El instante en movimiento. Sobre “Noche con posibilidades”, de Laura Wittner

Por Sergio Schvarz


La poeta Laura Wittner, autora de esta recopilación poética, nació en Buenos Aires (1967), ha publicado seis libros de poesía y otros cuatro libros de literatura infantil. Es licenciada en letras y traductora del inglés al castellano. Este volumen en particular recoge poemas de sus otros libros (El pasillo del tren de 1996, Los cosacos de 1998, Las últimas mudanzas de 2001, La tomadora de café de 2005, y Lluvias que es del año 2009) salvo “Balbuceos en una misma dirección”, su último poemario publicado en 2011. Es exponente de lo que se conoce como la “poesía de los 90’s” que siempre se movía en espacios subterráneos, formando parte del grupo “18 whiskys” (junto a Fabián Casas, Daniel Durand, José Villa, Rodolfo Edwards, Darío Rojo, Mario Varela, Teresa Arijón, Alejandro Ricagno, Juan Desiderio, Gerardo Foia y Andi Nachón, entre otros).

En una entrevista (del 2017) la autora dice que si bien primero empezó escribiendo cuento, encontró que la poesía “es un filtro que sirve para reordenar el mundo”, aunque ella lo hace a impulsos de la inspiración: “muchos (poemas) me salen enteros pero después los corrijo un montón”. Es raro que sean demasiado elaborados, “escribo muy claramente desde lo que viene antes del poema. Nunca lo busco, nunca pienso “voy a escribir sobre esto”, es como una cosa que me sobreviene”, dice la autora en otra entrevista del 2018.

En “Noche con posibilidades” encontramos que los poemas que corresponden a los últimos dos libros citados (La tomadora de café, y Lluvias), son los más logrados, por cuanto los primeros tienen (a nuestro juicio) ciertos altibajos.

Es así que al principio las posibilidades que hay en marcha son las del amor, las de la vida y lo que refiere a estaciones, llegadas, partidas, aeropuertos. Las referencias que se citan son de Dylan Thomas (es un excelente poeta galés del que se dice que “el caos y el exceso fueron su camino a la genialidad”, y de allí viene el nombre de 18 wiskys, ya que poco antes de morir Dylan Thomas afirmó que había tomado 18 vasos de whisky) y de Delmore Schwartz, cuya poesía es más filosófica y meditativa.

Hay, entonces, postales de la ciudad, antes de la nieve (por ejemplo) o después del accidente fatal; los desconocidos que son los otros y sin embargo tan parecidos a nosotros, o a nuestros acostumbramientos diarios (todos terminamos haciendo más o menos las mismas cosas), acostumbramientos como de comer “parpadeo de sus teles”, el mismo programa, es decir lo que tiene de masificación de los sentimientos y la anulación de la individualidad: “Todas las ideas que se me ocurren/ no sólo se le ocurrieron a alguien antes:/ también fueron llevadas al cine” (Pantalla), donde la poeta, además, muestra un orden aleatorio donde las imágenes, diversas, nos son bombardeadas a nuestros sentidos incesantemente.

“Como en la infancia,/ fuimos felices por error”, dice, como si la felicidad fuera un error (involuntario). “Literales, charlamos de esto y de lo otro/ y cada uno vigila una salida/ por donde la dicha pudo haber huido./ Si lloviera dentro de esta habitación/ el agua no haría más que lavar/ unas piedras tibias” (pág. 41). La vista del otro se da en los cruces de las calles, a “punto de chocar cuando un sacudón de látigo/ volvía a distanciarnos”, y donde “llegamos a decirnos alguna cosa”. Alude a esos encuentros tan fugaces de los cuales podemos dudar de que realmente existieron.

En todo momento la poeta, al ser también, de algún modo, el objeto de esa poesía, es decir que la poesía refiere en último término a la poeta misma, se nos muestra como extrañada de que las cosas, hasta las más pequeñas y supuestamente intrascendentes, puedan ser mucho más importantes de lo que parece. Ese extrañamiento nos hace creer que la poeta está abstraída de todo, en su propio mundo (que ya veremos que es un mundo desde lo doméstico, bajo la seguridad de un hogar) y que las cosas más nimias logran sorprenderla, motivarla e incluso logran conmoverla.

Así en Noche con posibilidades, al que refiere el título de esta recopilación poética, se abordan las cosas para las que aún habrá tiempo, cosas que suceden mientras ocurren otras, “sin que ningún eslabón defina nada”. Y en “Siempre más o menos el mismo material”, pasa revista al pasado, a amores que dejaron un recuerdo, por más leve que sea. Y todo esto sucede en el minuto que partirá el tren “y nunca más se verán”.

Los poemas, en general, parecen cartas escritas a alguien (¿nosotros?), que sabemos o que queremos saber de lo que allí, en los poemas, se habla. Como si fuera un paseo, entregado a la enumeración poética de lo que la rodea.

Algunas palabras que refieren, de otra manera, a lo suave y lo duro de las cosas, de la vida, se presentan: astringentes, calcáreo, caléndula, apósitos…

El horizonte es peligroso

La casa, entonces, es el terreno en donde se asienta su poesía. Es desde allí que se ve el afuera, lo que muestra, generosa, la ventana. Por momentos parece una madre que mientras está en la casa, pendiente del niño, tiene visiones y pensamientos aislados de las demás cosas que suceden y que conforman, todas juntas, una unidad. Pero también esa casa puede referir al yo mismo, lo que anida en mí, lo cotidiano visto desde el movimiento interior (de una vivienda o del pensamiento propio), y en esa “casa” hay otro tipo de preocupaciones, tal vez inútiles, pero que llenan de algo consistente nuestros días.

3.

Si digo la verdad: en casa me despojo
del buen viejo cinismo, que queda
a un lado, vacuo y dobladito como un traje
de lanilla
en desuso.

Y lo que está afuera, a pesar de lo común, parece extraño: “En el banco de plaza tres viejas/ se hacen sombra”. Ese afuera, como horizonte, parece peligroso, más si tomamos en cuenta la seguridad del hogar.

Todo refiere a ella, a su sentimiento y al sentimiento que le provocan esos pensamientos.

18.
“Se me dirá: doméstico es cualquiera.
Yo no lo niego, pero no puedo
dejar de advertir algunas cosas.
Grito entonces…”
(pág. 53)

Y lo que se advierte, precisamente, es la sustancia del poema. Las cosas, además de su función implícita, tienen forma: “Recién ahora me doy cuenta/ de que este sonajero es un pingüino!”.

Hay, pues, elementos domésticos (de la domesticidad, domesticados), apelación al instinto e incluso el señalamiento del sonido de las cosas (el chisporroteo —de la coca, del hervor del agua del café—). El sonido, al ser escuchado, nos indica qué y cómo es producido: por el viento el rumor (el roncar) del mar, o el viento que “arrastra cosas ligeras/ contra superficies duras”, como reposeras aún plegadas, es decir que tienen mayor “capacidad” para resistir a que un golpe de viento las haga volar, pero igualmente estas reposeras “caen de panza”. Todo esto es el verano y el ruido correspondiente, que se identifica con la estación. (Adviértase el contraste entre lo ligero de las cosas arrastradas y el choque inevitable contra superficies duras, unas prestas a andar al menor soplo de Eolo y otras inamovibles, estáticas, fijadas como para durar por toda la eternidad.)

La extrañeza siempre es fácil seductora

La poeta engarza cosas (motivos) bajo una aprehensión total del mundo que pasa por las sensaciones, incluso a las sensaciones internas que motivan sus movimientos diarios. “Este silencio me deleita./ Esta penumbra es el centro, el corazón.// Un chupeteo, un sólido tic tac/ y una frenada sobre pavimento seco”. Lo de adentro y lo de afuera como parte de una sola realidad. En “Cambios de luz” se expresa el movimiento y su efecto en nuestros pensamientos (los objetos, y su cambio de estado, así como el cambio de la naturaleza misma, trastornan nuestras ideas, las confunden y finalmente las cambian. Aunque a veces puede confirmar nuestros temores o nuestras futuras esperanzas).

Cambios de luz

Las nubes deciden lo que nos hace esta penumbra, parece
que toda una familia de nubes migra
en una sola noche y por eso se apuran
una tras otra en esa línea de vapor mutante
que por fortuna atraviesa la luna
y es el apuro lo que las hace ir cayéndose, desprenderse
de cualquier forma en un instante, metiéndonos ideas
en la cabeza a vos y a mí que musitamos la palabra
de lo que vemos y en la segunda sílaba callamos
porque no es eso, está siendo otra cosa y así
no hay diccionario que resista.

El momento del café (que nos remite a las poesías que forman parte del libro La tomadora de café, del 2005) es una pausa del ajetreo y es cuando la mente se libera en todo tipo de pensamientos, recuerdos e ideas repentinas, e incluso obsesiones o hilachas que vienen del sueño. Por ejemplo, estos dos poemas:

3.

Humedad: que en la tormenta píen pájaros
tener el pelo hecho una espuma y adornarlo
o apaciguarlo con una cinta verde
goznes que crujen sobre los mosquiteros
tazas abandonadas que sin embargo
gustamos de incluir en construcciones de ocasión
reconfortantes escenografías
pensadas así nomás, al sobrevuelo.

5.
A dos metros: mujer con bolsa de tela
de la que sobresale una planta de aloe
mediana, sana (sana, mediana).
Enfrente: chica tocando las telas que mira
mientras se pasea entre pasillos
flanqueados por largos tubos de cartón
envueltos en lunares, lonas, zarazas, lanas a rayas.
Y arriba, en un balcón puesto a la venta:
señora que fuma sentada, vuelta al tráfico entrante,
observando el esforzado serpenteo de la avenida.
Tres maneras de enfocar a una muchacha.

El objeto es también el sujeto, o coincide con él, y todo lo que está en derredor (como si fuera una vista panorámica) forman el todo, el todo total si es que puede decirse así. O sea que no se pierde la imagen, una cualquiera tomada al azar, si se eliminan las otras dos, porque el todo es complementario o se complementa.

7.
Se despertó el mundo. Se despertó la percepción.
Hicieron facturas en la panadería
antes del amanecer, y al kinoto le salieron cosas blancas.
Todo emana un perfume repleto y activo:
no se le puede dar más tratamiento
(un tratamiento mejor) que percibirlo
.

La marcha del mundo es, hay que decirlo, independiente de uno mismo. Aunque está bueno poder percibirlo.

Desfragmentación y unidad

Las vacaciones son, en esta hipótesis (poética) como un gato raro, que entra “raspándose contra el piso/ de golpe como si viniera de un empujón”. Y también, como dice en el poema “Otra ciudad”, hay una predilección “por lo pequeño, lo breve, el fragmento”. Esto último, con total claridad, forma parte de algo más que está implícito en el sentimiento. En dicho poema, lo que hay es una despedida, dicha así: “el pozo negro de las valijas hechas desde siempre/ reverso del desembarco”.

Porque a partir de un recuerdo de infancia, se “cuelan” otros recuerdos primos o hermanos, y terminan en una teoría sobre los colores o la imagen referida, como un matiz a destacar: “en una foto color de mi hermana menor y su hijo mayor/ gateando sobre la colcha de flores”, donde primero se advierte esa oposición entre menor y mayor, una oposición de grado, y luego hay una ambigüedad en torno a esa colcha, cosa que no queda claro si es, efectivamente, hecha de flores, o más bien que el punto en que fue hecha la colcha dibuja flores. Pero que, pensamos, es lo mismo en la práctica (poética).

O este elemento, que viene a ser del de todos quienes tienen una mascota (y la quieren):

Pobres los perros,
repetíamos,
pobres
los perros.
Que se nos mueren antes,
se van en episodios
que ni ellos entienden.

Para el caso son perros por su condición doméstica de mirarnos a los ojos, “queriendo darnos consuelo para esas cosas/ de humanos”, y también, claro, “pidiendo consuelo y agua/ para sus cosas/ de perros”.

Luego vendrá la lluvia, como algo proveniente del exterior que sirve para lavar culpas o alejar a indeseables visitantes. “Sólo queda esperar, disimulando/ como si la certidumbre de la lluvia/ no se volcara sobre nuestros actos/ renovando del todo su carácter”. Esa lluvia, además, puede ser refugio al impedir, momentáneamente, que alguien se presente y trastoque el orden natural de las cosas. Y luego la tormenta es un sueño que se lanza hacia adelante, y todas las cosas quedan detrás. Y habilita, ¡al fin!, a salir al mundo y sentirse parte de él.

Marzo
Salvo por el alfileteo
de las gotas sobre la tela del paraguas
es completo el silencio.
Nadie sale de
ni entra en estas casas,
nadie hace uso
de su derecho a andar en auto.
Avanzo en el hechizo
con la mirada prudentemente baja
y el gasto neutro
que corresponde
a tan rara ocasión:
haber sido tocada
por la varita de la realidad.

 

(Noche con posibilidades, de Laura Wittner, editorial Civiles Iletrados, 2011, Maldonado, 90 páginas)


 

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