El escritor uruguayo Joaquín DHoldan presenta en Sevilla su nuevo libro, “Cruzar el Cerro”

El escritor uruguayo Joaquín DHoldan reside en Sevilla desde hace más de 15 años. Es colaborador de varios medios, entre ellos Granizo.uy. El libro se presenta el día 5 de mayo en la Feria del libro de Sevilla y lo edita Arma Poética. En agosto llega a Uruguay.


Joaquín DHoldan  (Villa del Cerro de Montevideo, 1969) es escritor y dramaturgo. Está radicado en Sevilla desde principios de este siglo. Trabaja como odontólogo, articulista en varios medios – entre ellos, Granizo.uy –  y es conductor de los programas radiales  “Diálogos Comanches” y “Ya queda menos”. Transita por varios géneros (“Cuentos orientales”, “Héroes rotos”, “Estuario”, “Cómo desactivar un hombre bomba”, “El robot y la piel”, “El mago detective”, “Ovni”), en especial por el teatro (“Ella, Kafka”, “Bukoski sin ella”, “El Greco pinta al inquisidor”, “Castigo del cielo”), teniendo cierta predilección por los temas que involucran a otros escritores, a la música  o al fútbol. Toca el ukelele con lentitud.

Silvia Prida (profesora de litaratura jubilada) dice en el prólogo de “Cruzar el Cerro”:

Conocí a Joaquín DHoldan cuando era casi un niño, tendría unos 14 años y cursaba 3er año de Secundaria. Yo fui su primera profesora de Literatura, en el Liceo Nº 11 del Cerro, barrio suburbano y pobre de la ciudad de Montevideo, en el que ambos vivíamos. Hablo del mismo Cerro que da título a la trilogía narrativa que ahora publica y recibe su nombre por estar ubicado en la ladera de un cerro, accidente geográfico único y solo frente a la bahía de la capital del Uruguay, la zona más al Sur del país; hacia el Noreste el barrio está separado  del resto de la ciudad por un arroyo pantanoso.

Ninguno de nosotros dos sabía entonces que  la escritura y el Cerro o el Cerro y la escritura, nos acercarían muchas veces a lo largo de nuestras vidas, aunque ya no viviéramos allí. Joaquín dice que en mis clases descubrió que las palabras podían tener no solo el valor referencial  que siempre tienen, sino muchos otros sugeridos y a veces ocultos, para ser descifrados como en un acertijo.

Algún tiempo  después integré  el  jurado de un concurso de cuentos que debían ser presentados  bajo  seudónimo. En la entrega de premios se abrieron los sobres que develaban  el nombre de los autores premiados y uno de ellos resultó ser Joaquín DHoldan, aún un adolescente.  Él dice que entonces le aconsejé: “Nunca dejes de escribir” y desde entonces lo cumplió a rajatablas. Treinta años más tarde – casi una vida – cuando me encontraba  junto a mi hija Natalia que es actriz teatral, tomando un café antes de entrar al teatro, un desconocido alto y delgado se paró delante de nosotras y dijo: “profesora”. Lo miré y no dudé un segundo, lo reconocí por sus ojos. Aunque el hombre que tenía ante mí era totalmente distinto al niño que yo había conocido, conservaba la misma mirada diáfana y como asombrada del mundo que tenía a los 14 años. Quizás esa mirada sensible es la que hace que escriba sin descanso y tenga siempre algo importante y original para decir.

Desde entonces retomamos nuestro diálogo literario interrumpido, aunque él vive en Sevilla y yo en Montevideo. Pronto me hizo llegar dos excelentes libros suyos: “Cómo desactivar un hombre bomba”, que cuenta la lucha del pueblo saharaui por recuperar las tierras de las que fue despojado por los marroquíes  desde hace décadas, y sus “Cuentos orientales” – varios de ellos pequeñas obras maestras – ambientados en nuestra patria, la República Oriental del Uruguay .

Acabo de leer su trilogía “Cruzar el Cerro”, de la que él dice que es algo así como un ejercicio de nostalgia y ahora comprendo que nuestras experiencias de infancia y juventud son nuestro anclaje en el mundo y necesitamos volver a ellas para afirmar nuestra identidad, saber quiénes somos y dónde están nuestras raíces.

Para decir algo específico sobre cada una de las tres novelas consigno que en la primera, “Cruzar la muralla”, Joaquín construye un friso de personajes que es un espejo de la terrible realidad que viven los millones de inmigrantes ilegales que hoy llegan a Europa huyendo de la guerra y el hambre de sus lugares de origen, cruzan el Mar Mediterráneo sin saber siquiera si llegarán a alguna parte y  muchos mueren en el intento. Los más afortunados llegan para ser marginados, encarcelados o enviados de vuelta a sus países. El narrador de estas historias habla con conocimiento de causa porque él también es un inmigrante aunque de la América del Sur, un “sudaca”, con mejor formación que la mayoría y por eso con más posibilidades de ser aceptado, pero convive con ellos, comparte su dolor y trata de ayudarlos. Eso mismo hace  Joaquín DHoldan el hombre, odontólogo de profesión, que participa de programas de ayuda humanitaria en su vida real en distintos países africanos.

La segunda novela, “El murguista muerto”, ubica la acción en el Carnaval uruguayo, el más largo del mundo,  que es una fiesta popular única en estas tierras desde siempre, pero los hechos  se desarrollan en el período más negro de la historia de Uruguay, el de la dictadura militar de 1973 a 1985. Muestra  personajes arquetípicos que se mueven en un trasfondo de sucios intereses económicos, mafias de la droga y militares asesinos, en un país que fue durante mucho tiempo ejemplo de democracia y ausencia de corrupción en toda América Latina.

Por último, “El cementerio del Cerro” presenta las vicisitudes de tres ancianos encerrados en un cementerio en la noche, en medio de visiones ambiguas que, como en los cuentos de Felisberto Hernández, pueden tomarse como hechos sobrenaturales o como alucinaciones de mentes debilitadas por los años y el miedo a la muerte que ronda en ese lugar. Su situación puede interpretarse también como una metáfora de la soledad, la incomunicación y el desamparo de los seres humanos en la intemperie del mundo.

Mirándolas en su conjunto, estas tres narraciones son historias de encuentros y desencuentros, de idas y venidas, de cruces de gentes de diversos orígenes que no pueden hallar su lugar en el mundo, que viven en la periferia, ya sea de América o de Europa, hacia donde los grandes poderes políticos y económicos – las fuerzas de centro – las empujan sin piedad;  son gentes que conviven y se unen para vencer el  miedo y el desamparo en una sociedad cada vez más alienada y hostil.

La totalidad de la obra de Joaquín DHoldan habla en última instancia de un mismo tema: del  desarraigo y la exclusión del hombre en el mundo, en el que vive como un extranjero;  en los personajes que crea  busca dar voz a los sin voz, tanto en su narrativa  transparente y a momentos poética, como en su obra dramática. Lo comprobamos en la pieza “Castigo del cielo” estrenada en Montevideo con enorme éxito en 2016, en la que aborda el tema de otros excluidos y no escuchados de la sociedad: las personas con discapacidad. Porque Joaquín construye toda su escritura a partir de esa mirada suya atenta y asombrada, que denuncia toda situación en que el hombre se convierte en lobo del hombre.

Como dice el autor en su prólogo a la trilogía, estas novelas “Juntas adquieren una dimensión nueva…” porque  dos se desarrollan en el Cerro como la mayor parte de sus historias, zona  separada hasta por su geografía del centro de la ciudad y la otra fuera de las murallas de Sevilla, zona donde habitan los inmigrantes que aspiran a cruzarla para salvarse.

 Un escritor siempre escribe desde su lugar y el lugar puede ser muchas veces un no – lugar, como el de muchos de los personajes de “Cruzar la muralla”; o uno tan real y delimitado como el Cerro de Montevideo, al Sur del Sur de un pequeño  país, en la costa del río más ancho del mundo;  o finalmente, un lugar inventado y necesario,  creado en el acto de escribir, en donde  las existencias  de los seres vulnerables y sin voz se legitiman y cobran al fin su sentido .

Silvia Prida, Montevideo, 18 de abril de 2018.


 

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