Con la escritora Mercedes Rosende. “Mi único compromiso es con la buena literatura”

La escritora Merecedes Rosende publicó su última novela, “El miserere de los cocodrilos” (Estuario editora) que relata una serie de enredos vinculados al asalto de un camión blindado donde los personajes se unen a “un coro de pecado y de perdón”. La escritora contó a Granizo, entre otras cosas, cómo es su vínculo con la novela negra y cómo vive el proceso de escribir. Ésta noche participará del ciclo de artes y letras “Todos somos raros/9” en el CCE junto a Gabriela Cabezón Cámara, Pablo Silva Olazábal y la música de Ana Prada.


Entrevista de Mauricio Rodríguez (*)

Mercedes Rosende nació en Montevideo. Es Licenciada en Derecho, Magíster en Políticas de la Integración, ejerce como Escribana Pública y es experta en procesos electorales. Tiene varios libros publicados: “Demasiados blues” (La Gotera, 2005, Premio Municipal de Narrativa), “Historias de mujeres feas” (inédito, 2008), “La muerte tendrá tus ojos” (Premio Nacional de Literatura/ MEC; Sudamericana, 2008) y “Mujer equivocada” (Sudamericana, 2011; Código Negro, 2014). También las crónicas “Todos somos Haití”, publicadas por ALAI Latina. Su cuento “Ceremonia” fue Primer Premio en el Concurso de Cuentos del Festival Buenos Aires Negra. Ha participado en numerosas antologías así como en congresos, festivales y encuentros de novela negra: Azabache en Mar del Plata, Buenos Aires Negra, Córdoba Mata y la Semana Negra de Gijón.

En “El miserere de los cocodrilos” se cuenta la historia de Germán, “un eterno perejil, que sale de la cárcel con un encargo: el asalto a un camión blindado. Una sucesión de enredos le depara la ayuda de Úrsula López, mujer con la que estuvo involucrado en el secuestro que lo llevó a prisión. Pero esta mujer, a la que la muerte y la gula no le son ajenas, antes necesita resolver algunas cosas. Desde un apartamento en la Ciudad Vieja espía a sus vecinos, contempla trescientas veintidós estatuillas japonesas y trama una venganza. Ah, y Úrsula tiene hambre. Siempre tiene hambre. Mientras tanto el abogado Antinucci, Ricardo el Roto y la Comisario Leiva, cada uno a su manera, se unen a este coro de pecado y de perdón”.

Tu formación no tiene puntos de contacto con la escritura, ¿cómo te acercaste a escribir?

Mi formación viene por el lado del Derecho, que es en lo que trabajo, pero en realidad también tuve otra formación paralela porque estudié Letras en francés. Por ese lado hubo entonces una especie de formación, al menos hasta los 20 años.

¿Y por qué ese doble camino?

Es que siempre me interesaron las Letras. Antes de ser escritora o incluso antes de tener una formación en Letras francesas fui una gran lectora. Todo esto nace como siempre con un libro en la mano, no hay otro camino. Luego viene la formación en Letras y luego lo que me dediqué y a lo que me sigo dedicando que es el Derecho. Las dos cosas fueron paralelas y conviven perfectamente. Obviamente si yo pudiera vivir de las letras, o solamente de los libros que publico, sería mucho más feliz (risas). Pero en Uruguay eso es un ideal difícil de alcanzar. Por ahora, un ideal lejano. Lo que sí me ha dado la Literatura y siempre lo digo es muchos viajes, que no es poco. Viajo mucho gracias a mis libros, pero el dinero no es demasiado y no me alcanza para vivir.

En una entrevista dijiste que “Puntero izquierdo”, de Mario Benedetti, fue un disparador para ti…

En realidad, el cuento lo que me hizo ver fue que podía escribir en mi propio idioma. Pero la cronología de cómo me acerqué a la escritura es más o menos así: primero empecé leyendo, como casi todo el mundo, cuentos para niños, novelitas de adolescentes, etcétera. Y luego en algún momento cayó en mis manos “Esta mañana” y “Montevideanos”, de Benedetti. Ahí descubro, en el cuento “Puntero izquierdo”, que se puede escribir “como uruguayo”. Y desde aquellas traducciones de “Mujercitas”, hechas para el mercado español, a este cuento, que habla incluso con cierta crudeza el “idioma uruguayo”, hay una gran distancia. El proceso de escritura sería mucho más largo y tardaría en mí varios años en llegar, porque en realidad empecé a escribir alrededor del año 2000.

¿Qué pasó en ese entonces que te llevó a empezar a escribir?

Siempre supe que podía escribir. Escribía cartas largas y luego mails largos. Tengo toneladas de cartas y mails escritos, algunos absolutamente literarios. Siempre estaba la potencialidad, pero me dedicaba a muchas otras cosas, y quizás no me había llegado el momento de la escritura. Hasta que en el 2000 empecé y hasta ahora no he parado. Aunque tampoco lo considero una obligación…

¿Lo vas haciendo en función de qué parámetros? ¿Disfrute? ¿Inspiración?

No es fácil encontrar tiempo para escribir cuando te dedicas a unas cuantas cosas más. Como casi todo el mundo, tenés que sacarles horas a cosas que te dan placer, como pueden ser momentos de esparcimiento. Entonces la escritura debe ser también un esparcimiento o un placer. Cuando sienta que se convierta en una obligación creo que la voy a dejar. No me siento comprometida en nada…

¿Te ha pasado estar cerca de eso en algún momento?

No, tengo períodos en los que escribo más y otros en los que escribo menos. Pero eso no. Le pasa a todo el mundo y en mi caso pasar por esos períodos es absolutamente normal. No me siento obligada a escribir, pero sí a dar lo mejor que puedo cuando escribo. Soy cada vez más crítica y exigente. Y cada vez intento llegar a un rango superior, lo que no quiere decir que lo logre. El intento está. Mi único compromiso es con la buena literatura, el resto no importa. Además, no siento que tenga un compromiso con la sociedad o con la cultura. El único compromiso que tengo es con la buena escritura. Y no sé si voy a seguir escribiendo toda la vida, no sé si soy escritora.

¿No te definís como escritora?

Hoy sí, pero… (piensa) Creo que me resulta un título difícil de cargar en los hombros. Un buen escritor tiene que publicar una novela cada dos o tres años, tiene que hacerse cargo de su condición y mantenerla, “pasarle el plumero todos los días”. Y trabajar duramente en eso. Hay cosas que dan trabajo, como ser jurado en concursos, leer 200 novelas, etcétera. No es fácil. Entonces el día que esto me resulte muy pesado, pues lo dejaré. El día que deje de ser un momento de esparcimiento y que además me da placer, como me da la lectura, pues entonces quizá deje de ser escritora.

“Miserere…”, como concepto, es como una especie de culpa, una responsabilidad no asumida. ¿A qué refiere conceptualmente?

Es un juego de palabras. Que no lo inventé yo, sino que lo saco de un poema de Herrera y Reissig. Pero también lo tomo desde el punto de vista de lo que significa la palabra miserere, que quiere decir algo así como “Señor, me arrepiento”. Tiene que ver con el arrepentimiento. Y lo de los cocodrilos remite a las lágrimas de cocodrilo. “Misere de los cocodrilos” tiene que ver con un falso arrepentimiento. Y refiere a algunas de las características de Úrsula, el personaje principal. Es una novela muy polifónica, hay muchos personajes, pero Úrsula siempre es la principal. Y vive cargando con unas culpas de las cuales se arrepiente, pero no demasiado. Es decir, ha cometido algunos crímenes, tiene algunos vicios ocultos, se arrepiente de todo pero no tanto como para no volver a hacer algunas cosas. Los de miserere viene por ahí.

¿Cómo te acercaste a la novela negra?

Empecé leyendo las novelas de Borges y de Bioy Casares, del Séptimo Círculo. Y descubrí que era una literatura que me gustaba mucho. Luego dejé la lectura durante muchos años. No me interesa especialmente, como lectora, la novela negra. No soy una gran lectora de novela negra hoy. Pero por alguna razón que no sé definir cuando escribí mi primera novela, que fue “La muerte tendrá tus ojos”, salió una novela negra, más bien onda thriller. Y después ya empecé con la saga de Úrsula, en una línea similar, pero la verdad no tengo ninguna respuesta. No tengo la menor idea de por qué escribo novela negra (risas). Incluso  una vez me dijeron “qué bien que escribís novela negra  porque con eso viajas mucho”. Y le contesté, porque es la verdad, que nunca pensé en escribir novela negra para viajar. Es más, no sabía que los escritores de novela negra se reunían, viajaban, etcétera. No me lo propuse, y el día que tenga ganas de escribir otra cosa, lo haré…

No te sentís comprometida con el género…

No, no. Es más, no leo novela negra. Escritores de novela negra que me interesen hay tres o cuatro. Y la novela negra escandinava no me interesa en absoluto (risas).

En “Miserere…” hay momentos en los que hay detalles muy precisos, ¿cómo es el proceso de investigar que llevas adelante?

En mi primera novela me pasó que investigué mucho, y me llevó más tiempo que la escritura (risas). Hice una investigación sobre la disposición de basura altamente contaminante y leí tanto sobre ese tema, que me pasé meses y meses y perdí mucho tiempo que podía haber dedicado a escribir. Entonces después aprendí la lección y me puse como objetivo que debía investigar pero eso no me debía llevar una vida. El proceso de investigación no debía comerse al de escribir. Porque también es verdad que es más cómodo investigar; escribir es más trabajoso. Y pasar de una cosa a la otra a veces da un poco de pereza. Así que esta vez no quise repetir eso y me puse limites en la investigación. Es secundaria en el tipo de literatura que hago yo, que no es ensayo ni novela histórica. Mi texto tiene que ser verosímil pero no real. Sin perjuicio de eso me llaman por ejemplo para decirme que determinado lanzamisiles que mencioné una vez no puede haber disparado 15o metros porque tiene cierta desviación de no sé cuántos centímetros. Pero se trataba de que fuera verosímil.

“Yo quería que el narrador fuera un personaje sin serlo; que estuviera presente en la historia sin estar en la historia”

Has contado que en cierta oportunidad visitaste una cárcel, ¿fue como parte de la preparación del libro?

No, fue hace un tiempo. Yo era directiva de un gremio y nos invitaron a pasar todo un día. Y ahí saqué un montón de apuntes que luego de muchos años encontré de casualidad y se me ocurrió usarlos para este texto.

¿Qué cosas usaste? ¿El lenguaje, por ejemplo?

Si, eso fue a propósito de la visita a la cárcel. Y luego hice una muy pequeña investigación respecto al lenguaje tumbero.

En la novela la voz del narrador va apareciendo y de pronto desaparece, como que entra y sale de escena. ¿Cómo lo trabajaste para lograrlo?

Yo quería que el narrador fuera un personaje sin serlo; que estuviera presente en la historia sin estar en la historia. Quería un narrador que no fuera el mismo narrador en tercera persona de siempre. Lo fui trabajando como una voz con cierta personalidad, casi un personaje más. No sabemos quién es pero hay un narrador que a veces sabe algunas cosas, que a veces no sabe nada, que otras opina. Yo le llamaría un narrador metido (risas). Lo trabajé mucho, fue como una nueva experiencia para mí, y me gusta cómo quedó. Me siento muy tentada de continuarlo. Pero también me pasa que desde el punto de vista literario siempre me gusta que cada obra sea diferente. La primera, “Mujer equivocada”, está narrada en primera persona. Y está focalizada desde el personaje principal que es Úrsula. Ésta tiene un narrador con una voz particular, que opina todo el tiempo y dice cómo es la escena, juzga, afirma que hay cosas que no conoce demasiado, miente, etcétera. Me siento cómoda con este narrador pero a su vez quiero hacer algo diferente. Quizás lo retome en otro momento.

¿En qué momento sentís que una novela está terminada? Jorge Luis Borges decía que los libros no se terminan sino que se abandonan…

Es tal cual, lo vivo así. A tal punto que no me releo jamás. No me puedo releer, no me gusta. No leo mis textos nunca. Porque además tengo el concepto de narración laberinto. Cuando me meto a contar una historia, esa historia es infinita, y todas las elecciones que voy haciendo van dejando atrás otras elecciones. Entonces si me releo pienso porqué no opté por otro camino del laberinto. Escribir es optar y es también desechar. En cada novela que escribí están todas las novelas que no escribí. Que son muchas más y son mejores (risas).

¿Le das a leer a alguien tu texto antes de publicarlo?

Antes lo hacía con amigos que son de fierro para leerme. Pero cada vez me da más pudor lo de estar pidiéndole a una persona que invierta horas de su vida en leerme y corregirme. Cada vez es más restringido ese grupo porque cada vez me da más pudor. Hace poco leí sobre un escritor que agradecía como a 50 personas que le habían leído la novela. Y yo pensaba “¡qué caradura!” (risas) ¡Hay que pedirle a una persona que gaste muchas horas en leerte! Así que por ahora tengo un pequeñísimo público adulto y un pequeñísimo público joven, que se reduce a mis hijos, mi pareja y un par de amigos más, Andrés y Silvia, que me leyeron. Y poco más que eso.

Te llevo a otros terrenos. Has tenido varios reconocimientos y premios, ¿cómo opera en tu caso un premio? ¿Sentís que tenés cierto nombre que debes sostener o defender?

Te lo digo muy brevemente: para mí un premio es gustarles a dos de tres jurados o a tres de cinco. Y si eso lo pones en personas, en cantidad de números porcentuales, le gustaste a muy poca gente. A casi nadie (risas). Y los jurados son lectores, por lo que ganar un premio es que les gustaste a dos personas máximo. Es eso, nada más. No me condiciona para nada.

El vínculo más cercano con el lector a través de las redes sociales, donde tú tenés una presencia muy activa, es una nueva realidad, ¿cómo lo vivís?

A mí me resulta muy divertido ese nuevo escenario. En mi caso el Twitter y el Facebook no es de Mercedes Rosende sino de un personaje. El que no lo entendió así va muerto. Yo lo trabajo porque me resulta divertido y me genera muy buenas repercusiones en el sentido de que los lectores se acercan y me comentan qué sintieron con el libro con relativa confianza. No es lo mismo que encontrarte en la calle. En la calle siempre te van a decir que les gusta mucho lo que hiciste. Pero en las redes en cambio se da una interacción y seguramente saques otro tipo de conclusiones. Me resulta enriquecedor, pero por sobre todo divertido. Pero es cierto que hay un contacto mucho más estrecho con el público, la gente te escribe, te manda mensajes, te comenta lo que van pensando sobre el libro. Te sirve para, como se dice ahora, tener una “devolución”, aunque me molesta un poco esa palabra (risas). Es la impresión de una lectura. Nada más que eso.

¿Cómo es tu vínculo con los colegas? ¿Tenés instancias de intercambios?

El ambiente literario en los últimos 10 años invadió inevitablemente mi vida. Dentro de mis círculos de amigos hay cada vez más escritores. Es un ambiente que disfruto mucho. A veces me preguntan si no es un ambiente muy competitivo y no lo encuentro más que otros ambientes en los que me muevo. Y por otro lado me parece que es un círculo de gente interesante e intelectualmente inquieta de los cuales me nutro mucho.

¿Qué estás leyendo?

Estoy leyendo varios. Terminé de leer “Urquiza”, de Carolina Bello. Precioso libro.  Y “El orden del mundo”, de Ramiro Sanchiz. Y que justamente es un ejemplo de lo que decía de novela laberinto, que explora distintos caminos. También estoy leyendo el ultimo de Daniel Chavarría, que es uno de mis escritores favoritos.

Cuando terminas un libro, ¿te tomás un tiempo para volver a la escritura o estás todo el tiempo escribiendo algo?

Soy muy vaga. Y me gusta mucho pensar y hacer esquemas pero después me cuesta mucho sentarme a armar el texto, armar la narración. Porque además tengo métodos de trabajo poco ortodoxos. No escribo una novela sino capítulos de una novela. Y después los voy ensamblando. Escribo como se filman las películas, por escenas, y después las voy combinando de diferentes maneras que dan distintas novelas. Seguramente por influencia de Cortázar y su “Rayuela”. Y esas escenas van a ir destinadas a una novela y tendrán un hilo conductor. Me gusta escribir de esa manera. No necesito estar un mes completo escribiendo. Este mes por ejemplo, puedo escribir dos o tres escenas, y dentro de dos o tres meses escribo ocho y dentro de un año escribo trece escenas y termino. Todo tiene que ver con eso de las infinitas novelas.

¿Necesitás de un ambiente adecuado para sentirte a escribir?

No, nada. Me concentro prácticamente en cualquier lugar. Y cuando tengo un tiempo disponible, por ejemplo en una oficina pública, si tengo media hora, me pongo a tomar notas o escribir. O si estoy esperando en el dentista o el médico. No tengo la necesidad de una habitación para escribir (risas). Empecé a escribir con tres hijos chicos y en ese sentido me entrené para escribir en cualquier circunstancia.


(*) Mauricio Rodríguez es periodista, docente y técnico en Comunicación Social. Ha colaborado con distintos medios radiales y escritos. Actualmente es periodista cultural del semanario Voces. Tiene publicados varios libros. Dirige el portal cultural Granizo.uy.

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