Reabren museos: bienvenidos

Por Nelson Di Maggio (*)


Con la reapertura de los museos después de tres meses cerrados a causa del coronavirus SARS-CoV-2, era de esperar que vendrían nuevos protocolos a varios niveles. Se necesitó la dura experiencia de una pandemia para entender que la situación de los museos era insostenible. Ya muchas instituciones habían cuestionado el turismo salvaje (y no solo cultural) y ejecutado varias medidas ahora impuestas con justificado rigor en la reapertura iniciada en la actual semana.

La diferencia entre las instituciones museísticas del exterior, preferentemente europeas, estadounidenses y latinoamericanas, radica en la gratuidad de unas y el alto precio de la entrada de otras. La pérdida de millones (el museo del Vaticano perdió medio millón de euros diarios) dejó en estado crítico las finanzas. Hay un nuevo protocolo de seguridad, anotación previamente programada —situación ya instalada en las grandes muestras—. Monitoreo con termoescáneres, ofrecimiento de alcohol gel, tapabocas y guantes, distanciamiento entre las personas, prohibición de grupos escolares y guías didácticas son acostumbramientos necesarios que, en gran medida, recuperan el contacto auténtico, con tiempo y forma, con el arte. Son normas muy difundidas en los diferentes medios, pero conviene insistir como advertencia a los desprevenidos. Elimina la oleada de turistas que impedía el disfrute adecuado y disminuye la duración temporal, al escalonar los ingresos en el horario de apertura, aunque es más extendido. Los museos dejan de ser centros culturales o de diversiones o un ámbito de sociabilidad superficial los días de inauguración. Ventajas y desventajas que se acentuarán en las programaciones ya establecidas o las que vendrán. No tendrán el mismo sesgo que antes. Habrá que despedirse, por un tiempo, de las grandes muestras circulantes por varios países. El viajero dejará de ser turista y deberá tener en cuenta el libro Teoría del viaje del filósofo Michel Onfray: «En el viaje, descubrimos solamente aquello de lo que somos portadores. El vacío del viajero fabrica la vacuidad del viaje; su riqueza produce su excelencia.»

En Uruguay las diferencias son abismales, aunque se tendrá en cuenta el protocolo establecido en el exterior. La gratuidad de la entrada a los museos oficiales no afectó la economía de las instituciones culturales. Dejó, sí, al descubierto la escasa preocupación de los gobiernos por la cultura al dejar que el Museo Histórico Nacional, integrado por ocho importantes sedes, tenga solo 23 funcionarios y que el Museo Nacional de Artes Visuales contrate un plantel de guardias de seguridad mayor que el elenco técnico de sala. Las nuevas autoridades tienen un buen problema para resolver y mejorar como manera de democratizar la cultura visual del público.

Los museos montevideanos, como ya informó esta página, siguen activos con programaciones online. Se agrega el Museo de Artes Decorativas. Su director, Fernando Loustaunau, viene restableciendo el prestigio del edificio de su época —el hermoso Palacio Taranco—, donde están depositadas inestimables y únicas colecciones desde el arte clásico griego y musulmán hasta el siglo xix. Se prepara una muestra de Vidrios milenarios, objetos de materiales vítreos provenientes de los siglos vi a. C y iv d. C., originarios de las colecciones Andreoni, Spangenberg de Pearson y otras. Se desmonta la colección Montevideo escénico, un centenar de programas de teatro que reflejan el movimiento cosmopolita de la capital uruguaya; la epidemia acortó su exhibición. Se restaurará el cuadro San Roque, obra emblemática de José de Ribera (Lo Spagnoletto), por la especialista Claudia Barra. En la pieza del mes figura un jarrón de pórfido con apliques de bronce cincelado en el comedor de la planta baja. Se trasmite online. Ya se sabe que lo virtual no reemplaza lo presencial, aunque es útil como complemento e información.


(*) Publicado en el semanario Voces

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