Luz de Milu. Una fábula sobre la violencia doméstica

Por María Rielli


Aquel monte era su hogar, y en él, la luciérnaga Milu había sido muy feliz. Las noches de verano ¡eran una fiesta! ¡si al verlas, parecían estrellas bailando una mágica danza de luz! Un enjambre conformado por sus hermanas, amigas y otro millar de bichos de luz.

Una noche había oscurecido de golpe y un relámpago enceguecedor, seguido del estruendo del trueno, abrió el grifo a una lluvia torrencial que se llevó todo lo que encontró a su paso.

Escondida en las cascaras rotas de un viejo eucalipto, muerta de tristeza y miedo y sin saber qué hacer, así encontró Cascarudón a Milu. Cascarudón era un bicho de luz que siempre andaba solo. Muy rara vez se juntaba con los de su especie. Pero desde ese día, en las noches tibias del verano, se los vio volar a los dos juntos.

Después de aquella tormenta Milu no volvió a ser la misma. Las noches nacían y morían en una triste y monótona rutina. Y ya no se juntaba con sus amigas para volar danzando.

El tiempo paso y sensaciones raras embargaban a Milu. Ya no era feliz. Su luz no brillaba como antes. Y en cambio, la de su compañero resplandecía como nunca.

Antes de conocerla, Cascarudón no tenía amigos. Y ahora, tampoco le agradaba que Milu los tuviera. Ella se sentía cada vez más lejos de aquella vida brillante y feliz que antes había disfrutado.

Atrapada en una gran tela de araña, no tenía, ni encontraba, la fuerza para salir. Era como si Cascarudón se hubiera apoderado de su voluntad. Además también tenía sentimientos de culpa. ¿Cómo iba a abandonarlo, si el la ayudó en aquel momento tan oscuro de su vida?

Las otras luciérnagas la seguían de lejos. Siempre atentas con su amiga. Muy preocupadas, una noche que la vieron sola, se vinieron en patota a ofrecerle ayuda, pero todo fue inútil. No pudieron convencerla y cuando se iban, le dijeron todas a la vez –¡Libérate Milu, tú puedes!-

Aquella noche, la luna llena despuntaba el monte y Milu voló bajito como rodando en el pasto. Subía y bajaba, mientras el canto de los grillos y hasta el lejano croar de las ranas en la laguna le repetía: Libérate Milu, tú puedes.

Cascarudon no permitía que ella se fuera. Él no quería quedar solo otra vez. Pero Milu se mantuvo firme en su idea, luchó usando su libre albedrío y por fin se liberó. Se iría hacia otros horizontes. En sus ojos había lágrimas de luz. Era como curarse de una enfermedad.

Entonces, se levantó en vuelo, como si nadara en el aire, dejando el monte a sus espaldas.  El campo, que parecía un gran charco de luna, se hiso cómplice de su valor.

Y así como el universo brilla noche tras noches, pronto, la luz de Milu volverá a brillar.

 


 

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