordenadas políticas o ideológicas, e incluso religiosas (recuérdese la triste historia de la inquisición especialmente la española), también se produce cuando el hombre se ve colocado en ciertas circunstancias de su vida personal como lo es el caso de la pérdida o resquebrajamiento de sus vínculos afectivos o sexuales con las personas del sexo opuesto, las mujeres.

En la evolución del cerebro humano heredamos de nuestros antecesores animales dos cerebros, el reptiliano o arquio-córtex y el mamífero inferior o páleo-cortex. Este doble cerebro antiguo ubicado en la base del encéfalo dirige los comportamientos instintivos, hereditarios e innatos, y origina las necesidades primarias como hambre, sed, sexo, placer y dolor, etc., así como el comportamiento agresivo y el comportamiento vinculatorio, y  se transmite sin cambios de padres a hijos. En el proceso de desarrollo adquirimos un tercer o nuevo cerebro que es el neo-cortex, en el que se originan el lenguaje, la conciencia reflexiva, la creatividad, el pensamiento abstracto, el sentido estético o de la belleza, que no es innato ni se transmite sin cambios, sino que solo se transmite socialmente de generación en generación a través de la educación y la cultura (Rodolfo Tálice, El hombre: agresión y vinculación, Ed. Papacito, pág. 111).

Ergo, y volviendo al análisis inicial, la conclusión es que colocado el ser humano de género masculino -hombre- en una situación dada, de pérdida, perturbación o fractura de su dominio sobre el objeto de su deseo o afecto, el ser humano femenino -mujer-, eso puede desencadenar la  más abyecta agresión que yace en lo profundo del antiguo cerebro animal o reptílico  impulsando al destrato, a los gritos, a los golpes, al asesinato, al crimen. Y que lo que puede contener esa agresividad en el hombre es la educación y la cultura que pueda recibir, que pueda imponerse sobre esos impulsos.

Por otra parte, parecería que actualmente  el fenómeno de la agresión de género se reproduce y se reitera como si un hecho engendrara al otro y así sucesivamente, sin que importen castigos, amenazas, ni campañas disuasivas, en una cadena que nos lleva pensar en un fenómeno extraño pero innegable de contagio social como lo preconizó en sociología Durkheim en relación al suicidio, conductas atípicas que se propagan por  imitación o contagio (El suicidio, Libro primero, capítulo IV La imitación). Fenómeno social que no es nada extraño si lo analizamos lo que ocurre en Estados Unidos con las matanzas en universidades y centros estudiantiles, que pese a todo, se repiten sistemáticamente una y otra vez de forma innegablemente imitativa.

¿Qué hacer entonces? Por supuesto, que la educación, educación y más educación es la respuesta y a lo que debe apostar la familia, sociedad y el estado, pero esa respuesta adolece del defecto de ser una respuesta solo en el mediano y en el largo plazo. El cúmulo de mujeres muertas exige en cambio y a gritos,  respuestas aquí, ahora, ya.

La única respuesta posible que existe ahora y de inmediato, ya que ni la cárcel, ni las leyes penales, ni la reprobación social parecen impresionar a los golpeadores y a los asesinos ni impedir el flagelo ni su propagación, es comenzar a decir la verdad de una vez por todas y en voz alta. Una verdad que duele y que genera resistencias porque es difícil de digerir y de aceptar pero que es lo único que puede dar resultados ya. Comenzar a decir en voz alta y por todos los medios posibles que somos los hombres, y no algunos y perturbados mentales, sino todos los hombres, es decir los seres humanos masculinos, quienes tenemos el triste galardón de estar dando muestras sobradas de ser potencialmente agresivos, golpeadores y eventuales asesinos de nuestras parejas y nuestros vínculos amorosos y sexuales, y que eso conlleva asumir aprender a cuidarnos y a controlarnos a nosotros mismos, a estar alertas ante nuestros más mínimos actos de celos anormales y desproporcionados; controles de vestimenta, amistades y vínculos;  su peor escalada, la imperatividad o imposición mediante respuestas descontroladas, gritos, golpes… y un largo etcétera. Y no nos engañemos: el amor no  ampara ni  protege, pues todos los asesinos lo invocan para justificarse a sí mismos y a sus actos. Tampoco importan edad ni condición social, porque hay para todos los gustos.

Claro que a eso ayudan la reflexión, la educación y los valores éticos, amén de la ayuda especializada que se requiera,  aunque como se sabe quiénes verdaderamente la necesitan no la piden ni se someten a ella. Mientras todo eso llega, la hora exige que seamos los propios hombres quienes gritemos a los cuatro vientos la verdad de lo que está ocurriendo para estar a la altura de la tragedia e involucrarnos en la solución como es debido. Este artículo aspira a ello.

 


[1] Ya escrito este artículo las noticias dan cuenta que el asesino apareció muerto por suicidio a metros de las termas de Guaviyú.

2 Comments

  1. Gracias Luis! Que temas complejos! Soy lectora de Rita Segato.Supongo que has leído de ella.Me encantaría que me digas alguna opinión sobre sus análisis! Abrazo!

    • Mirta, qué bueno que traigas a colación a Rita Segato, gran antropóloga y referente en estos temas. No soy yo quién para cuestionar sus posturas fruto de sus conocimientos y su vasta experiencia, pero te señalo alguna diferencia: no comparto su tesis de que desde su moralidad el violento opera y se ve a sí mismo como un castigador, pues creo que no puede existir tal moral de agresión sino que lo que existe es una pulsión y/o impulso agresivo o de muerte que lo lleva a golpear, a violar o a matar. Siguiendo a Kant, la moral solo puede estar constituida por imperativos o principios que puedan ser comunes o universales a todos los hombres (a la humanidad entera), por lo que ni golpear, ni violar, ni matar pueden ser imperativos categóricos o morales, ya que pueden servir al violento pero jamás a sus víctimas, a diferencia de la honestidad, la bondad, la solidaridad, etc, principios todos que sirven y pueden ser comunes a todos los seres humanos.
      Para mí, el accionar de un violento jamás puede ser catalogado de moral.
      Me consta que Rita Segato intenta explicar desde adentro del sujeto ese accionar, para intentar combatirlo, pero creo que lo que construye el violento a posteriori de sus actos es solo una racionalización verbal a para justificar su barbarie.
      Humildemente, es lo que pienso. Gracias por tu interés y el debate. Un abrazo, Luis

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