“Perdonar”, un texto de Catalina Saibene


No creo que el perdón sea una pérdida de tiempo.

Es común que la gente comente:

“¿qué hago con tu perdón ahora?”, “¿de qué me sirve esa palabra?”, o,

“con el perdón no hacemos nada”.

Y sí, por algún carril esas opciones también son válidas,

mas no las únicas. O las que a mí me interesa destacar hoy.

El perdón sincero, sea a destiempo o en el momento que sea,

tiene validez porque implica valor.

Implica correrme del yo y saber que hay un otro al que le provoqué un dolor,

un daño; algo le hice que no le gustó.

Ni me gustó a mí hacérselo, porque al primero que me daño

es a mí mismo.

Hace unos años, cuando el facebook no tenía el boom que tiene en nuestros días,

alguien me escribió un mensaje que comenzaba diciendo: “quiero pedirte disculpas”.

Quizás fue unos 14 días después de mi necesidad de leerlo,

tal vez más, tal vez menos. Pero, ¿eso realmente importa?

Importa la acción en sí misma, de reparar.

Y de sanar al mismo tiempo.

Cuando perdonamos saldamos deudas,

saldamos karma,

nos amigamos.

El perdón vendría a ser una especie de alivio,

porque si no existe, las personas no se tomarían en cuenta las unas a las otras.

Es decir, si yo no te perdono por lo que pasó, ¿cómo sigue nuestro vínculo?

¿Cómo continúo la vida sin perdonar a todas las personas que me rodean?

¿Cómo es que se supone debería moverme para no sufrir ni hacer sufrir a los demás con mis dichos o actos?

Es imposible.

Ocurre a cada rato y durante algunos procesos, aun más a menudo.

Esto no significa que tengamos el lujo de escudarnos en el perdón

frente a cada error mientras dura un nubarrón.

No.

Consiste en ser conscientes de que no estamos ni vivimos solos,

de que vibramos con el mundo siendo uno y de lo fundamental,

que la tarea siempre empieza por casa, es decir,

conmigo.

No perdono a alguien por esa persona únicamente, lo hago a mi favor.

Lo mismo cuando alguien se disculpa,

se está sanando en ese acto de amor.

Si bien es gratificante que nos demos cuenta de su distinción

-cuándo es sincero y cuándo es una muletilla repetitiva que no condice con lo que predica-

sostengo que es mucho mejor expresarlo, a que falte.

Porque al ego y al orgullo no les divierte en lo más mínimo correrse y ver

que hay más gente por ahí, siendo y sintiendo.

Y el perdón está allí para eso,

para mostrar que con gratitud

se puede seguir

más lejos y más liviano,

con cada nueva disculpa

impregnada en la piel.


 

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