“Flor”. Un cuento de Luca Raimondo


Cayó la noche mientras volvías del trabajo. El ómnibus hacía su recorrido con el habitual traqueteo y bajo la luz lechosa del pasillo podías identificar más de un rostro conocido de viajes anteriores.

Siempre te tomabas el mismo ómnibus a las seis y cuarto en Dieciocho de Julio y a un costado de la Intendencia veías avanzar el año.

En verano llegabas en pleno día y hacías todo el recorrido bañado por una luz cálida de sombras largas. Conforme pasaban los meses ibas siguiendo el corrimiento del sol, algunas tardes de otoño te encontrabas unas vistas majestuosas con el Palacio Salvo recortado como una silueta negra sobre los naranjas más intensos.

Esa tarde era invierno y el sol ya se había escondido. Hacía frío y la bufanda te cubría hasta la nariz. Apoyabas la cabeza sobre el puño cerrado y el codo en la ventana. Sin mover la cabeza hacías un recorrido por las miradas que de los pasajeros que se tambaleaban cada vez que el vehículo frenaba y se volvía a poner en marcha.

Veías a diario a muchas de esas personas. Serían trabajadores igual que vos, con horarios y obligaciones similares a los tuyos, con historias parecidas tal vez y con el mismo recorrido.

Aunque nunca hayas hablado con ninguno de ellos, había algo familiar en sus expresiones que te reconfortaba, como una intimidad oculta, una complicidad secreta.

Cuando estabas sin nada para leer y andabas sin los auriculares dejabas que el pensamiento fluctuara libremente entre tus asuntos personales -conflictos familiares, tarea pendiente del trabajo, planes para el fin de semana- y un universo ficticio que creabas para cada uno de los desconocidos de siempre, una vida paralela que les construías en tu imaginación y que alimentabas de detalles y particularidades.

Aquel hombre por ejemplo, de unos cuarenta y tantos que llevaba el pelo largo y lacio con algunas canas y que siempre lo llevaba recogido con una colita, era terreno fértil para las especulaciones. Generalmente llevaba vestimenta informal, pero por su repetición te terminó dando la idea de que era un uniforme. Zapatos negros, pantalón de carga negro, camiseta polo, una chaqueta de cuero y un maletín marrón con años de trajín.

En los primeros recorridos te habías empecinado en convertirlo en un músico de talento incalculable y pocas habilidades comerciales, combinación que no le permitiera obtener un rédito justo por sus tarea y que lo obligara a viajar diariamente al centro en un ómnibus destartalado para entregar las partituras a su conjunto, con quienes ensayaría con dedicación durante meses obras magníficas que nadie llegaría a apreciar de manera justa. Incluso habías guardado un lugar en tu imaginación para cada uno de sus músicos, habías meditado largamente una tarde de abril que se debería tratar de un ensamble de cuerdas e incluso llegaste a definir el género de la música como una fusión entre tango y música clásica.

El hombre se subía en una parada anterior a la tuya, por lo que siempre lo encontrabas de pie, al fondo del pasillo, con sus manos finas aferradas al barrote del techo. Durante aquel período subías cada día entusiasmado por la ilusión de encontrarlo con un estuche, detectar algún pentagrama asomando del maletín o cualquier otro indicio que te permita confirmar la especulación y así poder ahondar aún más en aquella vida modesta de un genio perdido muy al sur del globo, para poder imaginar con más fuerza aquellos músicos ensayando, para poder sentir el olor del mate caliente que se prepararía por las mañas y soplar con tanta fuerza aquella braza de imaginación que incluso te permitiera escuchar los magníficos arreglos a ocho voces que el maestro componía. Pero no fue así.

Con el pasar de los meses y la falta de corroboración te fuiste desencantando de aquel ensamble, las virtudes compositivas y arreglísticas del hombre fueron perdiendo fuerza y una tarde de noviembre decidiste sacarle aquel don oculto y recluirlo a un despacho contable por falta de evidencia, aunque le dejaste un estante lleno de vinilos de colección en la sala de estar, junto a una lámpara de diseño, para homenajear aquel pasado imaginario que no pudo sostener.

Aquella noche sin embargo tomaste uno de los primeros asientos libres a la izquierda y apenas tuviste oportunidad de cruzar miradas con el hombre del despacho contable. Quedó fuera de tu campo visual, no sería el objeto de especulación de aquel viaje.

A tu izquierda, una fila de asientos por delante de ti y dos por detrás del conductor estaba el ciego de lentes. Un hombre de unos treinta años, de ropa desalineada y barba algo crecida que se desplazaba con un bastón de no vidente y llevaba un par de lentes con muchísimo aumento y siempre sucios. Sin duda era un hombre de baja visión. Alguna vez lo habías escuchado pedir asistencia para saber qué ómnibus tomarse. Tenía una extraña forma de comunicarse en la que dirigía la mirada a su interlocutor, aunque con una sensación de inexactitud en la dirección de su mirada que parecía incomodar a la gente.

Parecía un hombre bueno, le creaste una vida digna en una casa humilde, rodeado por su familia que lo acompañaba en los nuevos desafíos que aceptaba con alegría a pesar de su dificultad. Subía en la misma parada que vos, por lo que le diste un trabajo en una dependencia de la Intendencia, una fobia a los ratones y su indudable afición al ajedrez.

Apenas habían pasado algunas paradas desde que subiste y recién habías terminado de acomodarte para empezar a dar vida a aquel universo que para cualquier otro sería impenetrable. Apoyaste tu mentón en el puño cerrado y dejaste que la mirada se perdiera en el espacio interior del vehículo justo en el momento que se detuvo en la parada.

Las puertas se abrieron con el clásico chillido del aire comprimido como un sonido premonitor, sabías que algo estaba a punto de ocurrir pero no sabías qué. El vapor de tu respiración pareció detenerse un instante frente a tu nariz antes de desvanecerse y viste a Flor subir al ómnibus.

Iba con su jean claro, sus zapatos bajitos, su buzo de lana rojo, su pelo revuelto y sus dos ojos encendidos como el azul de las estrellas. Hacía muchos años que no la veías, tantos que te llevó algunos segundos darte cuenta de que no era ella. Pestañaste fuerte y al volver a verla no encontraste ni una pista de Flor en aquella mujer que acababa de subir. Mientras pagaba el boleto caíste en cuenta de que no solo no se parecía en nada, sino que era imposible encontrarla subiendo a un ciento cuatro por el Centro, recordaste que se encontraba a miles de kilómetros y te entristeció darte cuenta que ni siquiera sabías exactamente dónde.

La mujer se acomodó la bufanda en un gesto elegante y pasó a tu lado dejando un perfume familiar que quisiste creer que era el de Flor. Respiraste tan hondo como pudiste y con el pecho lleno dirigiste la mirada a la ventana que escondía el movimiento urbano bajo un manto de oscuridad. Los recuerdos comenzaron a golpearte uno tras otro acompañados por el traqueteo incesante del ciento cuatro.


 

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