En el país de mi infancia. Por Walter Bordoni

Aguafuertes de otro


Escribe Walter Bordoni

En el país de mi infancia la Semana Santa se llamaba (y se llama) Semana de Turismo, el día de la virgen se denominaba Día de las Playas y en muchos almanaques el 25 de diciembre estaba marcado en rojo pero decía Día de la Familia. De allí vengo yo, y en mi vareliana escuela, gratuita, laica y obligatoria, no rezábamos el padre nuestro sino que cantábamos el padre nuestro Artigas (“para la historia un héroe, para la patria un dios”. . . , y dios con minúscula como escribían los batllistas en el diario El Día).

Quizás por eso nunca fui creyente, por más que mi vieja alguna vez me llevó a la rastra a la gruta de Lourdes y hasta se empeñó, infructuosamente, en hacerme tomar la comunión. Pero no hubo caso. Es que en aquel sitio, los únicos milagros en los que unánimemente creíamos eran la hazaña de Maracaná y la inmortalidad de Gardel.

En el país de mi infancia éramos paganos y herejes. Pero no estúpidos. Por eso, desde comienzos de diciembre, muchos niños empezábamos a rellenar viejas ropas con diario y aserrín y armábamos nuestro judas para salir a manguear en la cuadra. Yo llegué a juntar bastante plata algún año. Y como ya entonces era un botija medio raro terminé comprándome libros en lugar de pirotecnia.

En el país de mi infancia, al período que iba desde la nochebuena hasta el día de reyes se le llamaba genéricamente “fiestas tradicionales”. En dicho lapso, los comerciantes aprovechaban para vender todos los juguetes y cacharros eléctricos que pudieran, los adultos se empeñaban en beber y comer hasta que el hígado y el páncreas les decían basta y los niños, ante el descontrol de los mayores, tomábamos momentáneamente el poder.

En mi caso, normalmente pasábamos las fiestas en la casa de mis abuelos maternos, donde también vivían un primo y una prima casi de mi misma edad. Como por lo general eran noches de calor podíamos andar de camiseta, pantalón corto y sandalias Skippy, corriendo alrededor de la manzana una y otra vez.  Al terminar cada una de las vueltas, yo entraba como un alud al living de la casa,  agarraba el puñado de maníes más grande que cupiera en mi mano de siete años y ya de nuevo en la vereda me lo metía en la boca hasta casi ahogarme.

El barrio se iba llenando del humo que salía de las parrillas y se mezclaba el olor del asado o el cordero con el de la pólvora de las bombas brasileras y los “peditos de vieja”. Al acercarse las doce, los vecinos salían a los jardines a brindar con sidra, se abrazaban,  tiraban cañitas voladoras y todos se deseaban un futuro mejor.

Ese era el país de mi infancia. Hoy, de tanto en tanto, vuelvo a caminar por aquellas calles que ya no son ni serán las mismas. Mis abuelos murieron, la mayoría de los vecinos de entonces también. Pero sí siento el aroma de las hojas que alguna vecina empieza a quemar contra el cordón de la vereda, y ese antiguo perfume me hace volar en el tiempo. Ese olor trae a otros. Y a otros. Y ya no puedo escapar. Entonces, tontamente y por unos minutos,  vuelvo a ser aquel gurí de pelo cortito y vaquero Far West, con el bolsillo reventando de bolitas y la boca llenita de maní.


 

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