“Quisiera saber la verdad porque para mí es la mayor de las justicias”. Entrevista a Luisa Cuesta

En 2009 se publicó el libro “Viejos son los trapos”, de los periodistas Mauricio Rodríguez – editor de Granizo – y Raúl Ronzoni. Allí se incluyó, entre otras, una entrevista a Luisa Cuesta. A modo de recuerdo y homenaje, la compartimos en forma completa.


Era parte de su rutina. Como cada mañana, Luisa Cuesta llegó temprano al taller de chapa y pintura donde trabajaba como administrativa desde hacía 15 años y saludó a algunos de sus compañeros. A los más madrugadores. Siempre detestó la impuntualidad. Era notorio su cumplimiento riguroso de los horarios. En junio de 1973 el frío que hacía en Mercedes, que se colaba por las ventanas del taller y le golpeaba la piel aunque recién tenía 53 años. Ordenó algunos papeles de su escritorio, repasó facturas de clientes, encendió la radio y se dispuso a preparar el mate, como todos los días. Solía sintonizar emisoras argentinas, allí enfrente, cruzando el río, porque se escuchaban mejor que las uruguayas. Entre canciones folclóricas –un disfrute musical que mantiene a lo largo de los años- y la publicidad de comercios desconocidos, la mañana comenzó a poblarse de golpes sobre la chapa y el rugir de motores, esos sí, conocidos.

En Mercedes, como en casi todas las ciudades del interior, la dictadura no demoraría en empezar a aparecer mediante zarpazos ocasionales: generalmente detenciones arbitrarias que muchas veces realizaban oficiales y soldados que detenían a sus propios vecinos. Así suelen ser las cosas en los pueblos chicos, donde el imperativo es: cuando las aguas políticas se agitan más de la cuenta lo más aconsejable es no meterse. Todo aquel que optara por no quemar sus horas, en romper la inercia bucólica de la mayoría de las ciudades del interior, corría el riesgo de ser el mismo quien colocara una espada de Damocles sobre su cabeza. Una espada imnaginaria, pero similar a la que utilizó la dictadura para golpear miles de cabezas. Cuesta integró esta lista. Al otro día del golpe de Estado una vecina, de las pocas que tenía televisión, la llamó para que fuera a su casa a ver unas imágenes que se transmitían en cadena. ¿”Qué es eso?”, le preguntó la vecina, entre desconcertada y asustada mientras señalaba la pantalla del televisor. “Eso es dictadura”, le contestó Luis. Ella sabía de qué hablaba, porque ya había sufrido varios allanamientos en su casa. Algunas veces la iban a buscar al trabajo, otras iban directamente a su hogar. Siempre buscaban a su hijo Nebio, que tenía una larga militancia en el Partido Comunista Revolucionario (PCR), aunque ya hacía un buen tiempo que se había ido a vivir a Montevideo.

Así se reiteró varias veces. Un día de madrugada, cerca de la una, varios oficiales volvieron a golpear a su puerta. Una vez más no encontraron nada. Uno de ellos le dijo a quien estaba a cargo del operativo: “No hay nadie, sólo está la dueña de casa. ¿Qué hacemos?”. El hombre ordenó: “Entonces llévenla a ella”. Esa vez sólo estuvo encerrada tres días. Pero luego del golpe, en su segunda detención, permaneció nueve meses presa. Cuesta integró la lista mercedaria de detenidos que terminaron en el cuartel, el único lugar con suficiente espacio para alojar a todos los opositores al régimen. En ese momento era una presa. Pero antes había recogido otras etiquetas. Para algunos vecinos era “judía y comunista”. Lo primero por no ser católica; lo segundo por pertenecer a una familia de anarquistas. Para los militares que la detuvieron era “peligrosa”, a pesar de no tener casi militancia política. Por eso estuvo dos meses con los ojos vendados, durmiendo en una carpa que montaron en el cuartel, y luego sietes meses más en un calabozo.

Lo peor vendría casi tres años después, luego de ser liberada. Cuesta ni lo imaginaba, pero a principios de 1976 su vida cambiaría para siempre y se desgarraría por segunda vez. La primera había ocurrido cuando tenía cinco años, la tarde en la que su madre falleció en medio de unos gritos que aún no olvidó. De la segunda empezó a sospechar cuando estaba de visita en Montevideo, en la casa de su sobrina y recibió una llamada desde Buenos Aires. Era febrero de 1976. Su hijo o su nuera Alicia, que vivían desde hacía un tiempo antes en Argentina con Soledad, la hija de ambos, la llamaban con frecuencia. La que les permitía la vida clandestina, porque ambos estaban requeridos. Habían huido y se refugiaron en la capital argentina. “Nebio está enfermo”, fue el mensaje que recibió Cuesta. Aquella frase era la clave que habían pactado usar para notificarla de que su hijo había sido secuestrado. Recibió la noticia con estupor pero, aún impactada, decidió que tenía que hacer algo. No tenía permiso para salir del país y apenas había logrado que la dejaran salir de Mercedes para instalarse en Montevideo con la obligación de presentarse una vez por semana en una comisaría capitalina. Empujada por su coraje de madre, menos de un día después estaba subiendo sin autorización a un avión de Pluna que la llevaría a Buenos Aires. Cerró los ojos y subió la escalinata sin mirar atrás con la sospecha de que su detención sería inminente. Pero logró viajar y empezó a buscar a su hijo. Así estuvo durante nueve meses hasta que se vio obligada a exiliarse en Holanda como refugiada política. Recién volvería a su casa en Mercedes casi 10 años después.

Aunque no lo sabía, al pisar suelo argentino, Luisa Cuesta se agregaba a la lista de mujeres uruguayas que la dictadura transformaría en madres de desaparecidos. Con el paso de los años terminaría como una madre símbolo en la búsqueda de los desaparecidos, una tarea sin pausas en la que ha ocupado casi 33 años de los 89 de su vida. Una búsqueda en la que no cejará hasta el último día de su vida.

“Me fui a vivir a Mercedes cuando tenía cinco años, pero nací en Montevideo el 26 de mayo de 1920. La casa de mis padres estaba bien enfrente de la que hoy es la cancha de Liverpool. Mi mamá murió antes de que yo cumpliera cinco. Yo tenía un hermanito más chico que un día se quemó con café con leche y en aquel momento no había muchas salidas para esas cosas. A raíz de eso creo que mamá dejó de comer, se enfermó y murió. En realidad tenía muchos más hermanos, porque mi mamá era española y allá tenía a su esposo. Cuándo él murió, dado que en España las leyes eran medio raras, la suegra la echó a mi madre y sus hijos de la casa. Como mi mamá tenía hermanas en Uruguay enseguida les escribió para venirse para acá. Se vino con la hija mayor, la que me crió cuando mamá falleció, y eso que en ese entonces mi hermana no tendría ni diez años. En España quedaron cuatro hijos más de mi madre. Lo primero que hizo fue trabajar para poder juntar plata y traerlos. Los había dejado a dos con un tío y los otros dos con otro. El tío que tenía a los mayores los mandó cuando ella le envió la plata, pero el tío que tenía a los dos menores, se quedó con la plata y no los mandó. Mi padre era asturiano. Imagínense, ¡soy hija de asturiano y gallega! (risas) Ellos se casaron acá y lo primero que hicieron fue reclamar por los otros dos hijos. Volvieron a mandar plata y el tío volvió a quedarse con la plata. Al final vino uno y el otro murió en la Guerra Civil sin poder encontrarse con mamá”.

-Se mudó a Mercedes cuando era pequeña. ¿Mantiene recuerdos de la primera infancia en Montevideo?

– Pocos, muy pocos. En casa había dos olivos, eso lo recuerdo. De mi mamá, Josefa, sólo recuerdo a una persona que tenía el cuerpo de mi hermana, grande, medio gordita. Y el movimiento; el ir y venir. Parece mentira que a uno no le queden otros recuerdos… cocinaba “boniatos sancochados”, que nos gustaban muchísimo. En lugar de ser al horno eran con cáscara y los hacía en agua. Los cocinaba en un brasero, eso lo recuerdo clarito, clarito… Recuerdo también a unas chiquilinas amigas a la vuelta de casa y que al volver a Montevideo, cuando ya tenía 18 años, las visité. Estuve 13 años sin venir. Le pedí a mi hermana que me llevara al lugar donde habíamos tenido la casa y ya no estaban los olivos. El recuerdo de la cancha de Liverpool también lo tengo nítido porque cruzábamos la calle y nos metíamos en la cancha a jugar. Pero lo que más recuerdo es el día en que murió mi mamá. Ella gritaba y yo entendía que decía: “me muerden, me muerden”. De repente me tiraron una frazada arriba, para que no viera, me envolvieron y me sacaron de la casa… No supe más nada de mamá. De grande me di cuenta que seguramente decía “me muero, me muero”, y no “me muerden, me muerden”. Cuando murió nos fuimos a Mercedes porque había familiares. Al llegar, un primo nos invitó al río Negro, porque la casa estaba bien enfrente. ¡Y obviamente lo primero que hizo fue empujarme y tirarme al agua! (Risas). Enseguida mi papá, Manuel, entró a trabajar en una cooperativa de pan de anarcos. Nosotros nos quedamos afuera, en el campo, con mi hermana mayor, su esposo y sus hijos, que ya eran tres. Cuando cumplí seis años nació el más chico, así que tenía un sobrino casi de mi edad. ¡Pobre, le di tanto golpe; lo quería agarrar, me tropezaba y nos íbamos los dos al suelo! (risas).

– Es difícil imaginar el golpe de la muerte de la madre en una niña de apenas cinco años…

– Cambió mi vida completamente. Fue como un borrón y cuenta nueva. Mi hermana mayor me llevaba como 15 años y pasó a ocupar ese lugar. Me vistió toda de negro: vestido y zapatos negros y una moña también negra en la cabeza. Mi papá no era capaz de decirme nada. Al llegar a Mercedes, mi cuñado le dijo a mi hermana: “por favor, busca ropa de Vida” -Vida se llamaba la hija de ellos tres años menor que yo-, y me pusieron su ropa. Yo era menudita y ella era grande. Al vernos vestidas iguales los vecinos nos decían las mellizas Cerrutti. Yo me enojaba y les explicaba: “yo no soy Cerrutti, soy Cuesta” (risas).

– ¿Escuela primaria en el campo?

– Sí, escuela rural. Vivíamos en una chacra. Teníamos un caballo e íbamos cuatro a la escuela número 32. Nos turnábamos para usar el caballo, un día íbamos dos y al otro día los otros dos. No faltó ocasión en la que nos subiéramos los cuatro, pero tampoco faltó alguien que le dijera a mi cuñado: “vi a los cuatro en el caballo”. Nos sacó el caballo (risas). ¡Pobre animal! Y bueno, tuvimos que ir a la escuela a pie.

– ¿Cómo se adaptó a la vida rural?

– El campo me gustó desde el primer día. Más que la vida en Montevideo. Volví a vivir en Montevideo después del exilio en Holanda, a mediados de los años ’80 porque mi nieta me lo pidió: “abuela, no te vayas para Mercedes”. Allá era delegada de los trabajadores (risas).

– ¿Ese fue el comienzo de su acercamiento al mundo político?

– No, mucho antes, oyendo a los mayores. Se hablaba mucho de política en casa. Todos los amigos de mi cuñado eran de hablar mucho de política. Después, mi papá, que trabajaba en una panadería y era anarquista. A mí me gustaba escucharlos y meter la cuchara. Y me hacían callar. Era por el ‘30, yo tenía 10 años y metía cuchara. Una vez había venido un paraguayo a casa y yo salí con mis ideas. El paraguayo me miraba azorado (risas). Mi hermana me decía: “Luisa, ¿vas a aprender a callarte cuando hablan los mayores?”, y el paraguayo decía: “déjela que hable”. En casa el comunismo era rechazado. Éramos todos anarquistas, todos de la misma escuela (risas). Una vez a mi hermano lo convencieron de entrar al Partido Comunista, aunque no era comunista. Mi papá vivía peleándolo. Y yo después peleaba con mi padre y le decía: “claro, es tu hijito, le perdonás cualquier cosa, hasta que se haga comunista” (risas). Era muy peleadora.

 – Ser anarquista en una ciudad del interior en la década del ’30 seguramente no era bien visto…

– ¡Pah, era bravo! A nosotros en el barrio nos decían “judíos y comunistas”. Judíos por no ser católicos y no ir a la iglesia, y comunistas por anarquistas (risas). Todas las madres del barrio les prohibían a sus hijos juntarse con nosotros. Pero los niños no les daban bolilla y nos juntábamos igual (risas). Fue tan así que yo después de grande tuve una amiga con la que fuimos amigas muchos años y ella me decía que había dejado de ir a la iglesia porque un cura le preguntó si le había bajado la menstruación. ¡Flor de cura! Y dejó de ir, pero la madre y las amigas que la llevaban a la iglesia decían que era por culpa nuestra, por juntarse conmigo, que le habíamos lavado la cabeza (risas)

– ¿A esa altura comienza la etapa liceal?

– Tenía fama de buena alumna. Me gustaban mucho las Matemáticas, era buena. Resolver los problemas era fantástico. El liceo lo empecé mal porque no me adaptaba. Venía de una escuela rural y de una escuela pública de Mercedes donde las maestras me trataban muy bien. No era que tuvieran predilección por mí, sino que me consideraban mucho. Y pasé al liceo donde no sólo era desconocida para todo el mundo sino que además los profesores no sabían nada de educación. Realmente nada. Siempre cuento de un profesor de Matemáticas que era rematador. Yo era chiquita y me sentaba en la primera fila. Teníamos que hacer los deberes con tinta y luego los guardábamos en una carpeta. Se hacían en unas hojas grandes, de oficio. Ese profesor siempre se paraba delante de mi butaca y empezaba a hablar y le saltaba saliva que caía encima de mis hojas (risas). Yo tenía que arrancar la hoja y volver a pasar en limpio todo. Así varias veces. Hasta que un día dije: “se acabó, yo no voy a estar arrancando todos los días las hojas” y cerré la carpeta. Cuando me vio me ordenó: “Abra la carpeta”. “No señor”, le contesté. “Abra la carpeta”, insistió. “No señor”, le dije. Se quedó mirándome y le dije: “No la abro porque cuando usted habla le cae la saliva en mis hojas y me corre la tinta”. El hombre me largó un sopapo. No me pegó porque yo era ligera y lo esquivé. Salí por debajo de la banca directo para la puerta (risas).

La conversación se interrumpe cuando alguien abre la puerta de calle. Luisa se para con dificultad y se acerca al zaguán. “Ah, es mi sobrino Pocho, es de Mercedes. Vino a pasar las vacaciones”. Hace una presentación informal mientras intenta ayudarlo a cargar unas bolsas que llevan hasta la cocina. Frenadas, aceleradas y bocinazos del intenso tránsito de Avenida Italia se cuelan a través de las cortinas desgastadas y aplastan las palabras. El living parece atrapado en el tiempo. En el centro de la sala hay una mesa grande de madera con seis sillas y a su lado un armario, blanco y descascarado, que llega casi hasta el techo. Sobre los estantes algunas fotos y una gran cantidad de adornos de cerámica, viejos y descoloridos: blancos, violetas y azules. También algunas copas y papeles. Un adorno en madera tiene algo escrito en un idioma extranjero. El único objeto con rasgos de modernidad es un pequeño equipo de audio y, a su lado, una pila de cassettes entre los que se destaca uno de “Los Olimareños”. Las paredes lucen tapices de colores apagados, muy parecidos a tres almohadones que adornan el sillón ancho que Luisa protege cubriéndolo con una manta blanca. Ella regresa de la cocina y Pocho, entre desconfiado y curioso, se sienta en ese mismo sillón a escuchar.

– Estaba contando sobre su etapa liceal…

– Ah, sí. ¡Después me echaron del liceo! (risas). Pero yo no había hecho nada, fue de mala suerte. Había una barra medio brava de mujeres en segundo año. Éramos más mujeres que hombres. A muchas les gustaba jugar con tizas y como ya me conocían sabían que conversaba mucho. Cuando entré a segundo me senté en el medio de dos de ellas, en el fondo. Una que era medio boba y la otra no hablaba, así no tenía problemas (risas). Pero el director del liceo, no sé por qué, me trajo para la segunda fila. Quizás pensó: “a este elemento es mejor tenerlo en la segunda fila” (risas). La cabeza me empezó a quedar abollada de los tizazos que recibía de las filas de atrás. Hasta que un día me tiran una tiza y de rebote me cae en la falda. ¿Qué se me ocurre?: tirarla para atrás sin que me vean. La engancho en los dedos y la tiro sin mirar, con tanta mala suerte que le fue a pegar a una “tenia equinococos” de yeso que había en la pared del otro lado. No me voy a olvidar nunca de la tenia. Estaba sin un ojo y la tiza le fue a dar justo en el ojo. ¿Podrán creer? Fue la carcajada de todos y a mí me echaron (risas). La cuestión es que el director dijo que no podían conmigo, pero yo no promovía las bandideadas, a lo sumo podía seguirlas (risas)

Expulsada del liceo empezó a aprender costura. Le gustaban las “labores” y comenzó a tejer. Luego se inscribió en el liceo nocturno para estudiar Comercio. Aprendió a escribir a máquina y le surgió un trabajo en un taller de Mercedes que tenía 18 operarios. “Yo era la más grande. Ahí estaba cuando llegó la dictadura”.

– Ya estaba en la etapa de los amores. ¿Fue allí que conoció a René Melo, que sería el padre de su único hijo?

– Fue más adelante, en el año… (Piensa)… tendría 24 años cuando empezamos a ser novios, o sea alrededor de 1945. René era amigo de la casa. Prácticamente se crió con nosotros. Cuando llegamos a Mercedes teníamos una chalana y juntábamos a todos los muchachos del barrio para ir al río en chalana. Él era parte de ese grupo. En verano vivíamos en el río Negro. Mi padre venía con un queso, una caja de dulce de membrillo y un montón de galletas en una bolsa de la panadería. Decía: “¿quién quiere ir conmigo al río?” y obviamente nos anotábamos todos de apuro (risas). Bueno, en un momento nos ennoviamos con René, pero nunca nos casamos. Ni siquiera convivimos. Quedé embarazada y para mí fue todo bien, porque estaba contenta con tener un hijo. Anduvo todo bien, lo viví tranquilamente con él. El tema es que era muy mujeriego y eso después lo pagó con su vida porque lo envenenaron. Andaba con dos o tres mujeres a la vez y lo envenenaron. Mi hijo le hizo la vida imposible. Nebio era no sólo muy de la madre, sino que era fatal (risas).

(Pocho se ríe fuerte desde el sillón). “Ja, aquél se ríe porque lo conoció. El padre lo venía a visitar, entonces Nebio le decía: “¿me vas a comprar una bicicleta?”. Y René le decía que sí, pero no se la compraba. Cuando lo volvía a ver lo ponía verde de insultos (risas). Y cuando me decía a mí que no podía comprársela yo le decía: “ah, m’hijo, usted haga lo que pueda que yo hago lo que puedo. Conmigo Nebio anda bien” (risas). Nebio lo tenía cortito. Obviamente la relación con mi hijo fue mejor conmigo que con el padre. No sólo porque estaba más tiempo, sino también porque el padre no se lo ganaba. Además iba al Club de Remeros y como a él todos lo conocían, le decían “hijo” y él le decía a todos “papá”. Había un hombre negro y a ese le decía “papa negro” (risas). Mi papá, que había dejado de trabajar en la panadería y tenía una chacra, lo venía a buscar en un carro. Nebio quería subir al carro con el abuelo y cuando lo sacaba a dar una vuelta, mi padre se enojaba y le decía: “usted es algo muy raro, porque yo he conocido muchísimos muchachos sin padre, pero uno con tantos padres, es imposible” (risas). “Adiós papá, adiós papá”, les decía a todos, menos al padre (risas).

– Quiere decir que en Mercedes no sólo era “judía y comunista” sino además, casi madre soltera…

– Ah… tenía todas las contras (risas). Mi familia respondió sin problemas, para los anarcos eso no era problema. Cuando mi hijo creció, para él mi casa fue transformándose en un club político. Como yo trabajaba él aprovechaba y llenaba la casa de gente. Ahora que me atendí y me operé las cataratas con los cubanos, me encontré con uno de Paysandú que había jugado al fútbol con él y le escribía unas cartas lindísimas. Yo le decía: “Nebio, contestale las cartas, no seas malo”. Él no le contestaba y me decía: “No, es trosko” (por trotskista) (risas). Yo nunca le hablé del anarquismo, el lo vivía en la casa y sabía muy bien cómo pensaba yo. Se vino a Montevideo en unas vacaciones. Estaba en el liceo y le habían quedado dos materias para dar en febrero. Vino a la casa de la tía. En ese entonces expulsaron al embajador cubano en Uruguay. No me acuerdo en qué gobierno ni en que año fue, pero debe haber sido en el gobierno de Pacheco Areco. Él anduvo en la manifestación en repudio por la expulsión del embajador. Cuando volvió a Mercedes me dijo: “Mamá, estuve hablando con el tío, y me afilé a la Juventud Comunista”. Yo le dije: “Me hubieras dicho que necesitabas eso”. Me miraba desorientado (risas). Tendría 15 años. La cuestión es que como todo lugar chico, te conoce todo el mundo. Una vecina de alguna manera se enteró y me dijo con voz triste: “Qué horrible, señora, tener un hijo comunista” y le contesté: “Tiene razón, es espantoso. Pero es mucho peor ser herrerista” (risas).

– Después llegó la dictadura. ¿Cómo se vivió en el Interior, en una familia acostumbrada al debate político y con un hijo militante?

– Antes de eso, el grupo de mi hijo y todos sus amigos me convencieron que entrara en el movimiento Fidel (Frente Izquierda de Liberación). Yo no me sumé, sino que fui como una “personalidad independiente”. Pero no había caso, el Fidel estaba manejado por el Partido Comunista, entonces era evidente que yo en algún momento iba a tener un entredicho con ellos. Pero antes lo tuvo mi hijo cuando en Mercedes toda la Juventud del Partido Comunista se fue del Partido por estar del lado de China, ser pro China y haberse enojado con la Unión Soviética. Yo me quedé un tiempo más en el Fidel porque había una profesora amiga que me pedía que no me fuera. Recuerdo a una del Partido Comunista que fue a Mercedes y me dijo en una reunión: “¿cómo se llama usted?”. “Luisa Cuesta”, le respondí. Yo soy medio violenta para hablar, todos piensan que estoy peleando, pero sólo es mi forma de hablar (risas). Lo cierto es que esa mujer insistió: “¿Cómo me dijo que se llama?”. Y cuando le iba a responder, mi hijo, que estaba medio escondido por el fondo, porque no podía formalmente asistir a las reuniones porque se había ido del grupo, grita: “Sí, Luisa Cuesta, hermana de Gerardo Cuesta pero madre de Nebio Melo” (risas) .

– ¿Su hijo ya estaba dedicado a la militancia?

– Sí, dejó Preparatorios para dedicarse de lleno a la política. Yo lo sospechaba porque él se encerraba en el cuarto y me decía: “no me molestes, estoy estudiando”, hasta que un día entré al cuarto y empecé a ver los libros… Lenin, Marx… (risas). Iba bien en Preparatorios pero lo dejó y entró a la Juventud Comunista. Se fue cuando lo de China porque era “pro chino”. Hasta el día de hoy me dicen algunos en broma: “callate vos que tenés un hijo pro chino” (risas). Se fue a la Escuela de lechería de Nueva Helvecia y se recibió de experto en lechería. Volvió con el título: “Cuélguelo del lado que usted quiera, del lado de afuera o del lado de adentro del zaguán, porque a mí no me sirve para nada”. Le gustaba eso pero no consideraba ir a una estancia a que le pagaran un sueldo de peón siendo experto en lechería. Además ya tenía la cabeza en otra cosa. Un día me dijo de viajar a Montevideo. “¿Estás loco? ¿A qué vamos a ir? Vos sin trabajo y yo sin trabajo. No m’hijo váyase usted”, le contesté. Nos había quedado la casa cuando murió el padre y yo estaba trabajando. “Yo me quedo. Sabe que la casa está y puede volver cuando quiera”, le dije. Y se fue. Me hacía una visitita todos los meses. Estuvo estudiando en algunos lados. Hay gente que me dice que lo conoció en la Facultad de Humanidades, otros que me dicen que lo vieron en Preparatorios, no sé. Al tiempo apareció en casa con una muchacha, Alicia. Estuvieron unos días en Mercedes y ella se volvió y luego él también se vino a Montevideo. Al tiempo me llama a mi trabajo: “Mamá, me caso el martes, pero no vengas eh?” (risas). Le sacaron el teléfono de las manos la novia y mi sobrina y le dijeron: “Pero bruto, cómo le vas a decir a tu madre que no venga” (risas). Vine y se casó.

– Y llegó la nieta…

– ¡Soledad! Yo trabajaba y en vacaciones de julio vine a Montevideo a ver a mi nieta. Ella tenía menos de dos años y me decía “mamá”. Mi hijo le explicaba: “Es mi mamá, no tu mamá. Tu mamá es Alicia”. Entonces se quedaba pensando y repetía “Alish” (risas). Ahí me empezó a decir “Mamama”. Cuando iba a volver a Mercedes empezó a llorar a los gritos que se quería venir conmigo. La madre, muy joven, le dijo: “Ah, ¿te querés ir con Mamama? Bueno, te apronto la ropa y te vas con Mamama” (risas). ¡Y es que se fue conmigo nomás! (risas). Durante todo el viaje, en el ómnibus de ONDA, se pasó diciendo: “Mamama, el guardia (guarda) me mira”. Así pasó todo el viaje. Era la época en que ONDA paraba en Rosario. Paramos, el guarda se acerca y me dice: “Me permite a la niña, porque creo que a ella le pasa algo conmigo” (risas). Se la di, bajó del ómnibus y al rato apareció con una Coca Cola en la mano. Y no dijo más nada. El guarda me decía: “Y bueno, fue amor a primera vista” (risas).

– ¿En qué momento toma conciencia de la situación del país y sobre los riesgos que podía correr su hijo?

– No me daba cuenta. No compraba diarios. Por lo general escuchaba la radio de Buenos Aires y no la de Montevideo porque se oía mejor. No tenía televisión. Sólo había unas vecinas que tenían televisión. Me acuerdo cuando lo de los tupamaros, cuando secuestraron a un brasileño, después que mataron a Dan Mitrione. Las vecinas de al lado, que tenían televisión, me invitaban a ver el informativo pero casi nunca iba. Lo que pasa es que la gente de Mercedes no era muy política y por eso siempre fuimos como ovejas negras (risas). El día que empezó la dictadura viene una vecina y me pregunta: “Luisa, ¿que es golpe de Estado?”. Me quedé mirándola y le contesté: “Dictadura, es dictadura”. Me explicó que en la televisión había “una música y hablan de golpe de Estado”. Así empecé la dictadura. Ahí me empecé a preocupar un poco por la situación de mi hijo y de Alicia. Además estaba la nena, que a esa altura tenía dos años y algo. Poco antes a mi hijo le habían dado un balazo en una manifestación frente a la Facultad de Arquitectura. Él contó que vio a un militar que se agachó y le apuntó. Más suerte no pudo haber tenido. Le entró en el brazo derecho, le salió acá y entró acá (indica debajo del brazo), le recorrió las costillas y no le tocó ni un órgano. ¿Saben lo que es no tocarle un órgano? Me enteré por mi patrón. “Luisa, mirá que llamaron que a tu hijo le dieron un balazo”, me dijo. Me vine, estaba internado en el Casmu y cuando entro a verlo me dice: “¿Por qué viniste mamá?” (Risas).

– ¿Hablaba con él de la situación que se estaba viviendo?

– ¡Más bien él hablaba conmigo! (risas). Un día apareció en Mercedes para dejarme a la nena porque ellos iban a esconderse. “Sabemos que los dos estamos requeridos pero no se ha hecho público, así que te vamos a dejar a la nena”. A los tres días volvió y me dijo: “No te voy a dejar la nena”. “¡Estás más loco que una cabra!”, rezongué. Y él me explicó: “Es que a vos te van a llevar”. Entonces le dije: “Claro, porque soy la mamá del héroe, cómo no me van a llevar” (risas). Nunca pensé que me fueran a detener porque no me había metido en nada, pero la cuestión es que me detuvieron.

– En ese momento tenía más de 50 años. ¿Cómo enfrentó la detención?

– Yo era la más vieja, ni que hablar. Era pura gente joven. Había dos maestras y una que era telefonista. Pero la única vieja era yo (risas). La primera vez que me llevaron me tuvieron tres días sentada en una silla. Y después me soltaron. Me dijeron que tenían el dato de que en casa funcionaba el PCR. Yo les explicaba: “Yo trabajo, no estoy en todo el día, no los veo. Además mi hijo es amigo de todo el mundo, ha ido gente de todo tipo a casa”. Trataba de que entendieran que toda la vida había ido gente a casa. Mi hijo sabía que estaban vigilando la casa, se dio cuenta esa vez que vino y por eso me dijo que seguramente me iban a llevar. A él capaz que no lo conocían, pero era verdad que en casa entraba y salía gente, todo el día. Incluso, yo no tenía llave de la casa porque en el Interior se dejaba la puerta abierta. Me llevaron a un cuartel. Uno de los milicos se me acercó y me preguntó: “¿usted lleva quiniela?”, porque estaba de moda llevar presas a las que levantaban quiniela (risas). Cuando le dije que no, se quedó pensando…“ahh, entonces usted es comunista”. “No”, le dije. “Y entonces, ¿por qué esta acá?”, preguntó. “¡Si lo no saben ustedes ¿cómo puedo saber yo?!” (Risas). Ahí estaba sola. Me vinieron a buscar de noche y a los tres días me soltaron. Capaz que no era dictadura (piensa)… porque recuerdo que me soltaron y ese día fue a Mercedes a hablar (Vladimir) Turiansky en AEBU. Como me soltaron, me fui para ahí a ver qué decía. Y cuando llegué casi se mueren los de AEBU. “¿Para qué vino?”, me preguntaron. Y yo les contesté: “porque me soltaron” (risas). Me quedé a la charla. De pronto pasó una muchacha al lado mío, una mujer que yo no conocía. “Sígame al baño”, me dijo bajito. Yo la seguí y me dijo: “dice Nebio que se vaya de acá. Que por favor se vaya mañana mismo”. Mandó a esta muchacha que no sé quién era ni le pregunté, pero no le di bolilla. Al tiempo se casaba una sobrina mía en Montevideo. Y yo tenía la credencial de cuando iba al liceo y pensé que como estaba la situación, era mejor cambiarla, porque capaz que me hacían problemas. Fui a cambiarla y al otro día me vinieron a buscar por segunda vez: “¿Usted se quiere ir?”, me preguntaron. Les dije que no, que se casaba una sobrina. “No, usted no se va a ir” y me volvieron a llevar. Estuve nueve meses.

¿Cómo fue esa detención?

– Estuvo bravo… (Se queda pensando) Había otra gente, todos de Mercedes. Los conocía a todos. Llegamos al cuartel y nos enteramos de que en el galpón estaba gente del MLN. Habían traído de Colonia a todas las mujeres del MLN. Eso le permite a uno ir haciéndose una idea de lo qué esta pasando en diferentes lugares. Al final ahí quedamos sólo seis. Al principio estuvimos en una carpa de las que se usaban en Vietnam donde nos tenían a todos entreverados, varones y mujeres. Todo el día con la vista tapada con una venda y sentado en el mismo colchón que después dormías. Si de noche te sacabas la venda dormida te golpeaban para que te la pusieras. El compañero que ahora está desaparecido, Ricardo Blanco, me hizo señas con las manos, haciendo letras con los dedos con un código que nos habíamos inventado, y me decía que me hiciera la loca para que me sacaran. Yo tenía 53 años. Y empecé a hacerme la loca. Cuando repartían el pan yo gritaba: “¿No tenés uno más chico?”. Trajeron puchero y le dije (grita otra vez): “¿No tenés otro huesito?”. Los milicos oían todo ese lío. Yo había pasado al juez y me habían dado la libertad. Pero el teniente me dijo que el Comando había decidido que permaneciera detenida por medidas de seguridad. “¿Soy peligrosa, teniente?”, le pregunté. Y me contestó: “Más de lo que usted supone” (risas). Ahora hay un compañero en Familiares que hasta el día de hoy me dice “vos sos peligrosa” (risas).

– ¿Cómo transcurría el día a día en el cuartel?

– A mí me comían las pulgas. ¡Pero me comían las pulgas! Ninguno tenía tantas pulgas como yo. Les decía “guárdense las pulgas, ¿me las están tirando todas a mí?” (Risas). Una mujer casada con mi sobrino me lavaba la ropa. Un día me trajo la ropa y le dio a los milicos una máquina de flit para que yo le echara a las pulgas. Los milicos me querían comer, porque ¡cómo yo había mandado a pedir el flit! Un día levantaron la carpa porque había sol. Yo no tenía los lentes porque me los habían sacado pero me propuse buscar las pulgas bajo el sol. Me tenían enferma. La cuestión es que pasó el sargento y como me había sacado la venda lo veo pasar por el otro lado de la carpa. El tipo se detiene y supuse que me iba a hacer bajar la venda. Pensé “no me la bajo nada, que venga y me la baje él”. Seguí buscando pulgas, delante de él. Entonces Ricardo Blanco le dice: “Sacá a Luisa de la carpa. Está loca”. El sargento le contestó; “¿Me lo vas a decir a mí que recién la vi tratando de matar pulgas sin lentes?” (risas). Más tarde me llevaron al interrogatorio. Me preguntaban cómo se llamaba mi mamá, mi papá, mi hijo. Lo cierto es que cuando me preguntan por mi mamá me equivoco, no me acordaba y les dije “Petrona”. Siguieron las preguntas pero en mi cabeza quedó que le había dicho un nombre que no era. Al rato le digo “perdóneme pero no es Petrona, es Josefa”. El hombre tiró la maquina de escribir para atrás y lo puso. Cuando volví a la carpa me preguntó Ricardo cómo me había ido y le dije: “No me hice la loca, estoy loca” (risas)

– ¿Cómo era el trato de los guardias?

– No había golpes. A mí sólo una vez uno me metió el dedo en el ojo. Hasta el día de hoy me acuerdo de su apellido, Pérez. Me metió el dedo en el ojo porque se me había corrido la venda.

– ¿Tuvo miedo? ¿Había una situación de violencia latente?

– No, nos habíamos acostumbrado a la rutina. Nos llamaban al interrogatorio y volvíamos. Tuvimos una vez problemas porque separaron a los varones del galpón y a las mujeres nos pasaron a una pieza. Ahí ya éramos seis. Cuatro dormíamos en cuchetas y dos en el piso en un colchón, en la misma pieza. Era una pieza que tenía puerta y pared y arriba tejido que se comunicaba con el galpón de los varones. Oíamos todas las conversaciones de ellos. Una vez uno se puso a cantar un verso medio verde y nosotros nos rebelamos y del otro lado empezamos a cantar: “Cuando canta el gallo rojo” (risas), a todo lo que da. Nos hicieron callar (risas). Entre las mujeres hablábamos de todo. Las que tenían visita comentaban las novedades que traían de afuera. Las que no teníamos visita, como yo, compartíamos. Después empecé con visitas. Mi hermana, pobre, viajaba desde Montevideo para visitarme. Cuando se despedía, me decía: “portate bien” y los milicos me tomaban el pelo con eso (risas). Al salir tenía que presentarme en el cuartel el primer día de cada mes

– En ese contexto de “incomunicación”, ¿sabía algo de su hijo y de su familia?

– Me llegaba información de la forma que nunca imaginaron los milicos. Mi hijo, a mi hermana mayor, cuando era niño mi hijo le decía “Cacalita” porque no le salía “Carmencita”. Mi sobrina me escribía y para contarme de Nebio me decía en clave: “¿Sabés con quién me encontré?, con Cacalita, está lo más bien. Te manda muchos saludos. Que estés tranquila. Que te portes bien”. En una de las cartas me dijo que Cacalita estaba con ganas de irse y ahí me entero que se iba a ir a Buenos Aires. Cuando salí del cuartel pedí permiso para venir a Montevideo, porque estaba mi sobrina. Con ella teníamos una relación de hermana. Me dieron permiso pero me tenía que presentar en una comisaría de menores que había cerca de la casa de ella. Me presenté dos veces. Empecé a tener noticias de mi hijo que estaba en Buenos Aires. Un día Alicia me mandó decir que fuera a Buenos Aires porque Nebio estaba enfermo. Me fui a Buenos Aires con terrible susto porque me tenía que presentar cada cierto tiempo en la comisaría. Cada escalón del avión que subía pensaba: “me bajan, me bajan”. Pero no sucedió nada. Me fue a buscar mi nuera y la gente de ellos. Estuve más de un año. Yo me fui pensando que mi hijo estaba preso. Y fui a buscarlo a todas las cárceles que pude pero no lo encontraba en ningún lado y no sabía qué había pasado con él. Lo secuestraron el 8 de febrero de 1976.

– ¿Cómo fue esa etapa para una mujer del Interior empujada en la búsqueda de su hijo desparecido en una gran ciudad como Buenos Aires?

– Pensaba que si volvía a Montevideo me iban a meter presa de vuelta. Justo mi nieta somatizó la falta de su padre con enfermedades, fiebre, otitis, otra cosa en los ojos, sarampión. Y yo me iba quedando porque mi nuera trabajaba y yo cuidaba a la nena que tenía cuatro años. Hasta que un día de la oficina de las Naciones Unidas nos dicen que estamos en peligro, que nos teníamos que ir. Mi nuera nunca estuvo detenida pero éramos refugiados uruguayos bajo el amparo de Naciones Unidas. “No podemos protegerlos más”, nos dijeron y nos tuvimos que ir. En Buenos Aires estuve desde febrero del ‘76 a mayo del ’77, cuando nos fuimos a Europa. Fue una etapa de presentar habeas corpus en cuánto lugar nos decían. Mi nuera había contratado a un abogado y fuimos a ver a Zelmar Michelini que estaba viviendo en el hotel Liberty. Estuvo un rato jugando con mi nieta y la llevó en brazos para que tomara la leche con el más chico de él. En ese momento nos parecía que mi hijo estaba detenido en algún lado. Hicimos varios pedidos. Pero nadie sabía nada. Incluso el día antes de viajar a Holanda viajamos a La Plata a presentar un habeas corpus porque nos habían dicho que estaba ahí. Pero hasta el día de hoy no sabemos qué pasó con él. Lo levantaron de la calle y no se supo más nada.

– ¿Por qué se decidieron por Holanda?

– Mi nuera primero pidió Canadá, pero ahí la aceptaban a ella y a su hija pero a mí no porque había estado presa. Después optamos por Ginebra porque un hijo de mi sobrina vivía ahí, pero, de vuelta las aceptaban a ellas sí y a mí no porque yo ya no estaba en edad de trabajar. Finalmente decidimos Holanda. Al llegar me pusieron en la bolsa de trabajo pero ya no me llamaron para trabajar porque no tenía edad. Ahí tenía 57 años. No tenía edad para trabajar.

 – ¿Cómo fue esa nueva etapa en calidad de exiliada-refugiada política?

– Para mí, horrible, horrible. Porque además mi nuera se hizo de un compañero ahí, en el refugio en el que estábamos y se fue con él y la nena para Ámsterdam. y nosotros estábamos en un pueblito. Yo me quedé en el refugio un año y medio porque como era sola no me daban casa. Además no quería ir a cualquier lado, sino al lugar en que estaban mi nieta y mi nuera.

¿De qué forma transcurrió su vida en el refugio?

– Había chilenos y argentinos. ¡Uh, cada merengue! ¡Mas vale no acordarse! (risas). La convivencia con gente distinta no es fácil. El edificio había sido un asilo de niños o algo por el estilo. Una casa grande con mucha gente, con habitaciones individuales y se compartía la cocina. Pasaba de todo. Nos habían dado unas heladeritas a cada uno y los muchachos vagos que andaban ahí, cuando querías acordar se habían comido los huevos, el fiambre, todo (risas). Te tenías que acostumbrar a que abrieras la heladera y ya no estaba lo que tenías. Vivíamos de un sueldo que nos daba Naciones Unidas

– ¿Y cómo equilibró esa situación con la búsqueda de su hijo? ¿Tenía acceso a información?

– Al refugio llegaba un pequeño diario que sacaba el (fallecido) periodista Guillermo Waksman dede Ginebra. Les llegaba a todos. Los compañeros del refugio me dijeron un día que ahí decía que a Nebio lo habían visto en Campo de Mayo. Y todos quedaron contentos, pero en verdad ninguno sabía lo que pasaba. Cuando llegué a Holanda me integré al Comité Uruguay y planteé el caso de mi hijo a uno del Partido Comunista. Me dijo que los argentinos me habían vendido un tranvía, que era mentira que mi hijo estaba desaparecido. Que no había tales desaparecidos en Argentina. Por eso tuve grandes líos con la recolección de firmas para anular la ley de Caducidad, porque el Partido Comunista nunca se ocupó de ninguno de ellos. Y eso que en Familiares tenemos una ley que se cumple hasta el día de hoy que es no preguntarle a nadie de qué partido es. No importaba de qué partido era el desaparecido. Pero el PC no protegió a ninguno. Los familiares de desaparecidos del PC han ido a Familiares, se quedan un tiempo y después se van, no están de acuerdo con la política de Familiares. Yo no apoyé la recolección de firmas para anular la Ley porque no quiero que me utilicen políticamente, yo sentí que era algo político porque se juntaban tres partidos en esto. El Comunista, que nunca hizo nada por ninguno de los de ellos, el Nuevo Espacio de Rafael (Michelini) y el PVP. Yo lo conozco a Rafael, hoy dice una cosa y mañana se desdice. Cuando lo de la Comisión para la Paz nos dijo: “No vayan, por favor no acepten eso”. Nosotros aceptamos y hasta el día de hoy me joroban con el pie en la puerta. Cada vez que hablan de eso dicen “acordate de la patita de Luisa metida en la puerta”. Eso es porque en ese momento yo dije: “Abrieron una rendijita, pongamos el pie para que no se cierre”. Todo el mundo me joroba con eso. El tercer partido involucrado en esto es el PVP, que toda la vida ha querido que nos borremos. Se enojan conmigo cuando se los digo, pero cuando perdimos el referéndum nos reunimos en el sótano del Serpaj y Sara Méndez nos dijo: “Hay que cerrar las puertas”. Así, tranquilamente, se paró y nos dijo “hay que cerrar la puerta”. Como diciendo que hay que dejar todo. Yo le pregunté: “Pero entonces, ¿cómo luchamos por los desaparecidos?”. No me contestó ni una palabra y se fue de la reunión. Se fueron yendo de a uno hasta que se fueron todos.

– Para los familiares el referéndum de 1989 fue un balde de agua fría…

– Sí, quedamos golpeados. Sólo quedamos tres madres de desaparecidos, que dijimos “las puertas no las cerramos”. Las dejamos abiertas, venimos acá y nos sentamos las tres. Tomamos mate de tarde, leemos diarios, hacemos lo que sea. Los que más nos visitaron en esa época fueron los de la prensa brasileña. La prensa de Brasil vino mucho, nunca tuvimos tanta prensa extranjera como en esa época. Las tres éramos Amalia González, Nelsa González y yo. Un día pasó Hortensia, la mujer de (Walter) De León, nos vio y nos preguntó “¿Que están haciendo acá ustedes?” Y le dijimos “¿Qué vamos a estar haciendo? Teniendo la puerta abierta, como dijimos” (risas). Y se sumó. Después de ahí decíamos que éramos los tres mosqueteros y el acompañante.

– ¿Cómo fue el proceso en la búsqueda de noticias sobre el paradero de su hijo y del resto de los desaparecidos?

– Hubo de todo. Las primeras consignas eran: “vivos los llevaron, vivos los queremos”. Hay casos como el de Seregni, que todo el mundo le tiene un gran cariño, pero yo no, porque una vez habló en la Plaza Libertad después de la dictadura, habló de la apertura, de las elecciones, etc. Habló de todo pero no nombró a los desaparecidos. Nosotros le gritamos: “¿y de los desaparecidos, qué?”. El nos contestó: “eso también se va arreglar”. Eso nos contestó. No se arregló nada. Igualmente, cuando salí de Argentina para mí mi hijo ya estaba desaparecido. Íbamos a determinados lugares a pedir ayuda y en Naciones Unidas ya se hablaba de que “no estaban”, que no los encontraban, ¿no? Que estarían presos en algún lugar pero que no los encontraban. No decían que estaban muertos. Que están muertos te vas dando cuenta con el tiempo. Primero estaban detenidos, después desaparecidos, después muertos. Lo que pasa es que uno sabe, tiene la conciencia de que te falta, no lo ves, pero al mismo tiempo lo buscás. Me acuerdo de haber corrido frente a la Universidad por una nuca, porque de lejos me parecía la nuca de mi hijo, pero no era. Eso no me pasó solamente a mí. Con las madres hablamos y a todas les ha pasado algo parecido. Había una madre que lo ubicaba en diferentes lugares. Un día me dijo: “¿Sabés una cosa, Luisa?, ahora sé dónde esta mi hijo. Está en la Antártida, porque a él le gustaba ser buzo”. Le dije: “Pero Violeta…” Y me interrumpió: “No me digas nada. ¿Sabés una cosa? Dejame vivir y no me digas nada”. Después lo ubicaba en la selva paraguaya, en un sótano en Chile o en cualquier otro lugar. Vivía con eso. Se alimentaba de eso. Pero yo no. Cuando me fui a Holanda recuerdo que una holandesa me preguntó cómo me sentía. Le contesté que como una higuera vieja que la desentierran y la trasplantan. Totalmente transplantada. Cuando me dieron casa, la asistente social me dijo: “¿Estarás contenta, Luisa?”, porque había salido del refugio entre chilenos, argentinos y uruguayos. Le contesté: “¿Para qué quiero una casa en Holanda?”. Estaba cerca de mi nieta y mi nuera. Así que me fui quedando.

¿Cómo volvió después de ese proceso con tanta sensibilidad?

– Cuando se terminaba la dictadura, yo dije que venía. Demoré porque me tenía que operar de la boca. Pero me vine en julio de 1985. Ya había estado en noviembre del ’84. Había venido a un congreso de Fedefam en Buenos Aires. Había una abogada y le pedí que me acompañara a Montevideo. Nos fuimos a tomar un café y cuando le conté la historia ella dijo que no podía venir. Insistí y al final nos vinimos en avión. Ella estaba más nerviosa que yo, tanto que cuando fuimos a bajar se le cayeron todos los papeles que traía (risas). Yo venía tranquila, porque lo había decidido. Estuve acá y pasé las elecciones. Pero a Mercedes no fui, por las dudas, no fuera cosa de que me llevaran presa (risas). Un hijo de mi sobrina me acompañó, y llevamos la foto de mi hijo a todos los diarios porque era su cumpleaños, el 4 de diciembre. La repartí en varios diarios y algunos sacaron la foto.

– ¿El cumpleaños de su hijo pasó a ser una fecha especial en su vida?

– Al principio duele más. Después va pasando. Cómo será que este año pasado se me olvidó la fecha. Se me pasó. Me llamó mi nieta y le noté algo raro. “¿Qué te pasa?”, le pregunté. “Abuela, te olvidaste de la fecha”. Y sí, me había olvidado. Pero bueh… (se queda pensando) Un día tuvimos una reunión para ver qué hacíamos con Familiares. Estaba Javier Miranda. Él y otros nos juntamos y echamos a andar Familiares. De a uno se fueron integrando los que se habían ido antes y ahí nos mudamos al nuevo local.

– Hay una instancia muy particular que fue la Comisión para la Paz. ¿Cómo lo vivieron en la interna?

– Uf, si habremos discutido por eso. Con el Nuevo Espacio discutimos mucho, porque decían que no íbamos a lograr nada. Nosotros dijimos que quizás sí. Sobre todo por la forma en que Batlle actuó el día que asumió, que pasó en el auto mirando el lugar donde estábamos todos con los retratos, mientras el otro, Hierro, miraba para el otro lado. Dice que fue porque lo llamaron justo (risas). Batlle ya nos había creado confianza antes, una vez que vino gente de EE.UU. de una Iglesia Metodista. Fueron a hablar con Batlle y los recibió. Javier había ido con ellos. Fue como abrir una puerta. Pero lo de la Comisión fue una decisión que hubo que tomar. Había muchos que decían que estaban de acuerdo pero ninguno decía “sí”. Me acuerdo de un acto en la Universidad, en el Paraninfo. Yo estaba arriba y llegó la agrupación H.I.J.O.S., con tremenda batahola. Y yo no sé si fue eso lo que me dio fuerzas, pero justo me preguntaron por ese tema y dije que sí, que había que ir. Incluso Javier me llamó y me dijo “¿es cierto que dijiste que sí?”. Le contesté: “Sí, me salió, ¡¿que querés?!” (risas). Dije que aceptábamos la Comisión para la Paz. De ahí salió lo de la patita.

– Han pasado varios años de ese momento. ¿Cuál es su balance?

– Para mí fue positivo. Hubo momentos en que pasamos mal. Pero también hubo momentos en que logramos alguna cosa. Tampoco es que hiciéramos confianza en lo que decían los militares, porque sabíamos que nos iban a mentir. Tanto que me acuerdo en que la ultima reunión Gonzalo (Fernández) nos dijo que le habían dicho que a los detenidos desaparecidos los habían cremado y tirado las cenizas en un lugar de no sé dónde, que tenía las fotos y todo. Que si queríamos ir, él nos acompañaba. Ahí nos paramos y le dijimos “no, ya nos mintieron tanto, que mejor dejá así. Si tiraron las cenizas ahí, dejalas ahí, pero nosotros no le vamos a seguir el número yendo al lugar de las cenizas”. Después el general Bertolotti dijo que las cenizas estaban en el Batallón 14, cosa que tampoco creímos

– ¿Cómo considera los pasos que dio el presidente Vázquez?

– Lo más importante fue que nos abrieron las puertas del Batallón 13. Era un día de lluvia terrible. Fuimos bajo el agua. Estando ahí y viendo un galpón, recuerdo que pensé: “uh, este debe ser el 300 Carlos tan nombrado”. Eso te oprime. El militar que nos acompañaba nos dijo que podrían estar enterrados en una cancha de futbol que estaba al fondo. Yo venía cruzando por una zanja llena de agua, metí la pata y me caí. Me sacó un compañero. Venía mirando los sauces y, como campesina vieja que soy, me di cuenta que eran sauces jóvenes, no eran sauces viejos como los que yo conocía de la orilla del río Negro. Aquellos tenían semejantes troncos, estos no. Tendrían años pero no muchos, porque tenían cuerpo fino. Miré para ahí y pensé “uh, en las raíces de esos árboles debe haber alguno”. Y, bueno, ahí apareció el padre de Javier. En otros lugares construyeron galpones arriba de los cuerpos. Esos nunca los vamos a encontrar.

– ¿Usted quiere hallar los restos de su hijo?

– Yo pienso en encontrar restos, pero de nadie en particular. He tenido discusiones con madres porque dicen: “no quisiera que aparezcan”. Yo les digo que sí, que quisiera. No por los restos de mi hijo, sino para decirle al mundo entero: “esto es lo que hicieron”. Para mostrarlo. Pero algunos dicen “no, yo me muero si algún día me llaman y me dicen que tienen los restos de mi hijo”.

– ¿Ha pensado que usted puede recibir ese tipo de llamada?

– Sí, puede suceder. Hay quienes dicen que a mi hijo lo trajeron acá, y hay otros que dicen que lo mataron en Buenos Aires. Entonces uno no puede saber esas cosas. A mí me entran dudas de si no lo mataron en Buenos Aires y explico por qué: si en Buenos Aires dicen que tiraron una pared de un sótano de un centro clandestino de detención y del otro lado hay miles de cadáveres, yo me digo: “¿Por qué el de mi hijo no puede estar ahí? ¿Por qué deberían de haberlo traído? En una de esas lo mataron allá. No lo puedo saber. No sé casi nada. Hay otra gente que tiene más datos, mas cosas de sus desaparecidos. Pero yo no. Por eso mi nieta me dice que quiere hacer juicio.

– ¿Cómo fue este proceso para ella?

– Al principio lo borró. Sólo quería estudiar. Hizo la escuela y el liceo en Holanda. Se enamoró de un brasileño, y para protegerlo, porque lo iban a echar de allá, dejó de estudiar y empezó a trabajar el doble. Luego se divorció. Ahora tiene un compañero holandés y tuvo un hijo (se para, va hasta el modular y muestra una foto donde se ve a su nieta con su hijo). Cuando quedó embarazada, me preguntó: “Abuela, ¿te parece bien que le ponga Nebio?”. La miré a los ojos y le contesté: “Tú sos la madre, sos la que tenés derecho a hacer lo que quieras”. “¿No te duele?”, me dijo. “No, de ninguna manera. No me duele”. Pero por mucho tiempo no le pude decir Nebio. Fui a Holanda cuando nació. En enero de 2009 cumplió un año y medio. Es del 25 de julio. Pero ella siempre supo todo porque preguntó mucho. Además, en la escuela tuvo un problema por el cual tuvo que hablar de su padre. No recuerdo en qué clase estaba Soledad pero tenía que hacer algo de sinónimos en holandés. No sabía sinónimos, y se lo dijo al maestro. Y éste le dijo que no dijera eso, que era inteligente y que debería saber sinónimos. Y claro, no sabía porque en holandés sabía una sola palabra de cada cosa, tipo “taza”, pero no “pocillo” o “jarro”, por ejemplo. Como la retaron vino a la casa y le dijo a la madre que no quería ir más a la escuela. La madre fue y tuvo que contar que no era holandesa, que era uruguaya y que era hija de desaparecido. El tema es que como es rubiecita la confundían con una holandesa. Cuando le decían “qué linda la holandesita” lloraba como una marrana (risas). Siempre se dio cuenta siempre de todo. Oía conversaciones de los grandes y un día vino con una hoja de oficio con la foto del padre pegada, que la había recortado de algún lado, y la foto de otro, de Mazucchi, a quien mataron en la dictadura. Había puesto una consigna debajo de las fotos. Me trajo ese cuadro y me dijo: “tenés fea la casa, no tenés ningún cuadro”, y lo colgó. Al tiempo vino y lo sacó y dijo que no le gustaba. Lo tengo guardado por ahí.

– ¿Su hijo está presente en su rutina diaria?

– Tengo su retrato en mi dormitorio. Dos por tres aparece. En todas mis historias siempre está. Empiezo a hacer cuentos y siempre interviene por alguna razón. Llega un momento en que ya no pensás que está vivo. Un juez me dijo una vez: “vayan a buscarlo a Europa”. Le contesté (pone cara seria): “vengo de Europa, allá no lo encontré”. Quisiera saber la verdad porque para mí es la mayor de las justicias. Y lo digo siempre. No me voy a poner triste porque hayan puesto presos a los milicos, pero tampoco me causa alegría. Ningún preso me da alegría. Sea el que sea. Un preso me parece una vida perdida.

– ¿Conocer la verdad implica saber los detalles de su muerte? ¿O prefiere no llegar a tanto?

– No, no pediría mayores detalles. La muerte es la muerte, sea como sea. Si lo torturaron es para torturarme yo. Entonces más vale ignorarlo. Pueden haberlo torturado y mucho, pero bueno, más vale no saberlo.

– ¿Cree que se reencontrará con su hijo luego de su muerte?

– No, de ninguna manera. Al morirse uno, todo se termina. Punto. Esa es la idea que tengo, como anarcos viejos que éramos (risas).

Apéndice:

Jorge Batlle: Me pareció una persona bien. Aunque me hizo pasar vergüenza porque me hizo la venia (risas). Un día nos recibió y le fui a dar la mano y él se me paró adelante, yo estaba a la altura de su corbata. Cuando miré para arriba me estaba haciendo la venia (risas).

Tabaré Vázquez: Me generó cierta confianza. Yo de política no entiendo mucho, pero esperaba un poco mas de él. Aunque fue claro de que no iba a hacer más que lo que hizo. Creo que no debería anularse la ley de caducidad con las firmas, él la debería anular. Hizo cosas y las tomo en cuenta. Pero desde que es presidente nunca nos recibió, creo que se ofendió con nosotros con alguna cosa que quizás dijimos.

Julio Sanguinetti: No lo quiero nada. Decía que teníamos los ojos en la nuca. Además, creo que se portó mal como demócrata, porque apoyó a la dictadura en democracia al no investigar y poner obstáculos. Como se los puso a Sara Méndez cuando buscaba a su hijo. Sólo hizo oposición a la verdad

Luis Alberto Lacalle: En cierta medida me es simpático. ¡Por lo atorrante que es! (risas).

José Mujica: Hasta por ahí nomás estamos con él. Una vez me desmintió. Dijo que mirábamos el pasado y no al porvenir. Una vez cuando en un acto nos cruzamos y le dije: “Con usted quería hablar en algún momento”. Me quedó mirando, y agregué: “Usted dijo que nos ocupábamos del pasado”. Me contestó: “Yo no dije eso”. “Cómo que no si yo lo escuché”, le repliqué. Se quedó diciendo algo entre dientes y me fui. Justo estaba toda la prensa (risas). Después dijo “pobre viejita”. Cuando me lo vuelva a encontrar le voy a decir “pobre viejito” (risas). La tengo guardada esa.

Rafael Michelini: No es que no lo quiera, pero a veces me desconcierta. Hace tiempo fue fecha (del fallecimiento) de la mamá. Ella fue una persona que yo respeté mucho. Tengo un buen recuerdo de Elisa y en el homenaje que le hicieron fui a Parque del Plata. Estaba Rafael, me vio y no me vino a saludar porque estaba con su nueva novia. Su novia joven (risas). Antes me veía media cabeza y me venia a saludar. Pensé: “¡quedate con tu novia nueva, vine a cumplir con tu mamá, no con vos!” (risas).

 Visión, pensamiento y previsiones sobre la muerte

– La muerte es natural. Mi nieta se enoja conmigo, porque me invitó para los dos años del nene y le digo “voy si no me muero antes” (risas). “¡Ay, abuela!”, dice (risas). La muerte es algo natural como nacer. Obviamente que me causa dolor cuando muere alguien conocido o amigo, pero es natural en la vida morirse. Da pena cuando es alguien joven que está haciendo el bien y esta haciendo una vida normal y buena. Pero me parece que no podemos manejar la vida.


 

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