Ese empujón fuera de la realidad: la imaginería literaria de Alfredo Alzugarat

Por Luis A. Fleitas Coya


A propósito de WAR. La guerra es un juego

Primeras cuestiones. La literatura, ese empujón fuera de la realidad, ese  viento que sopla quién sabe de dónde, atraviesa seres, inficiona vidas, nos hace felices y tal vez infelices en cuanto la existencia real palidece contrapuesta a la fantasía, nos somete a nosotros mismos, nos hace mejores y no sabemos si peores, y sin dudas nos aísla de la realidad, del dolor y de la desventura, o por lo menos nos los torna soportables.  A solas frente a un texto somos lo que somos, mano a mano con nuestra imaginación, tan a solas cuando  leemos como cuando escribimos. Sin embargo, la lectura o la escritura son actos tan prodigiosos que pese a estar a solas, no solo nos transforman sino que hacen que una miríada de datos, sensaciones e intuiciones nos conecten con los demás. ¿Leemos o escribimos porque queremos escapar a lo que nos rodea o a la soledad en nosotros mismos? ¿Leemos o escribimos porque necesitamos hurgar en nuestro interior o salir hacia afuera?

Tolstoy confesaba que escribía porque era tremendamente ambicioso (Páginas autobiográficas, Tolstoy. Obras completas, Tomo III, Aguilar, 1981). Una crítica literaria nuestra –Alicia Torres- sostiene que se escribe para descubrir qué es la literatura, lo que a veces ocurre y a veces no, dice.

Cuál es el significado de la escritura para quien la practica, es una pregunta que no tiene respuestas fáciles, descartando lugares comunes o aseveraciones que de tan trilladas  nada dicen.

Por mi parte me quedo con  la belleza de los versos y el significado del canto de Ulises en la Divina Comedia que trata de rememorar, asir y comprender Primo Levi (él,  químico de profesión) mientras harapiento, congelado, y más muerto que vivo, va a buscar la sopa en el campo de concentración de Buna-Monowitz, Auschwitz (Primo Levi, Si esto es un hombre, capítulo El canto de Ulises).

Alfredo Alzugarat (1952),  tiene sobradas razones para que la literatura sea lo que es en su existencia. Licenciado en Letras en la Universidad de la República e integrante del Departamento de Investigación de la Biblioteca Nacional, ha desarrollado una importante labor de crítica e investigación con obras como, entre otras,  Desde la otra orilla (Banda Oriental, 1997),  Trincheras de papel. Dictadura y literatura carcelaria en Uruguay  (Trilce, 2007 Premio Anual de Literatura del MEC, Categoría Ensayo, 2009),  El discurso testimonial uruguayo del siglo XX  (Biblioteca Nacional, 2009),  El Diario de José Pedro Díaz  (Biblioteca Nacional/ Banda Oriental, 2011),  De la dinastía Qing a Luis Batlle Berres. La biblioteca china en Uruguay (Biblioteca Nacional, 2014).

Cabe señalar especialmente dos obras caras para este cronista, Hudson, el forastero y el naturalista (http://letras-uruguay.espaciolatino.com), y la recopilación de cartas y prólogo del emotivo  Quisiera decirte tanto. Susana Pacifici. Cartas y otros textos de amor, cárcel y exilio. 1974-1985 (Rebeca Linke Editoras, 2015).

Como narrador ha publicado Porque la vida ya te empuja (Destabanda, relatos, 1987) y   War. La guerra es un juego (Cal y Canto – Biblioteca de Marcha, cuentos, 1996).  Ante el volumen y extensión de la obra crítica y ensayística, su obra narrativa aparece amén de escasa, aparentemente trunca. La lectura de War,  por su apuesta a la imaginación y a lo que los libros construyen dentro de los seres humanos,  impulsa a desear que esto solo sea un juicio actual pero no futuro.

¿Debe incluirse el dato no menor en su vida de haber estado once años preso en las cárceles de la dictadura desde 1974 hasta 1985? ¿Es la literatura un espejo de la vida del autor,  abreva en ella? Experiencia y herida a la vez,  queda consignado, así como el hecho de que ni aún esos terribles años oscuros pudieron con la imaginería literaria que había en él, ni con el formidable amor que surge de las cartas de Susana, su novia cuando ambos cayeron presos en 1974  y con la cual se casó en 1975 en un cuartel.

Tema, cuentos, capítulos. Lo primero sobre WAR. La guerra es un juego,  es su tema, el tema de la guerra o del conflicto bélico sin esperanzas, devastador, atroz y sin factible final, en un mundo arrasado y sin ilusiones,  instalado desde el principio, clara y directamente.

Otra cuestión a plantear luego de la inicial y desconcertante obertura Exterminio, es si se trata de un conjunto de cuentos o  de  capítulos de una novela. La duda surge porque los capítulos parecen concatenarse en torno al tema común de la guerra y a sus diversas consecuencias como el desabastecimiento progresivo, la falta de alimentos y el hambre (motivo fundamental en Exterminio y Los Necrófagos), la certeza sobre su continuación y su circularidad y  la  falta de certeza sobre su inicio y su fin (en Macario, Los basiliscos, Alas de mariposa), su crueldad e inutilidad (Mambrú se fue a la guerra, Los Necrófagos, War), y tópicos similares. Esos núcleos comunes parecen  acercarnos a lo que podría leerse como una suerte de  estructura novelada, aunque sin personajes centrales o comunes a los diversos capítulos, salvo el caso del niño que parecería asomarse a diversos relatos (Macario, La niña del aro, y tal vez en El tren nocturno). La respuesta a esta interrogante recién sobrevendrá sobre el final del libro, pues a medida que los relatos se suceden, progresivamente el esbozo  novelesco va cediendo paso a la segmentación y a la insularidad de los cuentos,  que se hace patente en los tres últimos  (La fuga, La niña del aro, y El tren nocturno), definiéndose claramente  como un conjunto de cuentos con una temática bélica que les da una unidad de conjunto más o menos fuerte al estilo El llano en llamas de Juan Rulfo, Así en la paz como en la guerra de Guillermo Cabrera Infante, Los condenados de Condado de Norberto Fuentes,  Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce, o Caballería roja de Isaak Babel.

La subsunción Resuelto lo segundo, debemos volver a lo primero, porque el tema de la guerra simultánea y veladamente va dando pie a otras temáticas implícitas o sugeridas en el texto. La lectura de WAR no es una lectura fácil ni para lectores distraídos o que se desmoralicen fácilmente;  exige un lector  dispuesto a hurgar por debajo de apariencias  buscando claves o señales desperdigadas aquí y allá, aún a riesgo de errar el rumbo. Sin embargo tampoco es una obra hermética o impenetrable. Afortunadamente. Sí, cabe la advertencia:  es un viaje en el que hay que ir atento.

WAR le plantea al lector la subsunción como técnica o mecanismo narrativo que implica encartar hechos o símbolos o imágenes dentro del marco más amplio, abstracto o abarcativo de la realidad  que se nos cuenta, de suerte que el concepto genérico de “guerra” o “conflicto bélico” al que se alude, en realidad va encubriendo una cantidad de fenómenos o epifenómenos diversos y de distinto origen que se terminan subsumiendo dentro de la hipótesis más genérica. No olvidemos que el sentido etimológico de subsunción, proveniente del latín, subsumtion, nos muestra por un lado el concepto de subordinación pero por otro, el de inclusión. Menciono algunos.

Alusiones. Lo primero que llama la atención al lector son los nombres de los sucesivos personajes que comienzan a aparecer. Esos nombres no son baladíes ni al azar, sino que están señalando claramente alusiones que el lector no puede pasar por alto dado que le están señalando un camino de lectura, como Macario en el cuento homónimo, que inevitablemente trae a colación al Macario de El llano en llamas de Juan Rulfo,  Mambrú y su expresa referencia a la canción infantil en el cuento Mambrú se fue a la guerra, Adelita a la que el personaje masculino termina resuelto a perseguir por mar en un buque de guerra o por tierra en un tren militar en El reposo de Adela,  el encapuchado en El juego de la gallina ciega, o Barrabás en Los basiliscos en alusión al ladrón juzgado junto a Cristo y que le da una pátina cuasi evangélica al relato con la muerte del padre (que se describe casi como la muerte de Jesús, “con los ojos interrogando al cielo”) traicionado por una suerte de Judas, el soldado enemigo salvado por el mismo padre;  y la  niña dechirica  en La niña del aro, un exquisito cuento con clara alusión al cuadro Misterio y melancolía de una calle de Giorgio de Chirico, con reminiscencias del más puro y genuino sentido  metafísico y precognitivo de las sensaciones y vivencias infantiles (que al mundo adulto le cuesta admitir pero que para un niño es más real que la vida misma)  traducidos en la amenaza de esas brigadas militares nocturnas cuyo paso el niño trata de imitar como el ingenuo animal encandilado y deslumbrado por la luz cegadora de los cazadores que preludia la muerte, y la belleza y delicadeza de la carrera de la niña delizándose entre sombras y soledades de calles vacías y aceras rectas, y que el niño anhelará por siempre: “Deseará que la niña del aro siga pasando noche tras noche, que nunca deje de pasar”.   Pesadillas de miedo y de belleza.

Lo bélico-infantil Muchas de estas alusiones confluyen  en una de claves para entender este libro, como lo es la inocultada referencia a lo bélico-infantil, tanto en el cuento de Mambrú, como en el de Adela perseguida en el final por mar y por tierra, en Macario con referencia al ex amigo de la infancia y su pasión por los juegos de soldaditos americanos (con expresa alusión a la serie televisiva Combate y al sargento Sanders) y soldaditos de plomo, el Flautista de Hamelin en Exterminio, e incluso la mención del juego de la farolera entre Tonio y Helena en El tren nocturno. En este mismo cuento, el tren nocturno podría ser visto como un velado trencito eléctrico de juguete,  contextualizado dentro de un juego de realidad virtual conforme se  sugiere en el final, si no fuera, como veremos, por la explicación del guardabarreras y del propio Tonio. El juego de la gallina ciega,  utilizará amargamente el simil del juego infantil para la cruel situación del prisionero encapuchado.

Estas referencias a las canciones, juegos y juegos bélicos infantiles, encuentra su culminación en War, que se abre con una expresa mención al juego de mesa homónimo: “Decidió jugar con las fichas rojas”, y se cierra en el final en El tren nocturno, con la mención de Necrocosmos,  en un doble sentido. En primer lugar como cita y homenaje a una novela cuyo autor no se nombra, y que no es otra que la novela de Héctor Galmés, a la que se califica de novela inolvidable; pero también y posteriormente como explícita referencia a un video juego bélico de ese mismo nombre. Con todo ello, la obra en su conjunto parecería  hacer expresa sugerencia a los lectores de participar de una doble vertiente opcional de narrativa, o una realidad ficticia o imaginaria pero realidad al fin, o una ilusoria realidad virtual creada por un suprajuego.  En el final del cuento, el desgarrador planteo de Tonio da pie para  esto último o algo similar, aunque ya no de realidad virtual sino de invención racional sustitutiva de la realidad.

Lo fantástico. Lo fantástico irrumpe desembozadamente en dos cuentos, Mis zapatos y Alas de mariposa, sin mengua de aparecer rasgos  también en War, La ruta de los basiliscos y El tren nocturno. En Mis zapatos,  en el mejor estilo de Felisberto Hernández, y sin explicación  alguna, de pronto los zapatos del protagonista cobran vida propia y comienzan a desplazarse por sí mismos, dotados de una suerte de voluntad autónoma, y en el muy cortazariano Alas de Mariposa, un funcionario del Ministerio de Defensa dedicado a transcribir y reescribir los partes de guerra, de pronto desde su escritorio se ve transitando por un campo de batalla, cae prisionero del otro bando, donde es puesto a realizar exactamente las mismas tareas que hacía en su país;  el funcionario cae en la cuenta que está atrapado en una suerte de pozo temporal y espacial donde los hechos se repetirán siempre circularmente, desde su nuevo escritorio podrá volver al campo de batalla, desandando el camino hasta su bando donde volverá a realizar las mismas tareas, pero luego desde el escritorio originario deberá realizar nuevamente el camino por campo de batalla hasta el bando enemigo para trabajar para el enemigo redactando sus partes de batalla, y así para siempre. Eficaz recurso literario con reminiscencias a la circularidad y la repetición, temas caros a Borges y al Cortázar de Continuidad de los parques y Todos los fuegos el fuego.

Mitología y misterio.  Lo mitológico y misterioso se plantea en La ruta de los basiliscos,  relato que refiere a un incidente bélico en el cual un soldado enemigo es recogido por el padre del relator-niño,  y llevado por él y por Barrabás –que es quien le contará a su vez al niño el nudo central y el final de la historia- atravesando con  osadía la zona donde habitaban esos animales que según la mitología mataban con la mirada, para llevarlo a la frontera y devolverlo a  filas enemigas. “No es el basilisco el que mata. Somos nosotros mismos” dice el padre, anticipando el final, en el que los basiliscos son mostrados como animales inofensivos por contrapartida con lo verdaderamente mortífero: las acciones humanas. Esta historia contrapone mitología y realidad, la primera, como proyección de los prejuicios o miedos irracionales e infundados de los hombres, y la segunda como la verdadera amenaza mortífera a la que nos enfrentamos que proviene de nosotros mismos; o si se quiere, contraposición entre prejuicio y  verdad. Como ya hemos dicho el cuento tiene cierta pátina evangélica  que puede hacer pensar en lo mitológico como representativo de ideales religiosos o políticos vistos como peligrosos por los poderes de sus épocas, enfrentados a persecuciones y represiones;  así, no eran peligrosos los cristianos o los idealistas o rebeldes políticos sino quienes  reprimían y  mataban, del mismo modo que en el cuento ocurre con los basiliscos y los soldados.

Onirismo. Lo surreal  u onírico, si bien es una tónica que parece insinuarse en varios cuentos, especialmente en el clima pesadillesco de La niña del aro,  es en  La fuga donde constituye el sendero narrativo elegido por el autor.  Si André Breton y sus epígonos surrealistas construyeron una literatura en base a la escritura automática y a los sueños, que es soporífera en sus resultados y que hoy nadie lee, la literatura posterior y más moderna fue la que se apropió de esos recursos narrativos adoptándolos para bien, con ejemplos notables en narrativa como el memorable comienzo de Crónica de una muerte anunciada de García Márquez en el que el día en que lo iban a matar, Santiago Nassar “Había soñado que atravesaba un bosque de higuerones donde caía una llovizna tierna, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagadas de pájaros”,  o el caso del cuento Ojos de perro azul del mismo autor, o para no ir tan lejos, el de Mario Levrero en varios de sus relatos, con especial destaque en Deslizamientos. La forma que elige aquí Alfredo Alzugarat, es una de las más eficaces, al instalar la narración en una zona onírica pero sin advertirnos de ello, como si fuera una realidad que se le va imponiendo al protagonista –y simultáneamente al lector- sorprendiéndolo y zarandéandolo emocionalmente. Va en un ómnibus que no se detiene, sin poder reconocer el paisaje, con siete u ocho pasajeros que no se atreve a interrogar, en veloz recorrido por una absurda ruta rectilínea; cráteres fruto de bombardeos le hacen pensar que aún no se ha alejado lo suficiente de la guerra de la que el protagonista parece huir, hasta que en el final advierte que está solo en el ómnibus que no se detendrá mientras enciende la radio y colocándose los auriculares solo puede sintonizar marchas militares. Entonces el narrador realiza el prodigioso efecto de hacer tomar conciencia al torturado y angustiado protagonista, de que se trata de una pesadilla, pero sin salir del sueño, y sin poder hacer otra cosa que continuar durmiendo. Extraordinaria manera de cerrar un relato dolorosamente asfixiante.

Eros y ágape. El erotismo, que ya no el amor, es un tema que aparece puntualmente y de manera muy marcada en Los Necrófagos, en las escenas de sexo  entre los hurgadores de cadáveres la Taca y Reynoso, en las que la pareja hace un juego de palabras  de un humor casi obsceno “Taca…tu estaca. Es Taca”,  mientras ambos desprecian a Carrerita el esposo la Taca, un ex soldado combatiente en el Sinaí contra los egipcios, que paradójicamente la Taca cuenta haber conocido en la Universidad. Sin embargo nada se nos aclara, porque hacer el amor, comer, vivir el día a día, no preguntarse nada, es el mensaje final de ese cuento con sexo crudo y porque sí.

En cambio en  El reposo de Adela el erotismo inicial de la contemplación de la mujer desnuda en el sueño, por parte del protagonista masculino, que parece velar arrobado a la mujer, da paso inesperadamente a una suerte de amor súbito, desesperado y nostálgico cuando Adela huye del refugio con su túnica blanca por la orilla del mar y el hombre arroja la letanía de la letra de la canción: la perseguirá por tierra y por mar al igual que otro apasionado anterior  que Adela abandonó. Durante la contemplación de su espalda el hombre ha visto imágenes, algunas conectadas con otros relatos del libro tal como el tren bañado de luz marchando en la noche o la niña con el aro por las calles vacías, clara alusión a Ray Bradbury y los relatos que se pueden leer en la piel en El hombre ilustrado;  y ese ritual erótico de contemplación de la mujer desnuda, envuelve o  da pie a un sentimiento mucho más poderoso que inunda al protagonista cuando la mujer huye al llegar al refugio otros perseguidos; es la sensación de pérdida lo que parece alimentar ese sentimiento y su  decidida voluntad de buscarla por tierra y por mar. Pese a su brevedad, una fábula de amor.

En La fuga, la referencia es a la necesidad del protagonista de buscar una evasión mental a la angustiosa realidad que se le impone, en “las redondeces de una mujer desnuda”;  y en Alas de mariposa, a la perturbadora “morocha de ojos leonados” con su trasero redondo y su paso cimbreante que le alcanza papeles al funcionario, y con la cual el desgraciado protagonista no se anima a intimar en la oficina, pero que cuando se interna en el campo de batalla en pleno fragor, encuentra y logra consumar sus deseos postergados durante diez años, una y otra vez, de ida y de vuelta, con coitos y eyaculaciones en el campo de batalla cada vez que pasa de un campo al otro.

Reminiscencias de la violencia urbana. Entremezclados entre todos esos elementos, aspectos de nuestros años de violencia, nuestro pasado bélico urbano más o menos reciente –por lo menos en la época que fue escrito el libro-, aparecen en varios cuentos. Así, en La gallina ciega,  el angustiante relato es el de un encapuchado –por más que se refiera a una venda-,  luego de su captura, que solo puede advertir algo de luz por debajo de la capucha, y que trasvasa su experiencia de oscuridad a todo el tiempo anterior desde niño y a todas las demás personas a quienes no puede recordar sino vendadas, en su desvarío, sometido a las tinieblas, en un juego al que debe resignarse, dice, porque le va la vida. La capucha, como medio de tortura y de desorientación de los prisioneros, practicada de manera sistemática por el ejército durante los años 72, 73 y después durante la dictadura, hasta la restauración democrática.

En El reposo de Adela, el personaje masculino es un perseguido que encontró un refugio seguro, cercano al mar, que comparte con otra perseguida, Adela; se trata nada más ni nada menos que un auténtico enterradero o aguantadero, o un berretín, como los que los guerrilleros utilizaron para esconderse de la represión en los años 60 y principios de los 70.  En esos encierros forzosos y compartidos hubo innumerables historias; en ésta al hombre le ocurre que contempla dormida a Adela desnuda, deviniendo en una fábula de amor como ya viéramos.

En La fuga, el protagonista al escuchar la radio con sus audífonos solo puede oir a lo largo de todo el dial música marcial, redobles de infinitas marchas militares;  son las que atosigaron los oídos y el éter durante todo el proceso militar, particularmente las de 1973, en vivo y en directo.  En War, las alusiones al ejército rojo, celeste y verde, parecerían referencias al movimiento guerrillero (ejército rojo), a la policía que combatió inicialmente al referido movimiento (ejército celeste) y luego a quien desplazó a este última en la lucha  las fuerzas armadas (ejército verde); y el protagonista, el soldado del ejército rojo,  asume una actitud castrense reflejo  de las coordenadas de psicología militarista  de parte del movimiento revolucionario a raíz de la imposición de la tendencia guerrerista  hacia marzo o abril de 1972: “un soldado no está hecho para ver atardeceres”; “Siguió adelante como un autómata, borrando de su mente todo lo que no fuera cumplir las ordenes recibidas”.

Lo testimonial emotivo. Este aspecto aparece en tres de los pasajes más conmovedores de la obra. En La ruta de los basiliscos, el niño ve a su padre erguirse, enderezar su espalda y recobrar dignidad cuando resuelve salvar al soldado enemigo y devolverlo a sus filas, atravesando la única ruta posible, la temida zona donde habitan los basiliscos, elevándose por sobre una existencia penosa que oscila entre la bondad del mejor hombre que el niño conocía y su angustia que lo lleva al alcoholismo.  Sobre el final el hijo –ya no niño- lo evoca: “Todavía me parece ver su mole corpulenta, su mirada perdida en el horizonte, los sueños en que creyó alguna vez. Me hubiera gustado que se volviera viejo a mi lado, anclado en sus recuerdos, sacando fuerza de ellos para arañar el futuro como quien busca sin tregua una  imposible salida. Pero murió lejos, sin que lo viéramos ni lo sospecháramos, tal vez atravesado por la misma angustia que nunca lo abandonó ”.  Una breve elegía, un doloroso adiós filial.

En La niña del aro, es la madre quien aparece retratada en breves pincelazos, como la serena imagen de la  firmeza y la convicción frente a la violencia,  asistiendo al niño desorientado ante esas tropas que desfilan a paso de ganso: “¿Ese es nuestro ejército, madre?”  “Ningún ejército es el nuestro, hijo –responde ella, posándole una mano en el hombre”.  Sobre el final la madre vuelve a aparecer emergiendo de la penumbra de la habitación,  para ponerle una mano en el hombro del niño. Serenidad, seguridad, firmeza, todo eso sugieren esos breves párrafos sobre la figura materna. Algo similar ocurría en Mambrú se fue a la guerra, en el cual luego del inútil y estéril periplo guerrero del hijo, cuando regresa al hogar, se encuentra con la serenidad  de la madre, en la penumbra de la casa, “desde el fondo de hollín de sus ojos” que lo contemplan.

Y tal vez  el tríptico parental se termina de completar con la posible hermana en El tren nocturno, ya que Helena intenta encontrar rastros y señales del tren luminoso que atraviesa la noche, para que Tonio  sea mejor que ella, para que no se vuelva como los otros, conmovida porque él aún crea en algo y persiga un sueño, y aunque ella misma sienta estar derrotada por no tener un  alma demasiado pura. Helena es al mismo tiempo aceptación de propias claudicaciones y debilidades,  pero  fe y admiración por quien sueña y cree.

La intencionalidad del paisaje y de lo temporal.  Efectuada la subsunción de todos esos elementos dentro del esquema narrativo bélico general,  el autor opta por borrar las huellas espaciales y temporales para imposibilitar atribuir los hechos a determinado lugar o a determinada época o momento histórico, salvo en el cuento War, en el que la alusión a lugares concretos parece obedecer al juego de mesa War al que nos hemos referido, y dentro del cual se mueve el protagonista Bryan O’Neill (referencia apenas disfrazada, al actor de cine norteamericano Ryan O`Neal). En la totalidad de los restantes cuentos el paisaje que nos describe el autor es intencionalmente neutro. No podríamos reconocer en él ni zonas y lugares del Uruguay, ni del interior ni de Montevideo, ni de ninguna comarca  siquiera cercana. No existen referencias a lugares reconocibles, ni tampoco a una flora o fauna autóctona. Intencionalmente se habla de praderas y florestas, (y no de “campos” ni de “montes”, como diríamos por estos lares), olivos y puentes sobre ríos de aguas cristalinas; y por lo general, de parajes de devastación y ruinas, “cielos de cicatrices ocres”.

Lo mismo con los años o épocas en las cuales transcurre la obra, aunque su atemporalidad sea relativa. En algún cuento se hace referencia al cine y a la televisión, en otros a bandas militares por una radio que se escucha a través de audífonos, y a videojuegos, todo lo cual nos indica que por lo menos la historia transcurre en un mundo más o menos  contemporáneo.

Estructuras narrativas y homenajes. La alternancia narrativa de historias, aunque no de manera sistemática, y la disociación  entre los eventos entre simples habitantes y los hechos de guerra, trae a colación la estructura narrativa de Cuentos de soldados y civiles de Ambrose Bierce, así como también las descripciones de éste  de cuerpos muertos y cadáveres desfigurados o en descomposición durante la guerra de Secesión norteamericana, y el amargo sinsentido trágico de la guerra en sus aspectos más sórdidamente humanos. Debe señalarse como rasgo autónomo constructivo el permanente salto temporal niño-adulto-niño-adulto que el autor experimenta particularmente en los relatos Macario, Mambrú se fue a la guerra, La ruta de los basiliscos y El tren nocturno, y que hace oscilar las historias desde el pasado al presente narrativo en un contínuo dinámico del que se sirve la voz narrativa para ir contando y a su vez reflexionando desde el presente del relato sobre los hechos del pasado.

Amén de Bierce y las influencias citadas, el propio autor se encarga de homenajear al citar explícitamente en epígrafes a Stephen Crane y La roja insignia del coraje,  a Víctor Hugo y Los miserables, y a Onetti y El pozo.  Pueden rastrearse en los cuentos trazos de los dos primeros, pero sin embargo, y por suerte, el escritor se mantiene lo suficientemente alejado del último como para no sucumbir a su estilo que por demasiado poderoso, siempre resulta excesivamente contaminante. Por momentos con un manejo de una prosa contundente y expresiva, por momentos cortazariana, por momentos  con dejos de literatura fantástica,  el autor sortea todos los riesgos y las influencias y se maneja con un estilo propio, salpicado por aliteraciones y hallazgos poéticos válidos.

Intermitencias del lenguaje poético. El autor es un narrador,  y lo demuestra desde la primera frase del libro, seca, contundente, certera: “Doña Clorinda estaba cansada del guiso de ratas, pero eso no le importaba demasiado”. Este relato Exterminio enfrenta al lector a la repulsiva y repugnante fruición con que Doña Clorinda prepara ese caldo espeso para comerse las ratas, único alimento desde que las demandas de alimentos de  la guerra arrasaron con todo lo demás.  Lo notable del cuento es la precisa concisión con la que se van hilvanando fluidamente  hechos terribles y grotescos, el avance de la guerra, la demanda de alimentos y el recurrir a las abundantes ratas, el miedo a que el ejército se las llevara todas, los diálogos entre don Segismundo y el General, y entre don Segismundo y doña Clorinda, la conclusión de que el mundo debe ser distinto en alguna parte, pero que es imposible escapar por las fronteras donde pueden ser fusilados, y la aceptación final de que no hay mejor destino y que tal vez aún se pudiera vivir por un tiempo más.

Pero esa prosa no le obstaculiza al autor recurrir más adelante al lenguaje poético,  al servicio de lo que va narrando, aunque de manera ocasional e intermitente.  Ya hemos citado “cielo de cicatrices ocres” (aliteración poética en Mambrú se fue a la guerra),  y a medida que el libro avanza vamos encontrando aquí y allá: “la urdimbre en suspenso” (en La fuga), o “La noche, como un ubre espesa” (en La niña del aro) y algunas otras acertadas imágenes y giros líricos, afortunadamente en cuentagotas, que  por eso mismo, brillan en el firmamento de la prosa.

La belleza del final. Y ahora que me perdonen los lectores distraídos o aquellos que se desmoralizaron por las dificultades o los desconciertos que ofrece un texto como este, o que no pudieron con la eterna y muy legítima interrogante de si vale la pena seguir adelante con la lectura.

Sencillamente se  perdieron el final.

El tren nocturno, último relato del volumen realiza una suerte de repaso parcial de los relatos anteriores en su referencia a los bichicomes de los campos de batalla que comían lo que hallaban en las alforjas de los soldados muertos (de Los Necrófagos),  a los desertores (de Macario), a oficinistas extraviados (de Alas de mariposa) y en el que, como hemos visto, se cita a Necrocosmos como la novela de Galmés, y también como el videojuego homónimo. Los protagonistas de esta historia son Tonio y Helena, desde la niñez, en una no explícita pero sí sugerida relación entre dos hermanos, que juegan al juego de la farolera y buscan. En ese mundo bélico y regido por fuerzas oscuras, los trenes han sido prohibidos, pero persiste un único tren, el tren nocturno bañado de luz que Tonio y Helena han visto pasar;  y que ambos buscan ahora, o por lo menos sus señales o indicios. Helena, para que Tonio no se vuelva un ser derrotado como todos, incluso como ella misma, dice. Según testimonios que recoge Tonio es un tren que nunca se detendrá y que continuará por siempre.  Su sentido se lo aclara el último guardabarreras: le dice que se ha quedado solo en la estación en tinieblas para contárselo a alguien, referencia inequívoca al final de Moby Dick de Melville y el bíblico  “Y solo yo me salvé para contarlo” de su protagonista Ismael.  Ese último tren, dice el guardabarreras, “Nunca. Nunca se detendrá. Rondará por el mundo como un cometa y dejará un halo de luz por donde quiera que pase. Allí va el último conductor, atado a su asiento, para no abandonarlo jamás, y el último guarda entregará mil veces sus boletos de cartón a los niños de escuela que nunca querrán dejar de utilizarlo, a los obreros de los suburbios, a las floristas eternas, a los abuelos jóvenes, a los enamorados sin dinero que aún creen en los milagros, y todos renovarán sus pasajes una y mil veces porque no sabrán vivir sin él, y él seguirá andando, andando siempre, atravesará como una antorcha el  horizonte, viboreará por ciudades y llanuras como una luciérnaga gigante dejando tras de sí un reguero de chispas de ilusión, porque será el farol de los pobres, el último grito de rebelión”.

Bellas palabras que nos hablan de la ilusión, de los sueños nunca alcanzados, de las esperanzas y de las utopías. Eso que nos llena de emoción y de por qué vivir a los seres humanos. Ese es el sentido de ese tren que nunca se detendrá.

En las últimas líneas Tonio se pregunta si todo ello no será una invención humana, “un desesperado esfuerzo por trascender la realidad”.  Entonces este cronista no se resiste y comete un pecado de lesa crítica. “Tonio, hermano”, le digo, “es lo que nos queda”.

Cuestión última.  WAR fue publicado en 1996 pero cabe suponer una escritura o por lo menos una elaboración de años anteriores. La literatura, ese viento que nos empuja fuera de la realidad dando pie a lo más poderoso de los seres humanos, la  imaginación y la creatividad, explica que este libro viniera a conjurar de la mejor manera  el descenso a los infiernos que debió padecer su autor.


(Imagen de la Biblioteca Nacional)

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*