Cuentísimos: reseña de “Tenerlo por escrito”, de Lucía Lorenzo

Por José Arenas


Teniendo en cuenta la época que atraviesa la escritura, y no me refiero al momento de la literatura, sino la escritura como acto necesario de la especie, escribir microrrelatos o cuentos puede funcionar como un arma de doble filo. Resulta extraño cómo en épocas de ciento cuarenta caracteres haya una serie de best sellers inamovibles y siempre renovada de novelas de largo aliento a nivel de la literatura comercial, y cómo las redes interpretan que el usuario cada vez quiere leer menos.

Se trata de una doble cara del consumo de lectura llena de variables. Entre la calidad, el engrupe informativo, la literatura pasatista, la “no ficción”, el espejismo de las historias felices que propone el mercado para calmar la sangre alborotada de los consumidores que no son lectores sino que buscan en la literatura el remanso de un mundo golpeado por preocupaciones, aparece el consumidor “tipo” que quiere el libro como ansiolítico de su vida en la máquina.

Así es que, por un lado, no tenemos tiempo para leer un libro de setecientas páginas, y sí para ver una serie de una hora, de cuarenta capítulos, o buscamos lo sintético de un “twitt” para tener una noticia fundamental y ya con eso nos conformamos mientras que agotamos las estanterías de los libros largos que prometen la historia de amor o de misterio que nos dará la clave para entender por qué funciona tan mal nuestro matrimonio. Incluso, aquella historia que nos dejará tranquilos de que hay vidas mas grises y miserables que las nuestras.

El cuento y el relato, en esta licuadora, son casi un mundo aparte. Si bien algunas editoriales suelen sostener que el formato “cuento” vende menos que la novela, lo cierto es que el éxito masivo de algunos volúmenes editados recientemente podrían dar por tierra ese mito. Ahí tenemos a “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enríquez, o “Pájaros en la boca”, de Samantha Sschweblin, o “Toda clase de cosas posibles” de Virginia Feinmann que está en el límite de la novela, el cuento, el microrrelato.

El arte del cuento es una disciplina que puede resultar muy compleja. Mucho más quizá, que la novela. En una novela, dos páginas de poca relevancia se salvan frente a otras cuarenta de enorme carga semántica. En un cuento, dos malas páginas son un cuento malo. Aún más complicado se vuelve el ejercicio del cuento corto; se trata de una especie de cirugía rápida sobre un corazón. En diez minutos, máximo, uno tiene que dejarle al lector el ansia en vilo, el cuore toqueteado, la saliva cortada por una razón u otra: un pensamiento que pincha, una sonrisa que se escapa, una lágrima traicionera, un asombro gigante frente a esa magia que hace que unas palabras puedan ser malas noticias en un periódico y lo mejor del mundo en un cuento. El cuento es tiro del final y tiene que dar en medio de la frente del lector, así, con esa violencia, por más tierna que sea. Es el sopapo que reanima el espíritu rivotrilizado de estos tiempos.

Algo similar a una serie de balazos dados de entre unas letras que parecen inocentes y esconden su buena armería aparece en los relatos de “Tenerlo por escrito” (2019), el nuevo libro de Lucía Lorenzo, editado por “Civiles Iletrados” para su colección “Narrativas ocultas”. No se trata ya de un golpe, sino una linda dosis de sopapos, la necesaria que da la literatura fresca y exacta de este libro.

“Tenerlo por escrito” es una serie larga de pequeños relatos que, con una destreza digna de alguien que domina la técnica, como si el teclado fuera el de un piano y la autora su concertista, llegan al punto justo del clímax narrativo para resolverse justo antes de un “final” convencional al estilo de las escrituras clásicas. No hay aquí una forma ortodoxa del cuento, y a la vez sí: personajes, conflicto, hechos. Ahora, lo importante no es una resolución que deje el ánimo del lector llegar a una orilla única del significado, sino que, casi como un capricho poético, cada relato (o la mayoría) propone un tránsito deleitoso por el lenguaje y allí, donde queda lo narrado, es el hasta dónde del espíritu de cada cuento. Digamos que no son trailers de películas, son cortos que no tienen necesidad alguna de ir más allá. Autónomas y suficientes son las dosis cuentísticas del libro.

Lucía Lorenzo pone en jaque el límite entre el microrrelato y el cuento, el límite es laxo y quizá, innecesario. ¿Quién dijo que contar algo requiere una extensión determinada? (en realidad sí lo dicen la cantidad de concursos y requisitos editoriales que rodean a los creadores), aquí esa ley aparece desafiada y los textos son lo que son, sin buscar nunca el regocijo de “lo terminado”.

Más allá de la forma, lo cierto es que el hilo que se irá mostrando a lo largo del teje de los relatos será más o menos visible. En toda la maraña de textos la lengua entra en el terreno de lo poético sin ser crítpica; no hay ningún barroquismo ni una forma sobrecargada del decir. Sin embargo lo poético está en las construcciones o en el gesto. El lenguaje está sutilmente utilizado, tallado con mucho cuidado y las palabras están muy bien elegidas para lograr que cada texto tenga su regocijo estético; sí hay una “preocupación” por el momento estético. Los relatos atraviesan “lo dicho” con belleza. Por momentos los fuegos fatuos de la prosa poética se encienden allá, en medio del campo de cada cuento, alumbrando la lectura. Pero no son ánimas impertinentes.

Los textos que propone el libro de Lucía Lorenzo tienen una matriz de ternura cruel. Es cierto que a lo largo de la serie de breves relatos los tonos de la paleta se van acercando a un lugar o a otro, pero también es real que hay un primer tono que está marcado desde “Días Así”, el primero de los textos, y que se irá prolongando en variables gamas de los cromos narrativos. Siempre, sin embargo habrá una neblina melancólica que se mezcle con lo tristemente irónico, con lo pequeñamente cómico, con lo roto de un cariño en llanta. Siempre habrá una idea de algo que no fue, un más allá que forma parte del andamiaje creativo que sostiene el libro. Ese más allá, será la incomodidad con la que deberá quedarse el lector. Por suerte, ya que abundan los libros demasiado cómodos.

Con “Tenerlo por escrito”, la editorial “Civiles Iletrados” no solamente continúa su valioso trabajo con las letras periféricas del mercado uruguayo, sino que inaugura una más que prometedora colección que ya ansío seguir completando con los volúmenes que le florezcan. El título de este primer libro pareciera augurar el espíritu de una forma casi experimental, o más bien, filosa del ejercicio literario, se trata de tener por escrita la literatura Otra, la manera espinosa de meterse al jardín a cortar flores. El aroma que desprenden, sin embargo, es el de una tinta desafiante y, muy probablemente, sea cada vez más necesaria.


 

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