El clima de la desgracia. Por Sergio Schvarz


Nacido en San Carlos, Maldonado, en el año 1989, con este libro Augusto Coronel Odizzio obtuvo el 2º Premio de Narrativa Antonio Lussich convocado por la Intendencia Departamental de Maldonado en diciembre del año 2017. También participó de una antología de poesía en homenaje a la revista La Ballena de Papel, que se publicó entre los años 1968 y 1972.

“Climas”, una obra narrativa muy particular, tiene dos partes bien diferenciadas y en ella lo central es, justamente, el clima, el ambiente, la puesta en escena, el lugar físico (y síquico) donde ocurren los hechos.

En la primera parte podemos ver cómo la desgracia cae sobre cada uno de los personajes, en un clima mórbido y trágico, narrados por una primera persona que a veces se desdobla. En la segunda parte, las narraciones contienen ideas novedosas, sobre todo dentro del campo de la ciencia ficción. Hay, además, en ambas partes, un entorno delirante cercano al surrealista.

Nombra las cosas de otra manera, en busca de la esencia de las cosas. Nos “pinta” el cuadro donde se desarrollan los hechos, y a partir de allí, desde la emoción que le provoca, todo puede suceder. Para que se configure el hecho extraordinario, Coronel Odizzio compone el lienzo y luego da vida a los personajes, y sobre todo en la primera parte se van “arrojando fragmentos de un discurso raro”. Hay, en el discurso de Mejía (el personaje principal), un inventor. El invento sería él mismo. Y ese discurso, ambiguo, pleno de imágenes sucesivas, parece el relato más o menos inconexo de un sueño. Y un sueño que es, generalmente, violento y lisérgico.

Todos los personajes girarán en torno al boxeo y la violencia estará siempre presente. Mejía, por ejemplo,  había sido un boxeador sin mucha suerte: “sucedía que cuando estaba cerca de destronar al otro, propinándole una lluvia densa de lo que él llamaba con orgullo su “jab de reserva” y liberando de atrás un ocasional pero certero cross de derecha, descuidaba su guardia, dejando el espacio libre para ser duramente conectado en el hígado o en las costillas, entonces, encorvado, daba lugar al sitio ideal para que surcara un gancho sólido que aterrizaba macizo en su quijada; los brazos entregados al envión inevitable colgaban como serpentinas y la lona lo recibía tendido y desorbitado” (pág. 15), y hay algo onettiano en la descripción de una caída, de una derrota. De carácter atrevido e insistente, “no le iba nada mal con las mujeres”. Hay, es cierto, un estereotipo del boxeador que cae, inevitablemente, en el alcoholismo y la vida fácil. Es inevitable recordar un cuento de Hemingway (“El batallador”), sobre todo por caída y la derrota de un boxeador.

La cara de la desgracia (tomando prestada la expresión de Onetti, cuyo desánimo existencial prevalece en toda la obra) se manifiesta en todos los personajes, donde no está exenta la muerte, el homicidio, la violación. Asimismo la enfermedad, transmitida por herencia, tiene forma de castigo. La culpa los rodea y los moldea. Así, por ejemplo, dirá: “El niño, además, de padecer la culpa, sufría porque no podía evitar ser para su padre una molestia, debido a la atención que demandaba por su frágil salud que comenzaba a imitar a la de madre” (pág.  26). Nadie saldrá vivo de aquí (Morrison dixit).

Lo fantástico y la crueldad

En la segunda parte, los relatos se transforman en fantásticos y crueles, terroríficos. El carácter fantástico, ese extrañamiento del que hablaba Cortázar (“Yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante”, como dijo en una conferencia dictada en la Universidad Católica Andrés Bello de Venezuela en 1982 a propósito de El sentimiento de lo fantástico), es lo que sucede aquí. Los hechos no se pueden explicar, y en la medida que no se explican es entonces que son hechos fantásticos. A ello se le suma una crueldad, muchas veces innecesaria, con golpes y ultrajes varios.

Allí aparecerá la cantante húngara que al cantar con melodías cargadas de melancolía chata y gris, desgrana “lóbregos y abandonados paisajes de su Hungría natal, vidriosos recuerdos de amores imposibles, despechos y dramáticas peleas; y exhalaciones casi tangibles que resumían su carácter torturado y solitario”; unos enanos asesinos que se proyectan en la mente de un recepcionista de hotel, debido a cierta neblina que, tarde o temprano, podría invadir nuestra atmósfera y causar efectos irreversibles en el clima y en el ser humano; un tsunami cósmico que arrasa con todo el planeta hasta que se enfrenta a otro fenómeno de idéntica característica (pero de signo contrario); y la historia del Hombre-cámara (Sergei Pevklin, el androide cinéfilo) y el Ojo-cámara que le registra todos sus recuerdos.

Las mujeres en Coronel Odizzio

Capítulo aparte es la forma en que el autor describe y hace figurar a las figuras femeninas. Todas, jóvenes o no tanto, mueven el culo de un lado a otro, bamboleándolo, como una incitación de claro contenido sexual. Además, desde la primera, la abuela, con su enfermedad, parecería que todas las demás estuvieran ya predestinadas para ser desgraciadas. No tienen pensamientos y son siempre una especie de adorno. Incluso la cantante húngara, poseedora de un don especial, pierde su esencia. Las muchachas se embarazan a la primera de cambio y luego de eso dejan de tener importancia, son más un vehículo para la expansión (y la represión) del hombre que algo similar al amor. Los que deciden son, siempre, hombres, lo cual trasunta una misoginia general. Nada, nunca, puede salvarlos. Aunque, en realidad, tampoco ellos tienen salvación, ni el mundo o el universo. El sexo es pura animalidad, como si una nueva persona sólo necesitara una ocasión casual, un pequeño evento que escape a la rutina, un como soplo de dios, para ser concebida. Por supuesto que en estos nuevos tiempos que corren, esta obra podría ser definida como “políticamente incorrecta” en ese sentido.

Otro aspecto, que se mantiene a lo largo de la obra, es la permanencia del bar como la locación principal. El clima del bar, que varía según las temporadas y los parroquianos, con distintos nombres y que aluden a diferentes establecimientos, siempre terminan siendo el mismo. Es allí, entre la conjunción de hombres fracasados, que a menudo se consuelan con el alcohol (y expresan su violencia y sus delirios tremendos por su firme y furibunda dependencia) donde se conjugan estos relatos, desprovistos de cualquier rasgo de humanidad.

(Climas, de Augusto Coronel Oddizio, ed. Civiles Iletrados, Marzo 2018, Montevideo, 122 páginas)


 

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