El padre de Bruno. Por Luis A. Fleitas Coya


En La Pedrera hay dos playas. El balneario se originó en lo que hoy se denomina el casco viejo, casas construidas sobre un barranco a cuyos pies se abre el mar y el horizonte en toda su plenitud y belleza. A la derecha se abre la playa El Barco que se extiende desde el caserío hacia el sur, hacia las playas cercanas a La Paloma (Antoniópolis, La Aguada, Costa Azul), es una playa bravía y peligrosa, con una barranca casi a lo largo y paralela a la playa, y por el oleaje, más bien para surfistas. Hacia el otro lado, hacia la izquierda, está El Desplayado que se extiende hacia el norte. Ésta, a la que vamos, es una hermosísima playa que se extiende durante muchos quilómetros  pasando por Punta Rubia y Santa Isabel de La Pedrera y más allá.  Es ancha, llana, y es un placer caminarla mate y termo bajo el brazo, llenándose uno los ojos de la maravilla de su arena, de su  cielo y de su mar. Tiene tres puestos de salvavidas, el último, antes de empezar Punta Rubia. En la playa más vale no tener muchas rutinas, sino adaptarse al clima, al viento, y a las horas, pero por lo general caminamos hacia ese último puesto de salvavidas,  frente al cual dejo mis pertrechos -mate y termo, sombrero, lentes, remera y chinelas- y me doy un soberano baño que me refresca y me renueva, y luego proseguimos la caminata,  unos dos quilómetros más; para después regresar al mismo puesto y nuevamente bañarme, entre el empellón de las olas, y las caricias del viento y del sol, antes de emprender el camino de regreso a la casa.
En este ultimo puesto, hay dos salvavidas. Uno morocho, de barba, requemado, de unos 35 años, y otro mucho más blanquito, apenas un poco colorado, de pelo largo recogido con colita, barba crecida, bigote y pera.  Al recalar y detenernos allí en los primeros días,  éste último salvavidas jugaba incansablemente frente al puesto  y al borde de las olas y del agua, con un niño muy pequeñito de apenas un año, embutido en un gorro, remera, y enterito hasta media pierna.  Era muy gracioso verlo haciendo saltos de rana y al niño imitándolo muy torpemente, queriendo saltar pero sin poder, cayéndose y revolcándose en la arena; ambos se reían y disfrutaban enormemente. El guardavidas  levantaba al niño, le hacía caricias,  le hablaba con toda ternura. Luego vuelto a la arena el niño corría detrás de una pelota y le pegaba una y otra vez, sin desmayos, con una extraña fuerza en sus piernitas y dirección en los remates. Mientras a cada rato, el guardavidas se detenía, miraba hacia la costa y hacia las olas con ojos avizores, la mirada alerta. La madre del niño, una joven muchacha, estaba cerca y cada tanto se les acercaba. En una de las veces que se acercaron jugando a mí, le pregunté cómo se llamaba el niño.

-Bruno, me dijo. -Tiene catorce meses.

Le comenté sobre su llamativa motricidad, y me señaló con orgullo que él no le enseñaba, que era naturalmente muy habilidoso. Tenía el cuarto lleno de juguetes, pero siempre prefería la pelota, y le daba y le daba sin parar, me dijo.

Resultó ser el padre de Bruno, y  de cerca revelarse mucho más joven de lo que aparentaba de lejos con sus capilosidades, entre 25 y 30  años.

Como había mucho oleaje, y la playa lucía bastante peligrosa, le pregunté sobre las precauciones a tomar, y me  explicó que lo más riesgoso de estos balnearios era lo que llaman la corriente de retorno. El mar viene, choca contra la costa y regresa continuamente, pero a veces la masa de agua es tan grande, que se produce como una saturación, y el agua que choca parecería no poder regresar empujada por el flujo incesante y desproporcionado que viene detrás. Entonces es cuando en algún lugar de la playa se forma como una especie de corriente invisible desde la superficie para los bañistas, que corre por debajo de las olas, retornando desde la playa hacia el mar, una suerte de tubo de drenaje con una fuerza impresionante que lo arrastra todo, y de la cual es muy difícil salir. No se puede nadar contra esa corriente y la única solución que conocen los expertos, es tratar de derivar  y salir hacia un costado, evitándola. La gente por lo general lo ignora y no sabe cómo salir de esa situación, y esa era la principal causa de los últimos ahogados en la zona, dijo.  Ahora, lo que se veía ese día, me explicó, era mar de fondo,  lo que hacía que estando el clima tan despejado, luminoso y con poco viento, hubiera un oleaje tan fuerte y peligroso: en algún lugar del Atlántico, o quizás más lejos en la zona austral, se había formado una tormenta de mi flor y lo que veíamos llegar a la costa eran los restos de ese pavoroso cataclismo marítimo. Y así siguió, hablando y explicando muy serenamente y con toda seriedad, tomándose muy a pecho su trabajo, y siempre vigilando la costa con ojos de halcón. Cada tanto Bruno se detenía en su deambular incesante, nos miraba y sonreía, y seguía. No se demoraba demasiado en nosotros, porque su avidez de mundo era tal que su carita  y sus ojos hermosos amarillentos giraban como un periscopio infatigable, intrigado por  colores, sonidos, formas.

Con sus 25 o 30 años, su seguridad y su confianza en lo que sabe y trasmite sobre el mar y sobre su oficio, celoso guardián de la costa, y al mismo tiempo padre orgulloso y disfrutador de su hijo, el padre de Bruno es un firme baluarte de la costa. Me trae nostálgicos recuerdos de mí mismo a esa edad, padre también de dos gurises de mi flor, recién recibido, pura seguridad y confianza, lanza en ristre, y que se vinieran nomás.


 

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