El Amazonas Ecuatoriano


Desde Ecuador, por Daniel Noya

Luego del descenso de la montaña y de un día de descanso, seguimos viaje y ahora cambiamos de escenario. Dejamos la sierra y entramos en la selva. Estamos en el oriente de Ecuador. La selva es algo desconocido. Cada paso que damos sorprende y me deja cautivado. Visito la Amazonia ecuatoriana y me fascina. Recorro Puyo, Tena, Puerto Masahuallí y El Coca. Veo como en la ruta, la ciudad va disminuyendo y va siendo tragada por la selva. Los colores, aromas, fragancias, comidas y sensaciones son bien distintos. La selva me conquistó. Se puede respirar mucha naturaleza y uno se renueva en cada momento que respira; la selva se mete en uno.

Aquí visito una comunidad, navego en sus canoas, como la comida amazónica (entre ellos los famosos gusanos de selva) y camino y vivo como son los tiempos en la selva. La naturaleza brinda todo, no hay que estar siempre tras el trabajo y el sacrificio; hay tiempo para el otro, para la contemplación, la charla y por qué no, también para el ocio. La gente aquí es muy sobria y simple en todos los aspectos. Son tímidos y tratan de esquivarte y no generar mucho vínculo con nosotros “los gringos” como nos dicen. No importa que seas de Uruguay, aquí sos gringo.

Mi primer punto en la selva es Puyo. La ciudad de Puyo se fundó en 1899 y se realizó con un fuerte proceso de colonización y conversión al cristianismo de los indígenas de la zona. El pueblo nace y su desarrollo se fue gestando a base del caucho, madera y de la caña de azúcar. Puyo aparece como la puerta a la selva. Aquí llegamos a la comunidad y parque Omaere. Omaere es una palabra Waorani y significa “naturaleza de la selva”. Este parque fue fundado en 1993 cuando se compró el terreno de 15 hectáreas en las afueras de la ciudad de Puyo y comenzaron a sembrar plantas utilizadas por los diferentes grupos indígenas. Es una selva creada con una gran cantidad de plantas y sabiduría indígena. Aquí nos hace el paseo un joven muy correcto y muy animado. Luis nos lleva por los diferentes rincones y nos explica las plantas más representativas de la selva y sus propiedades curativas. Luego se nos presenta un hombre con pelo largo y una larga barba blanca que es uno de los creadores del proyecto. Chris nos cuenta más del proyecto y nos hace más largo el paseo y nos cuenta de su historia de cuando vino de Estados Unidos y se internó en la selva y comenzó a conocer a los diversos pueblos. Chris nos habla de la misión de Omaere y nos habla de conservar las plantas útiles de la Amazonía, hacer conocer las culturas amazónicas y hacerlas valorar y, por último, contribuir al desarrollo sostenible de las comunidades indígenas. Terminamos la jornada en una choza típica de la selva y Chris nos cuenta como los Shuar y los Waorani conviven con la naturaleza.

En el Puerto Francisco de Orellana, más conocido como El coca tuve la suerte de presenciar las fiestas por los 49 años de cantonización (El Coca se convirtió en un cantón) y estuve presente en todos sus festejos como ferias artesanales, presentación de orquestas y un espectacular y hermosa desfile en donde desfilaron, entre otros, diversos grupos indígenas. Quedo fascinado con un grupo de niños de la tribu Shuar. Ellos son los famosos jibaros, nombre despectivo dado por los españoles. Su aislamiento y poco contacto con el exterior quedo más que justificado. Lo hacen para sobrevivir y que sus costumbres y tradiciones sigan vivas. Dimos muchas vueltas para poder visitarlos pero es muy difícil y además de eso costoso.

Hasta la década de 1980 El Coca fue un pueblo pequeño; y sin relevancia a nivel regional. Pero esto cambió radicalmente tras el descubrimiento de petróleo en sus alrededores. Así es que  el pueblo creció rápidamente, tanto en su población como en sus dimensiones. El pueblo cambió y se vio sacudido con la llegada de inversiones realizadas por las compañías petroleras extranjeras. El Coca ha tenido en los últimos años vaivenes en su economía. Su vida económica siempre depende del precio del crudo y de los grandes centros de poder a miles de kilómetros de la selva ecuatoriana. Las ganancias se van a dichos centros pero lo que queda en estos suelos y aguas es la contaminación. La extracción de petróleo ha causado considerable daño a la selva.

El Coca se desarrolló a base de la explotación del petróleo. La ciudad fue creciendo de forma desordenada y el petróleo le dio vida a la ciudad y tras un boom vino la crisis. El Coca añora esos años dorados. Hoy solo queda el recuerdo y la contaminación.

Otro punto a visitar es Tena. Tena tiene en sus orígenes toda una historia de grandes desplazamientos. Cuando los españoles fundaron una serie de ciudades en la zona, procedieron a repartir tierras e indígenas. Estos, hartos de soportar los malos tratos y siendo víctimas de la explotación, huyeron a la selva escogiendo las orillas de los ríos para formar sus centros poblados. Con la llegada de los jesuitas es que estos poblados tomaron sus nombres actuales, uno de los cuales es Tena. En Tena me informan de que cerca de ahí uno puede visitar el hermoso pueblo de Puerto Misahuallí. Es un pequeño pueblito al borde del Río Napo y que de ahí uno puede visitar alguna comunidad indígena que recibe gente. Ahí voy entonces. La sorpresa es grata ya que los precios no son los desorbitantes de El Coca. Uno puede subir a una canoa y visitar a una comunidad por un precio mucho menor o casi simbólico. A unos minutos de ahí, se llega a la comunidad Ayllu Awarina. Es una pequeña comunidad muy abierta al turismo que nos muestra sus tradiciones, sus casas, sus calles y hasta un pequeño zoológico que tienen. Ahí subo a una casa de un árbol y la vista es increíble. Los ríos en la selva no separan, unen. Son grandes avenidas y calles que te llevan fácilmente adonde quieras. Las imágenes que me regala la comunidad y que me llevo en mi mente y en la memoria de la cámara, son las escenas de muchos niños jugando al borde del río, todos juntos y de forma armónica, sin peleas, tirones o forcejeos. Sus sonrisas son anchas y gigantes y su felicidad y libertad al jugar es tan grande que ni siquiera advierten mi presencia. Hay días que pienso que uno encuentra personas que asumen un rol de símbolos o mensajes que se cruzan con uno y nos dejan ideas, ejemplos y luchas. Uno vincula esa persona de tal lugar con libertad, valentía, coraje, entereza, sacrificio. Estos niños jugando son la libertad y la felicidad.

En Puerto Misahuallí también se puede disfrutar de un hermoso camino por medio de la selva por donde se puede ir bordeando el río y tener vistas espectaculares. El calor es gigante y te empuja a meterte al río y disfrutar de su agua fresca. La corriente era pequeña pero se sentía y si uno se suelta un poco, el agua te lleva. En todo el rato del baño por el río cuento con la compañía curiosa de una libélula que me estudia, analiza. Sabe que soy un gringo y que no soy de ahí. Toma la cámara de fotos y ella se va. Hablo por dentro y le pido que se quede quieta por un momento, que no le voy a hacer daño, y ante mi sorpresa ella decide sostenerse mágicamente en el aire y ahí logro tomar excelentes fotos de mi compañera de río.

Otros compañeros de viaje son los monos. Llegas a Puerto Misahuallí y te reciben. Copan los techos, cables, azoteas y árboles del pueblo. Dominan estos elementos de forma asombrosa y son los dueños del aire. La gente del puerto dice que no hay que darle de comer. Uno ve que igualmente la gente le da. Un hombre fue mordido por uno de ellos. Puerto Misahuallí es un lugar donde la selva se siente directamente y donde la Amazonia ecuatoriana vibra y se desarrolla en todo su esplendor.

La selva nos refresca, nos llena de aire fresco y nos llenó de imágenes, sensaciones y pensamientos que quedan grabados en la mente de uno. El pensar de uno se centra en las bellezas que podemos encontrar aquí, en toda su vida, sus secretos y toda su sabiduría, pero en contrapartida se viene a la cabeza toda la destrucción que sufre en nombre del progreso y del crecimiento económico. Los lugareños cuentan de cómo ha cambiado el aire en los últimos años, del cambio del color de agua, de peces muertos y otros tantos indicadores que señalan que la selva está siendo destruida. La economía y las empresas mandan, los gobiernos no dicen nada y callan de forma cómplice y las comunidades no son escuchadas. Es una combinación fatal. Esta feroz pesadilla se convierte en realidad y cae duro y fuerte como la lluvia en la selva.

   


 

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*