Adelanto exclusivo del nuevo poemario de Jorge Palma. Poesía uruguaya en España

Desde Sevilla, por Joaquín DHoldán


 

La Editorial española “Maclein y Parker” año a año se plantea nuevos desafíos con base en los criterios que la caracterizan. Libros de hermosa factura y con una exigente calidad literaria, han transitado por varios géneros, novela, cuento, ensayo y por supuesto poesía. En su historia tienen la generación de una gran comunidad de escritores en su blog y la revista “Telegráfica”, y en la actualidad junto con otras editoriales han tomado las riendas de su distribución a nivel nacional e internacional.

“Maclein” (nombre tomado de John Maclein el “duro de matar” de Bruce Willis) y “Parker” (en homenaje a Dorothy Parker) tienen una relación muy interesante con la literatura uruguaya. Luego de “Cuentos orientales” de Joaquín DHoldan, y de “Babel de un hombre y otros relatos” de Javier Montiel, incluso de la novela “El bosque”, del argentino radicado en Uruguay Carlos Lucena, llega el poemario de un autor uruguayo. Si editar poesía es valiente en estos tiempos, hacerlo de un autor que por la distancia no puede participar en ciclos en vivo y así “defender” su trabajo tiene una única explicación: La poesía en sí misma. La calidad está asegurada.

“Nuestros hijos avanzan, caminan, crecen. Y nosotros acompañamos, seguimos y nos vamos. En esa tensión, tremenda y maravillosa, los vamos viendo crecer mientras envejecemos. Así, este poemario pretender acercar el mundo de los hijos y los padres a través de la poesía; ir contando lo que siente un padre ante el crecimiento de un hijo; sus juegos, sus preguntas -siempre originales-, los miedos y las fiebres nocturnas que nos vuelven tan vulnerables, como si tuviéramos el corazón fuera de nuestro cuerpo. Y así es”.

“La voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas” es el título elegido por Jorge Palma, sacado de un verso de E. E. Cummings y que resume toda la esencia de un poemario sutil, pero cargado de simbolismo. El autor convierte en palabras el abismo, la vulnerabilidad, la constante sensación de vértigo y de estar caminando en el aire (y sin red) que supone ser padre. Un poemario que podría condensarse en una sola frase, en apariencia sencilla, pero que encierra una gran gama de emociones: « ¿En qué momento te bajaste de mi hombro?».

Jorge Palma (Uruguay, 1961). Periodista cultural. Como poeta ha publicado Entre el viento y la sombra (Banda Oriental, 1989), El olvido (Trilce, 1990), La vía láctea (Trilce, 2006), Diarios del cielo (Trilce, 2006) y Lugar de las utopías (Trilce, 2007). El poema «La destrucción de la sangre» fue incluido en la antología Aldea poética (selección de poesía inédita de veintinueve países, publicada por Ópera Prima, Madrid, 1997). Además, tiene publicados los cuentos recogidos en el volumen Paraísos artificiales (Trilce, 1990). Parte de su poesía ha sido traducida al inglés, árabe, húngaro, rumano, alemán, francés, italiano y macedonio. Ha sido invitado al XIV Festival Internacional de poesía en La Habana (Cuba), 48º Struga Poetry Evenings (Macedonia), VI Festival Internacional de poesía de Granada (Nicaragua) y 14° Poetry Africa, Durban (Sudáfrica).

A modo de adelanto la Editorial nos muestra estos dos grandes poemas:

Vuelvo de una batalla con dragones

Chamuscado el pelo,

las pestañas,

los puños del piyama a rayas,

salgo del armario amarillo

que tú misma pintaste,

y en puntas de pie

apago el velador

hasta la próxima batalla.

 

Como un mar encima de los árboles

Como un mar encima de los árboles,

como una manta de agua

a punto de precipitarse

entre caer y no caer,

entre sístole y diástole,

así vivíamos, amor, mirando

el cielo cada mañana,

cada minuto,

sin poder casi respirar.

 

Entonces supimos lo que era

subir escaleras

con una sola pierna,

entonces comprobamos

cómo podíamos contar la arena

del desierto

antes que morir calcinados

por un rayo

o por un golpe fulminante

de un alud.

 

¿Temblar?

¡Ya ni siquiera!

Nadie se atrevía a vacilar.

Bailábamos en la noche sorda

entre altísimas y frías columnas

de humo negro.

 

¡Temblar!

¡Nadie!

¡Ni nos acordábamos de temblar!

 

Lo que nos quedaba de aire puro

(por decirlo de alguna manera)

era para distraer a la muerte.

 

Entonces

iba uno

y, apretando los dientes,

se le paraba al lado

y la distraía.

 

Y luego iba otro

y otro

y así, la íbamos entreteniendo

para que no mordiera.

 

Así vivíamos. Así.

¡Pero temblar!

¡Nadie!

¡Ni nos acordábamos de temblar!


 

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