Quito, montañas y lagunas. Desde Ecuador, por Daniel Noya


Escribe Daniel Noya

Quito se ubica en el largo y estrecho valle andino y esta situación entre las montañas hace que sea una ciudad privilegiada por su espectacular entorno natural. Estas en la ciudad y de ahí ves las montañas que envuelven a la capital ecuatoriana. La ciudad se encuentra a unos 2800 metros de altitud. Quito presenta una hermosa e interesante mezcla de arquitectura colonial y moderna. En Quito caminas y te chocas de forma permanente con hermosos edificios coloniales y con iglesias. Las mismas presentan un estilo barroco quiteño con suntuosas decoraciones en su interior. De las iglesias destacamos la de la Compañía de Jesús con su decoración sobrecargada y su baño de oro, y destacamos la iglesia de San Francisco que señalan que es la más grande de América Latina. Quito presenta un centro histórico de gran tamaño y que se conserva en muy buen estado. Esta es la razón por la que en 1978 el centro histórico de la ciudad de Quito fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

La mejor forma de empezar la visita de Quito es, sin duda, subir al mirador del Panecillo, donde se encuentra uno de los símbolos de la ciudad, la estatua plateada de la Virgen Alada. Desde ahí uno puede obtener hermosas vistas de la ciudad. Otro hermoso rincón es la calle de La Ronda. Ver los objetos que los artesanos elaboran siguiendo la práctica de antiguos oficios es uno de los atractivos del viaje a Quito.

Quito es una ciudad con hermosos parques para visitar en donde las vistas increíbles vistas siempre aparecen. Destacamos los parques de Cumandá y de Itchimbia. Este último es un hermoso balcón verde de Quito. Cumandá es un espectacular centro cultural en donde los jóvenes quiteños tienen muchas actividades para hacer. Llego y hay una muestra de carnaval y de tambores uruguayos.

Quito tiene un hermoso museo que es una obligación visitar: el museo capilla del hombre del artista Guayasamín. La Capilla del Hombre es una obra-tributo emblemática concebida por el famoso pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín. También fue su residencia en sus últimos años. A la Capilla del hombre se la puede describir y entender como una obra arquitectónica-artística dedicada al hombre latinoamericano a través del tiempo. La Capilla del Hombre es un tributo a Guayasamín pero el tiempo lo fue convirtiendo en un gran complejo cultural con colecciones y trabajos arqueológicos y artísticos del Ecuador. El paseo despierta reflexiones, emociones y arrebatos. La obra de Guayasamín muestra la violencia, la explotación y la dolorosa vida de los pueblos de América Latina, sobre todo las poblaciones indígenas. También muestra sus grandezas. Guayasamín tiene una paleta fuerte e intensa en donde marca un gesto desgarrado de sus protagonistas. Muestra, pinta y critica el dolor, el hambre y el conflicto del hombre. Es un representante de la lucha de los pueblos indígenas y es por eso que señalaba  “Vengo pintando desde hace tres o cinco mil años, más o menos”

En el patio del museo se encuentra un gran árbol y a sus pies se encuentran los restos del maestro Guayasamín. Sus restos están a la sombra del árbol que él mismo plantó hace mucho tiempo.

Como un fanático y alguien que se siente muy atraído por la montaña es que me marco ir y visitar al guardián de Quito: el Cotopaxi. Un icono de Quito y del todo Ecuador es su volcán Cotapaxi. Es una palabra en quechua y significa “cuello de luna”. Es un cono perfecto poseedor de una gran belleza y majestuosidad. Es un poderoso volcán activo y es un sueño subirlo para todos los amantes de las montañas. Sus nieves eternas son un imán para los ojos; uno puede quedar largo rato mirando y pensando en ser un pequeño punto negro e imaginando estar ahí y ver como de paso a paso uno llega a hacer cumbre y llegar a su cráter. Los precios para hacer esta travesía son sumamente excesivos pero igualmente es disfrutable llegar a él y visitar su refugio y estar entre sus piedras y nieve. Es así que tomo un bus desde Quito con dirección al sur y debo bajarme en la entrada al Parque Nacional Cotopaxi. El personal del bus me avisa y bajo en la carretera. Sabía que uno debe entrar al volcán con un guía local y es así que salgo a buscar en la ruta a una de las camionetas que te llevan. Tras la dura negociación con un guía, consigo un precio acorde y voy al Cotopaxi. El recorrido en camioneta es muy divertido y el guía, Jaime, es muy claro y divertido. Vamos haciendo el recorrido y él va explicando todo. Tras unas horas de viaje y de algunas paradas es que llegamos al estacionamiento (o parqueadero). Es el fin para el auto y aquí comienzan las piernas. La nieve y el frio ya están presentes; y en poco tiempo aparece una fuerte neblina. El panorama es todo blanco. La caminata comienza y son 45 minutos para arriba hasta llegar al refugio. El camino comienza pero entre tanta nieve uno pierde la referencia de las piedras y por momentos tengo un poco de miedo. La vista llega unos 10 metros para adelante, después es todo blanco. El viento aumenta. Llego al refugio en el momento que empieza una fuerte lluvia de nieve. Entro y el panorama es semejante al paraíso; madera, calor, chocolate, viajeros y montañistas que están preparándose para el ascenso que van a hacer en la próxima madrugada. Nuevamente los altos costos hacen que disfrute el momento, absorba todo lo que veo y pegue la vuelta para abajo. Hay que seguir rodando.

Duermo en la ciudad de Latacunga pero ya tengo otra hermosa tarea; ir al volcán – laguna Quilotoa. Había escuchado por dos lados que Quilotoa es como un “pueblo atendido por niños”. Y es así. Llegó y en la entrada de la comunidad que regula y controla el Quilotoa, me recibe una niña quien pide a todos los visitantes sus datos personales. Camino unos metros y ya aparece el pueblo y comienzo la búsqueda de algún hospedaje ya que el lugar te invita a quedarte varios días. El hostel donde quedo es manejado por una joven muchacha de 15 años quien se mueve muy resuelta y además simpática y atenta. Me quedo aquí. El hostel es muy simple pero cómodo. Lo importante se encuentra a 200 metros del cráter. El poblado se encuentra en el mismo cráter de la laguna – volcán. Es de destacar que el ingreso al volcán no tiene precio y que todo es manejado por la Comunidad de Shalala, la cual generó un espacio al turismo pero sin perder su identidad y tradiciones. Tiro la mochila en la habitación y salgo a ver esa imagen que tengo en mi mente de esa impresionante laguna con aguas turquesas rodeadas de montañas. Uno comienza a subir por una pequeña colina y cuando llegas a su fin aparece esa postal. Uno queda congelado mirando y sintiendo. El volcán es de una belleza difícil de materializar en palabras. Es lindo de ver y más aún si uno puede caminar por todo su cráter y recorrerlo. Son más de 4 horas y media de caminata. El volcán se convierte en otro desde los diferentes ángulos del cráter. El camino no es lineal, sino que uno va subiendo y bajando todo el tiempo, con partes con mucha vegetación y partes que no. El cielo está totalmente celeste, el sol pega fuerte y que paradoja y contradicción, pero dan ganas de refrescarse en el volcán. Aquí uno se pierde en los paisajes. Vivís sin pensar y solo disfrutas el momento y sentís un gran regocijo de estar ahí. Tus preocupaciones pasan por comer algo, tener un lugarcito para dormir y seguir moviéndote. En estos lugares de paisajes increíbles, donde la naturaleza manda y las comunidades conviven en un claro dialogo con ella, es que me doy cuenta que hablo solo y en voz alta. Las palabras brotan, estallan y pasean. Surcan y navegan estos paisajes. Hay veces que salen sin pedir permiso a la mente, y otras veces cuesta mucho verbalizar sensaciones: el silencio se convierte así también en protagonista y también navega por los aires. Aquí descubro lo hermoso de la contemplación de un paisaje, árbol, animal, viento. En Quilotoa no puedo escribir nada. Hay pueblos y paisajes que no te dejan escribir, solo ir y vivir. La escritura aparece como un mar revuelto y feroz a los pocos días. Una pequeña libreta que oficia de diario de bitácora y un lápiz van copando las horas de la noche. Escribo, preparo un tabaco, lo fumo y entre el humo se empiezan a dibujar las imágenes y las palabras de lo vivido. Fumo un tabaco, escribo un fragmento y pienso en próximas rutas.

Navegar es preciso. Es así que llegamos al hermoso pueblo de Baños de Aguas Santa. Más conocido como Baños, este pueblo se encuentra en la provincia de Tungurahua a unos 180 Km de Quito.

Uno camina por sus calles y queda impresionado por las golosinas pegajosas que son estiradas por los vendedores y vueltas a estirar. Esto lo hacen sobre unos ganchos colgados en la pared y sobre la puerta ante la vista sorprendida de los turistas y viajeros. Uno pasa y, a forma de publicidad, te regalan un pequeño trozo arrancado con sus manos. Es muy rico. Camino por las calles una y otra vez para recibir ese tan rico presente. Otro protagonista de Baños es el fotógrafo. Estos se apostan en las mejores esquinas ofreciendo el recuerdo. Entre la golosina y el fotógrafo también aparece el trencito oruga quien recorre las calles de Baños. El resto del pueblo se reparte entre agencias de turismo aventura y bares o restaurantes.

Baños es un pueblo repleto de actividades deportivas y de aventura. Pero hay una que ingresa en mi mente y domina. El subir al Volcán Tungurahua; que significa “Garganta de Fuego” en quechua. El objetivo, llegar a hacer cumbre. Estar a unos 5016 metros sobre el nivel del mar no se está todos los días. Y para hacer tal odisea es muy importante tener un buen equipo. Y tuvimos el mejor: nuestras amigas uruguayas médicas Carolina y Paulina, nuestro amigo argentino Matias y todos acaudillados por nuestro guía de montaña, el ñato.

Llegamos al puesto de control y ahí arranca nuestra caminata. La primera parte consiste en llegar al refugio del Tungurahua. Es una caminata de 3 horas y comienza por un camino repleto de barro y con una vegetación muy tupida y donde el calor domina la escena. Tras el tiempo señalado llegamos al refugio sobre las 18:30. La tarde se va y se instala la noche. Nos aprontamos a pasar la noche ahí. Todos nos cambiamos y nos empezamos a instalar mientras que el ñato comienza a preparar la cena. La noche envuelve todo y solo la luna y las luces de la ciudad de Ambato iluminan la casa. Preparamos un buen mate rioplatense y tratamos de calentarnos como podemos. La luz que ilumina la casa es de tres velas que dan calidez y la dan a nuestros rostros un color rojizo. Cenamos y las charlas empiezan a aparecer. El ñato comienza con sus historias de montañas y ascensos. Todos escuchamos al ñato y él se convierte en el fogón que todos rodeamos, miramos y escuchamos. Luego de comer nos acostamos en la parte superior del refugio para levantarnos a las 3 de la mañana y llegar a los 5016.

Nos levantamos, desayunamos y salimos con todas las ropas para soportar el feroz frio de la montaña. Le pedimos permiso a la montaña para subirla. Vamos todos en fila india y el ñato nos va guiando. No se ve nada. Algunos llevamos linternas e íbamos iluminando el camino al compañero de enfrente. Los minutos y las horas pasan pero aparece el agotamiento y el cansancio. El camino se hace más seco, frio y sobre todo empinado. Caminamos y cuesta aplomar el paso; caminas y las piedras se desprenden y caen rodando para abajo. Aparece el descanso y el té de coca que preparamos en el termo. Las miradas para arriba y el “cuanto falta” monopolizan los diálogos.

La cumbre no se ve. Aparecen falsas cumbres y la desolación es grande cuando sobre lo que parecía la cumbre aparece otra. El equipo empieza a sentir la fatiga y el cansancio. Nos quedaba 1 hora y media y el camino iba a ser más empinado. Ahí se decide bajar. La montaña estaba difícil, empinada, fría pero sobre todo hermosa.

Uno busca palabras para describir esto y no aparecen. Lo vivido se devora a lo que se está por escribir. No se escribe. Aquí naufrago en las palabras que no existen. En la montaña manda el silencio.

Los montañistas debemos bajar. Pero quedaron bien en lo alto nuestras fuerzas y ánimo y nos llevamos una espectacular experiencia. No podemos decir que la montaña nos ganó; no se trata de ganar o perder, sino de estar, caminar, conocer y crecer. Aquí me llega a los oídos una leyenda de montaña. Cuentan los montañistas que dos guerreros de los Andes, el Cotopaxi y el Chimborazo, mantuvieron por mucho tiempo una larga lucha por el amor de la hermosa Tungurahua. Los hombres de montaña dicen que el Chimborazo salió ganador en esa lucha y que se casó con la bella dama. De ese matrimonio nació el niño Pichincha. Las montañas también tienen su historia y en cada una de sus piedras se pueden escuchar sus amores y desamores, triunfos y derrotas y miles de historias de los pequeños caminantes que siempre desean e intentan llegar a su cima.


 

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