San Petersburgo: Imperial y adusta

Por Mariella Fernández


En medio del auge de los viajes a Rusia, motivado por la fiebre mundialista, parece oportuno destacar facetas de algún lugar del país, por las que vale la pena conocerlo más allá de ser sede de tan magna fiesta popular.

San Petersburgo impacta en la primera mirada. Quienes vivimos en un país chiquito con pocos habitantes, con edificios mínimos y avenidas “escandalosamente anchas” que permiten cuatro filas de autos (¡!),  siempre que visitamos grandes ciudades de nuestra casa grande llamada mundo, nos impresiona tanto espacio disponible.

Pero es algo más que el espacio lo que impacta en la vieja Petrogrado y más recientemente en la historia, Leningrado. En la primera mirada nos puede recordar a París, más precisamente los grandes Bulevares de la encantadora ciudad dueña del corazón de los viajeros. Sin embargo, mientras París es la chica sonriente bebiendo champagne y coqueteando con quienes la rodean, San Petersburgo tiene una imagen seria y adusta, con ceño fruncido, desconfiada y hasta impenetrable en una primera mirada. Es imperial y, con el donaire y orgullo de la realeza, así se presenta al visitante.

Igualmente, aunque por ese carácter adusto no merecería ser reconocida en su belleza y esplendor, esto no puede evitarse. La impactante Avenida Nevsky Prospekt se pasea orgullosa entre los edificios más hermosos y emblemáticos. El recorrido de la avenida entre esos monumentos transporta al caminante a otro año, siglo o época con total naturalidad. Desde el Almirantazgo y la Catedral de San Ivan, pasando por la Catedral de Nuestra Señora de Kazan, a un lado y a otro, historia y cultura nos golpea, nos envuelve y nos fascina, hasta llegar a la histórica Estación de Trenes donde bien podríamos ser personajes  de una vieja película, inmersos en una romántica escena de amor en el andén, al lado del tren que arrancará con su marcha el corazón de una heroína.

No en vano esta ciudad fundada por Pedro el Grande fue durante tiempo capital del Imperio Ruso. Hace que el rico idioma español no nos sugiera adjetivos suficientes para calificarla, aunque la historia le ha puesto seudónimos con el paso del tiempo, la “Venecia del Norte” por sus cuatrocientos canales, “Ciudad Heroica” por su enorme resistencia en la Segunda Guerra Mundial, y más.

Las cúpulas de las iglesias se suceden, y cada una de esas delicias arquitectónicas puede enmudecer al visitante pero, sin dudas, es el Museo Hermitage el que finalmente deslumbra y silencia de verdad. El más grande de sus más de doscientos museos, donde un día entero no alcanza para recorrerlo y disfrutar del mundo de maravillas del arte, que se encuentran en cada uno de los rincones del antiguo Palacio Imperial construido por Catalina II.

Otra vez esa niña lectora me agota en esta ciudad, porque corre de un lado a otro conociendo y reconociendo sitios visitados con la imaginación, a través de las páginas de sus compañeros de tardes de verano. Y en ese correteo loco dirige sus pasos, casi por instinto, al Palacio Mariinski para ver Ballet. Como dejar esta ciudad sin disfrutar de la vida que emana en un espectáculo de ballet que, en este lugar y con estos artistas, deja de ser un mero espectáculo artístico para ser una pequeña muestra de la vida de este pueblo en algún momento de la historia, tan bien contada por sus emblemáticos músicos clásicos y sus modernos coreógrafos actuales.

Pedro el Grande fundó esta ciudad para que fuese la “Ventana de Rusia hacia el mundo Occidental” y después de estar cerrada y firmemente trabada durante tantos oscuros años, hoy permite no solamente fisgonear sin que nos vean, sino entrar y descubrirla. Tanto se abre al mundo occidental que recibirá el más capitalista de los eventos mundiales. Ojala quienes lleguen a ella puedan descubrirla en lo profundo de su sentir, vivirla desde su historia y entenderla atravesando la capa de su dureza y adustez.


 

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