“A nadie le gusta hablar de la muerte”, novela de Luis Fleitas

Una novela sobre la persistencia y la necesidad de la memoria


Por Juan Carlos Venturini

Una novela necesaria sobre los tiempos oscuros: los de la dictadura cívico-militar uruguaya. Necesaria porque nunca como en esa época se pusieron de manifiesto las contradicciones, las luces y sombras, de la sociedad y del estado uruguayo. Y nunca como en los años posteriores se olvidó tan rápida y conscientemente la debacle. Normas consagradas e indiscutibles del estado de derecho, y de la convivencia social y política, se derrumbaron como castillos de naipes y emergió otro ordenamiento, otras normas infames. Se impuso la arbitrariedad y el terror de los uniformados, que se transformaron en dueños y señores de la vida y de la libertad de los uruguayos. Y los responsables (en su enorme mayoría) permanecen impunes. Se pretendió reinstituir y refundar la democracia silenciando las causas de su debacle. En lugar de memoria, verdad y justicia se pretendió consagrar el olvido, la falsedad y la impunidad.

La novela de Fleitas nos retrotrae a aquel infierno tan temido, y tan voluntariamente olvidado. Se trata del secuestro de un militante comunista, al que llamaban el Alférez, y de la investigación, y doloroso peregrinaje de su compañera, Andrea, para buscarlo y encontrar las causas y circunstancias de su desaparición. En este desarrollo, la novela muestra uno de sus relieves más logrados. La búsqueda adquiere el suspenso de las buenas novelas policiales, con la minuciosa evaluación de los indicios, la obsesiva búsqueda de rastros y de testigos, y su  culminación, en el perfecto conocimiento final de los mecanismos del operativo represivo, inclusive del nombre del autor principal. En esta labor encomiable es que Andrea se proyecta como un personaje central de la novela, con todo el tesón y la fortaleza del que son capaces las mujeres, en estas situaciones límites, tal como lo han consagrado las experiencias en la Argentina, o bajo el nazismo, y lo ha recogido la mejor literatura mundial.

La búsqueda de Andrea conduce a la aparición de otro personaje inolvidable, Chichita, una vieja vecina de barrio, ajena a la política y a toda ideología, a todo pensamiento abstracto, pero solidaria y atenta a todas las circunstancias importantes de la vida. Chichita representa a todas las madres, a las abuelas, a esas figuras que nunca dejan de preguntarte si comiste, si estás abrigado lo suficiente, si necesitás algo.

El otro personaje central es el abogado, amigo de la infancia del Alférez, al que recurre Andrea por ayuda. El abogado, del que no sabemos su nombre, se lanza en una lucha intrépida, contra la muralla del andamiaje de la dictadura militar, tratando de hacer valer un recurso de habeas corpus. Los sucesivos intentos permiten delinear a varios de los personajes siniestros de la dictadura en su entorno canallezco, con todo el vericueto de sus desvaríos y arrogancias. La insistencia, algo suicida, del abogado, en la búsqueda de su amigo, desata la bárbara represión contra él. Es secuestrado, golpeado, humillado, torturado, como para que le quede bien en claro que ya no queda nada parecido a un estado de derecho. Esta lucha titánica del abogado parece una respuesta muda a cierta crítica que le deslizara el Alférez, en su última conversación en un bar, escena que abre la novela. Allí su amigo le endilga la inutilidad de la abogacía para luchar por la justicia. Esta posición extrema del Alférez, ha hecho mella en el abogado. La fatídica situación de su secuestro también le brindará la ocasión para demostrarle a su amigo que estaba equivocado. No lo mueve sólo el afecto entrañable hacia él, sino también la defensa de su propio lugar como abogado, es decir, del lugar que eligió en la vida para luchar por los mismos ideales compartidos con su amigo.

Toda la novela está recorrida por esta segunda trama silenciosa. El rol del hombre de leyes en la lucha por la justicia y por la libertad. Por eso no está demás, hacia el final, la vibrante arenga del abogado,  contra los colegas, jueces y fiscales que, bajo la dictadura, miraron para otro lado y se acomodaron a las circunstancias, sin mover un dedo contra la bárbara persecución totalitaria. Muchos de ellos se presentaron luego como campeones de la democracia, concluye.

Como ha ocurrido con el recuerdo persistente de los crímenes del nazismo, la literatura se transforma, también aquí, en un instrumento indeleble de la memoria y de la reconstrucción histórica de la experiencia de los pueblos. La novela expone sin aspavientos la fisiología de la dictadura, sus mecanismos, sus privilegios, sus personajes tenebrosos y funambulescos. Del otro lado, los que luchan, los que resisten, en su simpleza y pequeñez, y su aparente impotencia, adquieren, sin pretenderlo, la estatura de héroes, aunque ese reconocimiento, a veces, tarda en llegar.

El nombre de la novela proviene de los dichos de un personaje de la adolescencia común, en el interior, del Alférez y su amigo. “A nadie le gusta hablar de la muerte”, les espeta un bolichero conocido, como conclusión de una alargada conversación de beberaje. Como en las buenas novelas, personajes opacos, parecen anticipar las acciones o tragedias del mañana. Hay que agradecerle al autor que se haya lanzado a hablar de lo que a nadie le gusta.

A nadie le gusta hablar de la muerte, novela, de Luis Fleitas. Editorial Cuatro esquinas, 200 páginas, Montevideo, 2019.

  


 

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