Reencuentro. Por Cecilia Domínguez


Éste y otros textos que se irán publicando en estos días fueron escritos en 2018, durante el taller Escritura del sentir, de Uni 3, una universidad de educación no formal. Ni Óscar, ni Cecilia, ni Blanca, ni Eduardo, ni Mónica, ni Helena, ni Cristina, (ni las demás personas que participaron de este taller) son escritores. Incluso, muchos de ellos nunca habían escrito ni una sola línea. Desde el primer día ellos aceptaron mis premisas y mis condiciones: el taller era para escribir desde la experiencia y el objetivo principal, era entregarse a la hoja en blanco para intentar alcanzar alguna verdad. O la verdad de cada uno, que, en definitiva, es a la única a la que nos podemos acercar. Escribieron sobre el amor, sobre la muerte, sobre la nostalgia, sobre la soledad, sobre la infancia, el dolor, la desilusión, los sueños, los maestros, pero sobre todo, escribieron sobre lo que ellos quisieron. Y de a poco empezaron a abrirse, a no tener miedo a decir, ni a escribir, a entender que poner en palabras las heridas es una buena forma de sanarse o que narrar un lindo recuerdo es la manera más efectiva de hacerlo eterno.

Estos son algunos de sus textos. Y los invito a leerlos, porque estoy orgullosa de ellos y porque realmente vale la pena hacerse este regalo.

Soledad Gago


Después de una muy triste noticia me propongo ubicarte. Me resulta más fácil de lo que imaginé. Te envié una carta con mucho sentimiento y quedamos en encontrarnos en dos días, a las seis de la mañana.

El ómnibus iba repleto de jóvenes ruidosos. Me entero que eran remeros y que iban al mismo lugar que yo; había en ellos mucha algarabía, en cambio yo, sentía que iba hacia lo desconocido pero con un fin bien determinado.

Bajé en una plaza, apenas se veía, era de noche aún, hacía mucho frío. Los remeros también bajaron, eran muchos, se reían, cantaban y yo no te ubicaba. Empecé a sentir miedo, estaba a cuatrocientos kilómetros de mi casa, allí parada sin saber cómo era tu cara hoy. La última vez que nos habíamos visto teníamos alrededor de trece años.

Allá a lo lejos para mí, pero no tan lejos en realidad, veo a una persona parada sola. Estaba muy abrigada, como yo. Me dirijo confiada y te pregunto si sos tú y me respondes con una abrazo. Allí pude percibir el amor fraterno de nuestros dos queridos padres que habían crecido juntos y hoy ya no estaban.

Llegamos a la casa, olía a leña, se oía la leña. Era una casa acogedora, y la sentí como si fuese la mía. Con un mate y café mediante, miramos fotos, hablamos, reímos y lloramos durante horas Luego aparecieron en escena tu esposo y e hijos a quienes me presentaste.

Se hizo la tarde, fuimos a recorrer tu ciudad, me mostraste orgullosa “La fuente de los Sapos”, la Casa de Juana. Todo me era desconocido y me encantaba.

En la noche, seguía sintiendo junto con la cena el olor a mi casa, porque aunque no lo era, yo la sentía propia.

Desde ese día que jamás olvidaré, nos unimos para nunca más separarnos. Los hijos crecieron, vinieron los nietos, se fueron otros seres queridos, y hasta hoy estamos juntas. Nos siguen separando esos cuatrocientos kilómetros que quisiera hacer desaparecer de un plumazo, pero no puedo. Aun así seguimos unidas cada verano, cada invierno, cada llamada.


 

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