Sentir un destino. Por Mariella Fernández


Hoy estoy analítica. De repente me puse a pensar desde qué recóndito lugar sale de mí el próximo destino de viaje. Y amplío un poco más el cuestionamiento y me pregunto cómo eligen su próximo destino otros viajeros.

Al menos en mi caso, la elección no pasa por la racionalidad, de eso estoy segura. La mágica luz que señala el camino sale de mi corazón y de mi memoria sensitiva. No tengo la menor idea si ese término existe en el vocabulario “normal” y si tiene un significado real, pero sí lo tiene para mí. Me permito definir mi memoria sensitiva como aquella misteriosa zona de mi memoria que me revive cosas que sentí en algún momento de mi vida; en algunos casos, muy lejanos en el tiempo. Quizás en el momento que recibo la señal no puedo vincularlo directamente con el recuerdo, pero es seguro que una vez que llego a mi destino me abraza una oleada cálida, como si aterrizara en un lugar querido al que quería regresar, un lugar reconocido por mi famosa y particular memoria sensitiva. Y de repente es como que recorro un lugar propio, reconociendo olores guardados en algún lugar dentro de mí, sin nunca haberlos percibido en forma real. Puedo reconocer calles, rincones, colores, plazas, casas y rincones en los que nunca estuve físicamente.

Posiblemente parezca que no estoy totalmente lúcida o cuerda, pero solo si ese es el mecanismo, puedo entender por qué percibo sensaciones especiales en algunos lugares y no en otros.

Venecia fue el lugar del descubrimiento, donde aprendí que me sucedían estas cosas “no comunes”. Italia ocupa un lugar importante en mis sitios preferidos del mundo, sin embargo, Venecia no despertó en mí ningún sueño dormido. No me pude encontrar en ningún rincón de sus intrincadas callecitas, llamé a la niña enamorada del arte y de la historia y no me respondió. Desde un punto de vista estrictamente racional me parece una ciudad de una belleza impresionante, apabullante, con su impactante catedral que nos roba el aliento, el maravilloso Palacio Ducal, la indescriptible Piazza de San Marcos llena de romanticismo, sus canales y callecitas donde se pierde la noción del tiempo real en el que estamos y esperamos que de pronto aparezcan los personajes de Otelo. Pero todo eso no fue suficiente para mi espíritu, para mi alma, para mi manera profunda de vivir los lugares.

Necesito vibrar en la misma frecuencia que el destino elegido, debo sentir que soy parte del entorno, que toco las paredes de piedra y reconozco mediante el tacto un poco de mi historia. Pero todo esto ocurre antes de saber siquiera que voy a visitar un lugar. Las horas de lectura, de imágenes grabadas, de imaginar ciudades y espacios, seguramente han tallado emociones en mí y esas emociones son las que deben ser provocadas por los destinos reales.

Todo este mundo de palabras a las que parece que no puedo dar sentido, en realidad quieren trasmitir lo diferente que es viajar en busca de revivir emociones y no sólo viajar con el propósito de  ver hermosos pueblos o paisajes naturales; lo gratificante que es permitir a alguna parte casi desconocida de nosotros mismos aflorar y estallar de felicidad y emoción en una manera que nos hace plenos, de una forma infantil y quizás ingenua…

Que nos hace sentir que nada más necesitamos.


 

1 Comment

  1. Para variar Mariella Fernández nos vuelve a deleitar con otra de sus inspiraciones!!! Es maravilloso poder viajar contigo en cada uno de tus relatos!!!FELICITACIONES!!!

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