Los domingos de pensión. Por Óscar López


Éste y otros textos que se irán publicando en estos días fueron escritos en 2018, durante el taller Escritura del sentir, de Uni 3, una universidad de educación no formal. Ni Óscar, ni Cecilia, ni Blanca, ni Eduardo, ni Mónica, ni Helena, ni Cristina, (ni las demás personas que participaron de este taller) son escritores. Incluso, muchos de ellos nunca habían escrito ni una sola línea. Desde el primer día ellos aceptaron mis premisas y mis condiciones: el taller era para escribir desde la experiencia y el objetivo principal, era entregarse a la hoja en blanco para intentar alcanzar alguna verdad. O la verdad de cada uno, que, en definitiva, es a la única a la que nos podemos acercar. Escribieron sobre el amor, sobre la muerte, sobre la nostalgia, sobre la soledad, sobre la infancia, el dolor, la desilusión, los sueños, los maestros, pero sobre todo, escribieron sobre lo que ellos quisieron. Y de a poco empezaron a abrirse, a no tener miedo a decir, ni a escribir, a entender que poner en palabras las heridas es una buena forma de sanarse o que narrar un lindo recuerdo es la manera más efectiva de hacerlo eterno.

Estos son algunos de sus textos. Y los invito a leerlos, porque estoy orgullosa de ellos y porque realmente vale la pena hacerse este regalo.

Soledad Gago


Los domingos de pensión

Por Óscar López

En los domingos de pensión el silencio se traga todo. A veces siento nostalgia de los domingos de pensión. De aquella dura realidad, de vivir al costado de la vida.

Hay un mundo hostil en las pensiones. Hablo de la vida en esos lugares que son refugio casi miserable para aquel que no tiene nada, o casi nada. Donde no hay proyecto e de futuro porque subsistir es una tarea pesada, difícil, interminable, que te lleva toda la energía, y donde el límite del desamparo es un techo de alquiler que cubre una cama desvencijada y una mesa chueca multiuso. Donde no hay fotos de ídolos en las paredes porque lo ideal allí no tiene cabida, solo alguna mancha de humedad que en alguna noche de insomnio, te representa un paisaje, la cornamenta de un toro. Y entonces la imaginación acompaña tus desvelos.

La vida en las pensiones es transitoria, aunque allí vivas diez años; el tiempo en estos recintos te saca la alegría. No hay silencio más lastimoso que un día de domingo en las pensiones, sin ventanas donde mirar la vida, sin cielo, sin descifrar si es de día o de noche. Y lo más desesperante, sin saber qué hacer con el tiempo. Sin embargo, los domingos son los días que hay más gente junta en el pensionado, y a su vez herméticos en sus solitarias piezas, oscuras, húmedas, grises.

Los domingos en cada cuarto de la pensión hay un paréntesis, no se piensa en el futuro, hay reminiscencias de algún pueblito del interior, de calles soleadas que quedaron en un pasado no muy lejano, con un cielo inmenso de ilusiones, o en cualquier barrio montevideano, con la imagen de un “picadito” de fútbol luego del almuerzo familiar, plagado de aromas a comida casera y sin apuros.

Recordar estas historias calienta el corazón. En los domingos pensionarios las horas se resisten, hay que empujarlas. Mi nostalgia de esos domingos por llover, (los más tristes) no es por ese mundo hostil y alquilado. Es por la fuerza con la que luché a mis 18 años por salir, por encontrar caminos, por andarlos y desandarlos. Es por la intensidad y la pasión, es por la búsqueda, por poder encontrar utopías y llegar aquí. Mirar a mis hijas, a mis nietas, a mi compañera y a mis amigos con la ternura que me enseñó la vida. Poder sentir que aún tengo utopías y haberme ganado el derecho de pelearla desde otro lado.

Los domingos del mundo hostil de las pensiones quedó atrás. Pero como todo lo vivido, deja huellas.


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*