Aniversario de Narradores de la Banda Oriental y festejo de la Colección Lectores de Banda Oriental

Lanzamiento del libro  del 25º Aniversario del Concurso Narradores de la Banda Oriental y festejo del 40º Aniversario de Colección Lectores de Banda Oriental

Semanas atrás – el pasado 25 de mayo – en el Museo Zorrilla se conmemoraron los dos aniversarios y se lanzó el libro  “25/40 Narradores de la Banda Oriental”. Una iniciativa de Editorial Banda Oriental  conjuntamente con Fundación Lolita Rubial


Convocatoria. En el 25º aniversario del Concurso de Narradores de la Banda Oriental, Editorial Banda Oriental y Fundación Lolita Rubial convocaron a autores premiados en las diversas ediciones del concurso que se realiza desde 1992, a participar con cuentos de su autoría para integrar un volumen colectivo y conmemorativo del aniversario.

Presentación. Fue el pasado 25 de mayo en el Museo Zorrilla en ocasión del festejo del 40º aniversario de la Colección Lectores de Banda Oriental, y contó con una vasta presencia de escritores consagrados y noveles, críticos literarios y jurados del concurso como Alicia Torres y Rosario Peyrou, y personalidades de la cultura como el Arquitecto Mariano Arana. En la fotografía del grupo aparecen, además de los organizadores Alcides Abella de Banda Oriental y los hermanos Guadalupe y el Prof. Gabriel Fernández de la Fundación Lolita Rubial,  entre otros escritores,  Mauricio Rosencoff, Fernando Butazzoni, Milton Fornaro, Mario Delgado Aparain, Marcia Collazo,  Rafael Courtoisie, Hugo Fontana, Carlos María Domínguez, Elvio Gandolfo,  Martín Lasalt, Pablo Silva Olazábal, Richard Dutra,  Helena Modzselewsky, Mercedes Estramil, Gabriela Onetto, Luis Fleitas Coya, Juan Carlos Venturini.

El libro. Contiene treinta y un relatos de otros tantos escritores -correspondiendo señalar el error de edición de incluir solo veintisiete reseñas biográficas- en  una muestra extremadamente variada y sorprendente de nuestra actual narrativa,

Desde una suerte de neo ruralismo con pasiones y conflictos campesinos  un tanto anacrónicos (La fuerza del campo, de Leonardo de León), a un exótico relato mitológico  de dudosa ubicación en el panorama del relato nacional  (La mandrágora y el conde, de Raquel Martínez Silva),  pasando por un  extraño cuento de aventuras de piratas con John Silver, el inolvidable pirata de La Isla del Tesoro de Robert L. Stevenson como protagonista, y que agrega al final un inesperado toque metafórico con un huevo enterrado en una playa y un pájaro que sobrevuela una isla -¿la Cuba del autor?- (Ópera prima, de René Fuentes).  Exótico también es el lugar, México, y las circunstancias, un viaje turístico, donde se desarrolla Mitla de Guillermo Álvarez Castro, en el que el resignado personaje asiste a la infidelidad de su mujer más joven y decide seguir viaje, tolerándola.  

Lo fantástico a partir de lo cotidiano irrumpe en Árboles en la noche de Ramiro Sanchiz,  de clara influencia cortazariana;  así mismo la influencia de Benedetti se hace presente en Los pocillos de Gabriela Onetto,  no solo por el título (como el relato homónimo de Montevideanos),  también por la temática y su planteo a través del juego de los pocillos, aunque el cuento, sugerente, sutil, elusivo y alusivo al mismo tiempo, valga por sí mismo y  la autora no tenga ni remotamente el estilo del autor de Gracias por el fuego.

Un dejo morosoliano de conmiseración por personajes humildes y condenados a la desgracia asoma en El mundo de adentro de Teresa Urbina, cuento sobre un maestro en una escuela rural perdida en las sierras, y en La Sede de Milton Fernández, sobre club barrial y teléfono público utilizado por una mujer extraviada en su delirio. Una tónica diametralmente opuesta encontramos en Últimos días del señor López de Carlos Caillabet, en el que un hombre cansado de ser él mismo, deja de serlo, tal vez inspirado por la experiencia en un prostíbulo, o tal vez meramente por  capricho del autor,  en un relato que no nos sugiere absolutamente  nada.

El realismo literario y montevideano  de la primera mitad del siglo XX se hace presente en Las dos lenguas del viudo de Enrique Pardo, excelente e irónico retrato de un burócrata y su filosofía, y el realismo también aunque en otros términos más actuales es el común denominador de Hombres de blanco de Luis Fernando Iglesias –curiosa remembranza de una abuela en diálogo con su nieta mientras miran por televisión el alunizaje, de una discusión y de un flirt que pone en entredicho la apariencia de una vida conyugal-, La buena suerte de Cecilia Ríos –historia de una rapiña en la que la protagonista cree en el final que está pasando una cosa cuando ocurre otra, según el recordado remate de Ambrose Bierce en El puente sobre el Río Búho-, y Cuento diurno de Valentín Trujillo, relato cuasi periodístico sobre parto asistido por una agente policial en un patrullero en el barrio Maldonado Nuevo.

Ya no lo fantástico sino lo extraño impregna Quien habla solo espera de Hugo Fontana, con sucesivos compradores de un terreno situado frente a la casa del protagonista-narrador que se dedican a excavarlo en horas de la noche, y Esa pequeña explosión de Manuel Soriano en el que un choque de un automóvil en la noche parece dar pie a un retrato en clave más o menos psicoanalítica de un violento, médico, y con pretensiones de aventurero sexual y  novelista. Llegar a Zárate de Rodolfo Santullo parecería inicialmente sugerir la misma zona de extrañeza o misterio pero el propio relato deja en claro la razón de la larga espera en la carretera, en lo que no parece superar lo anecdótico.

Lo fantástico en sí tiene su lugar explícito en cuentos como Hijos de Abel de Miguel Motta, que en tiempos de marginalidad en aumento por estas tierras, imagina a seres trashumantes que se sienten ajenos a sus hogares, a sus familias y a la sociedad, y que conforman un movimiento creciente que lo va inundando todo como una marea; y en Flores para una tumba de Carmen Rodríguez Franco, en el que la protagonista se encuentra con su padre muerto cuando le lleva flores para su tumba, con un final que recuerda al de la película Sexto sentido. En Quedarse sin balcón de Leonardo Rossiello, un simple orificio en un balcón pasa de ser ocupado primero por una abeja y luego por animales cada vez más grandes incluyendo un elefante, en un ejercicio aparentemente gratuito de imaginación sin ir más allá y sin siquiera una justificación estética del relato fantástico, como lo esperamos desde La metamorfosis en adelante. Y por último, en el mismo ámbito, Repeticiones de Henry Trujillo, nos muestra a un personaje que se va encontrado consigo mismo desdoblado, en un relato menor de un gran escritor.

Dos relatos con final clásico de vuelta de tuerca toman cuerpo en Si te llamo de Alicia Escardó Vegh, y en Los contrabandistas de Pablo Silva Olazábal, y dos relatos tienen en común su contacto con la geografía, la cultura y la religión del mundo musulmán:  Las uñas de los muertos de Javier Couto y Un reino muy muy lejano de Helena Modzelewski. En el primero el autor apenas disfraza su nombre en el del protagonista Jairo Souto, y luego de un inicio muy prometedor del mismo como viajero en una estación polvorienta y abandonada en medio del desierto, termina diluyéndose en la rememoración de un pueril entrevero y disputa por infidelidad entre estudiantes universitarios en París que da lugar a una no menos burda venganza ulterior sugerida en el final; en cambio en el segundo, la autora, va mostrando con maestría los vaivenes de una amistad a distancia entre una intelectual occidental y otra musulmana, interrumpida por el dogmatismo religioso, en el que desentona una conciliadora y forzada parte final sin la cual  hubiera constituido un muy buen relato.

La ironía hermana dos relatos diametralmente opuestos por su extensión. Soy elegante de Eduardo Alvariza se emparenta con el minimalismo de Augusto Monterroso, narrando un hurto a través de frases mínimas  y expresiones muy breves que siguen el pensamiento del ladrón y secuencialmente van indicando la acción que se desarrolla y culmina en media página.  Brevedad e ironía o  ironía de la brevedad. En cambio Riesgos de la literatura de Juan Carlos Venturini es el relato más largo del volumen,  y se desarrolla a través de diez breves capítulos pletóricos de ironía, sarcasmo y humor, como el magistral inicio en el que el protagonista asaltado por una repentina vocación literaria se lanza a escribir como un demente aporreando una vieja máquina de escribir a toda hora para furia de su esposa, lo que le cuesta el matrimonio, hasta el discurso final en el que arenga a los jóvenes contra la peligrosa pócima de la literatura.

El silencio del río de Horacio Cavallo se ubica de manera solitaria en la zona del recuerdo infantil, con abuelo con rancho en la calle Yacaré, y doloroso hallazgo de un ahogado al amanecer en la playa por parte del nieto.

En el conjunto se destacan Remitente Ana de Richard Dutra, un muy bien hilvanado relato en el cual el protagonista descreído y abrumado por el trabajo y la inconsistencia de su vida  luego de la separación con su pareja emprende un paseo dominical por la feria de Tristán Narvaja bajo la lluvia que lo lleva a un hallazgo inesperado, Portones de Mercedes Estramil con anciana en viaje a un residencial a ver a una amiga que se ve lanzada a una cruzada alucinante contra un ómnibus de transporte que hace sospechar que todo lo ve a través del alzheimer como ocurre con la protagonista del cuento A la vista del lago de Alice Munro (del libro Mi vida querida), en otro relato también muy inteligentemente estructurado y ejecutado, y La vida real de Karl Kristoffersen de Martín Lasalt, relato complejo indudablemente inspirado en la muerte y última película de Ingmar Bergman, que llama la atención por la excelente intensidad y emotividad de la prosa en cuanto a tributo y  al mismo tiempo crítica sin piedad  al gran cineasta.

El libro incluye un relato de Luis Fleitas, escritor y colaborador de este medio, que por eso mismo, no es comentado.

Un breve apunte final. De los treinta y un relatos, en veintidós se emplea el yo narrativo (casi siempre yoes anónimos salvo el caso de Un reino muy muy lejano en que el nombre de la protagonista, Helena, es el mismo que el de la autora), que si bien presta un innegable buen servicio al escritor por la segura e inmediata identificación del lector con el punto de vista de una conciencia omnisciente  que relata, es evidente que su uso abusivo no es aconsejable ni halagüeño por lo monocorde, y es dable esperar que nuestra actual literatura, que goza de tanta vitalidad y diversidad,  diversifique también el punto de vista narrativo.

 


 

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