Atardeceres rojos: el Pacifico ecuatoriano


Por Daniel Noya

El llegar a la playa es todo un desafío. Tenemos que tomar dos buses para luego de varias horas llegar a nuestro primer punto costero: Puerto López. Un pueblo de pescadores que con los años fue creciendo y podemos decir que se encuentra en ese punto intermedio entre pueblo y ciudad pequeña. Llegamos a la playa y tocamos el Océano Pacifico.

La playa tiene una hermosa rutina que es levantarse, ir a la playa y estar todo el día. Ahí. Es una actividad gratuita y donde el ahorro se siente y mucho. Estas siempre con el mismo short y la remera no existe. El ritmo aquí es otro. La mañana arranca y lentamente los locales y los puestos callejeros van abriendo y apareciendo. En la mañana los barcos salen al océano a buscar el alimento y van siendo escoltados por las aves hasta perderse en el horizonte. Los puestos se abren y Puerto López comienza a vivir. La gente disfruta de su espacio, de su tiempo y se ve que el ocio y la tranquilidad son pilares aquí. Y esto lo digo como algo sumamente positivo, donde la gente no solo se encuentra en esa carrera frenética por el trabajo, el dinero y las obligaciones contraídas. La gente disfruta. No están bajo el mandato fatal del trabajo y el sacrificio. Sus días son de 24 horas y no como pasa, sobre todo en las ciudades que uno respira y siente el libre cuando sale del trabajo en la tarde o noche. Uno vive pensando en el fin de semana y esto hace que la vida pase, transite sin el disfrute. Siempre nos decimos ¿Qué bárbaro, como paso el año? Y esto se debe a este formato de vida en donde vivimos proyectando y no vivimos. No todo es producir. Aquella actividad que no produce ganancia, generalmente la gente la ve como una pérdida de tiempo, e incluso cuando encontramos una actividad, un hobbie o algo que nos distraiga, siempre le queremos buscar la vuelta para generar o producir y “hacer unos pesos”. Aquí la gente tiene claro esto. No lo niego que hay ocasiones que me desespera un poco y me molestan las demoras en atenderte en cualquier local. Aquí la existencia se desliza armoniosamente. Tras caminar sus calles, plazas y su malecón, decidimos conocer la espectacular Playa Los Frailes. Aquí vamos con unos amigos argentinos que conocimos en el hospedaje. Son Diego y Noe. A ellos los conocimos la noche anterior cuando decidimos juntarnos entre varios y hacer unas arepas colombianas que es nuestro plato de cabecera en el viaje. La noche juntó a uruguayos, argentinos, un holandés y una checa.

Esta Playa Los Frailes se encuentra dentro del Parque Nacional Machalilla. Tras pasar los controles de la reserva comenzamos el camino por un sendero. Pero la ruta siempre ofrece más y las personas y peregrinos siguen apareciendo. Aquí encontramos a Jorge. Un colombiano que está viajando también hace varios meses y anda sin rumbo conociendo, andando y aprendiendo por estos caminos. Jorge nunca vio el mar y está a minutos de verlo. Ver su rostro en ese momento me causa mucha intriga. Tras la caminata de varios minutos, se abre tras la vegetación una hermosa y solitaria playa: playa prieta. Una pequeña playa rodeada por barrancos y donde la calidez y la transparencia del agua son sus puntos fuertes. La cara de Jorge de fascinación es increíble. Por fin conoce el mar y lo hace en una playa increíble.

Seguimos viaje y vamos a la playa la Tortuguita y finalizamos en la Playa de los Frailes. Ecuador nos sigue fascinando. Antes fueron sus montañas, volcanes y selva, ahora son sus playas, arenas y vida tranquila pero también trabajosa y bien vivida de los costeros. La naturaleza les brinda mucho para vivir y también brinda serenidad, sabiduría y mucha libertad a su gente.

El lugar y la gente que nos brinda esta experiencia hacen que sigamos viajando. El moverse hace que conozcas y te maravilles. La sorpresa siempre aparece. Uno es un niño que se deja encantar con todo. Los ojos y la mente siempre están siendo estimulados y así uno se va enamorando del camino. Es todo lindo menos las despedidas. Siempre me impactó como en estas experiencias de viajeros, uno comparte un día con gente, con compañeros de rutas, y parece que pasaron semanas. Las sensaciones y emociones  se potencian. En todos estos encuentros vamos aprendiendo, todo cruce de caminos nos enseña algo. Nada nos apura. Seguimos viajando y conociendo esta costa pacífica conocida como la “ruta del sol” debido a sus increíble y rojos atardeceres.

El siguiente pueblo que nos recibe es el tranquilo y surfista Ayampe. Aquí es el lugar preferido por los amantes de las olas y el surf. Es un pequeño pueblo muy deseado por estadounidense y europeos y esto hace que los precios sean muy elevados. Esto es algo que nos tranca y nos hace difícil encontrar hospedaje. Pero en un hostal frente a la playa podemos armar la carpa y el costo es “a voluntad”. Se arma la carpa y en frente tenemos la playa. Seguimos con la rutina playera y ahí comemos y estamos en la playa. Los días pasan inmóviles. Justo llego a Ayampe en un día muy especial: el día de la madre. Y la fiesta de noche parece muy prometedora. El club del pueblo muy decorado para la ocasión: luces, mesitas y todo lo que una buena fiesta debe tener. Literalmente es una fiesta del pueblo todo. Participan todos: ricos y pobres, mujeres y hombres, niños y viejos. Se puede ver a los veteranos preocupados y atentos a la cerveza y a los más jóvenes luciendo sus mejores galas y aprontando sus armas de seducción. La fiesta tiene locutor y él va llevando la fiesta. Se bailan tres temas y ordena ir a las mesas. Se descansa, se toma algo y se vuelve. Un grupo de veteranos van tomando su cerveza número ocho y usan el altar de la virgen como mesita o tal vez buscando algún milagro de multiplicación. Se vuelve a la carpa.

Aquí, frente a la carpa tenemos un bus convertido en casa rodante y aparecen unos viajeros argentinos llamados “los transhumantes”. Son cuatros fisioterapeutas que decidieron viajar y ya lo hacen hace algunos años. Estos encuentros siempre son interesantes por las historias, anécdotas intercambiadas y también sirven como encuentros de marineros que hablan de cómo están los mares y por donde uno puede navegar mejor y donde la pesca es mejor. Estos encuentros son puertos. Soltamos amarras y nos dejamos llevar por el mar hasta llegar a la tranquilidad y serenidad convertida en pueblo: Olón. Este pueblo nos enamora. Cuentan las leyendas que varios viajeros al estar en Olón deciden quedarse. Hablan de que quedan atrapados en sus redes invisibles y que no pueden salir de ahí.

Olón es un pueblo de puertas y ventanas abiertas. La gente no tranca la puerta y no existe cerrajero. Los días pasan y seguimos viviendo aquí. Me asusto. Quizás la leyenda sea cierta y me encuentre atrapado. Todo es cómodo en Olón. Para empezar lo es el hospedaje. Un hostel atendido por sus dueñas, dos macedonias llegadas a Ecuador hace años con el objetivo de establecerse en la costa pacífica. Ellas nos cuentan que la leyenda es verdad y que ellas no pudieron salir nunca más. Al principio intentaron salir pero ahora ni lo intentan. Ellas son Estafania y Joana. Estefania, que tiene un excelente español, nos cuenta todo el derrotero de su aventura desde el dejar su país, la abogada y escribana que las estafa hasta estos días en donde se encuentran en la cosecha. Ellas dicen que la ayuda de los vecinos fue enorme y esto hizo que ellas pudieran cumplir su objetivo. Su simpatía y amabilidad son gigantes.

La playa es grande y linda. El sol cae y se sumerge en el horizonte y esa es la señal para que el pueblo saque sus mesas y parrillas y comience el humo a recorrer las calles. Junto con esto aparece la música y los niños copan la plaza. Playa, atardecer, música y comida es la rutina en Olón. En el hostel escucho de repente un acento común y aparece un muchacho al que le pregunto

  • ¿sos argentino?
  • No, soy uruguayo.

Hice lo que siempre me molesta que hagan. Que me pregunten si soy argentino. Y acabo de hacer eso. En proporción son más los argentinos y viajan mucho más que nosotros. Bueno, es uruguayo. Es Gonzalo y viaja con su hermana, Andrea, Rápidamente la hermanad oriental se siente, los temas de conversación unifican, conocemos lugares en común y al poco rato ya estamos como amigos. Aparece el mate como una bandera flameando. Convidamos a las macedonias pero el rechazo fue inmediato diciendo que no les gustó.

Olón es la contracara del pueblo que queda a tres kilómetros llamado Montañita. Recuerdo con mucha gracia como una señora hacía llamar a Montañita; ella hablaba de Gomorra y Sodoma, haciendo referencia a las ciudades del pecado y de la perversión.

Montañita es el siguiente punto de estadía. Sus características de fiesta y adolescentes no me son muy llamativas pero hay que pasar y ver este punto tan conocido de América del Sur. Y la sorpresa es muy grande ya que Montañita tiene el espacio para todo. Si uno quiere fiesta hay lugares, pero si uno quiere tranquilidad y sol, también lo tiene.

Aquí no voy a hostel, ya que me reciben una familia conocida de las redes sociales. Ellos son la Familia Nómade. Ellos son argentinos que están viajando hace años y encontraron en Montañita un lugar para afincarse por un tiempo. Ellos son Andrea, Jeremias y las hermosas mellizas Lórien y Osiris. Fueron días de tranquilidad y descanso y de vivir en familia. La simpatía y hospitalidad de la familia es enorme y ahí me cuentan su nuevo proyecto que es recorrer el continente en familia pero haciendo dedo y apostando a eso mismo que me brindaron a mí: dar una mano y hospitalidad. Fueron días muy lindos, de mucha charla y de encuentro. Siempre hay que estar en la búsqueda del otro. El otro es un yo pero fuera de mí.

Buscando un lugar para almorzar es que tengo una de las charlas más lindas de todo el viaje. Mirando los precios y ofertas del pizarrón es que me jala un señor muy pintoresco. El menú esta bueno y me regalaba un vaso extra de jugo. El señor es el dueño del bar. Es libanes y su nombre original es irreproducible, por lo que se conoce en el pueblo como Ave María. Ave María cuenta su historia de cómo sale del Líbano, llega a EEUU, de cómo pudo escaparse de ir a luchar en la guerra del Vietnam y de cómo se enamoró de estas tierras ecuatorianas.

Ave María es un gran orador, para todo tiene una frase pero destaco de él algo que es clave en una persona y que en pocos viajeros lo he encontrado: el escuchar. El viajero habla mucho pero escucha poco. Debemos aprender que uno aprende más abriendo los ojos que abriendo la boca. Pero este tema es para verlo en otra ocasión. Ave María habla y escucha y da los espacios para que uno pueda alimentar la charla. Él dice que no se equivoca el ave que tiene miedo y cae, sino el ave que tiene miedo y no se anima a intentar volar. Todo lo que dijo Ave María queda en mi cabeza y me obliga a tirarme en la plaza de Montañita y dialogar con el hermoso silencio.

Dejamos Montañita y salgo a dedo a otro pueblo cercano llamado Ayangue. Ayangue es un pueblo de pescadores a varios kilómetros de la ruta. Esto hace que los ruidos, velocidad y problemas queden afuera del pueblo. Barcos y bicicletas son dos elementos recurrentes del pueblo. Ayangue es una gran bahía donde los barcos quedan volando y flotando en el aire. En la noche se puede ver mucho mejor esto y es increíble ver como los pequeños barcos van rozando a las estrellas. Se mezcla el mar con el cielo así como las estrellas y los botes. Aquí, bajo el abrazador sol y el vuelo magnético de las aves, las olas de Montañita desaparecen y el Océano Pacifico se convierte en pacifico. La noche respira con calma y las minúsculas olas se desvanecen en la orilla mientras los pescadores llegan con su botín. Dejan en la arena lo que el mar les dio y ya se ponen rápidamente a preparar las redes para la próxima jornada. En la noche solo alumbra la luna y los faroles de los pescadores. En el día los niños del pueblo juegan en los barcos en la orilla como queriendo crecer rápido y poder así acompañar a sus padres en sus aventuras por el mar.

Siguiendo con esta suerte de caer en los pueblos en los días de fiesta, se celebra la veneración de María Auxiliadora. En la noche los vecinos recorren todo el pueblo con la imagen de la virgen. Por supuesto que devuelven la virgen a su lugar y pasan rápidamente al baile y la cerveza.

Hay que seguir viaje y hay que dejar la rambla y doblar para la Avenida de los Volcanes nuevamente. Viajar es darse cuenta que somos muchos. No solo somos nosotros. Somos varios a la vez.


 

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