El norte mágico. “El zambullidor”, de Luis Do Santos


Por Sergio Schvarz

“…quedé así un largo rato paralizado por el miedo
de andar otra vez a la deriva en aguas viejas”.

Una de las mejores novelas que leí este año, fue El zambullidor, en un esfuerzo editorial de publicar autores uruguayos no muy conocidos y con una muy buena calidad técnica.

Desde una punta del Uruguay, recostado al río Uruguay, cercano a la frontera con Brasil, por el norte, y con Argentina, por el noroeste, en un territorio sembrado de monte y agua, desfilaron una serie de personajes que crecieron en un ambiente hostil, agreste, de naturaleza exuberante: el marco perfecto para una novela donde el realismo mágico, como el de García Márquez (él mismo ha confesado su predilección por este autor), hace eclosión explosiva.

Sobre el autor de dicha novela Luis Do Santos, tuve el gusto de conocerlo en el marco del VII Encuentro de Poesía “Naranja en llamas” que se realizó en Salto los días 31 de agosto y 1° de setiembre de este año. Participó del mismo con una lectura de un fragmento del libro que hoy vamos a reseñar, y leyó algunos poemas que tuvieron muy buena acogida entre el público. Guardo en mi memoria la buena impresión que me produjo la lectura poética, en especial, que giró en torno al río y al recuerdo de su padre, que aquí también se ve reflejado. Este autor forma parte, junto a Gustavo Espinosa, Fabián Severo, Martín Bentancor, Damián González Bertolino, Juan Estévez y Valentín Trujillo, entre otros, de la nueva narrativa proveniente del interior del país, donde tanto el territorio como la condición social de los personajes configura otro tipo de literatura, alejada de la temática común a las grandes ciudades. La sencillez natural y cierta rudeza de las relaciones humanas nos muestran un costado humano más elemental, si se quiere, pero más realista y sincero.

Esta excelente novela del escritor artiguense, nacido en Calpica Itacumbú, pequeño poblado a orillas del río Uruguay pero que actualmente vive en la ciudad de Salto (actualmente aquella ciudad se llama Mones Quintela, en homenaje al ingeniero agrónomo que en la década de 1940 introdujo el cultivo de la caña de azúcar en la zona de Bella Unión), contada desde el recuerdo en primera persona, está separada en ocho capítulos breves, donde cada uno de ellos narra un tramo de la vida de un niño “problemático” (como diríamos ahora), sumamente travieso, vengativo y lleno de maldad.

Primeros personajes

Ese niño, que es nombrado como “Casteiano” en determinado momento, es el personaje principal, y es con sus ojos, zambulléndose en el recuerdo anecdótico, que vemos toda la realidad que los rodea: el monte, con su flora y su fauna y, especialmente, el río. En ese entorno se desenvuelven sus habitantes, cercanos a una doble frontera, brasileña y argentina, que “contamina” la realidad del lugar y los sentimientos de los habitantes.

Su padre tiene un don extraño: “muchas veces intenté preguntarle sobre su don increíble de encontrar ahogados, pero un muro se levantaba entre nosotros, dejándolo impenetrable y lejano”. Esto es así por la capacidad pulmonar que le hace mantenerse más de cinco minutos debajo del agua e ir a profundidades que pocos pueden tolerar (de allí viene lo de zambullidor). Esta habilidad lo transforma en un héroe para el niño. Cada vez que se va a zambullir, arroja primero un blanco jazmín, como si con eso ofrendara un símbolo de inmaculada pureza que sea capaz de protegerlo de cualquier percance.

La madre, hacendosa y silenciosa, “era alta y flaca, la nariz dibujada perfecta entre los pómulos, el pelo siempre atado y los ojos limpios, delatores de una rara belleza que no había sido opacada por la erosión del sacrificio diario ni la soledad. Esa fragilidad de la dureza, ese encanto del silencio pocas veces roto, la hacía especial” (pág. 11), además: “las manos de mi madre son duras. Tienen los callos de la vida, la rabia atascada en las uñas y la rudeza de las ortigas”.

Es así que vemos, entonces, en esa familia (con un hermano menor y dos hermanas más) que el medio agreste que los rodea, de monte y río, que los aísla y los contiene, forma su personalidad. Por eso no nos extrañará la hosquedad casi sin palabras del padre o el castigo a rebencazos que infligirá a nuestro personaje cuando las cosas se salgan de cauce, o el continuo trajinar silencioso de la madre y la falta casi total de ternura y, por supuesto, la maldad innata del niño, capaz de hacer travesuras que van desde la feliz inocencia hasta la maldad total, diabluras que van subiendo de tono hasta volverse terribles y peligrosas. “Desde que tengo memoria, la pasión sin aduanas ha sido mi perdición” (pág. 79), dirá ese niño, como una forma de explicación de su conducta, y su único resguardo es la altura de un enorme paraíso, donde podrá pasar desapercibido y oculto entre el espeso follaje.

Algunos personajes secundarios

Para reforzar esta impresión de soledad más o menos autocomplaciente de los personajes, Do Santos nos agrega en su novela una serie de segundos protagonistas realmente fantásticos. En primer lugar, Pedro Martinidad, un clásico antihéroe, que vive, solitario, en el monte, deudor de dos o tres muertes, que había sido contrabandista de barriles de caña, experto cazador y bebedor contumaz de caña blanca. Después que nuestro personaje principal lo conoce, dirá: “empecé a ir casi todos los días al campamento, por lo que al cabo de unos meses me había convertido en experto tirador de redes, encarnando espineles, tarrafeando carnada (la tarrafa es una red de forma cónica, con plomadas en sus bordes, que se lanza a mano, al voleo, conocida como atarraya), con una innata habilidad para encontrar los pozos donde se escondían las mejores presas… Dominé en poco tiempo las especies de árboles, los yuyos curadores de cualquier flaqueza, los pájaros de la soledad, las víboras, los lagartos, las trampas de nutrias, y hasta una oración infalible para sacar a un tatú de monte atrincherado en la cueva… Me hice fuerte en los remos, dominador de la chalana en correntada fuerte o remanso tibio” (pág. 48). Por supuesto que un personaje de este tipo, tan contradictorio, no podrá sobrevivir a la soledad y al olvido.

Y también hay unos personajes familiares donde los más interesantes son su abuelo, que en realidad ha muerto ya hace muchos años pero se le aparece, desde el recuerdo en una foto en sepia, como si fuera un amigo imaginario, y le da la posibilidad de expresar oralmente sus miedos y angustias; y el tío Amado, chofer de ómnibus que tiene un accidente y queda discapacitado, con una enfermedad irreversible (su  historia, y su valor, nos hará llorar, inevitablemente). También estará Giralda, la abuela de su padre, que vive del lado brasilero y que trata de disciplinarlo mediante el trabajo continuo, de sol a sol. Allí conocerá otras cosas y, sobre todo, aprenderá a conocerse a sí mismo a través del extrañar de su pueblo, del desarraigo, ese arrancarse de raíz y ser otro.

La maestra del pueblo, Dorotea Prestes, por ejemplo, es un ejemplo de las vocaciones perdidas sin remedio ni aliciente, ya que “nunca llegó a superar la frustración de tener que enseñar para la vida en aquella escuelita del fin del mundo”, y además, es “dueña de un carácter explosivo, de poca paciencia, áspera y dura en sus convicciones” que ante la desatención de los alumnos se descarga “con la pesada regla de lapacho que odiábamos todos” (también a ella nuestro personaje le hará su pequeña venganza).

El amigo de su infancia, Emilio, un gringuito “flaco, audaz y extrovertido, que tenía la piel tatuada de travesuras, los ojos vivaces y un montón de pecas que cambiaban de color al paso del sol, como angelito de patio”, con el que hicieron muchas de esas fechorías, cuando se lo encuentra en la capital, años después, parece haberse olvidado de él: “se había ido bajo las luces muertas de la calle a vivir la otra vida”, la vida que escapa al recuerdo, como si tuviera vergüenza de haber nacido en un pequeño pueblito perdido. Todo ese sufrimiento, silencioso e interior, le crean un concepto de justicia del que, suponemos, ya no se apartará. Ese sufrimiento, en definitiva, lo hace crecer y desarrollarse.

Al final el padre volverá por él, treinta años después, como si fuera luego de una larga deriva, cerrando el círculo de la novela, quizá para ver si es verdad que “de la pura desolación también se puede salir sin quemaduras”.

(El zambullidor, Luis Do Santos, editorial Fin de siglo, 2018, Montevideo, 91 páginas)


 

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