Por fin y qué lástima. Sobre “Conversación en Princeton”, de Mario Vargas Llosa

Por Luis A. Fleitas


 

Al comenzarlo nos quedamos sorprendidos y extasiados con la lectura que nos arrastra vertiginosamente. Por fin un libro que habla de literatura como debe ser, es decir con pasión, con profundidad, sin remilgos.  Para quiénes como yo, creen que la literatura se aprende leyendo y se descubre discutiéndola –si es con los amigos mejor-, lo bueno de ella ocurre cuando nos hace opinar y debatir sobre argumentos, personajes, efectos, pasajes y situaciones como si fueran tan reales que hubieran ocurrido ayer nomás o incluso como si los seres de ficción se pasearan entre nosotros, o cual si todo nos hubiera ocurrido a nosotros mismos. Es que la buena literatura nos duele y nos encanta como el más eficaz hechizo que se haya inventado nunca jamás. Y si no que le tomen testimonio a toda la caterva de infatigables cofrades de todas las épocas, con los cuales nos hemos pasado conversando y discutiendo sobre libros y autores hasta la madrugada o hasta que las velas ardieran  (y aún en oscuras épocas sin velas…).

Conversación en Princeton (Mario Vargas Llosa, con Rubén Gallo, Ed. Alfaguara, 2017) reúne esas cualidades, la de hacer visible y patente lo apasionante de la literatura no solo cuando se la lee, sino cuando se la discute y se la desmenuza de manera exhaustiva, y por si fuera poco, da cuenta además y con creces que la literatura  está viva y bien viva para las nuevas generaciones.

Ruben Gallo,  ensayista mexicano, catedrático de literatura hispanoamericana y director del Programa  de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Princeton, organizó un semestre en 2015 con la presencia de Mario Vargas Llosa como profesor invitado, en un curso sobre literatura y política en América Latina, y tuvo la notable idea de que el curso siguiera los meandros de las investigaciones y de los aportes de los alumnos, privilegiados participantes que tuvieron la suerte de tener a su disposición en la propia universidad, el archivo de los borradores del célebre escritor adquiridos por la biblioteca universitaria en la década del noventa junto con sus cartas y otros textos, almacenados en trescientas sesenta y dos cajas. Ni qué decir que los muchachos las saquearon, como debe ser,  hurgando en ellas hasta encontrar notas periodísticas adolescentes que el hoy Premio Nóbel confiesa haber olvidado, e incluso un poema de amor escrito a sus doce años del que se avergüenza, literalmente.  Y, lo más interesante, las varias versiones de algunas de sus novelas más famosas, Conversación la Catedral, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?,  y La fiesta del Chivo, además de su libro de memorias El pez en el agua,  que son las obras sobre las que se habla, se discute, se teoriza, y se polemiza en este libro.

Mario Vargas Llosa fue uno de los escritores más emblemáticos de la década del sesenta cuando la explosión o boom de la literatura latinoamericano, y junto a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar,  Juan Rulfo y Jorge Amado, integró el altar de dioses de nuestra adolescencia. Así que quiérase o no al autor de esta nota le duelen prendas. No puede negarse lo irregular de su producción posterior, y que los meandros de sus convicciones ideológicas y políticas han afectado su imagen y su credibilidad intelectual. Lo rescatable para mí es la enorme producción que ha continuado llevando adelante a lo largo de toda su vida, acumulando unas tras otras, novelas, obras de teatro, ensayos, y notas periodísticas,  con un esfuerzo, una dedicación y una vocación por las letras y la tarea intelectual, dignas del mayor de los elogios.

No es éste el lugar para realizar un balance general del autor y de su obra, sobrada literatura de análisis crítico hay ya para ello. Solo agrego de mi cuño y cosecha que lo más rescatable de su obra son sus extraordinarias novelas La Casa Verde y Conversación en la Catedral, la nouvelle Los cachorros (Pichula Cuéllar),  el ensayo La  orgía perpetua sobre Madame Bovary de Flaubert, y la colección de análisis literarios La verdad de las mentiras, llena de inteligencia y luminosidad a la hora de escrutar en obras de Camus, Hemingway, Bellow, Solyenitsin, Nabokov, Faulkner y la gran literatura del siglo XX. Lamentablemente no tengo a mano para consultar Historia de un deicidio, que Vargas Llosa escribió sobre García Márquez, libro que luego nunca más se reeditó por decisión de su autor a raíz de su distanciamiento con el gran colombiano, que leí hace muchísimos años con admiración pero al que no me atrevo a referir ni a citar sin rever, por temor a una idolatría infundada.  De las novelas referidas, impactan aún hoy los cambios a mitad de frase de tiempos narrativos alternando pasado y presente sin decir agua va, la alteración de las reglas del lenguaje como puntuaciones o construcciones sintácticas, y las sinuosidades de un relato que da la impresión de transcurrir por dónde se le ocurre (por supuesto que a quién se le ocurre es al inspirado autor) y no por dónde la academia dice que debe transcurrir, todo lo cual que implica para el lector una lectura compleja y difícil, pero al mismo tiempo fascinante. Mario Bendetti, en su esclarecedor ensayo “Vargas Llosa y su perfil escándalo” (en Letras del continente mestizo, Arca, 2ª. Edición), calificaba acertadamente esos procedimientos de “escándalo anti retórico, anti académico” (ob.cit. pág. 247), y resalta algo que a la postre –por lo menos para mí- resulta clave: todas las innovaciones formales, y los novedades procedimentales narrativas anticonvencionales no son un fin en sí mismas ni la vedette de las novelas,  “más bien está al modesto servicio de la historia que se narra” (ob. cit. pág. 257).

Que me perdone don Mario (Benedetti, claro) pero nada de calificar de “modesto servicio”, a una de las grandes respuestas para el arte de narrar,  es decir, que todas las grandes renovaciones o revoluciones de las estructuras, formas y métodos de la literatura cobran sentido cuando se las pone al servicio de los contenidos, o sea, de las historias que se quieren contar. Y en eso Vargas Llosa siempre ha sido  insuperable.

En Conversación en Princeton, justamente, uno de los puntos mayores se produce cuando se analiza en el capítulo 3, la novela Conversación en La Catedral. Dice Ruben Gallo, interrogando a Mario Vargas Llosa: “La novela le pide un gran esfuerzo al lector para seguir los cortes temporales, los cambios de voz narrativa, los flashback. En ese sentido pertenece a la categoría de “la literatura difícil”, que reta al lector y le pide una inversión de tiempo, de concentración, de participación para descifrar la claves literarias” (Conversación en Princeton, pág. 67). Y la respuesta de Mario Vargas Llosa es magistral en su sencillez, diseccionando en pocas palabras lo que los lectores  habíamos aprendido en la ardua lectura: que la estructura de la novela es la conversación que Zavalita y Ambrosio mantienen en el bar La Catedral, que aparece y desaparece a lo largo del relato, vertebrando y convocando un conjunto de historias que se van entrecruzando espacial, temporal y subjetivamente, para formar en su conjunto, un vasto friso de la dictadura de Odría en el Perú de la década del 50, y de la sociedad peruana de la época.  Particularmente esclarecedor es el pasaje en que Mario Vargas Llosa describe su encuentro como integrante del grupo Cahuide (nombre del partido Comunista del Perú, entonces proscripto),  con el personaje que inspiró al de Cayo Bermúdez o Cayo Mierda de su novela, Alejandro Esparza Zañartu, el Jefe de Seguridad del Estado, y brazo derecho de Odría, al que describe como un personaje físicamente insignificante, una piltrafa humana, pero dotada de un sobrecogedor poder sobre vidas y personas (Conversación en Princeton, págs. 84-88).

En el capítulo 4, Historia de Mayta,  Vargas Llosa cuenta que en el último capítulo de esta novela interrumpió la ficción que venía hilvanando hasta entonces, para introducir un desconcertante encuentro real con el auténtico Mayta: “Cuando aparece Mayta, la realidad irrumpe en la historia. Ofrece una presencia inesperada y da un testimonio que es una última vuelta de tuerca” (Conversación en Princeton, pág. 142). Lo cierto es que con la novela casi terminada, Vargas Llosa se enteró que Mayta estaba vivo y que había pasado los últimos diez años preso en la cárcel de Lurigancho en Lima por un delito común; entonces se largó a buscarlo hasta ubicarlo recientemente liberado, trabajando como vendedor de helados en una heladería de Miraflores. Estupefacto, Mayta accede a otorgarle una única entrevista de una sola noche en la casa del autor, en la que le cuenta todo lo que recuerda. Y todo lo que recuerda desmiente grandes tramos de la ficción, como el hecho que fuera homosexual, que no lo era, así como tampoco era ya revolucionario sino un delincuente común, ni recordaba nada de Trotski. “Era un hombre enfermo, vencido, derrotado por la vida” dice el autor (Conversación en Princeton, pág. 118).  Y lo que cuenta conmueve gravemente, pues cuando se publicó la novela al leerla quedaba una sensación bastante desagradable, de historia mal fraguada, o mal concluida, todo debido a ese último capítulo muy desconcertante. Daba para pensar en una errónea estructura novelesca, hasta un poco ingenua del autor, que habría pensado ser novedoso, cuando lo que lograba al final era simplemente echar a perder una buena novela.  La confesión que aparece ahora en Conversación en Princeton nos hace tambalear, pues lo que parecía ser un fallido recurso literario para un mal final, resultó ser nada más ni nada menos que la más pura realidad irrumpiendo en la ficción, al resultar cierto el encuentro y la entrevista con la persona real Mayta y cierta su historia finalmente contada y su triste destino y condición. La conmisceración se abre camino inexorablemente por esa persona real, y la autenticidad del autor, al develar lo ocurrido, nos  deja meditando sobre lo que no imaginábamos, que no todo era ficción, sino que la realidad, por una vez resultó más fuerte que la ficción, y si esa mezcla final e inexplicada es un procedimiento válido en literatura. Como en este terreno lo válido es lo que funciona en la lectura y en definitiva en los lectores, cabe concluir que si para apreciar el verdadero valor de lo contado en la novela (Historia de Mayta, Seix Barral, 1984) fue necesario esperar la  publicación  de Conversación en Princeton, en 2017, o sea treinta y tres años, el instinto lector no nos fracasó cuando la leímos entonces, y la novela no deja de ser una novela fallida en su mala resolución.  Efectivamente el lector ha venido leyendo una buena novela hasta el capítulo IX, y de pronto se enfrenta con el capítulo X en el que está esa entrevista final –muy bien contada por cierto-, y siente como un choque, algo que lo golpea súbitamente, pues la persona real Mayta que pinta la entrevista casi ninguna relación tiene con el personaje Mayta sobre el cual ha venido leyendo hasta allí (revolucionario convencido y fanático, idealista hasta el sacrificio, homosexual a contracorriente del machismo convencional de la sociedad imperante). ¿Qué ha ocurrido? Que el autor ha cometido uno de los pecados capitales en materia narrativa, y ha roto el pacto ficcional con el lector. El escritor puede contarle cualquier cosa al lector, y el lector, pese a saber que es una ficción igualmente le creerá como si fuera verdad, siempre y cuando el autor sepa mantener el pacto ficcional con el lector, es decir un artificio tal que presente como verdad y como real una historia o un relato, algo aunque no lo sea y aunque el lector lo sepa. Si no es así, la lectura se derrumba, el texto aburre o se torna insípida creación artificial que ya no dice nada, el lector ya no cree. Para que ello no ocurra, la realidad jamás debe irrumpir en la ficción, negando o destruyendo la ficción. Si bien puede ocurrir lo contrario, que la ficción se enfrente con la realidad e incluso la niegue o la contradiga,  como ocurre a cada rato en literatura para bien, lo opuesto es nefasto, pues destruye la ilusión de la ficción que se desploma como algo inútil, arbitraria creación carente de sentido, estúpida fabulación del creador. Es lo que ocurre con esta novela, en la cual, al leer el capítulo final el lector se queda preguntando ¿y para qué toda la historia anterior, puro artificio del autor? El Mayta real hace que el Mayta de la ficción carezca de interés y de sentido, se desvanece, se desmorona como una bolsa a la que se quita el aire. La antigua sentencia evangélica nos ilumina el camino –nada menos que a ateos confesos, como quien escribe- para parafrasear: dejad a la ficción lo que es de la ficción y a la realidad lo que es de la realidad.

Como se ve, ya el libro nos ha conducido por los meandros de lo opinable y lo polémico, y otros tantos comentarios nos merecerían, si siguiéramos, ¿Quien mató a Palomino Molero?, libro que se tambalea en  ambigüedades e incertidumbres  similares a las de Lituma en los Andes; La fiesta del Chivo, más parecida a una reconstrucción histórica por un hábil novelista que a una novela digna del porte de un gran escritor, defecto que también se advertía ya en La guerra del fin del mundo; y El pez en el agua, notable libro de memorias que contiene alternadas la vida del escritor en su infancia y adolescencia, con el relato de la campaña en las elecciones presidenciales en Perú de 1990 en las que Vargas Llosa fue candidato, y que como campaña política que fue admite las mil y una opiniones e interpretaciones.

Todo eso,  sus polémicas, sus iluminaciones y revelaciones,  los aportes del autor y de los propios estudiantes, y lo que nos provoca a pensar y a discutir a nosotros mismos, los lectores, hace que este libro sea muy pero muy atendible. En el final sin embargo se introduce un capítulo 8, La amenaza del terrorismo en el siglo XXI, que poco tiene que ver con todo lo bueno anterior, de debate, reflexión y análisis literario en tono coloquial y ameno. Se invita a participar al finalizar el curso a Philippe Lancon, periodista sobreviviente de la  masacre de casi todos los periodistas de la junta de redacción del semanario satírico Charlie Hebdó perpetrada en París por dos terroristas el 7 de enero de 2015. El periodista y el ataque terrorista se transforman en el centro, Lancon cuenta lo ocurrido, le realizan preguntas, se suceden reflexiones. Todo muy interesante, pero de gran incongruencia con el resto del libro, y seguramente fruto de intereses editoriales, procurando introducir cuestiones que operen como llamadores y atracción de lectores variopintos.  ¿Diríamos algo que no se sabe si afirmáramos que las editoriales son empresas y que procuran ganar dinero?  El atentado fue horroroso y merece toda nuestra atención, pero hubiera sido mucho mejor si se lo hubiera tratado en otro libro de temática acorde, sin introducirlo a fórceps en éste, como se lo hace, pues los lectores –más allá de una vaga relación con los nexos entre literatura y política en América Latina que las obras de Vargas Llosa que se analizan tienen-, terminamos leyendo sobre terrorismo a contrapelo  del precioso libro sobre literatura que veníamos disfrutando. Qué lástima.


 

 

 

 

 

 

 

         

2 Comments

  1. Gracias Luis por mandarme este articulo.Esta muy bueno y voy a intentar hacerme del libro pues tu me das garantías de que vale la pena pues las ultimas frivolidades de Vargas Llosa me había hecho perder interés en su obra
    Saludos
    Mary

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*