Resiliencia. Por Mónica Muñoz


Éste y otros textos que se irán publicando en estos días fueron escritos en 2018, durante el taller Escritura del sentir, de Uni 3, una universidad de educación no formal. Ni Óscar, ni Cecilia, ni Blanca, ni Eduardo, ni Mónica, ni Helena, ni Cristina, (ni las demás personas que participaron de este taller) son escritores. Incluso, muchos de ellos nunca habían escrito ni una sola línea. Desde el primer día ellos aceptaron mis premisas y mis condiciones: el taller era para escribir desde la experiencia y el objetivo principal, era entregarse a la hoja en blanco para intentar alcanzar alguna verdad. O la verdad de cada uno, que, en definitiva, es a la única a la que nos podemos acercar. Escribieron sobre el amor, sobre la muerte, sobre la nostalgia, sobre la soledad, sobre la infancia, el dolor, la desilusión, los sueños, los maestros, pero sobre todo, escribieron sobre lo que ellos quisieron. Y de a poco empezaron a abrirse, a no tener miedo a decir, ni a escribir, a entender que poner en palabras las heridas es una buena forma de sanarse o que narrar un lindo recuerdo es la manera más efectiva de hacerlo eterno.

Estos son algunos de sus textos. Y los invito a leerlos, porque estoy orgullosa de ellos y porque realmente vale la pena hacerse este regalo.

Soledad Gago


Resiliencia.

Por Mónica Muñoz

A lo largo de mi vida he encontrado varios “Maestros”, de esos que dejan huella en el alma.

Hace poco tenía una conversación sobre esa relación “Maestro/Discípulo”, ese tipo de relación tan especial y personal donde un Maestro transmite su sabiduría al Discípulo.

Conversábamos sobre cómo encontrar al Maestro.  El Maestro no es alguien que aparece y dice “Yo soy el Maestro”, sino que como dice el refrán, el Maestro aparece cuando el Discípulo está pronto.

Mucho he reflexionado sobre esta frase, hasta que un día me di cuenta qué es lo que significa.  El Maestro puede ser cualquier persona, animal o planta, cuya experiencia se devela a los ojos de un alma que está pronta a recibir la enseñanza.  Y no sé por qué, pero a la hora de recordar una persona especial, que sí las hubo y varias, me viene el recuerdo de lo que ahora relataré.

Un día la asistenta que desde hace más de 30 años me acompaña y me ayuda en casa, me trae una plantita de regalo.  Con alegría la ubico entre el resto de plantas que tengo en el alfeizar de un gran ventanal, casi a modo de jardín de invierno.  Y ahí la vi crecer y madurar, llenándome de alegría, hasta que un día se enferma y sus hojas empiezan a amarillear y caer.  Con desesperación intento de todo por salvarla: podarla, cambiarle la tierra, hacerle reiki. Yo amaba esa platita. Y ahora se estaba muriendo. Hasta que un día sin saber muy bien cómo ni por qué, ella comienza a cobrar fuerzas, a reponerse hasta llegar a ser aún más bella que antes.  Y así en varias ocasiones.

Admirada yo observaba su evolución, su continua transformación.  Es así que un día sentí que ella era como una Maestra para mi y la tomé como un símbolo de resiliencia, perseverancia y fortaleza.

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