Los colores de Bogotá y los grises de la frontera

Desde Colombia, por Daniel Noya


Viajo toda la noche. Llego de mañana a la capital colombiana. Uno va viendo por la ventana del bus y ya crecen los edificios, las autopistas y el color gris inunda el paisaje.

La capital colombiana es una ciudad gigante con mucho para ver. Los días son pocos y las distancias son gigantes. Y ya estoy preparando el pasaje a Ecuador. Con la mochila a cuestas y toda la noche de viaje es que decido tomar un taxi con destino a La Calendaría. Llego y busco hospedaje.

La zona de La Calendaría es hermosa. Camino por sus calles empedradas y descubro los edificios coloniales que se encuentran entreverados con enormes rascacielos. Ambas ciudades conviven bajo el mismo paisaje. Bogotá hace gala de ser una ciudad cultural y esto se constata todo el tiempo con la gran cantidad de museos, muestras, bibliotecas y su permanente actividad intelectual. Hay artistas en las calles que con sus pequeños talleres elaboran y crean espectaculares obras desde pinturas, retratos o las más diversas formas de arte. Bogotá es conocida como la “Atenas Sudamericana”. Uno camina por las pequeñas calles y desemboca en una gran avenida “La Séptima” que conduce directamente a punto central de la capital: la Plaza Bolívar. Es el corazón de la ciudad. Es un lugar perfecto para, una de mis actividades preferidas, observar y fotografiar. La plaza está llena de palomas y vendedores. Me quedo muy quieto y escondido en las escaleras de la Catedral queriendo no participar y ver toda la escena desde lo alto. Uno en la Plaza se encuentra rodeado de mucho poder. Por los cuatro lados encontramos grandes edificios: el Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia, la Catedral Primada de Bogotá y la Alcaldía. A pocos metros de ahí también encontramos la Casa Presidencial (el Palacio Nariño) y con ello muchas vallas, militares y armas. A cada paso tienes que mostrar que no llevas armas ni bombas en tu mochila. La Plaza Bolívar es un majestuoso y sobrio espacio.

Y si estamos en la Atenas de Sudamérica hay que entrar a los museos. Una visita obligatoria es la del Museo del Oro. El precio son unos 40 pesos uruguayos y esto hace más agradable la propuesta. El Museo del Oro es la casa de una de las colecciones más grandes de oro pre-hispánico en el mundo. Allí podemos apreciar más de 55,000 piezas de oro y otros materiales de todas las culturas indígenas en Colombia. La visita es muy agradable y es un placer caminar por sus pisos y observar toda la colección.

Otro bastión cultural de Bogotá es el Museo Botero. Insisto con la importancia del precio; este museo es gratis y esto me hace disfrutar más la actividad. Fernando Botero es el artista colombiano más famoso debido a sus trabajos, obras y figuras voluminosas y monumentales. En este museo, se pueden apreciar más de 100 pinturas en acuarelas, óleos, pasteles y esculturas; así como obras de Picasso, Dalí, Renoir y Matisse. Al lado del Museo Botero se encuentra la Casa de la Moneda, que se introduce a presentar la historia de la moneda colombiana. Fue una gran sorpresa apreciar en el museo obras de Torres Gracia y de Pedro Figari.

Otro museo que se visito fue el Museo Militar de Bogotá. Entre por la zanahoria de su gratuidad y estuve muy pocos minutos en su interior. Armas y más armas en sus salones y una importante campaña positiva de la institución militar. Salgo raudamente y me sumerjo nuevamente en la riqueza de la ciudad.

Luego de este gran baño de cultura me dirijo a la parte alta de la ciudad: Cerro de Monserrate.  Con una altitud de 3,152 metros, el Cerro de Monserrate brinda una increíble vista de la capital. El día no ayuda mucho y las nubes le ponen techo a Bogotá y la tapan de nuestras inquisidoras miradas. En lo alto se encuentra el Santuario de Monserrate, una iglesia católica con una figura de Cristo del siglo XVII que atrae a peregrinos y turistas. El lugar es lindo para observar a la capital desde lo alto, pero el espacio no brinda mucho más. Uno pensaba que en la cima podría haber un circuito o algo más que la iglesia. Digo esto teniendo en cuenta el precio elevado del teleférico que te sube y te baja del cerro.

Un lugar espectacular que me sorprende y que descubro por casualidad fue el llamado Mercado de las Pulgas. Caminar por sus pasillos me traslada a un domingo en la mágica Tristán Narvaja. Aquí  las pequeñas estatuas de Artigas se cambian por las de Bolívar y los puestos de tortas fritas se rotan por las locales arepas.

Una pequeña visita que realizo pero que me completó y me gustó mucho es a la llamada Embajada de la Coca. Ahí nos recibe Don Clever y nos cuenta de la importancia de la coca para los diversos grupos y comunidades indígenas. Dice que su tarea en esta vida es exorcizar a la coca y hacer que la gente no la vincule con la cocaína. Nos dice que la cocaína es un derivado de la coca. Es más la cocaína tiene un pequeñísimo porcentaje de coca; su gran mayoría son diversos químicos y sustancias. Ahí tomo un té de coca y una pequeña torta de la mítica hoja andina. En la embajada hay una leyenda que me atrapa y me conecta a la  vez. Dice lo siguiente:

Y nuestro dios andino dijo…

…Guarden con amor sus hojas

y cuando sientan dolor en su corazón,

hambre en su carne,

y oscuridad en su mente,

llévenselas a la boca y con dulzura

extraigan su espíritu que es parte del mío.

Obtendrán alimento para su cuerpo,

amor para su dolor,

y luz para su mente.

Y aún más,

observen el baile de estas hojas con el viento

y obtendrán respuestas para sus preguntas.

 

Pero si tu verdugo llegado del norte,

el conquistador blanco,

el buscador de oro la tocara,

solo encontrará en ella veneno para su cuerpo

y locura para su mente.

Y cuando la COCA

que es así como la llamarás,

intente ablandarlo

solo logrará romperlo,

como los cristales de hielo formados de las blancas nubes

destruyen las rocas, demuelen las montañas.

Todo este recorrido por la llamada Atenas de Sudamérica se hizo y hay un elemento que acompaña a todo momento: el grafiti y los murales. Bogotá es muro y lienzo. Todo es pintable. En Bogotá abundan enormes y llamativos grafitis. Son grandes pizarrones con destacados mensajes. En la actualidad, la práctica no es ilegal, aunque esta conquista es muy reciente. En este tema se mezcla el grafiti, los muros y hasta Justin Bieber. El cantante pintó un muro de la calle 26 de Bogotá mientras era custodiado por la Policía. Esto sucedió en 2013 y cuando el grafiti era ilegal y pintar un muro era un delito. La sociedad colombiana se levantó contra este episodio señalando y criticando como las instituciones nacionales protegen a personalidades del exterior pero atacan y encarcelan a los jóvenes artistas colombianos. Por suerte esto se revirtió y hoy podemos disfrutar del arte urbano.

Dejo la ciudad y empiezo la larga travesía para la frontera. Navego en los buses por más de veinte horas para llegar a la frontera. En la frontera conozco el pueblo de Ipiales pero hay que seguir y atravesar la línea imaginaria. Desde Ipiales me tomo un auto en la Terminal que te lleva a la Aduana. Son diez minutos de viaje. Llego y pienso que iba a ser un trámite, minutos o alguna hora como máximo. Bien diferente fue la realidad. ¡10 horas en la frontera!

La frontera se llama Rumichaca. Fueron diez horas de gran riqueza. La fila era gigante y donde su gran mayoría eran venezolanos que desean obtener otros horizontes y posibilidades. Ahí mismo, en la fila, y viendo que la jornada se va extender, comienzo a hacer amistad con un grupo de venezolanas que están queriendo llegar a Lima, con un venezolano que viaja a Buenos Aires y con una familia de colombianos que viajan a Quito. Compartimos charla, comida, sentimientos, ideas, música, realidades de los países y tristezas. Ahí cuentan su realidad y el porqué de su viaje y salida de Venezuela. Yo estoy cansado por las horas de estar ahí pero no puedo decir nada al respecto. Se me caería la cara de vergüenza manifestar mi malestar y cansancio frente a esta gente que está dejando su país y está en la búsqueda de una mejora de su vida y buscando nuevos horizontes, viajando días enteros, durmiendo en la calle y comiendo lo que hay.

La fila queda congelada por largas horas pero cuando avanzaba en insignificantes centímetros, no importaba de quien era el bolso o mochila y todos colaboramos en agarrar una y avanzar. Todos tirábamos para adelante sin ver si el bolso es mío o no. Todos viajan con el fin de mejorar su vida y cuando me preguntan el motivo de mi viaje es un momento incomodo; viajo porque sí, estoy paseando, estoy conociendo. Son respuestas que brindo con cierta vergüenza e incomodidad. Lo mismo me sucede cuando saco mi pasaporte español y uno de los venezolanos me dice “ ahhh tu sí que estas cómodo”. Se te cierra la garganta. Fue un mosaico de acciones, ideas, sentimientos. Un momento de comunión fue cuando compartimos mate y arepas entre todos.

La gente se va sumando y cada uno aporta algo. Una profesora de Música de más atrás en la fila saca un violín. Marsolaire, joven de 19 años que viaja con su madre, tiene un instrumento llamado cuatro (una especie de charango de cuatro cuerdas). Ahí mismo empiezan a cantar sobre la arena de Venezuela, el agua, el aire. Uno no puede más que escuchar y erizarse, porque las voces se van sumando desde distintas partes de la fila. La imagen que se me viene es la de un grupo enorme de uruguayos cantando “Adagio a mi país” de Zitarrosa en un país lejano ayer u hoy.

Las imágenes son muchas y me queda bien grabada una. Una mujer llora porque le falta el sello de entrada a Colombia, entonces no le pueden sellar la salida. El oficial le explica que la pueden deportar. Espera a un lado media hora y parece que se lo solucionan.

Para mejorar el sistema y su velocidad, los hombres de Migraciones Ecuador nos ponen en el brazo con un marcador un número. El mío era el 189. La frontera nos quita la identidad y somos un número más. Todos extendiendo los brazos para que, con su bondad, el oficial nos marque y estemos más cerca de cruzar.

El trámite se hace en Migraciones Colombia y también en la oficina correspondiente en Ecuador. La lluvia también es un protagonista e irrumpe en el escenario. Siguiendo con esta cuestión teatral, tuvimos durante estas horas, un payaso que trataba de divertir y hacer más ameno el tiempo, y también tuvimos una representación teatral de un grupo teatral cristiano  que me dejo muy nervioso y atemorizado por la mala vida, los excesos y el alcohol y como estos te catapultan directamente al infierno. Fue un momento divertido para mí y de mucho sentido para otros.

En un momento de gran aburrimiento decido sacar un elemento de distracción: el diávolo. Empiezo a jugar y veo la fascinación de los dos niños colombianos que estaban con nosotros. Ahí reflota mi rol docente y comienzo a enseñarles a los niños esta habilidad. A los pocos minutos ya lo manejan con total destreza. Finalmente, una vez en Ecuador, les regalo el diávolo. Nos despedimos entre todos con grandes y largos abrazos y augurándonos éxitos y triunfos en la vida. Yo me voy repleto e inundado de interrogantes. Estas diez horas son de crecimiento y de fuertes sopapos en todo sentido. Llego a Ecuador con muchas interrogantes y con el llanto muy próximo a salir.

En Colombia pude apreciar las dos vertientes que se han generado en torno a los venezolanos. Hay una mayoría de colombianos que ayudan y que brindan conexiones a los venezolanos. Lo pude ver en la fila en la frontera cuando colombianos compraban bandejas con comida y se las brindaban a sus vecinos. Y la otra vertiente señala a los venezolanos como los culpables de todos los males en Colombia; esto haciendo referencia a los robos y asesinatos en tierras cafeteras. Aquí en la frontera uno ve rostros, vidas reales, gente, hombres y mujeres que se mueven.

Hoy agradezco haber compartido este momento. Llene mi mochila de sentimientos e ideas y sigo viaje.

Por suerte vamos recibiendo mensajes que cada uno va llegando a sus destinos. Esperemos que lleguen a todos sus sentidos. El viento empuja y nosotros también.


 

 

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