El engaño y la evasiva. Por Sergio Schvarz


La escritora montevideana Cecilia Ríos (1959), quien integrara el equipo de redacción de la revista Cuadernos de Granaldea entre 1980-1982, tiene varias publicaciones en su haber, entre ellas tres novelas, su participación en antologías de cuentos y en revistas literarias o barriales, además de dramaturgia y poesía.

Con este volumen de cuentos, sin querer detenernos a analizar uno por uno, tomaremos, del título del primer cuento, Detrás de los cerros, este concepto para ubicar, justamente, todo lo que está detrás, oculto a nuestra primera mirada. Y sólo puede ser algo inmenso considerando el tamaño relativo de un cerro; algo inmenso, descomunal y antiguo, como un dinosaurio, sigiloso a pesar de todo. O como el engaño. Y el sigilo, es una prudencia descubierta por azar, compuesta por susurros, pequeñas muestras —pero inconfundibles: un arañón a la altura del cuello, una demora imprevista, una reunión entre amigos inexistentes—, pero que además continúa del mismo modo, sigiloso, para no alterar todo el esquema.

Pero además, Cecilia Ríos no se queda sólo en lo que podría ser el lloriqueo lánguido de la injusticia matrimonial, sino que recurre a la venganza. Cree que por el camino de la venganza llegará a la justicia. Si adulteras, yo adultero también. Si me matas con tu amor por otra, aunque sea fugaz y efímero, yo te suprimo ese amor. Claro, su venganza podrá ser terminante, mortal. Desde ese personaje principal que encarna siempre en una mujer, hará todo lo posible para salvar el centro de su orgullo, el centro de su equilibrio.

Todo empieza con ese primer cuento —que establece el parámetro mortal de la pulsión oculta, o semi oculta—, con la necesidad, reprimida, pero insistente, de matar a alguien. “¿Es que acaso no deseó alguna vez, muchas veces, dar la muerte a alguien? ¿No se imaginó la quietud del cuerpo del otro cuando la vida le faltara, y ella pudiera observar?”. He aquí los dos motivos: el deseo (oculto pero siempre presto a ser llenado, aunque infructuosamente), es decir un deseo fracasado, y la fría observación de la muerte, como alguien que estuviera desde afuera de la situación, pretendiendo que la muerte no la toque, que no la impacte, que no la cambie.

En todos los cuentos de este volumen (salvo el primero, que sin embargo da, como un leit-motiv, el tono del resto), la mujer que cuenta es engañada, de distintas formas, por su pareja o compañía. El engaño no es solo sexual, de tipo adúltero. Es también de otro orden, se funda en la confianza y en la desconfianza, en todo lo que hubo antes y después, y que se lleva puesto en el momento justo, en el minuto preciso del quiebre. Algo, quizá, después de todo, ha hecho mal. O algo ha debido hacer hace tiempo y todavía no lo hizo. Ha tratado de decirse que no es posible, ha intentado dar evasivas, pero hay algo incómodo en alguna parte, que no cede.

Todo pasa adentro, en escenarios cerrados, habitaciones, ventanas, un hotel de paso; cavilaciones, dudas, y empecinamientos. El bar de enfrente, con sus pocos parroquianos fieles que morirán algún día, donde no pasa nada, donde “Hay siempre un parroquiano acodado en la ventana. A veces es simplemente el mozo mirando la calle desierta” (Hollywood for ever), nos muestra su versión principal sobre el tiempo, sobre el manejo del tiempo, puesto que se nos lo presenta con claridad en este cuento. Por un lado hay un tiempo lineal en el que suceden las cosas, sin embargo la frase (“Hay siempre un parroquiano acodado en la ventana. A veces es simplemente el mozo mirando la calle desierta”) marca el intervalo temporal y lo que sucede da lo mismo que haya sucedido antes o después —y  justamente con ese mozo u otro en su mismo papel, de víctima inocente—, que es una manera de decir que el engaño puede suceder siempre, permanentemente. Que lo que un día fue, ya no será. O decir, también, que lo que importa es la esencia, el núcleo del engaño, su descubrimiento puntual; luego, las tentativas de derrotarlo (y recuperar el amor) y al no poderlo hacer dar paso a la venganza final.

Y cuando nos habla del tiempo es el intervalo, porque esa frase que hemos destacado puesta al inicio de la historia, se desarrolla como una ola y cae sobre el final, cerrando el círculo. Todo lo que queda dentro de esos dos parámetros, el inicio de la relación, que muchas veces desconocemos, y el final, es la vida. Con sus altos y bajos. Materia de la narración.

Lo que está oculto, el detalle revelador del desengaño, es mínimo muchas veces, pero configura otra realidad de las cosas que ya estaban ahí, aunque no se vieran. Es algo incómodo, por supuesto, como una alteración de la línea media del día, de las rutinas establecidas, como una pérdida del yo y que para recuperarlo deberá hacer lo que tenga que hacer, hasta las últimas consecuencias.

Si decimos que acá habla una mujer, y una mujer tras otra, que sospecharemos similar, como si fuera la misma mujer en sus distintos estados de ánimo, no faltará la mujer irreverente, como en Ascensores, en que la protagonista pertenece a la tribu “de los que sólo obtienen placer en los ascensores”, y que, además, no le importa lo que dirán y no le importa otra cosa aparte de bajar y subir cremalleras. Ahí hay una narración, efectiva como son todos los cuentos de Cecilia Ríos, efectiva y efectista, impactante. Quedaremos absortos en los cuadros en movimiento a la que nos traslada con su escritura desengañada. Y, por supuesto, nos motivará a leer otras cosas de su autoría.

(Sigiloso dinosaurio, de Cecilia Ríos, editorial Civiles Iletrados, 2011, Maldonado, 67 páginas)


 

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