“Un café siempre es un buen corolario”. Con el periodista Andrés Alsina


Por Gabriela Cabrera Castromán / Fotografías de Javier Noceti

Un pálido final

Por Andrés Alsina

No buscó el lugar de la ventana, sino que miró el salón, tomó nota de la mesa que ocupaba la barra de siempre y se acomodó en una contra la pared, casi mirándonos. Puso el paquete de cigarrillos y el encendedor sobre la mesa, pidió un café y no se molestó porque no le trajeran cenicero. Tampoco tocó el café, que se fue enfriando ante su cara adusta de mirada perdida. En seguida lo supimos; estaba triste.

La razón previsible de su tristeza llegó con un taconear apurado, diez minutos después. Él se entrelevantó de la silla mientras ella se sentaba, se sacaba el pañuelo de la cabeza y hacía esas cosas que hacen las mujeres mientras toman una decisión, en este caso la de mirarlo. Ya había habido un rozar de mejillas y palabras, pero no mirada.

Nos costaba verle la cara, ahí donde él hizo que se sentara. Quise creer que no necesitábamos cruzar mirada para saber que mujer con pañuelo en la cabeza es mujer con problemas, pero uno de nosotros rompió el silencio en el que estábamos hacía varios minutos para acotar: es por el viento.

La pareja seguía en su danza de prolegómenos: mozo, pregunta de él a ella, respuesta de ella a él, otro café por favor. Ahora vino con cenicero; hay un cigarrillo que ella rechaza. Se miran con franqueza por primera vez, porque ambos saben que están allí para no mirarse más, para separar caminos. Él no se convence, claro, y busca en los meandros de la banalidad que conversan pausadamente, el intersticio que alargue. Tal vez él lo llame “nueva oportunidad” aunque nosotros creemos que no, que ya está derrotado ese lance. Él finalmente dice algo, y se tira para atrás en la silla: es su argumento más fuerte. Ella lo mira y nos imaginamos largas pestañas y ojos mansos que todo lo saben, y particularmente saben que él iba a decir eso. Ella responde mansamente que no, en palabras bastantes y pausadas: quiere contenerlo, barnizar lo más posible la torpeza de su orgullo y darle razones que él pueda compartir, mas sin apearse de su decisión.

Es difícil que lo definitivo lo sea sin parecerlo, concordamos. Es evidente que nada está aceptado aún. Ella está decidida al supremo esfuerzo. La vuelta de cafés es como otro round. El mozo tiene que ir y volver a ir; él pide para él una copa que ella no necesita. Ella explica: sus dos manos paralelas abren los dedos junto con sus argumentos. Llegamos rápidamente a la conclusión de que no se trata de un triángulo amoroso sino sólo de una ruptura; es más difícil así, porque sólo está el desamor como razón, con todo lo que hiere. Y ella trataba de ahorrárselo, en nombre del cariño y su reciedumbre.

Él toma su copa, sabiendo que no le dará templanza. Se acomoda en la silla y nos parece evidente que el movimiento acompaña el rebuscar argumentos. Inclina su cabeza hacia la mesa, doblando la cerviz. Está en el terreno de la intimidad de sus sentimientos, de la impotencia de su voluntad ante lo irredimible. Ahora la mirada de él se levanta y se vuela: es que empieza a hablar del pasado. Ella lo mira con la cabeza inclinada: no vemos más desde donde estamos, porque él la puso allí no queriendo que lo veamos. Su instinto se lo dijo, pero ahora no tiene tiempo de controlarnos con la mirada: toda su energía está puesta en las posibilidades que se le enfrían más rápido que ese segundo café. La cabeza inclinada de ella debe mirarlo fijo a los ojos, para que sepa que sólo está esperando a que termine de hablar. No se trata de pasado sino de futuro.

Ahora hay un silencio. En su desazón ante el pozo en que cayeron sus palabras, le ofrece un cigarrillo. Ella acepta; es lo menos que puede hacer. Deja que se lo prenda y lo deja quemar en su mano. Cuando lo apaga, todavía por la mitad, ya es el fin. Ella se empieza a levantar y él la sigue, torpe, en el gesto. La propina siempre es buena en estos casos. El mozo limpia la mesa de adioses.

Andrés Alsina Bea

Periodista. Editor y columnista. Escritor. Fue docente en la Facultad de Comunicación y Diseño de la Universidad ORT de las asignaturas Taller de Periodismo 2 y Proyecto final.

Su esposa se llama Amanda y es argentina. Están juntos desde 1971. Ambos fueron presos políticos en ese país. Salieron en mayo de 1973. Vivieron cuatro años y medio clandestinos en Buenos Aires y emigraron a Suecia, el primer lugar del exilio de Alsina en 1962. En Suecia vivieron ocho años. «Fue un buen exilio. Se aprendió mucho. Lo haría de otra manera ahora, pero quién no viviría distinto, ¿no?», dice con nostalgia.

Tienen un hijo, Pablo, y una nieta de once años que llama Lucía, «Lu», acota Alsina.

Solo, corto y sin endulzar. Entrevista a Andrés Alsina

Por Gabriela Cabrera Castromán

—Yo no tengo nada para decir sobre el café.

—Vos tenés cosas para decir y yo tengo cosas para preguntar.

La conversación se inicia como casi todas las de Andrés Alsina, un periodista con arrojo, formación, método y vocación docente. En una primera instancia dice que no sabe sobre el tema en cuestión, pero minutos después comienza a hablar. Pone a consideración ideas, hipótesis, establece relaciones, aporta autores, se pregunta y pregunta al interlocutor. Escucha y ensaya otras respuestas. Lo hace con aplomo y contundencia en los conceptos y con voz segura, tajante. Tiene el oficio de los periodistas de fuste y la aproximación y la entrega de los docentes. Porque Alsina siempre es periodista y docente.

Su tono es rotundo. Enfático. Utiliza frases cortas. Breves y, cuando quiere, es parco. Alsina toma partido: opina y se anima. Es controversial. Sabe poner a disposición de los demás su parecer. Tiene madera. Tiene temple y sabe manejar la ironía y el sarcasmo. En una carta publicada en el semanario Búsqueda recientemente – el 15 de noviembre de 2018 – , menciona que los vecinos de su cuadra soportan los intentos «de un grupo de gente por tocar el tambor». La comparsa —que no logra la armonía para llamarse tal— se pasea por las calles y se reúne a ensayar en una casa desocupada. «Si lo hacen, atestigua el barrio, es sin éxito», dice Alsina. Pero no es el ruido el problema. «Si fuera el batir de lonjas bien hecho, las irrupciones sonoras en las vidas privadas de los vecinos serían bien tolerables. Pero lo peor es que lo hacen mal, muy mal, irremediablemente mal. (…) Por eso, señor director, por su intermedio los vecinos imploramos a los enérgicos disonantes que vayan a estudiar lo que dice que hacen; que se temen —ojalá— un Carnaval sabático esta temporada y la que viene salgan en armonía a la calle».

Frente a un café —un espresso con granos de especialidad— y en una mesa ancha de un mercado algo ruidoso, el periodista habló a pesar de su escepticismo inicial. Y contó que sus mañanas comienzan con café y después siguen con mate mientras trabaja en su casa. En la tarde puede volver a tomar café, «a las tres o cuatro y volver a tomarlo a las cinco, seis o siete» y, si sale a cenar afuera, también termina con un café porque «siempre es un buen corolario».

Elige moka de Brasil que compra en El Palacio del Café. Lo muele —en molinillo eléctrico—  más de lo debido porque ha probado que, de esa manera, «le da mejor gusto y más espuma» en la cafetera para espresso que usa. Compra el grano en el local de la calle Uruguay casi Cuareim y tiene su vendedor favorito: «El que más sabe parece un luchador de sumo».

No le gusta el café fuerte y siempre lo toma «solo, corto, sin endulzar y el agua antes, porque así se hace». Su cafetería favorita es «una donde tenés que pedir especialmente que te hagan café porque es para cenar. Se llama La Bottega. Sirven muy buen café. Atienden como la mona. Tienen unos líos espantosos para hacer la boleta que tiene que ser impresa para cobrarte y se demora más en pagar que en tomar el café. Pero el café es muy bueno. Es Lavazza».

«No sé para qué te sirve todo esto pero bueno…». Alsina insiste y minutos después, cuando termina el café, agrega en tono de reflexión: «El café es un instante de tiempo. Es una bebida social, igual que el té. Es también una costumbre, aunque el comportamiento social del café difiere del té. El té lo toman señoras alrededor de una mesa con masitas y charlando durante una hora y media. El té es una bebida distendida. El café, en cambio, es una bebida que congrega momentos. Ese momento del café está rodeado de la sociabilidad, está rodeado de la necesidad del trago amargo, un poco seco en el medio del día. Se enmarca en eso».

Los momentos nos llevan a la historia. Con locuacidad y una increíble habilidad para recordar frases de sus entrevistados, Alsina también sabe poner tono e imitar voces porque es histriónico. Además, incorpora convicción. Sabe marcar la cadencia, generar intriga y aprovechar el nudo de cada cuestión. Con esos recursos, explica el contexto del café de oro en el Uruguay: «Las costumbres de la sociedad fueron cambiando. La crisis de los años 30 y la dictadura de Terra no impidieron las clásicas tertulias. Recién un tiempo después las tertulias van terminando y los cafés van desapareciendo, con la crisis de 1956. El ritmo de vida cambia. Ya no hay un solo trabajo y luego un espacio temporal en el cual distenderse que es lo que daba lugar a las tertulias. Hay algunas todavía que son una especie de elefante blanco, pero ya no son un punto de reflexión social. La sociedad reflexiona mucho menos y ya no lo hace en tertulias. Por lo tanto, los cafés desaparecieron. Quedaba El Sorocabana y la nostalgia por este bar hizo que reaparecieran otros cafés que fueron a suplantar ese último mohicano que quedaba con esas sillas curvas, que algunos se precian de tener en sus casas».

Los cafés de ahora, como en el que estábamos, no lo convencen del todo. No por el café, que dijo que estaba bien, mientras miraba la taza que evidenciaba la espuma del espresso. «A mí me gusta estar cerca de la barra y tener independencia del servicio. Me gusta entrar, pedir el café y listo».

     


 

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