¿En qué se sostiene Pereira?


Por Sergio Schvarz

“La filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías,
y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad”

Antonio Tabucchi

El italiano Antonio Tabucchi, que muriera no hace muchos años (2012), escritor de una veintena de novelas, fue profesor de lengua y literatura portuguesa. Esto es esencial para comprender la importancia de su obra Sostiene Pereira, situada en el Portugal de 1938, durante la dictadura de Salazar, y el concierto europeo de la guerra civil española, y los prolegómenos de la Segunda Guerra mundial.

Desarrollará una verdadera pasión por Lisboa en particular, y Portugal en general. Escribe una tesis doctoral sobre el surrealismo en Portugal, y realiza estudios de perfeccionamiento en la Escuela Normal Superior de Pisa. En 1973 recibe el encargo de enseñar lengua y literatura portuguesa en Bolonia, y entre 1985 y 1987 fue director del Instituto Italiano de Cultura de Lisboa.

Durante mucho tiempo vivió la mitad del año en Lisboa, donde escribía, y la otra mitad del año en la Toscana, dando clases en la Universidad de Siena. En 2004 obtuvo la ciudadanía portuguesa. Y era, nada menos, uno de los mejores especialistas y traductores de Pessoa.

Suposiciones y sustentos

En su novela corta, se respira ese olor portugués en sus escenarios, y la opresión política, que al principio permanece oculta, irá luego creciendo hasta dominar toda la narración.

El condicional “sostiene Pereira” con el que permanentemente nos informa de los hechos, se sostiene (valga la redundancia) durante toda la narración, y es el hilo conductor. Es como si éste estuviera hablando ante un juzgado y otra persona (un periodista, por ejemplo) nos dijera lo que está pasando. Por cierto los escenarios en que se desarrolla la novela es la casa del periodista (Pereira), el local en que funcionará la redacción de la página cultural, cafés y restaurantes, y una pasada por las aguas termales y una internación para hacer talasoterapia en busca de un equilibrio personal.

Pereira (que viene de peral, de origen judío) no es más que un periodista encargado de dirigir la página de cultura de un periódico mediocre, y se cree lejos de la política. El dueño del Lisboa es alguien afín, o amigo del régimen, que aunque parece que estuviera en la sombra (durante la narración permanece en un balneario termal, con una amante, pero es decisivo al final, cuando asume la conducción total del periódico). Pero si bien Pereira tiene la función de traducir a autores que no sean molestos al régimen, y por ello su existencia no parece demasiado complicada, a pesar del calor excesivo, de su sobrepeso que debe llevar por calles empinadas, subiendo escaleras, oteando el aire marino, bastará apenas un detalle para trastornar todo.

La realidad represiva del Portugal dictatorial se nos presenta cuando Pereira sostiene que en Alentejo, “la policía había matado a un carretero que abastecía los mercados y que era socialista”, o que en la ciudad había habido huelgas (estos pequeños hechos muestran cierto estado de situación). Esa noticia, sin embargo, no puede darse en ningún medio, y él (y nosotros) lo sabemos. Es la censura. Podemos verla en esta información, comprobada personalmente: “Pereira sostiene que la ciudad parecía estar tomada por la policía, aquella tarde”. Y también se nos presenta cuando el padre Manuel lo interpela y le dice, ¿en qué mundo vives?, porque es como si no lo supiera cuando para todos es evidente.

Pereira es viudo, su mujer era frágil y enfermiza, “pasaba las noches insomnes y largos períodos en sanatorios”. Y sin embargo, en el antes, “cuántas hermosas muchachas estaban locas por él. Y él, en cambio, se había apasionado por una muchachita frágil y pálida, que escribía poesías y que a menudo tenía dolores de cabeza”. Y por supuesto, “desde que había  muerto su mujer, él vivía como si estuviera muerto”. Habla con su retrato y si tiene algo que reprocharse es no haber tenido un hijo. No hace otra cosa que pensar en la muerte, “me parece que todo el mundo está muerto o a punto de morirse”. Además, es católico, pero no puede creer en la resurrección de la carne.

Es el momento en que aparece Monteiro Rossi, esa es la firma de un texto sobre esa resurrección, porque se le ha ocurrido hacer una columna de Efemérides, notas necrológicas sobre autores para que cuando estos se mueran ya estén listas y puedan salir como primicia.

Por supuesto, Monteiro Rossi estará complicado con una trama revolucionaria, que incluye el reclutamiento de voluntarios para las brigadas internacionales que pelean defendiendo la República en España. Tendrá una cómplice, y él los ayudará, aunque en realidad más que por política es por un sentimiento humanista (quizá, en su interior, piense en el hijo que no tuvo, y que podría ser éste: Monteiro Rossi). Y los encuentros con el nuevo colaborador y con la muchacha de cabello rojizo, Marta (“era muy bella, de tez clara, con los ojos verdes y los brazos torneados. Llevaba un vestido de tirantes que se entrecruzaban detrás de la espalda y que resaltaban sus hombros dulces y bien formados”), se harán en un bar. El tomará su limonada fresca y comerá su omelette, y la muchacha lo enfrenta al pasado, el que ya no podrá recobrar del todo, por más que “…bailó aquel vals con arrobamiento” con ella, y por un momento sintió que algo podía volver a ser como fue. Breve suspiro, agónico, de lo que una vez fue.

Las acciones que lleva a cabo Pereira, parecen ser imprevistas, azarosas, provenientes de la razón del corazón, aunque también del razonamiento impulsivo; se mezclan en la situación política, enrarecida, con el clima de guerra que recorre buena parte de Europa.

Mientras el director del periódico vive un romance, no le da mucha corte a Pereira. Su amigo Silva, literato, deja de ser simpático y no le proporciona ninguna satisfacción. Bastará una jornada en Coimbra (en Buçaco), en los baños termales, para que se dé cuenta (para que nos demos cuenta) de la frivolidad de ese ambiente, y que ese ambiente no es para él.

Volverá a la ciudad, a la portera de Rua Rodrigo de Fonseca, de la que sospecha que sea confidente de la policía y por eso con ella no puede hablar mucho. Pero esa necesidad de hablar con alguien (de tener un amigo, un amigo verdadero), de decir la verdad, es irrefrenable, por eso le habla al retrato de su mujer cuando va a salir o cuando llega a su casa. Oídos sordos, pero complacientes.

Thalassa

Esa era la denominación griega para mar. Debemos anotar que durante toda la nouvelle el mar esté presente, incluso cuando no se lo nombra directamente, sino a través del calor, de la humedad. Es más, su movimiento parece ir en aumento hacia el final, casi podemos escuchar un estampido como el romper de la ola en la playa.

La clínica de talasoterapia se fundamenta en el clima y los baños marinos (con agua de mar, algas, barro extraído del mar) y hacia allí marchará Pereira, que quiere escapar de alguna manera de todas las circunstancias que se le van a echar encima, y sobre todo de la seguridad de la muchacha, capaz de dar seguridades: “Nosotros no hacemos la crónica, nosotros vivimos la  historia”, y allí estará eso del compromiso, del jugarse la vida por las ideas, más allá que sepamos que es muy probable que sea la muerte la que nos encuentre en esa tarea.

Y aquello que fue un hecho distinto, pequeño, como seguir un impulso, bajarse del tren en que iba a la clínica de talasoterapia e ir a la playa y bañarse, cambia la perspectiva de su vida, y por un momento parece que Pereira se vuelve a sostener dentro de sí mismo, todo parece encajar de nuevo, el orden ha resurgido. Otra vez volverá a creer en sí mismo.

Parte de ese reencontrarse es el doctor Cardozo (“…un hombre entre treinta y cinco y cuarenta años, con perilla rubia y ojos azules”), que se gana la confianza de Pereira, pero sus preguntas, demasiado personales, le generan algo de incomodidad, y entonces deberá apelar a recuerdos buenos, a sueños como éste: “una playa cerca de Oporto, (donde) iba de joven cuando estudiaba en Coimbra […] allí iba también mi novia, con la que luego me casé, ella era una muchacha enferma, pero por aquel entonces no lo sabía, sólo tenía fuertes dolores de cabeza, aquélla fue una buena época de mi vida, y sueño con ella quizá porque me gusta soñarla”. Y el tomar conciencia de que hubo una vez una buena época es casi como constatar los dos tercios completos del destino y la cercanía del final.

Porque lo que alteró su vida, fue la muerte de su mujer. Y eso está presente todos los días, visto el retrato y hablado con él. El arrepentimiento, quizá, como moneda de cambio: “Es una extraña sensación, que está en la periferia de mi personalidad, por eso la llamo limítrofe, el hecho es que por una parte estoy contento de haber llevado la vida que he llevado, estoy contento de haber estudiado en Coimbra, de haberme casado con una mujer enferma que pasó toda su vida en sanatorios, de haberme ocupado de la crónica de sucesos durante tantos años en un gran periódico y ahora de haber aceptado dirigir la página cultural de este modesto periódico vespertino, pero, al mismo tiempo, es como si sintiera deseos de arrepentirme de mi vida, no sé si me explico”, o sea algo que siempre quiso hacer (o ser) y que no ha podido.

Quizá Pereira se sostiene en el amor que tuvo alguna vez.

En ese sentido hay algo de psicologismo, freudiano. El doctor Cardoso le implanta la idea del “yo hegemónico”, que es el que debe tomar el timón de lo que denomina “confederación de almas”, es decir la aceptación de las distintas formas de su personalidad, para llevarlas por un rumbo firme.

Y cuando cree que ya está tonificado y listo, vuelve a Lisboa. Y comprende que la aparición de Monteiro Rossi y de Marta ha sido lo que ha cambiado todo, y por alguna extraña circunstancia se siente cercano a ellos, casi como si fuera un padre (o como si Monteiro Rossi fuera el hijo tan ansiado). En ese sentido se podría hablar de “apadrinar”, puesto que le pide que haga notas necrológicas y le paga, pero luego no las publica porque “son impublicables” (es obvio que es contrario a todo lo oficial).

Y en el capítulo 23 comienza diciendo: “Aquella mañana de finales de agosto…”, y éste será el tiempo del final (porque es cuando termina el verano y principia el otoño en el hemisferio norte). Ese será el día indicado en que todo se precipita hacia el final, hacia ese trágico final en el que desembocan todas las penas, incluido el necesario auto de fe absolutorio.

A veces hace un guiño al lector, cuando dice que sobre algo no quiere hablar, porque “no tiene nada que ver con esta historia”, y en realidad nos dice que hay más de lo que se muestra (¡imaginémoslo!). Y se tiene la sensación de que todo tiende a ser una trampa, en la que caerá Pereira, sostiene, cuando ya no hay marcha atrás.


(Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi, editorial Anagrama, 1994, Barcelona (España), 182 páginas)

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