Instrucciones para la resistencia

Un cuento de Luca Raimondo


El teléfono sonó casi diez minutos antes de poder despabilarme y recordar dónde estaba, y si bien tenía la certeza de que había un asunto importante para atender y estaba seguro de que no podía apagar la alarma, me tomó todavía unos minutos más darme cuenta que era martes, que corría marzo, que las clases ya habían empezado y que tenía que ir a trabajar.

Me senté la borde de la cama y volví a considerar por un segundo la idea de renunciar. Sería algo así como llegar en mi horario habitual, pero en lugar de ir a mi salón ir a la oficina del director general del instituto. Era un hombre muy serio, con un poco de sobrepeso, bastante alto y algo jorobado que cubría su amplia pelada con algunos cabellos que dejaba crecer desde los costados, donde aún le quedaban, y los usaba sin ningún tipo de descaro para intentar tapar sin ningún éxito su cabeza. Proyectaba una imagen entre solemne y autoritaria, con un poder que claramente trascendía el que le otorgaba su cargo.

La distancia que siempre impuso a nuestra relación me permitió conjeturar las más descabelladas hipótesis sobre sus hábitos y costumbres. Lo imaginaba recibiendo a alguna joven profesora en su oficina y trancando la puerta con una sonrisa socarrona. Lo imaginaba recibiendo la mirada punzante de su esposa, en su cama matrimonial, sin poder conseguir una erección. Lo imaginaba en una sala majestuosa con una alfombra hecha de piel de tigre, sentado en una silla con un alto respaldo forrado en terciopelo rojo, con una estufa más grande que mi casa ardiendo como el infierno mismo, haciendo sonar los hielos de un largo farol de whisky. Lo imaginaba escuchando a Pavarotti en las mañanas mientras se afeitaba  con una navaja y estampaba una sonrisa déspota en el espejo, con la seguridad de que aquel sería otro día en el que haría lo que quisiera sin que nadie pudiera detenerlo.

Entonces yo entraría a la oficina con la habitual formalidad que se me exigía en esa institución, le daría la mano solemnemente y le diría con altura y palabras sofisticadas que aquel trabajo ya no me era conveniente. O tal vez entraría a la oficina sin golpear y ante su mirada de indignación le haría saber que por un momento, había alguien con la libertad de joderle el día, de generarle un problema y de tomarse el atrevimiento de enfrentarlo sin miedo, para burlarse de todos aquellos hábitos y costumbres de los que no estaba seguro,  pero que ya había conjeturado con tanta fuerza durante tanto tiempo que eran reales, y él se tendría que hacer cargo.

De cualquier manera aquellas eran alucinaciones matutinas que se mezclaban con los sueños que lentamente se iban fundiendo hasta desaparecer. No tardé en recordar que para renunciar era necesario conseguir otro empleo, aunque fuera para cubrir mis gastos,  y aquello no era una tarea tan fácil, después de todo eran pocas horas de trabajo y el sueldo no estaba mal.

Me levanté, prendí la radio, me metí a la ducha y seguí como en piloto automático cumpliendo con los rituales de la mañana. Me subí al ómnibus mientras escuchaba el cierre del programa, me senté y saqué el libro para continuar el viaje leyendo. Justo antes de sacarme los auriculares escuché una noticia que me quedaría dando vueltas en la cabeza por el resto del día. Un peligroso virus, muy peligroso.

Llegué al trabajo, pasé la tarjeta y me quedé unos minutos hablando con Bea, la mujer de la recepción. Le habían ofrecido hacer jornadas de doce horas. Me comentó que seguramente accediera porque cuatro de esas doce horas se contabilizaban como extras. Me dijo que a ella no le molestaba estar ahí y que si está en la casa igual es más lo que la molesta el marido, o la hija que le deja al nieto.

Pasé por la secretaría a saludar y la coordinadora me avisó alarmada que debía poner todo en marcha para el próximo acto patrio, que faltaban dos semanas y  había  que poner fecha al ensayo general. Le dije que no se preocupara, que estábamos bien de tiempo y que coordinábamos el ensayo por correo. La verdad es que no estaba seguro de llegar a preparar la canción a tiempo.

Salí al pasillo principal y me encontré con un grupo de compañeros que comentaban la noticia del virus. Algunos creían que era una exageración mediática, periodistas mercenarios desesperados por titulares alarmantes. Una profesora de unos treinta años, llamativamente alta y de aspecto descuidado con la que habíamos intercambiado libros algunas veces me dijo con los ojos muy abiertos que su madre estaba en Italia y que parecía que era algo muy serio.

En la mañana fueron pasando los grupos y me di cuenta con asombro de que los niños también estaban al tanto de la noticia. Algunos alertados por algún docente que les había hablado sobre la periodicidad y los procedimientos apropiados para lavarse las manos, otros que habían escuchado la noticia en casa y hacían chistes al tiempo que los adultos presentes dejaban escapar alguna risa cómplice o se mordían el labio inferior y enarcaban las cejas en un gesto de aprobación encubierto.

En el descanso noté que el nuevo virus había cobrado notorio protagonismo y era tema de conversación en todas las mesas de la cantina. Me senté solo como de costumbre, no por aversión social, sino porque mi tiempo de descanso es inferior al de los demás docentes y me molesta tener el ritmo desacompasado con la mesa. Generalmente los profesores almorzaban con tranquilidad, después un postre y a veces un café, todo intercalado con conversaciones que iban desde la vida privada de la sobrina de alguna señora de mantenimiento hasta los chismes sobre la nueva profesora de educación física, que aparentemente está soltera.

Por mi parte tenía solo diez minutos para almorzar, lo que me obligaba a tragar lo que llevara en la vianda casi sin respirar y con suerte me daba el tiempo para llevarme el café al salón. Muchas veces llegaba algunos minutos tarde y encontraba miradas increpantes y niños inquietos esperando en lugares donde no deberían estar. Esto me hacía temer especialmente la llamada del tirano, que me estaría esperando en su silla de terciopelo rojo y luego de hacerme entrar a su oficina accionaría un botón similar al del Sr. Burns que abriría una compuerta bajo mis pies para hacerme caer a un tubo que terminaba en un pequeño sótano repleto de esqueletos de profesores irresponsables.

Me senté solo en una mesa para dos, dejé mi mochila en la otra silla y comencé a tragar un extraño revuelto que había preparado aquella mañana, claramente aún dormido. Es la única manera de explicar la extraña preparación que incluía lentejas, puré de papa, huevos y atún.  Al mismo tiempo apoyé el teléfono en la mesa para informarme un poco más sobre el asunto del virus en los portales de noticias. En Argentina habían cancelado todas las clases. Algunos países habían cerrados las fronteras y el gobierno uruguayo había cancelado todos los espectáculos públicos de las próximas dos semanas exhortando a la población a quedarse en casa. Todo esto como medidas para evitar el contagio.

Los portales estaban plagados de números y estadísticas y porcentajes y rangos de edades y reflexiones de éste o aquel científico y tutoriales para lavarse bien las manos y campañas en contra del apretón de manos que proponían un choque de codo en su lugar y listas con medidas para prevenir y fotos de hombres y mujeres gordos y de caras rosadas depredando supermercados en Estados Unidos para acopiar provisiones.

Noté algo de sedición en la vorágine periodística, cierto vaticinio apocalíptico que podría amenazar con el orden establecido y si bien repudiaba formalmente el amarillismo de los medios, también encontraba algo excitante en aquella fantasía.

Cuando terminé mi horario pasé por secretaría, e inspirado por la nueva ola de pánico aproveché para preguntarle a la coordinadora si no se pospondría el acto protocolar por la nueva recomendación del gobierno de evitar aglomeraciones, a lo que respondió con una media sonrisa. No creo que lo pospongan, yo te aviso.

Pasé la tarjeta y cuando le fui a dar un beso a Bea me tendió el codo en un gesto incómodo y con una mirada de vergüenza atrás de los gruesos cristales de abuela. Los chiquilines me enseñaron que ahora se saluda con el codo, hay que cuidarse. Le choqué el codo con algo de fastidio y me fui a esperar el ómnibus. No podía parar de pensar en la nueva pandemia mundial. Parecía algo realmente grande, y aún si hubiese querido dejar de pensar eso, no hubiese podido. La ciudad se plagó de constantes recordatorios y hasta la mirada de la gente parecía haber cambiado. A un paso más bien acelerado, la mayoría de los transeúntes se miraban como desconfiando los unos de los otros.

El ómnibus pasó rápido y pude conseguir un asiento. Como ocurre a las seis de la tarde en Montevideo, el vehículo no tardó en quedar repleto. Todos los asientos ocupados, doble fila de personas paradas, una pequeña aglomeración junto a la puerta trasera, algunos parados en la escalera de la puerta delantera e incluso gente parada junto al conductor, que con un terrible mal humor sacaba la mano de su pequeña cabina delimitada por un barrote horizontal para mover a la gente que no le permitía ver el espejo retrovisor. El sol recién se había puesto y el cielo se había llenado de colores vivos que iban del naranja al violeta. El paisaje parecía un cuadro que se repetía en cada una de las ventanillas del lado derecho. Sin embargo, las imágenes que se veían de este lado de la ventanilla eran muy distintas. Los cuerpos aglomerados en un contacto más bien íntimo y sostenido por la voluntad de los pasajeros, en su mayoría trabajadores que querían llegar a sus casas y hacían el esfuerzo de apretarse un poquito más para que aquel otro, que estaba en la parada pudiera subir también y llegar media hora antes a su casa, para saludar a sus hijos, a su marido, o para poner una pizza en el horno y destapar una cerveza. Pero las caras aglomeradas, desdibujadas a través de la ventanilla por los vidrios empañados por el vaho, generaban un contraste entre la multitud y el silencio que reinaba. No era un silencio de tranquilidad, ni de cansancio, era un silencio tenso, como contracturado. El miedo ya se había instalado.

Al día siguiente recibí con alegría la noticia: todas las clases estaban suspendidas por las próximas dos semanas, después venía semana santa y después una cuarta semana que también sería suspendida por las autoridades en los días siguientes.

Yo seguiría cobrando mi sueldo sin ir a trabajar, y aunque era posible que me hicieran recuperar los días en diciembre, me sentía agradecido con el déspota. Su imagen se transformó de pronto en la de un gordito bonachón, algo así como un tío millonario que se haría cargo de mi situación económica durante el receso imprevisto.

Las personalidades del gobierno aparecían a diario en un primer plano, en algo parecido a una cadena que transmitían todos los canales nacionales, anunciando distintas medidas, estimando consecuencias, moldeando como verdaderos artesanos lo que ya se presentía como un barro blando: la plasticidad de un pueblo en pánico. Hacían declaraciones terminantes, con gesto adusto y aire heroico; se presentaban como los salvadores, los capitanes de un barco al que no dejarían naufragar. En el mismo tono y en los días sucesivos desfilaron por los medios científicos, médicos, artistas, comunicadores y prácticamente cualquier persona con un mínimo de reconocimiento público, como impulsados por el deber inexplicable de hacerse eco del mensaje hegemónico, como en un esfuerzo por estabilizar la situación, algo inquietos por el sismo que ya alguno presentía bajo sus pies.

En el correr de las dos primeras semanas la situación se fue exagerando hasta llegar a niveles absurdos. El miedo estupidiza a la gente a niveles insospechados. Llegué a ver personas usando tapabocas que cubrían solo la boca dejando la nariz afuera, otros con bufandas como tapabocas con la entera convicción de que les serviría de algo, vecinos con camionetas repletas de latas de conserva y papel higiénico, hombres con tapaboca dándose la mano, helicópteros con megáfonos distorsionados recorriendo la ciudad,  solicitando que la gente se quedara en sus casas, multitudes aglomeradas en las farmacias para comprar alcohol para evitar el contagio y más postales del estilo.

Para mí, levantarme para ir a trabajar ya no era un problema, juntarme a tomar mate con amigos ya no era una opción, salir a tomar algo ni se me ocurría e incluso ir al gimnasio ya no era posible porque lo habían cerrado. Me limitaba a cocinar, hacía una salida por día al supermercado, tenía tardes enteras de limpieza y me ocupé de no perder el hábito del deporte. Hacía gimnasia en casa y alguna vez salí a correr por la rambla,  teniendo cuidado de no tocar nada con las manos, manteniendo distancia de la gente y dejando el calzado afuera al volver a casa. No era lo más recomendable pero era indispensable para mi salud mental, sobre todo considerando que mi pieza no tenía ventanas a la calle, característica que no prioricé a la hora de mudarme, pero que por esos días comenzaría a valorar como un verdadero privilegio.

También hice el esfuerzo de no mirar tele, solo escuchar algunos programas de radio para evitar dentro de lo posible caer en el pánico inducido por los medios y traté de dedicarme a la composición, a las películas y a la literatura, aunque no con mucho éxito. No dejaba de resonar en el fondo de mi mente la estremecedora frase “pandemia mundial”, junto con algunos conceptos como la crisis económica más grande en cincuenta años o servicios fúnebres saturados. Me era imposible producir algo que no tuviera que ver con aquella locura, lo sentía irreal o superfluo.

Más de una vez, en esas dos semanas que ahora recuerdo como un solo día de trescientas treinta y seis horas,  me pregunté a quién podría estar beneficiando aquel caos, aquella locura colectiva. Y algunas veces me atreví a ir un poco más allá y conjeturar lo que podría ser una situación inducida por algún grupo de poder que habría diseñado el virus en un laboratorio.

Los días transcurrían y me encontraban siempre en los mismos sitios; incluso las comidas, que eran en principio una de las actividades más placenteras del día,  se tornaron repetitivas y monótonas. Devoraba libros, sentado siempre en el mismo lugar, terminaba las películas y con los días no lograba discernir entre los recuerdos. Las tramas se pegoteaban y se confundían, más de una vez me encontré teniendo conductas que en otro momento hubiese interpretado como señales de locura. Una noche tuve una lucha muy violenta que duró dos horas con una cucaracha que luego de que se escondiera bien llegué a pensar que nunca había existido. Por suerte le pude dar muerte y su cadáver fue un alivio para la autopercepción de mi cordura.

Varias mañanas despertaba con la sensación de estar en compañía de alguna mujer. La buscaba medio dormido, varias veces en la mañana, entre las formas abultadas del acolchado, tengo un vago recuerdo de haber gritado su nombre alguna vez pero no recuerdo cuál era.

Para acentuar el enrarecimiento que experimentaba en el pasar del tiempo, mis hábitos de sueño se habían desfigurado completamente. Habitualmente me acostaba luego del amanecer y me levantaba casi sobre la puesta del sol.

El alcohol y la soledad son una mala combinación y con la falta de contacto social se pierden las referencias, se hace más difícil detectar las conductas nocivas o el debilitamiento de la integridad mental.

Las consecuencias del aislamiento no tardaron en expresarse en mi personalidad y al cabo de algunas semanas ya me era difícil distinguir la realidad de la realidad mediática o de la realidad especulativa que lentamente ganaba territorio en mi mente,  al tiempo que una lenta y silenciosa erosión actuaba sobre las facultades que otorga de la vida social. El sentido común deja de existir si no hay comunidad.

Una noche de las que decidí salir a correr llegué a la rambla para encontrarme con una ciudad hermosa y desierta. El cielo estaba despejado y las estrellas se veían con nitidez, la falta de vehículos circulando había provocado un cambio completo del paisaje sonoro y se podía escuchar a lo lejos la pequeña ola del río rompiendo en la arena. Más allá, en la rambla de Pocitos,  se veían las torres altas, con la mayoría de las ventanas iluminadas, habitadas por familias recluidas. Las luces de esos edificios y del alumbrado público se reflejaban en el río y tintineaban como escamas intermitentes. Más lejos aún, río adentro, se veía una fila de embarcaciones esperando para entrar al puerto. Me pregunté qué realidad se viviría en cada uno de esos barcos.

Respiré profundo y empecé con un trote suave, relajante, casi de paseo,  mientras dejaba que la noche profunda entrara a mi cuerpo. Cada tanto pasaba algún auto, y me entretenía mirando a los pasajeros, generalmente me observaban por ser la única persona del lugar. Yo les sostenía la mirada interrogante, tratando de adivinar sus historias, imaginando sus orígenes y destinos mientras me concentraba en el ritmo de la respiración.

A los cinco kilómetros de recorrido, cuando ya estaba volviendo, me encontraba inmerso en el trance inducido por la respiración, el ruido de las olas, y los trozos de verano que aún la noche de marzo me regalaba en forma de aromas o brisas cálidas, entonces aparece un patrullero con las luces encendidas y la sirena apagada. Viene en dirección opuesta a mí y los dos policías que están en su interior me observan sostenidamente hasta que nos cruzamos y desaparecen de mi campo visual. Unos minutos después escucho un motor de automóvil acercarse lentamente pero esta vez en el mismo sentido que yo. Enseguida reconozco el reflejo de las luces del patrullero proyectándose en el murito de la rambla, se alternan el azul y rojo característicos. Al momento que me alcanzan disminuyen aún más la marcha para continuar a mi velocidad y suena un pequeño golpe desde los altoparlantes del coche, enseguida después aparece una voz metálica: estamos en alerta sanitaria, por recomendación del Ministerio de Salud y exhortación del Poder Ejecutivo debe evitar los espacios públicos y permanecer en su casa. Mientras me hablan yo miro hacia el interior del patrullero donde puedo identificar claramente al conductor y al copiloto, que habla a una especie de walkie talkie mientras me mantiene la mirada. No reacciono especialmente, simplemente mantengo la mirada y sigo corriendo. Una vez que termina el mensaje el vehículo aumenta su velocidad y se pierde en las curvas de la costa.

Todavía estaba lejos de casa y durante el tiempo que me llevó volver, la cabeza parecía ir más rápido que las piernas. El primer pensamiento fue sobre el riesgo de contagio que implicaba subir a un patrullero. Casi al mismo tiempo me acordé de un cuento de Bradbury que había leído en idioma español, cuando cursaba segundo de liceo,  en el que un deambulante nocturno era interrogado por un patrullero a través del altoparlante. Resultaba ser un vehículo no tripulado manejado por un software avanzado. Pensé en la cantidad de mano de obra que se sustituiría por sistemas automatizados o inteligencia artificial en caso de que la cuarentena se prolongara. Pensé en las implicancias de este corrimiento de tareas y responsabilidades. Pensé en la dependencia y la vulnerabilidad que generaba en la comunidad global. Pensé en los trabajadores que estarían pasando hambre en mi ciudad ese mismo día en ese mismo momento por no haber podido salir a trabajar durante la semana o por falta de clientes. Pensé en grandes oficinas, casonas alquiladas por empresas de software dirigidas por jóvenes yuppies, totalmente vacías, con todos sus empleados tele trabajando desde sus casas mientras los directores ejecutivos, a quienes imaginaba como unos flacuchos treintañeros mal afeitados, merendaban sushi en la oficina vacía para celebrar un nuevo período de prosperidad. Pensé en las cifras exorbitantes, en actualización constante, en crecimiento exponencial,  y entonces,  ya mareado por la hiperventilación, se me ocurrió una pregunta muy simple pero que hasta el momento no me había hecho. ¿Conocía yo alguna persona infectada? Ya no en Uruguay sino en el mundo. Mi hermano que vive en España, mis tíos de Italia, mi primo de Estados Unidos, mi amiga que se fue de misión de paz al Congo ¿Alguno por lo menos tendría conocimiento de contagio a personas conocidas? Llegué a casa, me descalcé antes de entrar, me pegué una ducha y me acosté masticando la pregunta, irritado por mi desfasaje de horarios que no me permitía interactuar con la gente a esas horas sin ser juzgado como un inadaptado.

En los días siguientes comprobé que a pesar de las cifras elevadas no solo no conocía a ningún infectado sino que hasta donde tuve la oportunidad de averiguar, no tenía ningún conocido que conociera a nadie infectado.

Entonces la presunción que venía creciendo en mi realidad especulativa se instaló definitivamente. Todos los sistemas parecían hackeados, a esa altura ya los medios de comunicación se habían transformado totalmente. Había una nueva programación con nombres como Quedate en casa o Entre todos nos cuidamos, que se dedicaban únicamente a cubrir la pandemia. Habían reducido el personal de las radios y canales de televisión para disminuir el riesgo de contagio, apartando de su cargo a buena parte de los periodistas y contribuyendo a la hegemonización del discurso.

Por otro lado, la comunicación interpersonal a través de redes como Whatsapp mantenían la escasa calidad de su contenido. Estaban plagadas de chistes y noticias falsas que transitaban por la superficie de las conciencias sin someterse a ninguna clase de análisis profundo.

Aisladas las personas en sus casas, únicamente podían recibir un mensaje. A través de la televisión, a través de la radio, a través de los diarios digitales, a través de un helicóptero con altoparlante que sobrevolaba los techos, a través del resto de las personas: vecinos, familiares, amigos, profesores en los que el mensaje ya había calado muy hondo y se habían convertido en  agentes de propagación del verdadero virus que cada vez se presentaba con más claridad ante mi soledad y aislamiento.

Durante aquel tiempo que pudo haber durado tanto semanas como horas comprendí la importancia de lo que se nos había quitado. No había forma de sostener una conversación seria a través de un chat, el hilo comunicacional que se establece a través de una cámara web y un audio de baja calidad no se puede comparar a una verdadera reunión con la fuerza de cambio que puede tener en todos los niveles de la sociedad. No lograba imaginar en manos de quién ni al servicio de qué, pero para aquel entonces ya había comprendido que estábamos sufriendo un gran abuso  colectivo. Que seguramente el virus no existiera y que aunque existiera ocultaba peligros más letales que los que describían los médicos. Lo estábamos padeciendo con una agonía tremenda y sin darnos cuenta. Me di cuenta que sin una contracultura, un relato que expusiera la manipulación siniestra que estábamos sufriendo, seguramente estuviéramos llegando a lo más parecido al final de nuestra civilización que yo pudiera imaginar. Era necesario organizar la resistencia.

Para aquel momento la situación del país era totalmente surrealista. Las imágenes y testimonios que se recogían de los espacios públicos superaban incluso las más disparatadas fantasías apocalípticas del propio Bradbury.

El toque de queda total ya había sido decretado y era necesario tramitar un permiso para estar en la vía pública. El permiso se otorgaba exclusivamente a personas que desarrollasen trabajos esenciales como médicos, servicios de limpieza, algunos comunicadores  o gobernantes. La policía tenía la orden de controlar los permisos en la vía pública y en los casos que encontrara a alguien sin autorización se lo subía al patrullero y no se lo volvía a ver.

Las personas de los sectores económicos más bajos, que vieron resentidos sus ingresos diarios y no contaban con respaldo económico más que una canasta que proveía el gobierno y apenas permitía subsistir, se vieron sitiadas en sus barrios periféricos, hacinados en viviendas precarias y debilitándose día a día.

Las personas más afortunadas, como era mi caso, aún recibíamos el sueldo a principio de mes en nuestras cuentas bancarias y aunque todos los jefes de estado insistían en que no se debía proyectar a más de dos semanas, con los sectores productivos congelados era evidente que el desabastecimiento no tardaría en llegar. Por otra parte el seguro social uruguayo estaba en quiebra incluso antes de la epidemia y ahora contaba con diez veces más desempleados que en febrero.

El mundo entero se endeudaba consigo mismo a pasos agigantados, en una paradoja evidente que ningún medio de comunicación denunciaba y que se hacía demasiado compleja para divulgar en la superficialidad de las comunicaciones digitales.

Recuerdo aquellos días como el último período de estabilidad. Yo aún tenía la heladera llena y los medicamentos para el asma. El agua aún salía clara y con presión de la canilla del baño y las llaves de luz aún encendían las bombillas. El perro dormía plácidamente en el sillón mientras yo pasaba las horas tomando apuntes, paleando la depresión del aislamiento con ron y llenando cuadernos con lo que en aquel entonces llamé instrucciones para la resistencia.

Aunque algunos fragmentos de los escritos son delirios absolutos o letras ilegibles por el efecto del ron; buena parte de ellos me sirvieron para recordar las etapas del proceso. Sin esa ayuda me hubiera sido imposible escribir esto.

Cuando descubrí que el final de los apagones diarios venía acompañado de una fluctuación del voltaje que dañaba los aparatos eléctricos,  ya había perdido el calefón, la radio y el piano eléctrico. Aún tenía una plancha de ropa, las lámparas de bajo consumo, un viejo tocadiscos que tenía guardado bajo la escalera y que pronto se convirtió un mi más fiel compañero, y la heladera, que con apagones de ocho horas de duración pasó a cumplir la única función de generar ruidos molestos.

En un tropezón en la oscuridad se me había roto el teléfono y no había conseguido arreglarlo. La computadora andaba pero el internet solo funcionaba por períodos y a una velocidad muy lenta. Hacía tiempo que no me interesaba saber en qué día ni en qué mes estaba. Hacía mucho frío así que podría asumir que ya estaba bastante entrado el invierno.

Las opíparas comidas como forma de entretenimiento habían quedado lejos atrás. Había comprendido que tendría que racionar lo que quedaba en la despensa. Recuerdo haber pasado varios días, algunas semanas quizás, a base de avena hidratada con agua, legumbres crudas que tragaba enteras como píldoras y granos de pimienta que mordía para sacarme el gusto atroz que deja el hambre en la boca.

También compartía la bolsa de catorce kilos de ración con el perro, que estaba tan flaco como yo.

No lograba imaginar cómo estaría haciendo el resto de la gente. Pensaba que muchos estarían desafiando el mandato estatal, exponiéndose a la presencia policial, trepando muros y corriendo por las azoteas en busca de una cocina para asaltar, un abrigo para robar o cualquier otra clase de situación de la que pudieran sacar alguna ventaja. Vivía en un estado de alerta constante por el miedo de un posible asalto. Llevaba conmigo una antigua daga de mi abuelo hasta para dormir.

Me llevó más tiempo del que me hubiera gustado abandonar aquella pieza. El recorrido diario del helicóptero me recordaba que debía permanecer aislado, pero la situación ya era insostenible. Por una mezcla de miedo y una obsesión perfeccionista que me había invadido en la producción de mis instrucciones para la resistencia, había dilatado mi partida hasta que se hizo absolutamente necesaria.

Abro la puerta del apartamento y noto que algunas piezas del edificio tienen la puerta abierta. Están vacías y parecen saqueadas. Después de todo no estaba tan equivocado. Vuelvo a entrar, escondo la daga en el bolsillo interno del sobretodo y llamo al perro.

Abro la puerta de calle y el viento frío me congela la nariz. Saco la cabeza y miro hacia los dos lados de la calle desierta. Vuelvo a cerrar y espero unos minutos. Respiro hondo y vuelvo a salir.

Me agacho y le hago una caricia al perro, seguramente su destino sería más afortunado lejos de mi compañía. Con un rezongo y una patada en el muslo me despido de mi compañero con la seguridad de que le depararía un futuro más luminoso que el mío.

Me abrocho hasta el último botón del sobretodo y me echo a andar. Casi no reconozco mi barrio. Si bien hay un aspecto general de orden y limpieza, no hay un solo indicio de actividad humana. A diferencia de mi edificio, no veo señales de saqueos o disturbios. Comprendo rápidamente que aquello sería porque la policía tiene control total de la vía pública, mientras que lo que ocurriera dentro de los edificios privados esta fuera de su órbita.

El hambre me paraliza. Si bien ya había acostumbrado al organismo a minúsculas ingestas diarias, el despliegue de energía está muy por encima del desgaste al que estoy habituado. El calambre abdominal se acentúa hasta que no me permite caminar más. Me hago un ovillo en el suelo, teniendo cuidado de ocultarme en una pequeña entrada de edificio y desde ahí diviso un contenedor de basura al otro lado de la avenida donde supongo que puedo encontrar algo para tragar. Junto fuerzas y me lanzo sin mirar, a la exposición absoluta de la enorme avenida desierta. Abro el contenedor y lo encuentro vacío. Mareado y somnoliento continúo mi camino mientras identifico una frecuencia grave casi imperceptible que va aumentando en su volumen. Tengo dificultades para ver, la luz del sol lastima mis ojos. El sonido sigue aumentando y lo puedo sentir en mis pies, el piso está vibrando, me tiemblan las rodillas. Con un ojo cerrado y el otro abierto veo una boca de tormenta a unos pocos metros, pienso en aquel agujero como un refugio. Me acuesto en la calle y me deslizo lentamente hacia adentro al tiempo que percibo que la negra oscuridad del pozo se va tornando  violeta, luego un azul muy intenso. La frecuencia grave que ahora reconozco como un contrabajo amplificado tocado con arco no para y me hace agarrarme la cabeza y gritar con todas mis fuerzas.

Despierto en una cama con un colchón de polifón muy fino, sin ropa de cama, en una habitación semiderruida con hongos negros en el techo, una única ventana de vidrio roto, y en el extremo opuesto de la cama una pared con una puerta. Esa pared es la más deteriorada. Se podían ver los bloques descubiertos debajo del revoque e incluso algunos buracos que permiten ver el angosto pasillo al que da paso la puerta. No tengo fuerzas para pararme, parece no haber nadie más en la habitación. El cansancio se vuelve a apoderar de mi conciencia y me vuelvo a perder en un sueño profundo.

Cuando vuelvo a despertar es de noche y tiemblo de frío. Las luces están apagadas, el edificio entero parece estar a oscuras. Me siento a los pies de la cama y me froto la cara congelada con las manos. Me pongo de pie y me dirijo al angosto pasillo para salir de lo que parecía ser un antiguo hospital o manicomio.

Cuando doy vuelta en un codo del pasillo escucho a mis espaldas un ruido metálico y me echo a correr sin mirar atrás. Doblo a la izquierda y bajo unas escaleras. No se donde estoy ni cuantos pisos tiene el edificio. Espero que las escaleras me lleven a la puerta de salida y no a un subsuelo en el que quedaría arrinconado. Siento detrás de mi pasos y una respiración agitada. Busco la daga en el bolsillo del sobretodo y no la encuentro. Escucho  cómo la persona que me persigue se tropieza con torpeza con algunos objetos que hacen ruidos estridentes al caer. Parecen ser vidrios que se rompen, bandejas de metal o pedazos de chapa. Los estruendos me generan más pánico y corro con todas mis fuerzas.

Al final de la escalera encuentro un largo corredor sin puertas ni ventanas. Sigo corriendo. El corredor parece no tener fin. Escucho que la persona que me persigue termina de bajar las escaleras y toma el mismo corredor. No parece poder alcanzarme, he logrado que nuestra distancia aumente en lo que va de la persecución y no parece estar en buen estado físico. Logro divisar el final del túnel, a unos cincuenta metros. Hay una puerta alta y angosta que se recorta en con una luz blanca y tenue de viene de la habitación siguiente. Escucho algunos gritos de desesperación del hombre que me persigue, no alcanzo a comprender qué dice. Un alivio invade mi cuerpo y me permite ignorar el dolor de mis músculos acalambrados. Estoy a diez metros de la puerta, presiento que estoy cerca de la salida. La silueta de un hombre muy alto y gordo aparece como una sombra sobre la luz blanca del final del túnel. Escucho la risa del hombre que me persigue. Lentamente aminoro mi marcha hasta llegar caminando al final del pasillo. El hombre que me perseguía ya no corre. Me acerco al hombre alto y gordo del final de pasillo, que ahora reconozco como un médico, con una larga túnica negra de la mugre y un estetoscopio colgando del cuello. Sin poder verle la cara escucho una voz profunda y cavernosa. Usted está infectado, lamentablemente no lo podemos dejar salir.


 

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