La muerte del Loco. Por Cecilia Domínguez


Éste y otros textos que se irán publicando en estos días fueron escritos en 2018, durante el taller Escritura del sentir, de Uni 3, una universidad de educación no formal. Ni Óscar, ni Cecilia, ni Blanca, ni Eduardo, ni Mónica, ni Helena, ni Cristina, (ni las demás personas que participaron de este taller) son escritores. Incluso, muchos de ellos nunca habían escrito ni una sola línea. Desde el primer día ellos aceptaron mis premisas y mis condiciones: el taller era para escribir desde la experiencia y el objetivo principal, era entregarse a la hoja en blanco para intentar alcanzar alguna verdad. O la verdad de cada uno, que, en definitiva, es a la única a la que nos podemos acercar. Escribieron sobre el amor, sobre la muerte, sobre la nostalgia, sobre la soledad, sobre la infancia, el dolor, la desilusión, los sueños, los maestros, pero sobre todo, escribieron sobre lo que ellos quisieron. Y de a poco empezaron a abrirse, a no tener miedo a decir, ni a escribir, a entender que poner en palabras las heridas es una buena forma de sanarse o que narrar un lindo recuerdo es la manera más efectiva de hacerlo eterno.

Estos son algunos de sus textos. Y los invito a leerlos, porque estoy orgullosa de ellos y porque realmente vale la pena hacerse este regalo.

Soledad Gago


La muerte del Loco

No había oído hablar de la muerte, era un tema reservado para los mayores.

Yo tendría unos seis años, visitábamos como de costumbre a mis abuelos, montábamos a caballo junto con mi abuelo por la costa, a veces de tardecita cuando bajaba el sol nos paseaba en su charret, andábamos en bicicleta, trepábamos árboles, pescábamos renacuajos, buscábamos macachines, nos deleitábamos con lo dulce de las madreselvas. Eran días felices y de disfrute.

Oí cuando mi abuela le contaba a mis padres que hacía unos días habían encontrado muerto en su casa a “el loco”, (así lo nombraba); me pareció algo irreal y más aun cuando haciéndome la invisible e inmóvil esperaba a que mi abuela siguiera con su relato: “el loco” había estado varios días muerto en su casa hasta que lo encontraron.

No recuerdo con exactitud cuántas veces durante muchos días y años pasé en bicicleta frente a su casa, como queriendo ver algo, aunque supiera no había forma de ver. Era una casa blanca con ventanas de madera de color celeste. La miraba y no podía creer que allí había estado un muerto, solo, y muerto.

Jamás vi a nadie en esa casa, siempre estaba cerrada, pero yo quería ver algo que me dijera que era cierto lo que la abuela contaba porque yo no lo creía. Es que a esa edad para mí todo era brillante, soleado, perfumado, feliz, no podía ser real que alguien hubiese estado muerto y solo por muchos días.

Hasta hoy recuerdo las sensaciones encontradas que dejaron en mi la muerte de aquel “loco”, y me pregunto si lo que más me afectó fue su muerte, su locura o su soledad.


 

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