“¿Qué entiende usted, m’hijo, por cultura nacional?” Entrevista a Oscar “Laucha” Prieto

Por Rodrigo Abella


Por estos días se cumplen doce años de la primera publicación de esta entrevista, una de las primeras que hice. Cursaba entonces cuarto año en la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación (UDELAR). Uno de los trabajos que debíamos realizar para aprobar el curso era una entrevista (de perfil, de personalidad). Pensé en muchos nombres de posibles entrevistados, pero había uno que me despertaba una curiosidad particular. Una de las referencias más cercanas que tenía, provenía de mi padre: “…el que toca la guitarra mismo es el Laucha…” decía cada vez que se hablaba del asunto, o me veía tropezar con los acordes.

También se había construido en mí la idea de que me iba a encontrar con un tipo esquivo, hosco, revirado… Se negó a recibir la Guitarra Olimareña, corrió (se decía) a varios curiosos que llegaron a su rancho con el fin de conocerlo. Había estado ocho años preso por “tupa”, pero ahora no estaba con el entonces flamante gobierno frenteamplista.

Creo que soporté la contienda porque mis viejos me acompañaron.

Volví a visitarlo unas cuantas veces: En Charqueada, en la casa en la que vivió hasta hace poco en nuestra ciudad y por último -en diciembre de 2016-, en una especie de casa de salud en Montevideo.

Siempre elegiré para recordarlo su casa en Charqueada, su repisa de tacuara coronada por una mala reproducción del Guernica. Un escritorio, un lápiz y una goma sobre papel pentagramado garabateando alguno de sus “boniatos”. El primero de febrero cumplió 92 años.

La entrevista fue publicada en un libro recopilatorio que contenía algunas de las entrevistas realizadas para la cátedra, la publicación contó con el apoyo de la Universidad.

Corría el año 2006… 

Oscar Laucha Prieto es un hombre flaco, de ochenta años, pero con la mirada joven y desafiante. Muy cordial pero desconfiado de mis fines. No tardó en desinhibirse. Hablamos de sus temas predilectos, como la cultura indígena y la música, y de los más esquivos, como su participación en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN) y sus años de cárcel. Luego de que me presenté me preguntó: “¿Qué entiende usted, m’hijo, por cultura nacional?” Tardé unos segundos en ordenar una repuesta satisfactoria y sin que se lo pidiera acudió en mi ayuda. Quebró mi esquema y se dispuso a responderse.

Hay una gran víctima en el Uruguay que es Fructuoso Rivera. Un criollo bellaco y vivísimo. En 1750 Andonaegui crea un aparato militar especializado que se llamó los Blandengues, con gauchos reclutados descendientes de inmigrantes. Los llamaban blandengues porque cuando subían a caballo andaban blanditos. El primer mercenario famoso fue José Artigas, pago por Andonaegui para la limpieza de los campos. De 1801 hay un informe suyo como mérito para su foja de servicio que dice: “Maté treinta indios, algunos huyeron y les quité la caballada.” La matanza de Salsipuedes está escrita y ordenada desde 1828 por (José) Rondeau.

– ¿Así que Artigas era un sicario? ¿Y el amor que profesaba por los indígenas?

– Artigas cambió. Pero si te incorporás a una organización criminal, sos mercenario.

– ¿Existe el documento ese que dice usted?

– ¡Lea a (Daniel) Vidart! Acá no se salva nadie. Por eso una de las grandes víctimas es (Fructuoso) Rivera. Nadie dice que Rivera salvó a ocho mil guaraníes de morir quemados. Hizo la reforma agraria que quería Artigas en San Borjas del Durazno y Santa Rosa del Cuareim. Hizo el pueblo y los caciques eran los que mandaban. ¿Hasta cuándo? Hasta que viene (Manuel) Oribe y les pide las tierras porque las tierras que había expropiado Rivera eran de Chucarro.

– Es extraño que una historia escrita por los colorados, lo haya dejado tan…

– ¿Escrachado? Pasa que en esa época eran todos de la Logia Lautaro, los únicos dos liberales que había eran Artigas y Rivera. En los liceos no enseñan que Artigas era un sicario. ¿Por qué pasa eso? Porque los profesores no quieren aprender. Hay una intención de los intelectualuchos, cierta ideología, de desprestigiar a un líder campesino como fue Rivera. Y seguimos traicionando a Artigas. El Himno Nacional tendría que ser la Marcha de (Bartolomé) Hidalgo: “Orientales la patria peligra…”. El que escribió el Himno era un abrasilerado oligarca. Ahora cantamos como himno popular “A Don José”, del último sepulturero de Artigas que fue el Rubio Lena.

– ¿Cómo es eso?

– El Artigas de Lena no habla, borra la imagen del verdadero Artigas. El Artigas revolucionario que pretende cambiar la sociedad es el Artigas de (Víctor) Lima:

“Seamos ilustrados y valientes

leyendo con la lanza entre las manos

techando con mil soles nuestro sueño

de cerrazón que levantó temprano.

Daremos tierra a los que nada tienen

para que todos al nombrar la patria

le digan madre con el gesto dulce

del corazón filial de la pitanga.”

Éste es Artigas, el Artigas de Lena no se compromete con nada, viene de vuelta, está vencido, no es revolucionario, no es pensador… ¡Yo te digo esto para que sepas cómo pienso, no para que repitas!

– ¿Usted fue amigo de Lena?

– Sí señor.

– ¿Por qué cree entonces que pegó tanto en la masa “A Don José”?

– Tenés que ver quién la impuso, hay un interés de que no se sepa quién es Artigas, para que no aparezcan otra vez los tupamaros queriendo hacer la revolución.

– ¿Usted perteneció al MLN?

– Sí señor.

– ¿Tuvo contacto con la máxima dirigencia del movimiento?

– No m’hijo, yo no conocía a nadie (dice y larga una carcajada), yo caí equivocado, loco. “¿Por qué entraste de milico vos?” “Por la vieja.” “¿Está enferma?” “No, por la vieja necesidad.” (Se ríe un buen rato de su chiste, vuelve a ponerse serio.) ¿Por qué mataron a Cristo? ¿Por qué expulsaron a Artigas? ¿Por qué estuvimos presos nosotros? Los milicos en todos los sistemas hacen lo mismo; están pagos para eso, son mercenarios a sueldo que están contra el pueblo. Son como el perro, se asocian con un ser superior para estar contra sus hermanos de raza. El milico está muerto de hambre igual que yo y se las agarra conmigo. El aparato que se llama doctrina de seguridad del Estado…

– ¿Consideraba que usted tenía que estar preso?

– Vos te incorporás al MLN porque pasaste hambre de chico y no te gusta ver gurises con hambre. Te torturan siete meses, te quiebran una costilla, un brazo, una pata y estás ocho años y cuatro meses preso, por tener sensibilidad y no gustarte la injusticia. Para la oligarquía es peligrosidad intelectual, que fue lo que le pasó a Cristo, que no tiró ni un tiro.

– ¿Era hijo de Dios?

– No sé, yo no lo conocí al viejo Dios. Era un hombre que estaba contra la injusticia.

– Así que usted no es creyente.

– Cómo no. Creo sí, en Cristo, en el Che

– ¿Pero cree en Cristo como humano?

– ¡Ah, sí!, yo creo en el Cristo hombre. La liberación, de repente, es una metáfora; la liberación del alma, de repente, es la liberación de la opresión del imperialismo.

– ¿En qué se diferencia usted de otros que investigan la cultura indígena?

– Yo soy un investigador primario, yo me baso en el objeto. Una cosa es el objeto y otra cosa es la imaginación. Otra cosa que me diferencia es que yo no trato de salvar a los indios hablando bien de ellos. Lo único que nos queda de los indios es el material arqueológico. Si bailaban, si cantaban o tocaban la guitarra, si eran asesinos, no sé. Lo que sí tenemos son los cerritos indígenas en cuyo interior guardaban su cultura material. No he visto a ninguno de los que están en Montevideo escribiendo libritos venir a investigar a los lugares donde hay cerritos. Hay una Ley número 14.040 que protege los cerritos. Hemos fotografiado treinta y siete arados por arroceros. Te quiero decir con esto que está bien escribir libritos, pero si querés hablar de los indios vení e investigá.

– Así que hay algunos arroceros que tendrían que estar…

– Presos, sí señor. La ignorancia aflora cuando la verdad se oculta.

– ¿Los que escriben libritos han venido a visitarlo a usted?

– No, no han venido nunca por acá, no señor. Ahora estamos por inaugurar un museo en Vergara, pedagógicamente de los más completos. Tenemos relativa autoridad para hablar porque hemos investigado en estos cuarenta y seis años más de cien cerritos; cerritos, no libritos (risas).

– La academia se resiste…

– Sí, vos sabés que sí, lo que está en la academia está en el librito, fuera del librito no. Conocen mucho de universidad pero conocen poco de universo. Una vuelta vinieron unos estudiantes y una de las chiquilinas se acostó en el suelo, mala: “¿Cómo dos viejos de Charqueada van a encontrar cementerios de pájaros?”

– ¿En qué consiste un cementerio de pájaros?

– Van todos a morir a un lugar determinado.

– Como los elefantes…

– No sé, yo no conozco a los elefantes, conozco a los pájaros (risas).

– ¿Su investigación sobre la música tiene características similares a la hecha sobre los indígenas?

– Sí señor. Vos sabés que la guitarra que llega a Treinta y Tres es una guitarra chica, de clavijas de madera. El músico de guitarra no modifica la estructura de la caja, modifica sí las afinaciones. La guitarra que llega a América es la vihuela, que es la guitarra de la oligarquía. Luego llega en 1650 la guitarra barroca. Ésta es de la época de la sonata monotemática y bipartita en Europa. La barroca será después la guitarra popular acá. ¿Por qué no adaptamos esos tipos de afinación a la academia si son la génesis de la música nuestra?

– ¿Es cierto que usted se juntaba con Lena a discutir los libros de Lauro Ayestarán?

– Sí señor.

– ¿Qué opinión tiene de la obra de Ayestarán?

– El musicólogo más grande que tenemos. Yo estuve con él en Treinta y Tres buscando a algunos guitarreros viejos, que no estaban casi contaminados. Porque después llegan aquí (Atahualpa) Yupanqui y (Eduardo) Falú y perdemos nuestro estilo de tocar milonga. Los guitarreros de acá, sin escuela y sin técnica ninguna, tenían dificultades para armar los acordes, entonces afinaban la guitarra en tono mayor e improvisaban con dos dedos arriba de una milonga ¿Querés que te muestre? (Durante un rato toca con una sola mano, mientras se acomoda una boina imaginaria y simula armar un tabaco.) De esta manera los guitarreros balaqueaban y hacían cualquier cosa con la mano izquierda, siempre en acorde mayor, tónica y quinto grado. Lo que tiene esto es que no lo repasás nunca porque afinar de vuelta la guitarra es como matar un burro a pellizcones (risas).

– ¿Por qué no usa afinador?

– No quiero perder las facultades del oído. Ya perdimos el chiflido, ¡ya ni jedemos! Con esto del antisudoral hemos perdido hasta el jedor. Afina y toca una pieza.

– ¿Qué es eso?

– Cañada del brujo.

– ¿No tiene letra?

– No, es intelectual (dice a las risas). Tenemos un intercambio de ideas acerca de la efectividad de la música descriptiva; yo echo por tierra la capacidad de que la música sea efectiva en esta tarea.

(Casi con vanidad toma la guitarra y me invita a escuchar una pieza).

“¿Qué es esto?”, me pregunta después de ejecutar. “A mí me transmitió mucha tristeza y melancolía”, le digo. “Se llama Potrero chico”, añade. Resistiéndose a perder, reflexiona: “¿Acaso el atardecer en el campo no es triste y melancólico?” Le concedo la victoria mediante una sonrisa cómplice.

– Esta es una guitarra con geografía, cuando uno toca estos estilos recorre el campo. Las penas van por adentro, el camino va por fuera, pa’ que apurar el matungo, si nadie espera.

– Veo que usted tiene un amor casi obsesivo por la cultura de acá.

– Es que somos euro-cultos. La cultura europea llega a la academia; es el primer piso. La cultura americana está en el subsuelo.

Los Olimareños introdujeron géneros latinoamericanos en la música popular…

– La música popular no existe, lo que hay son clases populares y músicos de extracción popular que se aburguesan después. Hay dos clases populares aquí que son los cantegriles y los rancheríos. Esa gente no tiene expresión artística propia. Y el baile popular usted lo ve en un prostíbulo o en un boliche. En la academia las cuarenta parejas levantan la pata a la misma altura. Una vez estaba en un boliche con otros parroquianos y viene un oriental sentado a caballo, pero mirando para el anca. Uno le preguntó: “¿Pa’ donde va paisano sentado al revés?”, y el gaucho respondió: “Quiero saber de dónde vengo…”

– Usted se incorporó al MLN en la década de los sesenta, estuvo preso, fue liberado, y veinte años después el Frente Amplio accede al gobierno ¿Cómo interpreta este momento del país?

– Frena el cambio, es un aliado del imperialismo.

– ¿Tabaré Vázquez?

– Todo el Frente Amplio, todos los partidos de izquierda. La lucha de clases tiene tres etapas, la económica, la política y la revolucionaria; falta esta última. Ahora no tenemos pobres, les dan mil y pico de pesos por mes. Ese pobre no protesta más contra el sistema. En el sesenta y pico hubo una propuesta de cambio, el pueblo no la aceptó; perfecto.

– ¿José Mujica, Eleuterio Fernández Huidobro, Mauricio Rosencof, se aburguesaron también?

– No sé señor, pregúntele a ellos.

Evitó el tema y tocó una milonga triste como las anteriores. “Es una guitarra con geografía.”


(Fotografía: captura de pantalla Youtube)

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