“Vos sos el amigo de Obdulio”. Un cuento de Catalina Saibene

Por Catalina Saibene


Todos los domingos iban a la cancha a ver a Racing. Eran seis hermanos, más que eso, amigos e hinchas. Uno de ellos, mi abuelo Nolo, un día tuvo que viajar al interior por asuntos laborales. Fue con su jefe y un compañero, en tren.

Corría el año 41 y el ferrocarril- como así lo llamaban- demoraba bastante. Salieron de Montevideo un domingo a las ocho de la noche y llegaron un lunes a las nueve de la mañana a Rivera.

Decidieron alojarse en un hotel, desayunar, higienizarse. Luego de dar una vuelta por la ciudad y disponerse a ir al Banco Central por un trámite; pasaron por un bar a tomar algo. El lugar era bien del interior, estaban quienes atendían, quienes jugaban al truco y quienes al ajedrez, los perros afuera en la puerta, los vasos con hielo en cada mesa…

El Nolo entró con sus compañeros. Se sentaron y vino el mozo. Apenas vio a mi abuelo le dice: – “¡Don Ernesto!, ¿cómo anda?”.

Él, anonadado le pregunta: “¿y usted quién es? De dónde me conoce? No hace ni tres horas que llegamos a aquí, y es la primera vez que visito Rivera.”

El hombre se ríe y le dice: “¿usted es hincha de Racing, verdad?”

Nuevamente, desconcertó a mi abuelo.

-“Sí, por supuesto.”

-“Bueno, me acuerdo de usted, de sus hermanos, los Ibarra, cómo olvidarlos, caían en manada a la cancha, eran famosos!. “

Mi abuelo no podía creer lo que oía, se alegró tanto. Lo saludó, se quedaron charlando de football, de la vida. El mozo le contó que hacía dos años estaba viviendo en Rivera pero era montevideano; de ahí el recuerdo, sumado a los pocos fieles de Racing que se conocían partido a partido.

A mi también me sorprendió cuando el Nolo me lo contó. Era una de esas historias que me encanta oír, que me atrapa, me veo ahí, en el bar, lo imagino todo. Las mesas, los hombres veteranos con sus nanas, con sus alcoholes, la cara del que está atrás del mostrador, la cara del mozo, la sonrisa de mi abuelo en ese momento.

Son de esas anécdotas que no se olvidan y que permanecen por siempre en nuestra memoria. Esos relatos que no pueden faltar de parte de un abuelo, hacia una nieta. Disfruto tanto al Nolo, su inteligencia, su sabiduría, su experiencia, su anecdotario, me gusta aprender de él y escucharlo atentamente. Claro que mi abuela Yaya también tiene sus historias. En esta ocasión tocó la del viejo, pero no quepa duda que si hay un abuelo en la familia, hay fábulas y muchísimo para contar.


 

 

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