Aurelio González: el fotógrafo que salvó la historia

Este texto es el trabajo final del Curso de educación permanente “Contar historias: decirlo en una crónica” de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la República, dictado entre setiembre y octubre de 2016 por Carolina Bello.


 

Por Camila Cardoso (*)

Como en una película de acción en la que los protagonistas se escapan segundos antes de que ingrese el enemigo, Aurelio González salvó el archivo fotográfico del diario El Popular antes de que el edificio fuera desmantelado por el Ejército en el comienzo de la dictadura uruguaya. Fue fotógrafo de El Popular, órgano del Partido Comunista del Uruguay, mucho tiempo antes de que en 1973 se produjera el golpe de Estado en nuestro país y continuó ejerciendo ese oficio durante los primeros días de la dictadura con la cámara a cuestas.

Hoy acaba de cumplir 86 años. Su pelo, que alguna vez fue negro, está totalmente cubierto por las canas y hasta sus pestañas se han vuelto blancas. Intuyo que su sonrisa se parece a la de aquel joven que hace 64 años llegó a nuestro país de polizón. Hoy Aurelio sigue diciendo presente en marchas y eventos sociales con su cámara en mano para registrar lo que algún día será historia.

Aurelio me recibió en su casa del barrio Malvín. Desde la vereda se ve la rambla de Montevideo. Para ingresar hay que atravesar un largo pasillo que, al igual que el patio interno, está tupido de enredaderas y plantas ajenos a la ciudad. Cada tanto se cuelan en la escena los gritos  de los niños que juegan en una escuela cercana. Así es el mundo de Aurelio.

— ¿Dónde nos quedamos?

— En cuando empezaste a sacar fotos.

Aurelio comenzó sacando fotos para una publicación del Partido Comunista llamada Justicia. Lo hacía de forma voluntaria, de vez en cuando y sin cobrar un salario. Lo hacía también de cara dura, dijo, ya que no se consideraba fotógrafo en aquel entonces y continuaba con sus otros trabajos. Luego tras la desaparición de Justicia nació El Popular y ahí sí empezó a trabajar y cobrar por el oficio. Era el encargado de fotografía del diario, no había nadie más que él sacando fotos, iba de aquí para allá en busca de imágenes de manifestaciones, celebraciones, ocupaciones, eventos sociales, políticos o deportivos. Con el tiempo la publicación creció y se armó un equipo de fotógrafos.

Además de sacar fotos para el diario, Aurelio se afilió al Partido Comunista del Uruguay.

Le pregunté por qué decidió afiliarse y me explicó que el Popular se caracterizaba por apoyar la lucha sindical y social, que hacían recorridas por los barrios más alejados del centro, donde vivían realmente los trabajadores: “En una de las tantas veces fuimos a hacer un reportaje al barrio Casabó, en donde vivía un obrero de la construcción. Era un dirigente de una obra grande, de apellido Moreno, un obrero calificado de la construcción y vivía en un rancho de lata con un montón de hijos. Él nos contaba que estaba trabajando en Pocitos en unos apartamentos de lujo y yo me cuestioné ‘¿será posible que un hombre que levanta palacios venga a vivir en un rancho con un piso de tierra?’, y entendí que a este mundo había que cambiarlo y pedí la afiliación al partido para cambiar esa situación que yo la veía injusta, que la sigo viendo injusta”.

Desde su fundación en 1957 hasta el inicio del golpe de Estado los fotógrafos de El Popular estaban en cada manifestación, ocupación y movilización, tanto en Montevideo como en el interior. Ese acompañamiento a las luchas sociales y sindicales les dio el reconocimiento de los trabajadores y el odio de las fuerzas represivas: “Fuimos perseguidos brutalmente previo al golpe de Estado. Estábamos marcados por la Policía, sufrimos mucho la represión pero ideológicamente acompañábamos la línea del diario y estábamos comprometidos con la clase obrera”.

Aurelio insistió en recordar que mucho antes del golpe de Estado hubo quienes gobernaron con Medidas Prontas de Seguridad.

“Tiraban tantas bombas de gases que un día se les agotó y pidieron que el mandaran un chárter de bombas porque ya no tenían más stock. Eso es verdad, no te estoy contando algo que me contaron”, me aclaró y precisó que “la represión con bombas era normal, igual que la Policía a caballo por 18 de Julio y soldados con fusiles y camionetas caladas como si estuviésemos en guerra. Eso se vivió antes de la dictadura. La muerte de Liber (Arce) y otros estudiantes no fue cuando la dictadura, fue antes y nosotros documentamos, sacamos fotos de eso. Sabíamos que a veces podíamos recibir un golpe fuerte donde no te apaleaba uno te apaleaban varios, y te sacaban la máquina pero estábamos comprometidos con lo que hacíamos”.

Parece que los años fueron días para él, recuerda cada acontecimiento que le tocó vivir como si hubiese sido ayer. Cada tanto se queda en silencio, se le quiebra la voz o se agarra la cabeza recordando.

Me habló de la ruptura política con Cuba por pedido de la OEA y una enorme manifestación que hubo en Uruguay contra aquella decisión. “Ese día a mi me quebraron una costilla, ni cuenta me di, sentía mucho dolor pero seguí trabajando”, me dijo.

También habló de la invasión de Estados Unidos a  Santo Domingo que generó un gran alboroto por estos lados.  En esa manifestación, reprimiendo, estaba un policía especial, José Luis Tellechea que según Aurelio “era un hombre que se metía en los sindicatos para fichar a la gente y todo el mundo le tenía ganas”. A él le sacó una foto mientras lo apuntaba con el arma, eso los volvía locos, recuerda.

Alma rota

“Esta mano — me dijo mostrándome su mano izquierda — me la fracturaron a sablazos en una manifestación por el presupuesto para la Universidad. Fue en 18 de Julio y Julio Herrera y Obes. Era el año 64 o 65 y yo ya era muy conocido por la Policía. Si te podían romper el alma te la rompían”, me dijo al reiterar que todo eso fue antes de la dictadura.

Tras la escalofriante madrugada del 27 de junio del 73, en la que el  entonces presidente Juan María Bordaberry disolvió las Cámaras de Senadores y Representantes con el apoyo de las Fuerzas Armadas para abrir el paso a la época más oscura de la historia reciente de nuestro país, los archivos fotográficos de años de manifestaciones, celebraciones, ocupaciones y eventos sociales, políticos y deportivos estaban en riesgo.

Aurelio fue el único fotógrafo que estuvo dentro del Palacio Legislativo en lo que fue la última sesión en democracia. “Me había acostumbrado a olfatear los problemas y sabía que iba a pasar algo. Entré a la Cámara de Senadores y allí me encontré con un ambiente distinto a las otras veces que yo habia ido, era un ambiente muy tenso”.

Sacó fotos de aquella sesión, en la que con sus discursos los legisladores condenaron el golpe de Estado que se venía, y se fue para poder resguardar las fotos antes de que el Ejército se adueñara de la casa de las leyes. A la salida del Palacio había camiones, tanques, soldados con trajes de camuflaje y armas largas,  una imagen que era impactante y había que registrarla pero a la madrugada Aurelio sabía que eso era imposible porque lo descubrirían. Esa noche durmió en la calle a unas pocas cuadras del Palacio, hacía mucho frío pero el saber la importancia que tenía conseguir una foto de aquel escenario le hicieron aguantar.

Cuando se hizo el día, en una mañana blancuzca, como lechosa, volvió al Palacio y sacó las fotos. “¿Y ahora qué va a pasar?”, se preguntó.

Desde 1964 la Central de Trabajadores del Uruguay, integrada por trabajadores independientes, había propuesto ante un posible golpe de Estado seguir los pasos de Brasil e iniciar una gran huelga general para hacerle frente. Y eso fue lo que sucedió.

Al llegar a la redacción del diario a Aurelio le contaron del golpe, pero nadie lo sabía mejor que él, que fue testigo del gran despliegue de las fuerzas armadas en los alrededores del Palacio Legislativo.  Ese mismo día comenzó la ocupación en el diario, en las fábricas, en los hospitales.

“En ese momento fui a hablar con Viera —el director del diario— y le plantee que me parecía bien que se ocupara pero que los fotógrafos no podríamos ocupar. Teníamos que salir a registrar, a documentar las ocupaciones porque no sabíamos cuánto iba a durar el golpe, si los vencíamos o nos vencían. Él me dio la razón pero me advirtió que la cosa era realmente embromada y me preguntó si me animaba. ‘Mira Viera queres que te diga una cosa hay un himno que dice morir por la patria es vivir, así que no te preocupes, pero igual no voy a morir'”, relató. Y a partir de ahí comenzó una recorrida a pie por todas las fábricas ocupadas, documentó lo que sucedía e informó a los trabajadores sobre lo que estaba pasando afuera.

Hoy estamos acostumbrados a la era del celular, del internet, de saber al instante qué sucede en otros lugares. En aquellos años no era así y los diarios como El Popular no podían salir así que Aurelio junto a otros compañeros armaron brigadas y montaron una especie de diario andante, salieron a documentar y mostrar lo que estaba sucediendo.

“Revelamos fotos para mostrarte a aquellos en las fábricas que estaban ocupadas, que otros lugares también lo estaban. Fue como adelantarse a internet”, dijo entre risas.

La llama apagada de Ancap fue una de las mayores demostraciones de que la huelga era importante porque quería decir que los trabajadores habían hecho un sabotaje y habían dejado de refinar. Aurelio sacó una foto de aquel momento, justo cuando la llama desapareció como si se la hubiera tragado la chimenea y sólo quedaba un humo emergiendo por alli.

“Pero una huelga de esa dimensión no la podés mantener eternamente, se te desfleca, porque los trabajadores viven de su salario, el alquiler, las medicinas, la alimentación, todo lo pagan con el salario”, recordó. La huelga duró 15 días y se planteó la necesidad de hacer una gran manifestación en la Av. 18 de julio. Fue el 9 de julio del 73. No hubo un cartel en la calle, no hubo un anuncio en la radio debido a la censura y se fue informando fábrica por fábrica que a las 5 en punto se concentrarían en la principal avenida de Montevideo.

Aurelio recuerda con simpatía que una radio pasaba el poema de (Federico García) Lorca que hablaba de las 5 en punto. “Nada tenía que ver con la huelga, era un poema de un torero que reiteraba varias veces a las 5 en punto, entonces la gente agarró que a las 5 en punto era que teníamos que estar en 18 de Julio y Río Branco, y estuvimos”.

Poco antes de la hora pactada las veredas estaban llenas de gente, pero lo que reinaba era el silencio. Fueron los trabajadores de la bebida los que se lanzaron a la calle al grito de ‘CNT libertad’ y la gente colapsó la avenida, recordó. “El poco transporte que había,  manejado por militares, quedó  apretado por la gente, fue como un tsunami humano, la gente con tarros de pintura pintaba los trolebuses y escribía ‘abajo la dictadura’ y los volantes volaban por el aire como si fueran palomas hasta que los milicos vinieron con sus uniformes de combate para achicar a la gente, con sirenas abriendo surcos entre las personas que gritaban ‘ libertad libertad'”.  Duró una o dos horas, recordó Aurelio, y me dijo que con los caballos y los sables no pudieron dispersar a la gente pero con los gases sí, “lo gases eran mortales”.

Esa misma noche la sede de El Popular, que quedaba en Av. 18 de Julio y W. Ferreira Aldunate, quedó cercada “era el postre para ellos”, me aseguró Aurelio. Él estaba adentro con su hijo de 15 años esperando ver qué iba a pasar.

“En un momento se sintió una gran explosión, habían arrimado un taque y le habían puesto una cadena a la puerta de hierro del diario y la arrancaron así, de cuajo. Ahí empezó a entrar el Ejército. Parecían marcianos, venían con máscaras antigas mientra desde abajo tiraban, se rompían los vidrios y caían dentro. Si en la calle es irrespirable,  ahí adentro te imaginas, es criminal, criminal”, me dijo con la mirada perdida en el recuerdo.

Revelar la verdad

Aurelio se había visto venir aquella situación y tres días antes había resguardado todo el archivo fotográfico de los 16 años del diario. Viera lo había autorizado pero le había pedido que se encargara él y que no le dijera dónde quedaría. Fue el 6 de julio del 73, eran decenas de miles de fotogramas. Quedaron escondidos en un entrepiso al que se accedía por el hueco de un ascensor que ya no funcionaba.

“Cuando vino la tropa se llevaron de todo, hasta un paraguas que me había comprado hace poco, maquinas de escribir, las cámaras fotográficas, se llevaron todo pero los negativos no”, me dijo con cierto orgullo.

Aquel día Aurelio todavía tenía sin esconder los últimos días de la huelga general y tuvo que hacerlo a último momento en otro lado. Ya tenía pensado un plan B, era en el decimotercer piso donde había una grúa abandonada desde la época en la que se construyó el edificio. Allí, ya con los militares dentro, los dejó.

Antes pasó por el sexto piso donde vivían unas señoras que eran maestras jubiladas que lo conocían. Les golpeó la puerta pero estaban tan asustadas con el despliegue militar que no querían abrirle, les pidió que dejaran entrar a su hijo y accedieron.

Luego de esconder los negativos se quedó él también escondido en una terraza hasta que quien cuidaba el edificio lo vio y lo llevó a un apartamento donde había otras personas refugiadas. Al día siguiente cuando ya había menos militares, salió. “Llamé a una de las mujeres que tenía a mi hijo y le dije que lo dejara salir. Salió con él como si fuera un nieto a hacer los mandados, y yo ya estaba en la calle con mi máquina otra vez”.

Aquella noche fueron solo tres o cuatro trabajadores del diario los que no cayeron.

Con la mayoría de sus compañeros presos en el Cilindro y el diario cerrado a Aurelio solo se le ocurría pensar en cómo ayudar. Así comenzó una colecta para llevarle víveres a ellos, visitó algunas esposas de compañeros que los conocían y les dejó plata, a cambio les pedía que además de llevar algo para sus maridos llevaran para otros.

Con el resto de la plata que recolectó compró montones de frutas y verduras y las llevó al Cilindro. Cuando fue entregarlas tuvo un encuentro que no esperaba, una vez más frente a frente con Tellechea, aquel oficial al que había fotografiado mientras le apuntaba.

“Pensé ‘bueno para adentro González’, y sin embargo no. Vino el tipo, se acercó y me dijo bajito: ‘usted es un audaz —como diciendo usted es un hijo de puta, me está comprometiendo—. ¿Qué es lo que trae?’. Le dije que traía cosas para mis compañeros y no sabía lo que hacer, mandó a bajar las cosas y me dijo’ marchese, marchese’ y me marché”.

Él como tantos otros trabajadores habían quedado en las famosas listas negras, “no podíamos entrar a trabajar, pero aunque no estuviéramos en listas negras ni El País, ni El Día ni ningún otro de esos diarios nos iba a dar laburo así que no me afectaba estar en esa lista. Mi ventaja era que mi oficio podía ser muy independiente, no tenía que entrar a una fábrica”, me explicó así que pidió dinero para comprar unos rollos de película y comenzó a sacar fotos por su cuenta,  ofreciendo fotografías puerta por puerta  “pero me tenia que cuidar mucho”, me dijo.

Según su propio relato él tenía mucha calle, se había agarrado la costumbre de a cada lugar que iba buscar o pensar la forma de salir sin usar la puerta, en su casa en Washington 281 ya había pensado por dónde escapar si iban a buscarlo. Sin embargo una noche su hijo que ahora tenía 17 años y vivía con él salió al baile, a las tres de la mañana le golpearon la puerta y pensó que sería él que se había olvidado las llaves pero no, eran los militares. “Entraron con metralletas, revisaron todo, agarraron mi cámara y otras cosas, me pusieron una capucha y me llevaron. Me llevaron para la calle de Maldonado y Ruiz.

Allí cree que estuvo en un calabozo que era en realidad una cocina por las conversaciones y ruidos que escuchaba, pensó que estaría ahí porque no habría ya más lugar para guardar gente. Dentro de todo el calvario recuerda algo positivo,  al contarlo se emociona, se sonríe y se agarra la cabeza como quien no cree lo que cuenta. Para ir al baño tenía que pedir a los carceleros que lo llevaran, estaba siempre encapuchado pero el piso lo veía y de camino al baño vio los pies de otra persona que al igual que él estaba preso debajo de alguna mesa. Cuando llegó la noche quiso buscar la forma de hacerle saber a esa persona que había otro como él y se puso a silbar “La internacional socialista” bajito y después más fuerte hasta que esa persona lo escuchó y se sacó la capucha. “Cuando lo ví fue muy emocionante, yo le había sacado la foto de su casamiento porque se casó con la hija de un compañero del diario. Nos miramos, corrí hacia él y nos abrazamos los dos, después me fui para mi calabozo”.

“Los interrogatorios eran complicados”, me dice, aunque destaca que a él no le hicieron “el submarino”, la práctica de tortura con la que sumergían a los detenidos en agua, orina o cualquier otro líquido para lograr sacarles información.

Le preguntaban mucho cosas del diario, principalmente por el archivo. Les dijo que no sabía, que suponía que se lo habría llevado el Ejército cuando ingresó porque se llevaron todo. “Como nadie sabía dónde estaba quedó por esa, si lo hacíamos entre dos o tres y alguno hablaba ya está, por eso había que hacerlo solo”, me dijo.
A los días lo soltaron y año más tarde fueron a buscarlo otra vez, pero esa vez sí pudo escapar antes de que lo agarraran. Una compañera le sugirió que fuera a la embajada de México que estaba dando asilo para los perseguidos y allí fue camuflado como pintor con tarros de pintura para disimular.

Después de contar que era fotógrafo de El Popular el cónsul mexicano le dio el asilo, lo llevó a su residencia de Carrasco y a los 20 días partió a México. Antes pidió a su hijo que le llevara algo de dinero y los negativos de los últimos días de la huelga general.  En México al igual que en sus últimos días en Montevideo trabajó como fotógrafo particular hasta que a los 20 meses se fue a España: “me sentía un poco inútil y quería hacer algo para ayudar a quienes quedaron presos”.

En España se juntó con otros uruguayos en el exilio y fueron a la televisión, a los diarios y realizaron actos para denunciar lo que estaba pasando en Uruguay.

Repartieron volantes, hicieron propaganda y vendieron pegotines. Con esa plata pudieron publicar una lista que unos compañeros habían conseguido de intelectuales y artistas que firmaban por la libertad de los presos en Uruguay.

Luego se fue a Holanda y allí hizo lo mismo. “Uruguay un país en lucha contra el fascismo y una paloma a puño”, es lo que decían los pegotines que vendía. Estaban en Español así que su compañera, que era holandesa, le escribió en holandés el mensaje “solidaridad con los presos políticos de Uruguay”, y fue a venderlos a una manifestación que había en ese momento contra las bombas atómicas.

Con los negativos de la huelga general que su hijo le había llevado antes de partir a México hicieron ampliaciones y las expusieron en la calle pidiendo “solidaridad con los presos políticos de Uruguay”, y la gente colaboraba, me dijo.

Cuando estaba en Holanda hizo un trato con una revista y fue de corresponsal de guerra a El Líbano pero no pudo entrar así que volvió a Ámsterdam y de allí a Barcelona en donde continuó su acción de denuncia hasta que terminó la dictadura y pudo regresar.

Al país campeón del mundo

Aurelio nació en el norte de África, en lo que en aquel tiempo era el Marruecos español, el 14 de noviembre de 1931. Nació en una ciudad a orillas del mar Mediterráneo pero se crió en la localidad de Larache, en la zona atlántica de Marruecos.

Cuando me recibió en el living de su casa, nos sentamos alrededor de una mesa redonda donde tenía una computadora portátil y un sobre con fotos impresas. Eran de su último viaje a Marruecos, las buscó para mostrarme cómo era el lugar donde se había criado.

En Larache vivió hasta los 17 años cuando a su madre se le ocurrió anotarlo en la marina como voluntario para hacer carrera. Era una época de mucha escasez, recién se salía de la Guerra Civil Española, de la Segunda Guerra Mundial y había pocas oportunidades. Lo enviaron al norte de España, a Galicia “me enseñaron puras tonterías, a marchar, a tirar con algún fusil que ya no se usaba”, me dijo utilizando un tono burlón. “No me gustaba la vida de militar, mi forma de ser no encajaba y al año pedí la baja. Podía hacerlo porque entré como voluntario”, me explicó.

De allí volvió a Marruecos, a otra ciudad que no era Larache porque le habían dicho que ahí había oportunidad de trabajar. Trabajó como pesquero y vendiendo pescado hasta que con un amigo de la infancia decidió cruzar al Marruecos francés para buscar mejor suerte. Cruzaron la frontera clandestinamente, sin dinero y sin solicitar el permiso necesario para hacerlo. A las dos horas de estar del lado francés fueron detenidos por la Policía, que en esa época patrullaba en bicicleta, y ante la falta de documentación fueron enviados a la cárcel. Aurelio recuerda una prisión enorme pero de celdas pequeñas que “como en cualquier otra cárcel del mundo, estaban sobrepobladas”, me dijo.Tras un juicio que se realizó a la semana de ser detenidos fueron condenados a tres meses de prisión por estar indocumentados y no solicitar permiso para ingresar al país.

Estando detenidos les ofrecieron trabajar haciendo viviendas para la policía local y aceptaron para poder salir. El pago era ese beneficio y un pan más con la comida. Sin embargo a la hora de comer el segundo pan no se los daban. Al tercer día Aurelio lo reclamó y tras él todo el resto de los presos que trabajaban. “Se armó un gran revuelo”, me dijo y me contó que fue a parar a un calabozo aislado acusado de prácticamente haber iniciado un motín. Tras explicarle lo sucedido al jefe de la prisión se descubrió que había colaboradores de los carceleros que se quedaban con esos panes de los trabajadores y los cambiaban por cigarrillos u otras cosas.

Mientras cumplían la pena también les ofrecieron ingresar a la Legión Extranjera, que era un cuerpo de voluntarios donde la tropa se componía de extranjeros: rusos, españoles, chinos, árabes pero la oficialidad era francesa. “En aquel momento Francia estaba en guerra en Indochina, era una potencia colonialista y tenían a Indochina —actual Vietnam— como una colonia y estaban en guerra porque los indochinos se levantaron. Precisaban carne de cañón entonces nos ofrecieron ingresar a la Legión para enviarnos a allí. Nos ofrecieron estar cinco años y nos dijeron que podíamos elegir una mujer para nosotros, así como te lo estoy contando. Luego de esos cinco años podías salir de la Legión y te daban la ciudadanía francesa”, me explicó pero me dijo que no aceptaron “porque los indochinos no nos hicieron nada para que nosotros fuéramos a pelear contra ellos”. Al no aceptar el trato quedaron en la cárcel hasta cumplir la condena y luego los deportaron.

Volvieron a Marruecos con la cabeza rapada y según recuerda eran “el hazmerreír del pueblo”, los únicos de pelo cortito.

Al cumplir 19 años estaba trabajando en una ciudad lejos de su familia cuando le llegó un telegrama que decía que se tenía que presentar en San Fernando, cerquita de Cádiz, para hacer el servicio militar, ahora sí de forma obligatoria. Una vez más se preparaba para desfilar y aprender a portar fusiles. Recuerda que le costó mucho llegar hasta allá porque no tenía plata y cuando lo hizo como estaba solo no lo recibieron. Tuvo que esperar a que llegaran el resto de los jóvenes de Marruecos que habían sido llamados a fila. No tenía a donde ir así que durmió en la calle, sin tener qué comer y en medio de un temporal, luego se quedó en una estación de trenes de donde lo echó la guardia civil hasta que a los dos días llegó la gente de Marruecos. Mientras me lo contaba hizo una gran pausa, un silencio que de alguna forma me habló de lo que sintió aquellos días.

Para dejar de lado la emoción me contó entre risas que a esa altura ya le había crecido el pelo pero que se lo volvieron a cortar para ingresar al cuartel.

“Había mucha miseria en el cuartel, nos daban agua con cuatro garbanzos y un pan de comer para todo el día, a gurises de 19 años”, resaltó. Allí pasó tres meses y tras una larga pausa me dijo “nunca nos duchamos en esos tres meses porque las duchas no funcionaban”.  Luego lo destinaron a las Islas Canarias, donde afirmó que la vida cambió: “el cuartel era una cosa casi lujosa, ventilado, limpio,  la comida era decente. Estuve casi dos años allí, de vez en cuando había algún desfile o que hacer guardias absurdas con un fusil y nada más. Te hacían levantar a las 7 de la mañana y a las 10 de la noche a dormir aunque no tuvieras sueño”, me dijo “así era la vida de cuartel”.

Tras terminar el servicio militar estuvo ideando la forma de poder trabajar en algún barco allí en Canarias, se quedó en una pensión a donde lo fue a buscar la Policía por desertor: “te reclaman para el servicio militar”, recuerda que le dijeron. Intentó explicar que acababa de terminarlo pero igual lo enviaron de vuelta a Marruecos a solucionar su situación.

Luego de aclararla habló con su madre y le dijo que volvería a Canarias para poder trabajar y se despidió de ella. “Hice algo que es ilegal”, me dijo y precisó “me vestí de marinero para viajar sin boleto”. Al llegar a Canarias durmió en el puerto, bajo las estrellas y al día siguiente se embarcó casi sin pensarlo, y de contrabando, en un barco llamado Andrea con destino a Sudamérica. Ingresó sin que lo vieran mezclándose entre los turistas y gracias a que el oficial que debía pedir la documentación se entretuvo con unas chicas jóvenes y no lo registró.

Me dijo que conocía bien los barcos así que encontró rápidamente un escondite que era donde se guardaban herramientas y pinturas para trabajar. Allí dormía y al amanecer antes de que fueran por las cosas salía, tenía todos los horarios controlados. Pero el 2 de noviembre los marineros en lugar de trabajar desde las 8 de la mañana arrancaron a las 4 para tener la tarde libre y ahí lo agarraron durmiendo. Primero le dijeron que lo iban a devolver, que lo iban a transbordar a un barco que iba para Europa, pero se escondió nuevamente y no salió hasta que el otro barco se había ido. “Pensaban que me había tirado al agua”, me dijo riendo. En el barco lo llamaban el clandestino, durante parte del viaje estuvo encarcelado pero finalmente le perdonaron lo que había hecho y decidieron no entregarlo en Río de Janerio como le habían advertido y lo dejaron bajar en Montevideo. Los marineros lo querían porque era la primera vez que alguien desafiaba al capitán y burlaba la seguridad del barco para viajar como polizón.

Llegó a Montevideo un 14 de noviembre, el mismo día en que cumplía 22 años. Fue como un volver a nacer, pero esta vez en Uruguay. Antes de abandonar el barco el primer oficial lo despidió ante los marineros y dijo “siempre lo conocimos como el clandestino pero él tiene nombre, se llama Aurelio y se queda acá”. Los marineros habían hecho una colecta para él, era miles de liras, que acá se las cambiaron por $36 de la época.

¿Qué sabía de Uruguay una persona que venía de Marruecos?, le pregunté

— “Sabía perfectamente las capitales de toda América Latina“, me dijo pero resaltó “también sabía era el país campeón del mundo“.

Me contó que cuando estaba preso haciendo zanjas en Casa Blanca, se estaba jugando el mundial del 50′ y uno de los carceleros lo escuchaba por la radio. Ahí se enteraron que un pequeño país de Sudamérica era campeón del mundo. “Me quedó eso, cuando llegué, pensé ‘pah es el país donde salieron campeones, no era poca cosa”, me dijo con una gran sonrisa. Lo que no sabía, me aclaró, es que era un país de tres millones de habitantes, también le llamó la atención el agua marrón “nunca había visto eso, siempre el agua es azul, verde, transparente”.

La llegada a Uruguay fue un volver a empezar, comenzó a recorrer Montevideo. En esa época estaban haciendo el hotel Victoria Plaza, recién estaban poniendo los primeros semáforos en 18 de Julio y recuerda que pensó: “acá están más atrasados que en mi pueblo”.

Ante la falta de dinero otra vez le tocó dormir en la calle, lo hizo durante varios días. Le llamó la atención el mate, pensó que era una pipa gigante y le sorprendió que la fumaran las mujeres, mientras lo contaba se agarraba la cabeza por lo absurdo que sonaba aquello. También le impresionó ver un cartel que decía “comité central del Partido Comunista”, puesto ahí nomás, a la vista de todos, eso en España era imposible.

Pasó varios días recorriendo la ciudad, buscando trabajo, hizo algunas changas en el Mercado Modelo hasta que un día vio un mural en Ciudad Vieja que decía: “hoy reunión antifrnaquista, 18 de julio 1327”, la fecha era de 20 días atrás pero la dirección era esa y decía Casa de España, así que fue hasta allí. Contó que había llegado de polizón, que estaba durmiendo en la calle y que estaba buscando trabajo.

De allí se fue con otros españoles a una pensión de la calle Joaquín Requena. Era una pensión no declarada y el dueño lo dejó quedarse a cambio de que hiciera las tareas de mantenimiento allí adentro, y luego empezó a llevarlo a trabajar a una chacra que tenía, pero todo a cambio del techo y la comida. Un día Aurelio, que no tenía ni para un cepillo de dientes, pidió dinero por su trabajo y el hombre le respondió “‘si no te gusta te vas’, y me rebelé y me fui”, me dijo. Otra vez fue a dormir a la calle donde conoció a otros españoles que vivían en una casa que él describe como “un gallinero” en la calle Dante 1976 y le ofrecieron quedarse allí. Comenzó a trabajar en una metalúrgica y luego también en la construcción.

Estando en Casa España un día al igual que él antes apareció otro hombre que no tenía donde ir. Era Lucio Navarro, un español que había estado en la guerra civil y estaba recién salido del Saint Bois. Era un hombre de 50 y pico, llegó muerto de hambre y enfermo, no tenía casa ni vivienda ni trabajo y tenía que tener una recuperación, preguntaron si alguien podía ayudarle y con 22 años Aurelio dijo “yo puedo, aunque mi vivienda es muy humilde”. Resultó que ese hombre era fotógrafo, vivió con él cuatro meses hasta que desapareció. Al tiempo volvió porque quería agradecerle a Aurelio todo lo que había hecho por él pero como no tenía dinero le ofreció enseñarle fotografía, a él no le interesaba “pero como decía mi madre el saber no ocupa lugar así que agarré viaje”.

Como si no supiera escribir

Poco después de terminada la dictadura en Uruguay, en octubre de 1985 Aurelio dejó España y regresó. Lo primero que hizo fue ir al edificio Lapido, donde funcionaba El Popular, donde había escondido aquel tesoro que eran los negativos de 16 años de fotos de prensa, pero cuando llegó nada era como antes y el archivo ya no estaba allí.

Durante casi 34 años aquella historia en imágenes estuvo desaparecida, hasta que un día, el 31 de enero de 2006, apareció.

Aurelio me contó la historia. Yo ya la conocía pero su forma de contarla me hizo sentir que es la primera vez que la escuchaba. Relató paso a paso los acontecimientos, sus gestos y expresiones me transmitieron casi a perfección la emoción y ansiedad que lo acompañaron en aquel momento.

El hallazgo se dio casi por casualidad. Un día desde el Centro de Fotografía de la Intendencia de Montevideo lo llamaron para hacerle a un homenaje como los que solían hacerle a fotógrafos de larga trayectoria. A él no le parecía buena idea, a su entender en los homenajes en vida el homenajeado “queda como un tonto” donde se dicen un montón de cosas “y vos no hiciste ni la mitad de lo que estan diciendo”, me dijo entre risas.

De todas maneras aceptó y uno de esos días en que estaba seleccionando los pocos negativos que tenía para armar la muestra vio a Ricardo Erlich, que en ese momento era intendente. Pidió una reunión con él, quería solicitarle que como intendente lo ayudara a conseguir autorización para buscar el archivo escondido en el edificio Lapido. Quería encontrarlos, sentía que estaban allí y quería buscarlos aunque tuviera que tirar paredes para eso. Habló de los negativos escondidos con los funcionarios de la Intendencia, algunos conocían la historia y otros era la primera vez que la escuchaban.

Los negativos aparecieron ese mismo día. Uno de los trabajadores del Centro de Fotografía se encontró con un fotógrafo de El Observador al salir, le contó de la exposición que estaban armando y de la historia de los negativos escondidos en el edificio Lapido.

Quiso el destino que ese fotógrafo tuviera un hermano que guardaba el auto en el parking construido en el edificio lapido. Ese hermano le había hablado hace unos años de un gurí que se le presentó con una caja con negativos porque sabía que tenía un hermano fotógrafo, en aquel momento no le dio importancia pero al escuchar la historia se preguntó “¿no serán esos?”.

Los dos se dirigieron hasta allí y se enteraron que era el hijo del dueño del parking quien había encontrado aquellos negativos. Lograron dar con él y les dijo que todavía tenía la lata. Fueron por ella y empezaron a verlos: eran fotos de prensa, entre ellas estaba el sepelio de Liber Arce (primer estudiante muerto por las fuerzas policiales en Uruguay, bajo el gobierno de Jorge Pacheco Areco). Ya no había dudas, eran los negativos de Aurelio.

Aurelio recuerda que lo llamaron del Centro de Fotografía para decirle que no le entendían la letra de las aclaraciones que escribía en las ampliaciones que preparaban para la muestra. “Yo tengo una letra espantosa, como si no supiera escribir, escribo mal. Siempre uso la excusa de que escribía de la derecha para la izquierda en árabe y luego me enseñaron de la izquierda a la derecha, así que fui”, me dijo con una sonrisa casi infantil.

“Me sentaron, me agarraron la mano —pensaban que me iba a dar un infarto estos tarados— y me explicaron que aparentemente sabían donde estaba el archivo que yo decía que existía”, relató. Isabel, quien trabajaba en ese entonces en el Centro de Fotografía le dio la lata.

Aurelio hizo una pausa grande, no dijo nada por unos segundos, como si estuviera trasladándose a aquel momento en que volvió a tener aquella lata en sus manos, hasta que volvió a hablar. Me contó que entró en juego la ansiedad, que se emocionó por volver a ver esos negativos pero quería saber qué había pasado con los demás.

“Dice el joven que la encontró que esa es la que él tiene pero que sabe donde hay miles. Están en un ducto de ventilación de muy difícil acceso en el lapido”, me dijo que le dijeron.

Hasta allí fueron él y quienes encontraron las fotos a sacarlas. Utilizaron una piola y un imán con la complicidad de Quique, el hijo del dueño del parking para que el guardia no se enterara de lo que estaban haciendo.

Una a una la fuerza del imán fue atrayendo a las latas a la superficie. “Yo las dejé color plata y salieron bañadas en óxido, no las podía abrir, estaban como selladas pero fue ese óxido lo que salvó a los negativos de la humedad”, me afirmó.

En la primera lata recuerda que salieron imágenes de (Liber) Seregni, sus compañeros del diario, etc. Describió aquel momento como una “borrachera de emoción” que se paró de golpe cuando el dueño del parking los descubrió y los echó sin dejar que le explicaran lo que querían. Pero Aurelio nunca fue de darse por vencido así que se confabuló, según sus propias palabras, con dos compañeros, uno de ellos tenía una camioneta y fueron hasta allí en busca de los negativos que le faltaron.

“El comando pelo blanco”, así se autodefinían por su edad, intentó romper el ducto sin que los vieran disimulando con la camioneta pero el guardia se dio cuenta y los amenazó con llamar a la Policía. Luego de eso comenzó una negociación entre Erlich y el dueño del parking que finalmente accedió al pedido. Se rompió el ducto y se sacaron los negativos que fueron presentados el día de la muestra de homenaje a Aurelio en marzo de aquel 2006.

De los casi 100.000 fotogramas que escondió, calcula que faltan entre 15.000 y 20.000. Entre las fotos que nunca aparecieron se acuerda de las imágenes de la primera gira del Frente Amplio por el interior del país en 1971 en la que, debido a la propaganda aterrorizante que habían llevado a cabo las fuerzas fascistas, fueron recibidos con ventanas y puertas cerradas y con crespones negros colgadas de ellas en Lascano —hasta el busto de Artigas de la escuela tenía un crespón negro que le cubría los ojos—, y “a los tiros” en Castillo. En la ciudad de Rocha “le quisieron dar una puñalada a Seregni”, me dijo.

“Todos esos negativos están perdidos”, lamentó. También recuerda otros actos por el interior, vueltas ciclistas de la época, una gran ocupación del frigorífico Swiff en el Cerro, fotos de la Universidad cercada, entre muchas otras.

Actualmente Aurelio sigue afiliado al Partido Comunista. Me dijo que es porque cree que “el socialismo es la última salvación de la humanidad”.

“El capitalismo, en su última fase el imperialismo, es tan brutal que por años para salir de la propia crisis que el mismo sistema crea recurre a guerras e invasiones. El capitalismo con tal de ganar y ganar es capaz de hacer del mundo un gran desierto, por eso creo en el socialismo”, me explicó.

Todavía sigue yendo a las marchas (del silencio, de la mujer, de la universidad) con su cámara de fotos. “Voy por solidaridad y porque quiero seguir registrando. No puedo dejar de sacar la foto que es una cosa tan especial. Llevó la cámara porque quiero guardar eso”, me dijo.

La historia de los negativos escondidos ha llamado la atención a muchos. Tras el hallazgo del archivo se han hecho muestras, documentales y libros sobre esa historia. Y él ha dado charlas en sindicatos, liceos, escuelas de Uruguay, Argentina, Brasil, Suiza, Francia, entre otros.

A sus casi 86 años Aurelio ha viajado tres veces a su natal Marruecos, ha ido a España, vivió nueve años en el exilio pero hay solo un lugar que siente como su casa: Uruguay, el país del que fue testigo  con su cámara de fotos a cuestas.


 

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