Ana Frank y los uros


Por Luis A. Fleitas Coya [*]

Hace algunos años, durante todo un mes,  parte  del horror  de la naturaleza humana (y  tal vez, del mayor  horror que ha afrontado la humanidad) estuvo en exposición en  Montevideo en horario de oficina. Por un resquicio entre la  burocracia  y los expedientes que a pocos metros  seguían  su curso  impávidos sin verse afectados en lo más mínimo por lo que allí cerca  se estaba exhibiendo, grupos y  grupos  de  personas desfilaron  azorados  y acongojados frente a las imágenes  de  la muerte y la degradación, la humillación y el martirio, la prepotencia, la violencia y la irracionalidad más impune y absoluta de que  se  tenga noticia. Jóvenes, viejos, adolescentes, niños, pasearon quedamente, las miradas concentradas  y  fijas, con llamativo respeto, sobrecogidos ante el horror, en el piso 1 y 1/2  de  la Intendencia.

Después de tres tramos de escalera, se  desembocaba en  el  amplio  hall donde en el centro estaba  la secuencia  de enormes fotografías, fotogramas y slides, en blanco y negro. Estaban  colocados sobre  grandes lienzos agrupados en  biombos  zigzagueantes,  de ambos  lados,  de modo que el público daba vueltas en  tornos  a ellos, desde un extremo al otro del gran salón. Por supuesto,  la secuencia comenzaba con el rostro de la pequeña Ana Franck, niña y adolescente,  su faz larga y angulosa, la nariz aguzada, la  boca breve,  y sus ojos ojerosos, tristones. ¿Qué nos decía ese  rostro delgado,  común y vulgar, desde esas fotografías de hacía  más  de medio  siglo? ¿Qué nos quería significar esa  mirada  taciturna que desconocía en el momento en que fue captada, el horror que  le esperaba? ¿Podían esos ojos desde el fondo de sí tener  una intuición prematura de su destino? Seguían imágenes de su  familia,  su hermana, sus padres, y  detalladamente, del lugar donde  permanecieron escondidos en Amsterdam.

Pero luego, y ahí radicaba lo apasionante de la  muestra, comenzaban  a entrelazarse la trágica historia individual  con  la historia  colectiva.  Así, retrospectivamente se nos  mostraba la irresistible  ascensión  del nacionalsocialismo en  los  años  de crisis,  desempleo  e inflación de la Alemania  posterior  a  la primera guerra mundial, la llegada de Hitler al poder, los  actos de  antisemitismo, la violencia cada vez más  desembozada  contra los judíos, la creación de los primeros campos de  concentración. Y también, y he allí otra de las riquezas conceptuales y plurales de la muestra, se señalaba simultáneamente que las persecuciones no se limitaron a los judíos, sino que también se dirigieron  contra los  opositores  en  general, contra  la  izquierda  (comunistas, socialistas, socialdemócratas), y  contra otras minorías  raciales; amén  del copamiento y la represión de  los  sindicatos  de trabajadores. Seguían la consolidación del poder nazi, la concentración del poder en Hitler, y la dictadura, todo con el consentimiento de los alemanes.

Después, ya iniciada la guerra, la concentración de los judíos  en  ghettos, y por último lo que los  nazis  llamaron  la “solución final”: el exterminio sistemático de los judíos, fusilados con tiros en la nuca al borde de las fosas que ellos mismos habían sido obligados a excavar por los Einsatzgruppen  (unidades móviles  de asesinatos de las S.S., que operaron  principalamente en  los  terrritorios ocupados de Europa oriental y de  la  URSS, detrás de las líneas), gaseados en Auschwitz, Treblinka,  Birkenau,  Belsen, Dachau, con el resultado escalofriante e  increíble

de  6.000.000 de asesinatos de hombres y mujeres, niños,  ancianos, sin distinción, que fueron transportados como ganados en los trenes de la muerte hasta el horrible final.

En el segundo piso, un aparato de televisión exhibía un video con imágenes que reiteraban algo de lo ya visto en el  piso de  abajo, pero que sobre todo mostraban en forma más detenida  y detallada, la casa que sirvió de escondite a los Franck,  intercalando imágenes con la lectura de pasajes del famoso diario.

Al finalizar la muestra salimos con el espíritu apesadumbrado,  lleno  de  interrogantes que ya  conocíamos,  que  nos repetimos  cada tanto una y otra vez, y que aparecían  reavivadas con  toda  su  crudeza:  ¿por  qué sucedió?,  ¿cómo  pudo suceder?, ¿cómo nadie pudo evitarlo?, ¿por qué aceptaron pasivamente la mayoría de los judíos ser asesinados? Los nazis comenzaron a experimentar la eliminación colectiva sistemática, en los campos de concentración, encerrando grupos de personas en camiones en cuyas cajas cerradas se había introducido el caño de escape, de modo que cuando el motor se ponía en marcha el monóxido de carbono envenenaba a las personas. Ese método resultó poco eficiente (en la caja de un camión solo se podían encerrar relativamente pocas personas en una sola vez), y lento (la gente demoraba mucho rato en morir, las agonías eran prolongadas).  Pronto se ideó la  construcción  de  grandes  cámaras cerradas, y se probó con  el  gas Zyklon-B  que  ya  había  sido  utilizado  anteriormente  en  la eliminación sistemática de enfermos minusválidos y  discapacitados, y estas cámaras de gas fueron las eficacísimas  herramientas para la muerte que permitieron exterminar millones de personas en poco tiempo. Así, solo en Auschwitz se mataron a más de 2.000.000 (según orgullosa confesión de su comandante, Rudolf Höss, quien  expresó además que las cámaras de su campo de concentración podían  funcionar  las  veinticuatro  horas del día y matar promedialmente  a  20.000 personas).

El, para los nazis, “problema” o “cuestión” judía,  fue encarada por ellos en tres fases: la primera fue la expulsión; la segunda fue la concentración; y la última fue la llamada  “solución final”: el exterminio. Se conoce la fecha y el lugar  donde la decisión se adoptó fría y racionalmente: fue en enero de  1942 en  la Conferencia de Wansee (Berlín).  Pero ese fue simplemente el  corolario de un largo proceso: Hitler ya había anunciado  tal solución en muchas oportunidades, aunque parece que pocos tomaron en serio esas amenazas. Es un hecho que poco a poco la  monstruosidad fue tomando cuerpo en los líderes, cuadros y militantes del Partido  Nacionalsocialista, y lentamente además, en  general  en gran  parte del pueblo alemán consciente o inconscientemente.  Y es un hecho que cuando la decisión se tomó, se llevó a cabo, lisa y  llanamente,  sin oposiciones ni protestas, sin ambages  y  sin piedad de ningún tipo.

En  su novela inconclusa La  noche  del Uro   (Nigth of the Auroghts) con la que luchó durante  más  de quince  años y que la muerte le impidió terminar (o  que tal vez no  pudo simplemente terminar, al punto tal que llegó a  maldecir la  hora en que se le ocurrió comenzarla), Dalton Trumbo  se  esforzó  hasta la agonía en describir a un oficial nazi, comandante  de  uno  de esos campos de  exterminio.  La  biografía psicológica y espiritual de Grieben, con su mezcla de  vulgaridad,  voluntarismo,  sadismo,  apasionado  nacionalismo  y  hondas  y  ancestrales  raíces  étnico-culturales,   intenta mediante  la disección de una personalidad dar respuesta  en definitiva a la interrogante de quiénes fueron los que llevaron  a cabo  el exterminio, y sus  porqués,  sus  razones últimas y profundas. El intento de Trumbo es excepcional,  y podemos  reverenciar  sin dudas su talento.  La  lectura  es subyugante  y escalofriante al mismo tiempo.  En  un  pasaje memorable,  Grieben  se plantea que no comprende  como  esos judíos se dejan conducir mansamente hacia la muerte y  cuenta cómo las  madres judías, mirando las armas que  las  iban  a fusilar, ordenaban nerviosamente a sus hijos que se comportaran  porque pensaban que si los nazis veían que sus hijos  se portaban bien, que eran buenos, inteligentes y amables,  tal vez,  tal vez, no los matarían… Y concluye el sádico  Grieben:  “Nadie  que los haya visto caer  como  animales  torpes puede  ignorar  la calculada crueldad de  sus  adioses,  sus despedidas…”. “Odio a estos judios complacientes, sumisos. Cuando van humildemente a la muerte ya no sobra dignidad para las ejecuciones. Con su sumisión nos degradan a todos”.

Sin  embargo, con toda la admiración que  despierta la novela, no deja de producir rechazo que al final Grieben  resulte  en cierto plano, de alguna manera,  redimido,  al aparecer  humanizado.  Cuando -lo expresa  el  propio  Trumbo citando a Sartre-, el mal es irredimible.

En Eichmann in Jerusalem, Hanna Arendt cuenta cómo el sujeto sometido a juicio en Israel luego de haber sido raptado en Buenos  Aires,  es un hombrecito mediocre, gris,  de  apariencia, común y corriente, incluso hasta con los dientes en mal estado, y cómo  ese hombrecillo, de burócrata de tercer orden, sin  talento ni cualidades alguna, por obra y gracia de la maquinaria totalitaria llega a convertirse en el experto en cuestiones étnicas,  y por  tanto,  en  el  Nº 2 (después  de  Himmler)  en  la  cadena jerárquica  que  llevó a cabo el exterminio.  La conclusión  es simple y compleja al mismo tiempo: el monstruo está en el hombre, en el hombre común incluso. Sin embargo, ¿en cualquier  hombre?

Esa misma cualidad de tipo mediocre, sin atributos, pero al  cual una mesiánica ideología o postura estatal o política  lo lleva al fanatismo incondicional y al crimen, la conocemos también en los militares latinoamericanos capaces de secuestrar y hacer desaparecer niños, de matar  y hacer desaparecer a personas indefensas en inmundos submundos  de degradación  física  y  moral, de torturar de  todas  las  formas conocidas  y  posibles  a todo tipo de  seres  humanos:  jóvenes, viejos,  hombres,  mujeres,  adolescentes,  mujeres  embarazadas, amigos,  parientes, simpatizantes, o lo que fuere.  Los  asesinos que llevaron a cabo el genocidio en Argentina contra casi treinta mil personas, fueron también personas comunes; pero no personas cualesquiera.  Es imposible aceptar que cualquier persona  sea capaz de llegar a tales abyecciones: el monstruo puede habitar cerca nuestro en personas aparentemente sin cualidades especiales; pero no cualquiera puede llegar a ser un monstruo. El que torturó y mató, o que mandó torturar y matar, es un hombre común y corriente; podemos conocerlo y tratarlo de nuestra vida cotidiana, puede ser nuestro vecino o incluso nuestro pariente. Es tan real como persona como lo somos nosotros. Pero cuidado, a diferencia de otras personas, ese sujeto no fue capaz de sentir piedad ni  compasión, y por los motivos que fueran, en nombre de  la seguridad  nacional, en nombre del estado, en nombre de una raza, en nombre de una ideología,  mató y torturó sintiéndose  plenamente justificado. A esa clase de personas capaces de tal envilecimiento, degradación  y  crueldad,  Trumbo los compara con un tipo  de  vacas  prehistóricas  conocidas como uros, de los que se  dice  que desciende  el ganado, y de los que se duda si  pueda  existir aún  alguno. Göering se jactaba de  tener ejemplares   en  su  hacienda.

Y  bien, pese a que Primo Levi en Si esto es un hombre y otros han planteado el tema con toda crudeza y justificado escepticismo,  afortunadamente la especie humana nos demuestra a cada instante que no todas las personas son capaces de  razonar ni de sentir como esos uros.  Alguien habrá siempre capaz  de sentir  piedad, alguien se conmoverá siempre ante el dolor  y el sufrimiento, alguien dirá siempre “no”.

De todas formas, es evidente, el mal existe. Pero no es metafísico ni diabólico. Es bien terrestre, y es bien humano. Hay determinados  seres,  que en determinadas circunstancias  y  bajo determinadas condiciones, son capaces de actuar como lo  hicieron los nazis. La tortura se practica y se practicará; el asesinato y el  crimen  contra personas indefensas, también. De  eso es  que debemos tener conciencia sempiterna, para que los  criminales puedan ser señalados a tiempo, y sus felonías evitadas  antes de consumarse. Los que no somos ni seremos nunca como  ellos, tenemos  el deber de hacerlo, en nombre de todos los  caídos, de todos los torturados, de todos los asesinados, de los  que no  pudieron  gritar, de los niños y muchachos de ocho,  diez, quince años que vieron como los mataban sin piedad e impunemente sin poder  hacer nada, de aquellas a las que violaron bestias  en celo, de aquellas madres que tuvieron que ver morir frente  a sus  ojos a sus hijos, de las familias enteras  que  murieron abrazadas y tomadas de la mano de pie y en medio de la muchedumbre  apilada contra las puertas de las cámaras de gas, de los  que  no tuvieron oportunidad, de los  que  yacieron  en oscuras mazmorras mientras los animales reían, de los que se orinaban y defecaban en las sombras, de los desesperados.  En nombre  de  todos ellos. En nombre de todas  las  Ana  Frank. Contra todos los uros.

Entre todas las historias impresionantes que se conocen, puede citarse la narrada  por  el fiscal general inglés  en  el juicio de Nüremberg (testimonio escrito del ingeniero alemán Hermann Friedrich Gräbe sobre los fusilamientos de  judíos de la población de Dubno, Polonia, que presenció el 5 de octubre de 1942)*, acerca  de un padre a punto de ser fusilado con su  pequeño hijo,  desnudos ambos y al borde de un enorme hoyo  que  era una fosa colectiva con el fondo cubierto de cadáveres. Con el rostro  lleno  de  lágrimas,  instantes  antes  de  que  les  dispararan, el padre le señalaba a su hijo algo en el cielo, y hacia allí dirigían sus miradas.

La historia es terrible y es patética a la vez pues no había nada que esperar del cielo.

Pero hay mucho por hacer en la tierra.

 

* Heydecker, Joe y Leeb, Johannes, El proceso de Nüremberg, Ed. Bruguera, pág. 431.


[*] Agradezco al conmovedor artículo No sé como llamarlo. Una visita al Memorial de Auschwitz de Mariella Fernández, publicado recientemente en Granizo, haberme hecho reflotar esta crónica escrita hace un tiempo en ocasión de una exposición fotográfica sobre Ana Frank en la Intendencia de Montevideo.

* Heydecker, Joe y Leeb, Johannes, El proceso de Nüremberg, Ed. Bruguera, pág. 431.

2 Comments

  1. Aterrador. pero cierto y replicado hasta el presente, eso es lo mas aterrador. Suerte habemos muchos que no somos Uros. Buen informe, saludos,

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