Una escuela de fútbol en África. Desde Sevilla, por Joaquín DHoldan

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Toda historia tiene más de un principio. Esta podría comenzar por ejemplo con un día de calor africano, hace casi 10 años. En mi primer viaje a Senegal con MadAfrica, una ONG que necesitaba un dentista para trabajar allí. En la calle de arena aparecieron unos niños con una pelota desinflada y se armó un “picado”. ¿Qué hace un uruguayo cuando ve un “picado”? Una era ponerse de director técnico; otra de nueve, mi posición natural, nada de polivalencia, de vago absoluto, parado en el área contraria esperando a que los que juegan bien me la pasen para meter (o no) un gol y poder dormir feliz. Fue un partido muy intenso. Supe lo que era cansarse por jugar en la arena, y por correr atrás de los que llevan la pelota intentando quitársela. Hubiera podido meter varios goles, si la hubiese tocado. Podría usar la excusa del calor sofocante o de que era visitante, pero la verdad que estaría compensado porque el mayor de los rivales tendría 12 años, y el único que jugaba calzado era yo. No la veía porque jugaban como los dioses.

Niños jugando en la calle. El futuro del fútbol. El fútbol de verdad. Cuando logré volver a respirar nos miramos con mi compañero y dijimos “Es impresionante como la mueven. Vamos a hacer una escuela de fútbol”. Lo pensamos por el lado de conseguirles zapatos deportivos, pelotas infladas, arcos y enseñarle algunas reglas básicas y para cosa mejor: Nos dimos cuenta que nos pusimos a jugar y se llenó de niños, y luego pude revisarles la boca a todos, o sea, el fútbol fue un llamador extraordinario para hacer otras actividades, sanitarias por ejemplo.

Aquí el tiempo empieza a saltar, a hacer vaivenes. Trabajo en el Desierto del Sahara y dejo de ir a Senegal. Sigo colaborando desde aquí con MAD África. Hacemos un libro de cuentos africanos. Vuelvo a África. Conozco al capitán del Sevilla Coke, porque vamos a la misma librería. Se empieza a atender conmigo. Nos hacemos amigos. Y un día en la final de la UEFA el Sevilla le gana al Liverpool y mi amigo hace dos goles. Entonces otro escritor (Manuel Machuca) compañero entre otras cosas de un medio de comunicación sevillista, me dice “Vamos a hacer un Peña de Coke”. Nuestro amigo era “el héroe de Basilea”, la 5º UEFA que ganaba el Sevilla FC. Las “Peñas” son organizaciones sin fines de lucro que juntan aficionados de un club en torno a una figura, o una ciudad. Suelen hacer comidas con jugadores, eventos, se reúnen para ver partidos, etc. En el caso de la nuestra lo teníamos claro, queríamos darle un fin social.

Podría agregar que paralelo a eso estuve en Uruguay, dando una charla en una escuela del Cerro, en el recreo con los niños y niñas, jugamos al fútbol. Un momento hermoso, de comunión, inolvidable. Pero con una herida. En la mitad del patio, allí donde jugábamos, en esa escuela llena de maestras fantásticas, entregadas y comprometidas con esa chiquilinada, en ese lugar mágico de mi barrio, en que estábamos hablando de libros y cine con niños y niñas a los que la sociedad arrincona por donde nacieron, había una zanja. Una cañada gigante con olor a podrido y algo en el fondo, negro y pegajoso, que ojalá fuese barro. La pelota se nos iba hacia allí de forma continua, y todo se paraba para ir a lavarla, o seguíamos por puras ganas de no querer que nos jodieran la dignidad, no sé quien, pero aquellos que deberían asegurarse que ninguna escuela, pero menos aún esa, tuviera ese patio con una herida de mierda por la mitad. Una escuela preciosa, unas maestras increíbles, de un barrio obrero, no merece que le toquen la dignidad. Luego nos llenamos la boca hablando de inseguridad, de códigos y valores. Quizás por eso, justo en esa escuela, esa zanja duele más. Y no se pongan sensibles con la política. Esa zanja pasó por todos los partidos y todavía nadie la vio. Parece que me desvié de la Escuela de fútbol en África pero no. Porque ya teníamos claras dos cosas, el poder del fútbol como agente aglutinador y la importancia de la dignidad.

Trabajar durante años en África te enseña mucho más de lo que tú ayudas. Una de las principales enseñanzas es que sea lo que sea que uno quiere proyectar, sólo funciona si lo haces con la gente del lugar. Si es lo que ellos quieren, como les gustaría hacerlo, que recursos hacen falta. No somos un grupo de blancos que va a salvarlos, somos un grupo con un objetivo común. Tener un nexo entre ambos sitios es esencial. En este caso mi amigo Demba, un senegalés que vive hace 30 años en Sevilla y desde que llegó no ha parado de trabajar por su gente, era la pieza clave. Un gran ejemplo de la importancia de la inmigración. Uno que llega logra que muchísima gente progrese en su lugar de origen  haciendo de puente, trabajando por la tribu.

Con la implicación de la Peña, el papel clave de Coke, el Sevilla comprometido con la causa y la gente del lugar dispuesta a trabajar, fue todo muy sencillo. Se logró que el Ayuntamiento de Louga, el pueblo donde se armaría la Escuela, cediera un terreno para la misma. Teníamos profesores locales y luego de algunos largos trámites burocráticos, los niños comenzaron a practicar, con balones profesionales y zapatos deportivos. En un terreno sólo para ellos. En el camino de la dignidad.

Pero lejos de terminar esta historia recién comienza. ¿Qué sentido tiene una escuela de fútbol en niños que juegan mejor que cualquiera de ustedes? Lo más importante, (y esto me lo enseñó una vecina del Cerro que pagaba la contribución de un baldío para que los pibes del barrio no jugáramos en la calle), mientras estén en la escuela, no están en  la calle. En la escuela podemos organizar para vacunarlos o darles pautas sanitarias (hay epidemias de cólera y malaria), podemos llevarlos al dentista, darles apoyo escolar, armar un grupo de teatro y otro de música, etc… Y otro desafío aún mayor: la escuela de futbol de Louga, financiada por la Peña Sevillista Coke, es para niños y niñas. En África el papel de la mujer está en plena revolución, como en el resto del mundo, pero aquí en algunas poblaciones rurales se sigue practicando la ablación del clítoris, se permite la poligamia masculina y las niñas crían a sus hermanos hasta que crían a sus hijos, siendo ellas las menos alfabetizadas por relegarlas a las tareas domésticas. Las mujeres de Senegal están luchando todos los días por cambiar esto. Han avanzado de forma exponencial. Por eso, que haya niñas jugando al fútbol, en una escuela mixta, en igualdad de condiciones, que les pida estar escolarizadas, que eduque a los padres en la importancia del deporte y del auge que tiene en el mundo el fútbol femenino, puede ser un motor de transformación social con el que soñamos.

Quizás tenía razón Alejandro Dolina cuando decía “El Diablo va ganando 4 a 0”. Pero hace poco le volvieron a preguntar “¿Cómo va el partido, respecto a malos y buenos?”, y luego de pensar un instante afirmó “4 a 3”.


 

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