“A los escritores nadie nos necesita”. Entrevista a Felipe Polleri


Entrevista de José Arenas / Fotografías de Paola Scagliotti

Felipe Polleri es hoy uno de los narradores más importantes del Uruguay. Editado en México, España, Argentina, etc. se ha vuelto un misterio dentro de las letras uruguayas, un rechazado, un admirado, un creador temible, una incógnita respecto a la manera de escribir novelas. Las obras de Polleri interpelan al lector; por tema, por forma, por libertad. La libertad con la que Polleri escribe es envidiable e incómoda. Con bestias letradas como “El alma del mundo”, “Gran ensayo sobre Baudelaire”, “La inocencia”, y la reciente “Los teléfonos de papel”, Polleri se ha ganado el respeto de sus colegas nacionales y extranjeros. Acaso, el último de los malditos.

La tarde nos atrapa, calurosa, a Paola Scagliotti y a mí llegando hasta la puerta cansada del edificio donde vive Felipe Polleri desde hace cuarenta años allí, en la boca abierta de la Ciudad Vieja o en el fin del Centro según se lo mire. Llovizna pero de sol en la vereda, Paola llama a Felipe ya que su guarida no tiene timbre, ni número, ni internet, ni nada con lo que se lo pueda detectar mientras practica la esgrima secreta de la que surgen esos personajes monstruosos, dolientes de tan reales, geniales de tan imaginados, repelentes de tan sinceros. Allí, en lo alto del edificio, Felipe escribe en los ya mentados “cuadernos de Polleri”. La lapicera como un bisturí, el papel como el cuerpo del delito. La disección del alma uruguaya.

Llegamos y subimos escaleras infinitas que nos son advertidas por el escritor admirado por Mario Bellatin. Paola revisa la luz, hace unos disparos. Conversamos, vemos la ciudad desordenada desde arriba del todo. Vemos una construcción monstruosa de acero y plástico. Algo de lo que se quejaría el protagonista de “Contra la eutanasia en el núcleo familiar”, uno de los cuentos que componen “La vida familiar” (Criatura Editora, 2016).

Ya asoleados, nos metemos allí a lo oscuro. Demasiado sol por hoy, decimos. Y charlamos.

Ahora que habíamos salido para la terraza, me preguntaba, ¿Montevideo es como una maldición?

No, a mí me gusta este barrio. Montevideo es como la cara. No tiene nada que ver que nos guste o no nos guste, es parte nuestra. De vez en cuando lo odio –generalmente-, de vez en cuando también es mi ciudad. Yo viví siempre en Montevideo, nunca viví en otro lado. Toda mi vida la pasé en Montevideo. Mis primeros años viví en Pocitos, después me mudé a otros barrios y hace cuarenta años, más o menos, que vivo acá.

Y, ¿por qué “nos lleva apretados en su pico de gaviota sucia”?

Porque no nos suelta. Porque Montevideo es engañosa, es una ciudad que nunca terminás de captar. Es un bajón, es una ciudad de gente depresiva, gris, fea, afeada, y a la vez es el lugar de uno. Sobre todo esta zona, que también me gusta capaz por lo cascoteada, con la que me identifico con eso, aunque celebro cuando hacen cosas que la embellecen, que la mejoran un poco. Pero no te suelta fácilmente, hay un millón y medio de dementes que viven acá. Es un bajón, es una de las ciudades más tristes y deprimentes que hay. ¿Qué te gusta de acá? ¿Qué hacés acá?

Y respecto de algo que leí sobre que expurgabas algunas cosas con tus personajes, en algún momento, ¿tuviste miedo de terminar como alguno de los de “Vida de los artistas”?

¿De terminar mal…?

Sí, no sé si mal, pero…

Es que es mi vida esa. Digo, no tan mala, obviamente. Pero es esa vida un poco marginal, de alguna manera. Al margen. Vos lo sabés, digo, los escritores no tenemos ningún lugar especial, no cumplimos ninguna función, nadie nos necesita, y si sos básicamente eso vas a sufrir esa exclusión. Yo la sufrí toda la vida; “-¿Y vos qué hacés? -Escribo”.

¿Y no sentiste esa exclusión respecto del tipo de novela o de cuento que vos hacés?

Yo pensé que me iban a linchar, pero extrañamente se ve que hay algo que yo no sé muy bien que es, con que la gente se identifica en mis libros que hizo que no. Por supuesto que viví en el fracaso casi toda mi vida, pero después apareció Martín Fernández y tuve editor fijo, y bueno, empezaron a pasarme cosas buenas. Pero en realidad nunca me pasaron malas, nunca tuve problemas con eso. La gente lo rechazó o lo aceptó, pero no lo cuestionó. Quizá por el lugar insignificante que tenemos. Un político dice “llueve” o un jugador de fútbol dice “creo que el Uruguay…” y es titular. Nosotros podemos decir lo que sea, que nadie nos va a dar bola.

¿El lector piensa en lo que lee o simplemente lo lee?

El lector toma todo –y así debe ser- como ficción. Lo que está leyendo es una ficción. Qué relación tiene esto con la persona es un problema que se puede plantear alguno, o uno mismo para mejor conectarse con lo que está haciendo, pero el lector lee su libro de ficción. No tiene y no puede sacar conclusiones de ningún tipo, no tiene conocimiento de la persona para hacer conjeturas. Tenemos que pensar fuera del círculo chiquitito de la gente que nos conoce. Yo escribo para los lectores, para todos; las ancianitas, el de la esquina, cualquiera. Y tengo cierto público que yo sé que tiene cierta conexión. Gente joven, capaz, pero también viejitas, y viejitos, como yo. Es una cosa que uno no sabe nunca. Los libros se venden, entonces alguien los compra. Y los compra cualquiera, no solamente gente que está en la cosa. Se agotó la primera edición de “Los animales de Montevideo”; bueno, hay quinientos tipos, quinientas personas, que no sé quiénes son, que no son un grupo específico que lo compró. Entonces, ahí tenés que sacar la conclusión de que te lee cualquiera, que se siente identificado, por más que tenga una vida aparentemente convencional, porque nadie es lo que parece.

En “El dios negro”, ¿está el mismo Polleri que ahora?

Básicamente sí. Es el mismo autor, te das cuenta en seguida. Ahora, quizás hubo un desarrollo donde las novelas no están tan centradas en un personaje sino que hay, por ejemplo en “Alemania, Alemania”, hay todo un mundo donde, además de los personajes dementes de siempre está la historia, está la Alemania nazi, todo eso. No hubo un cambio, sí un desarrollo.

Además de locos y marginados, tus personajes son siempre ácratas y ateos…

Sí. O sea, para hacer un personaje y que el libro esté centrado en él, tenés que conocerlo bien. Tiene que estar cerca de vos. Yo no sé si soy ácrata, porque yo voto, no quiero destruir el estado, pienso que sin estado nos haríamos paté a los cinco minutos. Pero sí no soy creyente, en nada. Creo en la literatura, en el amor, en los pajaritos, en la ecología, cosas con las que no podemos hacer nada, pero no pertenezco a ninguna asociación.

¿Es una crítica?

Es una crítica. Es mostrar la otra posición, la antisocial, o asocial.

Yo creo que vos sos un poeta disfrazado de narrador…

Yo creo lo mismo. Alguna vez dije, mis novelas son poemas disfrazados de novela. Pero bueno, como se narra también de alguna manera, de alguna manera hay una narración… pero sí, creo que hay mucho eso. Lo formal para mi es las imágenes, es la belleza, aunque sea la belleza de lo horrible. Eso es lo indispensable.

¿La novela tradicional está caduca?

No. Porque hay tantas maneras de contar como narradores o poetas haya. Nada está nunca en crisis. Cierto tipo de novela sí, está más muerta… Esa novela que… Yo he leído mucho, modestamente, y ya a esta altura abro una novela y  sé si sí o no, cuando arrancan “estaba en la montaña…” y digo, “no, no, no, ¿me vas a tener treinta páginas antes de que pase algo?”, que pasé ya, que pase algo ya. ¿Para qué decís todo este coso? ¿Porque no tenés nada que contar? Para ver una montaña, poneme una foto. Si lo que tiene que hacer el personaje es tomarse un vaso de agua o tomarse el ómnibus, no puede haber una página para eso, para un viaje donde no pase nada. Si pasa eso tamo en el horno. Capaz eso está cargado de sentido, si eso es el centro de lo que querés contar, de una vida de mierda, por ejemplo, de un tipo que lo que hace es tomar Coca Cola y mirar la tele, ta, bueno, pero ese es el centro. Pero no es la vida.

¿Cómo es que te editan siendo tan distinto y cómo es que el mercado no te cooptó usando eso como marketing? Bueno, editaste con Tusquets en México…

Bueno edité en muchos países, pero no te olvides que fueron cincuenta y pico de años en la lona.

A partir de “Gran ensayo sobre Baudelaire” es que pasa algo…

Con Martín. Que es un gran editor y un gran amigo. Lo que pasó con Martín fue maravilloso. Eso de que los escritores no te llaman a tu casa es mentira, un día me llama un tipo, me dice “mirá soy Martín Fernández, quiero fundar una editorial, Hum, Estuario, me gusta mucho lo que hacés, qué se yo, y te quisiera editar…” yo quede boquiabierto. Dije, “esto no se puede ni creer”, de hecho mucho no lo creí, pero dije, va… y así empezamos. Por supuesto, a mi no me editan, él me dice “yo no soy tu editor, yo soy tu publisher, yo te publico”. Nadie me dice “cambiá, sacá” no, para hacer algo cortito así estuve años sudando sangre, no me vengas a decir lo que poner o lo que no, porque se va a quemar todo.

Y ¿“Los teléfonos de papel” es el Polleri más puro?

No, yo creo que en todas está el Polleri puro. Cuando yo llego a la publicación es porque estoy muy convencido. Pasé todos los filtros míos, a veces, si algo me hace dudar se la puedo dar a alguien, antes se la daba a Mario (Levrero). Él me dijo que todo lo que yo hacía era una mierda, y me hizo mucho bien. Yo antes escribía, a la vez que las cosas que escribo ahora, con mucha técnica, cosas más sanitas, y las quería publicar, pero no eran buenas. Mario me ayudó a sacarme los complejos, me dijo “mirá, a nadie le importa un carajo lo que vos hagas así que dale, metele para adelante”, me impulsó en un momento en que decís “bueno, ahora tenemos que ir a los bifes”, entonces ya te digo, cuando llega a Martín es lo mejor que pude hacer. Que ese, creo, es el compromiso del escritor. Darle al lector el mejor libro que podés hacer. A eso me comprometo, a ninguna otra cosa más.

¿No hay ninguna novela que elijas?

No, lo he pensado muchas veces. “El rey de las cucarachas”, por ejemplo, que nadie la entendió jamás, quizá por eso, que en realidad es una novela sobre la dictadura pero nadie la leyó así, que también es sobre otras cosas porque de alguna manera sin que yo me diera cuenta entraron otras cosas, de vivencias aterrorizantes en mi vida durante la dictadura. Por eso capaz, viste que a los hijos menos favorecidos son a veces los que uno quiere más…

Como creador y lector ¿qué literatura te interesa?

¿Sabés lo que pasa? Te insisto, yo leí mucho…

Estás podrido…

Estoy podrido. En mi casa había muchos libros, mi padre era un gran lector. Yo me pasé la vida leyendo y leer me cansa mucho. Una cosa que leo con interés es a Walter Benjamín, ahora acabo de releer “El París de Baudelaire”, o sea, cosas muy buenas sobre la literatura. Mucho más que crítica, cabezas.  Y leo, de repente descubro un autor de novela policial que me parece muy bueno y leo. Me pasó con James Sallis…

¿Eso es herencia levreriana?

No. Todos los escritores, cuando ya están podridos de leer van al policial, a por quién es el asesino. Lo extra literario, digamos, en una novela policial bastante buena. Le pasa a todo el mundo. Cuando no encontrás libros, decis “me tiro a la novela policial”, lo extra literario, quién es el asesino o saber qué va a pasar te lleva. Y hay autores bueno, Child, Connelly, hay autores buenos, buenos de verdad. Lo que pasa es que me cuesta mucho encontrar libros que me entusiasmen, esto parecerá una pedantería. Pero es lo que te decía, si ya veo que empieza lentosqui… y demás… lo dejo. Por ejemplo leí “La broma infinita” de Foster Wallace que es un zocotroco que me encantó, pero después leí todos los póstumos, que también deben ser buenos, ya los veía enormes y ya de desalentaba. Ya son empresas, ya no puedo leer a Proust de nuevo. Me agota.

Lo sintético de lo que escribís es para hacernos un favor…

Yo creo que sí. Respeto el tiempo de los lectores y el mío, que la cosa sea “corramos que el tiempo huye”.


 

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