Jaime Roos, ese hermano

Por Luis A. Fleitas Coya


Un libro y algo más

Brindis por Pierrot/Jaime Roos de Mauricio Rodríguez. Ed. Estuario, 2019

Mauricio. Fue, creo, el primer periodista que me entrevistó, para el Semanario Voces, a raíz de la publicación de mi primer libro. Quién hubiera dicho que  tiempo después me convertiría por su invitación en colaborador de Granizo.uy, el portal cultural que dirige entre sus múltiples ocupaciones. Inquieto, talentoso, tenaz investigador, Mauricio Rodríguez es un ejemplo de periodista tocado por la sensibilidad y la apertura hacia el arte y los creadores, cosa nada común.   Mención en el Premio Nacional de Literatura del MEC en el 2018  por su libro Zelmar Michelini, su vida. La voz de todos, en el 2019 acaba de lanzar Brindis por Pierrot/Jaime Roos, editado por Estuario en la Colección Discos # 05.

Es hora de convertir al periodista y entrevistador en autor escudriñado.

Dale que va.  No se puede hablar de Jaime Roos, un tipo tan creativo y tan original, de una manera común y corriente.  Esa parece haber sido la consigna de Mauricio Rodríguez desde el comienzo: no hacer un libro más sobre Jaime Roos, nada de nació en tal fecha y en tal lugar, hijo de, y similares linealidades biográficas, sino abordar la compleja trama del bordado narrativo de la historia del músico, su obra, y un disco en particular, encarándola desde su revés y desde su envés simultáneamente y de una forma tal que el libro se nos escurra de entre las manos por la agilidad de su estructura. Y no solo eso, también por su subyugante y creciente interés a medida que avanza la lectura.

Cómo lo logró fue debido en parte a su oficio de periodista y entrevistador, ya desarrollado en diversos medios y en libros anteriores como El caso Gelman. Periodismo y Derechos Humanos (2006), En la noche. El rock uruguayo posdictadura (2012), y Una vida en el pretil (2017). Casi sin decir agua va  afrontó  con éxito una de las empresas más singulares para un periodista uruguayo: entrevistar a Jaime Roos, quien no da entrevistas así como así, y menos aún en esta etapa en la que se encuentra, lejos del público y de los escenarios desde hace cinco años, cuando luego de lanzar su disco En vivo en el Río de la Plata en el 2014  decidió encerrarse en su casa de La Floresta a recuperar, remasterizar y relanzar todos sus discos en forma de colección bajo el título Obra completa.

El libro comienza con el relato del contacto con el músico, su casi inesperada aceptación de la entrevista,  el deambular de Mauricio por  La Floresta al encuentro con Jaime  y la instalación en su  casa La Cucha para una conversación de más de  seis horas.

Sin embargo y afortunadamente,  de pronto sobreviene la sorpresa.

Jugando al anticipo.  Si el lector esperaba encontrarse con un clásico ida y vuelta de preguntas y respuestas,  el autor se encarga de interrumpir de cuajo esas expectativas, insertando un flash back  sobre la temática principal del libro. Sin rodeos  ni circunloquios, de pronto detiene el tiempo presente de la entrevista y escribe:  “A mediados de los ochenta “Brindis por Pierrot” era una canción que le “quemaba las manos”. El disco homónimo salió a la calle a fines de 1985, editado casi a contrarreloj, y sostenido por el trinar de Washington Canario Luna  y la murga Falta y Resto. Espontánea e inesperadamente se convirtió en un hit que rompió todas las barreras sociales y culturales. Y que fue a marcar en rojo el almanaque de la música popular uruguaya”.

Esta técnica narrativa en la cual el presente es la entrevista que constituye el hilo conductor del libro,  alterado permanentemente por el pasado que se va intercalando  mediante la investigación periodística propiamente dicha de Mauricio Rodríguez  sobre la vida y la obra del músico,  es la que  permite ir anticipando  lo que en realidad debería estar en el capítulo final, como aspectos de la canción y del disco Brindis por Pierrot, o en los siguientes capítulos respecto de otras canciones y discos.  Con el indudable acierto de que esa intercalación se va realizando de manera muy natural, casi sin solución de continuidad, constituyendo un gran gancho para la curiosidad y el interés del lector. Y la peculiaridad es que Mauricio logra ese hallazgo de estructura  de escritura y de discurso ya desde la página 1 y  mantiene firme el timón sin torcer el rumbo ni decaer a lo largo del resto del libro.

Pero no solo el flash back o la retrospectiva; Mauricio también va entretejiendo el relato con otras herramientas como el congelamiento o el zoom –para proseguir con símiles cinematográficos- sobre determinados temas; por ejemplo cuando luego de preguntarle a Jaime si el arte se crea desde la felicidad o  desde el dolor, cuenta cómo fue creada  la canción Colombina, o cuando recrea la participación del canillita del barrio de la infancia de Jaime, Maturro, que el artista ubicó y llevó al estudio a grabar el grito “Acción, El Plata, Diario”, para la canción Durazno y Convención.

La ingeniería del libro se completa con la inclusión de otras variantes, como las diferentes entrevistas a Luis Sosa, baterista de El Kinto, y con quien Jaime grabó Cometa de la Farola para darle el toque murguero; a Raúl Castro,  amigo de Jaime desde los tiempos de Patria Libre y el inicio de su periplo europeo, y coautor de una de sus canciones más emblemáticas como La hermana de la Coneja;  a Jorge Denevi,  con quien grabó el videoclip de Durazno y Convención; a Jorge Vallejo, el cantante de música tropical que canta la parte salsera de la calle Convención en Durazno y Convención; a Ronald Arismendi, el Pitufo Edú Lombardo y Jorge Loquillo Garrido, respectivamente redoblante, platillos y bombo de la batería de murga que grabó Brindis por Pierrot;  y a  Freddy el Zurdo Bessio que sustituyó al Loquillo Garrido en el bombo de la batería de murga, y luego sería cantante principal de murga participando en temas como la mismísima Brindis por Pierrot y Amor profundo de Mandrake Wolf en la versión de Jaime Roos en su disco Contraseña.

Tirar y cobrar.  Definidas esas pautas, el autor maneja a gusto entrevista, datos y reflexiones dentro del timing y el orden narrativo preestablecido, con  resultados óptimos. La entrevista se va sucediendo a lo largo de las páginas alternada con las retrospectivas sobre la biografía de Jaime  y la evolución de su obra, el detenimiento en determinados datos y detalles, y las otras varias entrevistas, con una naturalidad casi pasmosa en la que unas secuencias van alimentando a las otras de manera sucesiva, interrelacionando todo el contenido del libro. Salta un dato en las palabras del entrevistado, y allá va tras él el entrevistador mechando citas de otros libros, o de otras entrevistas. O al revés, a raíz de éstas, el periodista inquiere al músico provocando otros desarrollos.  No puede dudarse del trabajo y del esfuerzo de Mauricio para escribir este libro, pero parecería que definido el marco estructural,  la tarea debe haber sido, sino más fácil, por lo menos mucho más fluida. El autor va y viene de unos temas a otros con una soltura y una seguridad envidiables, como si los engranajes se hubieran aceitado, los astros se hubieran alineado y el producto fluyera de manera compacta.

Imaginemos lo que debe haber sido enfrentarse  al magma informe del material acumulado en su estado primigenio original: una mega entrevista de más de seis horas almacenada en un grabador, y una enorme cantidad de datos sobre Jaime Roos hurgados en diarios, revistas, discos, libros, películas, audiciones radiales y televisivas… ¿Qué hacer con todo eso, como darle forma a ese caos? Este libro es la respuesta. La inteligencia y la sensibilidad de Mauricio lograron domeñar la acumulación anárquica, y volver  apasionante  para el lector lo que en otras manos perfectamente podría haber sido un maremágnum de citas y datos desmoralizador  o  indigesto.

Ahora las que duelen. Al inicial “Esta noche es de recuerdos”, siguen los capítulos “1976. Cometa de la Farola. El gran paso”, “1978. Retirada. Sortear el naufragio”, “1980. Aquello. Al encuentro de la voz propia”, “1980. Los Olímpicos. El primer éxito masivo”, “1982. Adiós juventud. Un fenómeno de identificación colectiva”, “1984. Durazno y Convención. El dial de una radio”, “1984. Los futuros murguistas. Contar nuestras cosas a nuestra manera”, “1985. Murga de la Pica. Los lingotes de oro dentro del rocanrol”, “1985. Brindis por Pierrot. Una fotografía del mostrador”.

Para enterarse del contenido de cada uno de ellos el lector naturalmente deberá leerlos, pero anticipémosle que todos mantienen la tónica de estructura y de altísimo interés que ya hemos referido, con un  bordado  exquisito de temas que se van sucediendo vertiginosamente y de manera para nada lineal.  La secuencia de los capítulos va, pues, tomando los discos publicados desde los inicios hasta la publicación del disco Brindis por Pierrot de 1985, punto de quiebre e inflexión en la carrera de Jaime, y no solo en la de él, sino también en la del Canario Luna que saltó al conocimiento masivo y al estrellato dentro de la canción uruguaya, con su magistral e inigualable  interpretación consagratoria de la canción Brindis por Pierrot, que el libro desmenuza en todos sus detalles.

Lamentablemente, un libro tan bien escrito, y  bien armado en cuanto a Bibliografía, Referencias y un Apéndice de Sesión de fotos, adolece de un elemental  índice, lo que deberá corregirse para futuras ediciones, que sin dudas vendrán.

Mención especial merece la sesión de fotos, un apéndice de 72 fotografías en blanco y negro, inéditos hasta la fecha, que  su autor, el fotógrafo Mario Marotta, le cedió a Mauricio Rodríguez especialmente para este libro.  Fueron tomadas una madrugada de abril de 1984,  en un boliche ubicado en la calle Andes casi 18 de Julio, entre ésta y San José, el Cocktail Bar, a dónde cayeron Jaime, el fotógrafo y varios amigos.  Los principales protagonistas de las fotos fueron el propio bar, por supuesto, Jaime, y un hombre llamado Dodera, parroquiano habitual del boliche, bebedor, profesor,  filósofo de la noche.  Un año después una de esas fotos sería la clásica tapa del disco Brindis por Pierrot con Jaime acodado en el mostrador y la mirada fija en alguien que no se discierne, pero que ahora sabemos que era Dodera.  Constituyen una pintura visual magistral del ambiente de un boliche, de la noche, de la angustia y la poética del bebedor, de su penuria y de su grandeza del instante. Como toda obra artística basada en  imágenes, no necesariamente requiere que sea explicada, pero los detalles que brindan Mauricio y el propio fotógrafo, y Jaime, son imperdibles.  Así, nos enteramos que aún algunos años después cuando Jaime saca Fuera de ambiente, el poderoso mensaje existencial de Dodera  seguía rondando en su cabeza y operó como motivo de inspiración del Tema del hombre solo.

Otro punto muy alto de este libro, y por el cual también vale la pena.

Jaime.  Para la gente de mi generación, que evolucionamos junto con sus canciones y que su repertorio nos ha acompañado desde que comenzó a difundirse allá por 1977, cuando Rubén Castillo empezó a pasarlo en su programa Discodromo de Radio Sarandí,  Jaime Roos significa  mucho más que un músico.

Era plena dictadura, reinaba la más absoluta oscuridad cultural y musical, estaban barridos de las radios todos los grandes como Los Olimareños, Viglietti, Zitarrosa,  el Sabalero, y desaparecida toda la movida del candombe beat y del rock nacional. Apenas empezaban a emerger los primeros autores de lo que dio en llamarse el Canto Popular. Aquellas primeras canciones de Jaime vinieron a refrescar el aire estancado y viciado del dial, en épocas en que la difusión de las novedades musicales estaba confinada casi exclusivamente a la radio.  Uno las escuchaba y no lo podía creer, porque allí había algo del viejo candombe beat de los 60 de la tradición de Mateo, el Kinto, Totem,  algo de la incipiente irrupción murguera,  bastante de rock and roll, y sobre todo, muy sobre todo, era muy buena música.  Ni qué hablar de Cometa de la Farola, pero sobre todo las canciones de Para espantar el sueño de 1978, como la gran Sí, sí, sí a pura guitarra electroacústica de cuerdas de acero, y lonja, con Jorge Trasante en congas;  la hermosa y muy mateística Duérmase la mamá, y la formidable Retirada que Mauricio Rodríguez se encarga de analizar tan bien en el libro.

Hubo un salto cualitativo entre ese disco y la opera prima Candombe del 31, de 1977, aunque siempre fui admirador de la canción homónima que le dio nombre al disco, más que por la música, por la letra,  pintura de un bailongo y cantarola de barrio de fin de año en aquellos tiempos en que aún subsistía la costumbre de salir a festejar a la vereda y a la calle,  de lo que dejé constancia en un capítulo de una novela al describir el barrio Palermo.  De ese primer disco también se rescatan Carta a poste restante, y Señorita Efe, en la que se escuchan entremezclados acordes de Doña Soledad y también al final unos versos cantados de la canción de Zitarrosa –toda una osadía para la época y su difusión en Uruguay, prohibido como estaba Alfredo Zitarrosa-. En el libro de Mauricio Rodríguez nos enteramos que en esa canción, aunado a la invocación de su amor parisiense, el autor también evocaba el terraplén del que se tiraba en su infancia en su barrio montevideano.

Ya Aquello de 1980 fue un disparate de disco, con dos cancionazas como Aquello y Los Olímpicos, de gran éxito popular,  aunque incluya al sentimental Tu laberinto, bolero cantado por Raúl Mayora;  pero también merecen un recuerdo el logradísimo candombe beat Alacrán y su descripción de un pícaro del exilio (un chileno a juzgar por el personaje que declama en medio de la canción), Flamenca real, mezcla de lento solo de guitarra tocando una habanera y rock and roll,   Viviendo y su gran coda final inaugurada al grito futbolero de “sacando la pizarra”, con hallazgos como el solo de sintetizador con fondo rítmico de bajo haciendo un toco de candombe.

Siempre son las cuatro de 1982 y Mediocampo de 1984, en la misma línea de crescendo creativo,  incluyen las famosas Adiós juventud, Nadie me dijo nada, Durazno y Convención, Luces en el Calabró, Los futuros murguistas, amén de las menos populares pero igualmente hermosísimas Hermano te estoy hablando, Quince abriles, Victoria Abaracón, Tal vez Cheché,  Una vez más,  Pirucho.

Tal como lo anticipa este libro de Mauricio Rodríguez, el disco Brindis por Pierrot contiene una recopilación de grandes canciones, pero la que le da título al disco es un hito sin parangón en la historia de la música uruguaya;   el capítulo que el libro le dedica en sus últimas noventa páginas, constituye un extraordinario y atrapante desguazadero de la canción en la que se analizan todos los aspectos de su creación y de su grabación.  Con uno de los comienzos más memorables de las canciones de todos los tiempos, cuando apareció instantáneamente a todos nos arrebató el alma esa evocación arrasadora de mitos del carnaval uruguayo (Molina, Mario Benítez y su murga la Línea Maginot,), de la ciudad, de la crónica policial,  de nuestra historia  y de nuestra política (la mítica y fantasmal Gran Muñeca y su trillo por Bulevar, la batalla de los porteños atrincherados en el Edificio Liberaij, el brindis por un barrio, La Unión, el recuerdo de aquel delincuente famoso, el Mincho Martincorena), que luego del estribillo o parte B, continúa sin darnos respiro hasta dejarnos el corazón sin aliento mencionando a la Bruta, Pianito, el Ñato, Dogomar Martínez nuestro campeón de boxeo, al Sabalero, Mario Benítez por segunda vez ahora como campeón de boxeo, el Picho López,  el valiente homenaje a Zelmar Michelini y su martirologio condensado en ese brindis final; y  todo volviendo circularmente a Molina, ese desconocido del gran público pero legendario referente para los carnavaleros por su voz sobrenatural –tercia- que sobresalía por sobre las voces de los primos y segundos de la murga y que Jaime dice en este libro que se puede escuchar en la grabación de la murga de Peñarol que se inicia con “Peñarol, Peñarol, Peñarol”, cuando aparece sobre las demás y canta “Peñarooool.”

Jaime Roos lo rememora como el “Pelé del Carnaval” y “esa bestia”, y el Canario Luna, como el “Gardel del Carnaval” y el “gran crack”. También es parte de la leyenda que en su vida cotidiana  tal vez no fuera más que un punguista, chileno de nacionalidad, como le contaron a Jaime en el bar El Hacha; un delincuente que no merecía que le cantaran en una canción, como  apostrofa indignado el cantinero del bar Tabaré en el que ensayaban la canción con Falta y Resto.

Ese recorrido maravilloso, ese sube y baja tremendamente emocional y nostálgico por los recovecos y meandros de nuestro ser nacional y nuestra mitología popular (carnaval, ciudad, historia), es arbitrario, anárquico, caprichoso, como no podía ser de otra manera. Así como se mencionan a unos personajes, perfectamente se podrían haber mencionado a otros, a otras circunstancias, otras evocaciones, como le ha sido señalado y reclamado al autor,  y como lo reconoce el propio Jaime en el reportaje. Pero nada de eso es válido, lo único válido es la genialidad de Jaime de haber incluido todo lo que incluyó en la canción y que todo funcionara con su tremenda carga emotiva, una montaña rusa de la sensibilidad que aúna homenaje, evocación, nostalgia, recuerdo, sonrisa, suspenso (por los destinos finales desconocidos, como el del propio Molina), y hasta la alegría banal y superflua (la Nueva Ola y el champagne). Eligió lo que eligió y punto, funciona a la perfección, no se necesita nada más, esa es la canción como quedó terminada y como suena. Desconformes abstenerse: que prueben  hacer su lista en una canción de su autoría y vean qué les queda.

Pero si tildamos de maravillas las  estrofas de la parte A de la canción, ¿qué dejamos para los estribillos, las partes B?  Meditaciones de boliche, alma del murguero, un profundo dolor por la existencia y por lo que se va, filosofía amarga, todo se refleja en esos versos que canta el personaje Pierrot interpretado magistralmente por el Canario Luna, al que responde el inspiradísimo coro de  Falta y Resto.  En algún lugar (Jaime Roos. Cancionero para Guitarra, transcripciones de Ney Peraza, comentarios del autor, Ediciones del TUMP),  Jaime dice que tanto la parte A como la parte B se tratan de tangos en versión murga-candombe.  Lo serán en su similitud de nostalgia y reflexión angustiosa por la vida, pero Brindis por Pierrot logra sortear la barrera y sobrepasar al tango que siempre huele a melodrama; sus estribillos son mucho más que eso. Expresan la dualidad historia colectiva y legendaria con el espíritu individual, subjetivo, de una forma tal, simultánea y oscilatoria, vacilante, pendular, que va enhebrando con toda naturalidad a aquellos cuya historia se ha vuelto ilusión con la amargura de la voz del Pierrot, a aquellos que bajo el carnaval se han vuelto canción con  el Pierrot que no tiene ni quejas pero que llora, a aquellos que se van sacudidos por el viento como hojas de un sueño otoñal (magnífica alusión a la canción de Mateo) a quien levanta el vaso por las dudas ayudado a veces por la suerte de que nadie golpee a su zaguán.  ¡Qué desolación, qué tristeza, qué soledad tan íntima la del alma del Pierrot, del murguista!  En realidad es el alma de la bohemia dice Jaime Roos en el libro de Mauricio, pero quién puede sentirse ajeno a esos versos devastadores, magníficos, que lo retratan incluso al propio autor y a todos nosotros en definitiva.  Esa consustanciación con el Pierrot, con ese yo que canta y solloza en la noche, es lo que nos hace sentirnos tan identificados con la canción y con los pensamientos que entre la melodía,  se van abriendo paso a través de nuestras barreras más íntimas: “Me voy/me vivo yendo/Esta noche me hizo vista el tiempo/y las copas me dieron changüí”, “Esta noche no tengo ni tumba/sin embargo el que canta soy yo”, “Me llevo/ como un capricho burdo/la esperanza escondida en el zurdo…”.

Esos pocos versos bastan para decirnos todo lo que necesitamos saber, lo solo que estamos, lo quijotesco de nuestras quimeras que pese a todo nos hacen levantarnos y seguir adelante, el saber que nada podemos contra el destino ni la muerte pero que sin embargo arremetemos cantando o bailando o escribiendo o lo que sea. El coro, inflexible, replica: “Le ha tocado pasarse la vida/a solas con su corazón”, “Miren al Pierrot callejero/oigan al payaso que canta”.  Sueños y quimeras debatiéndose en un duelo imposible con la  realidad,  que  juzga inflexible e impávida incitando a escuchar, solo eso.

¡Horrible!, dirán algunos. ¡Bellísimo!, replico yo, pues estos son los momentos  en que  la canción se vuelve arte y del mejor.  Es cierto que en cuanto a las letras, los autores de canciones no tienen por qué ser poetas, aunque algunos, pocos, lo sean.  En esta canción, Jaime, un gran letrista con filosos versos que aportan e importan a nuestra cultura ciudadana, toma un vuelo poético insospechado  que logra trasmitir con toda su fuerza el mensaje de la soledad y la amargura, la desazón, el desamparo y el quijotismo ese individual colocado frente a lo que sabe que no tiene oportunidad ni chance, a lo que se ha ido y ya no está, a la vida  que ya pasó,  ya se fue. No busquemos grandes palabras ni  metáforas  complicadas, sí  un lenguaje que nos habla al corazón, cuidado, conciso, preciso,  profundo, y también muy popular: con giros tan futboleros como aquel de que el tiempo le hace vista al Pierrot, o  de que la copas le dieron changüí,  o el de la esperanza escondida en el zurdo, y ese mensaje zumbonamente redentor en la perdición: “que el Diablo se apiade de mí”.  El recitado del final   “Te largan a la cancha sin preguntarte si querés entrar…” otro acierto magistral lleno de sabiduría y amargo humor popular, que es autoría de Jaime por supuesto, se complementa con otro recitado que curiosamente el Canario Luna improvisó ya en las últimas y que Jaime resolvió afortunadamente mantener en la versión que salió a luz  (“No sentiste, Viruta, a los muchachos …”).

Aunada a la letra, la música también es otra belleza. Escrita en re mayor, la canción está construida sobre variados y complejos acordes con séptima que la tornan una delicia. Su ritmo es de murga-candombe como la califica el propio Jaime, y luego de sus partes A y B, tiene una tercera parte o coda final que se inicia con varios acordes de transición y sigue cantada a partir de “Oigan al payaso que canta…” , que el autor señala que está basado en el ritmo del samba brasilero tocado al estilo Demonios da Garoa de los años 50, todo barajado y pasado por el ritmo de murga.  Así dicho suena sencillo, pero es solo la apariencia de la explicación racional a algo que suena formidable.

Jaime, letra & música.  En el libro Jaime aclara que tuvo una inicial formación de estudios académicos de guitarra, que recién después se hizo bajista cuando empezó a tocar en una banda, y que comenzó a componer en serio a partir de 1975 cuando se exilió voluntariamente primero en Madrid y luego en París, luego de cortar abruptamente con su vida montevideana de hasta entonces de familia, amigos, facultad y novia. Desde el punto de vista musical no cabe abundar sobre sus dotes, ni sobre sus influencias rockeras, beatleras, y del movimiento sesentista del candombe beat, ni sobre lo que ha sido dicho hasta el cansancio en el sentido de que  ha sido un extraordinario fusionador de la murga, el candombe, y el rock.  Él agrega, y también del fútbol, con acierto.

Menos es lo que se ha dicho sobre  su trabajo y desarrollo de la milonga, que destella y brilla en grandes canciones como La hermana de la Coneja,  Milonga de Gauna, El beso de La Margarita,  Nadie me dijo nada, Piropo, y en el enorme tema instrumental que sonaba en la banda de sonido de la película El viaje hacia el mar al que luego  perdió su magia y se echó a perder al agregarle el autor una letra muy pobre y sentimentalona, transformándola en Te quería decir de Fuera de ambiente. Ocasionalmente ha incursionado en otros géneros,  irregularmente en el caso del bolero (Inexplicable, Tu laberinto), de manera muy puntual en el caso de la música tropical (la parte de la calle Convención en Durazno y Convención),  y de manera maravillosa  en el caso del baión (Golondrinas),  del tango (De la canilla),  del milongón (Y es así), e incluso hasta del samba (Por amor al arte).

Pero Jaime nunca deja de trabajar sus músicas desde la complejidad. Trátese de canciones aparentemente sencillas (solo aparentemente insisto) como Los Olímpicos, o notoriamente difíciles como Brindis por Pierrot, siempre la tónica es una complicada secuencia  de acordes y de variaciones rítmicas que enloquecen a quienes quieren interpretarlas.

Lo extraordinario de Jaime es el producto final, la canción redonda, letra y música en su conjunto, sonando sin fisuras. No resisto citar una de sus canciones que más me emocionan, la fuerza de Expreso horizonte, un arrollador rock and roll sobre la aventura y  la libertad personal de la mano de versos de despedida (¿del hijo? ¿de la ausente tos de un padre?) que casi hacen llorar: “No te asustes hijo mío/no te asustes mi niño mi sol/ (…) /El color de una valija/el vacío que deja una tos…

Jaime, romántico. En su vasta producción, Jaime tiene  una veta de canciones de amor  de primer nivel, algunas con cierta poética de su admirado Leonard Cohen, como Carta a poste restante, Good-Bye (El tazón de té), Ella allá, Quince abriles,  Carbón y sal, Piropo, Dices que te vas, y hasta Colombina con su historia que no fue que no fue entre el murguista y la muchacha; también podrían incluirse la serie de composiciones musicales para las letras de Mauricio Rosencoff que conforman ese notable álbum que es La Margarita,  en el cual brillan temas entrañables  como Golondrinas y El beso.

Pero no puede pedirse a ningún artista  una perfección total en el conjunto de una obra en la que siempre hay lugares débiles, zonas de la creación que palidecen. En el caso de Jaime acaso lo sea cierto cancionero también romántico pero de bajo nivel,  en algunas canciones que desentonan al lado de sus creaciones monumentales, como es el caso de Amándote (más adecuadamente Amandoté),  algún bolero (Tu laberinto) y  las canciones Solo contigo, Te quería decir, Esquela, de Fuera de ambiente.   Letras llenas de clichés y sentimentalismos, con melodías y armonías  que no le agregan nada a su repertorio, más bien le detraen (salvo el notable tema instrumental desperdiciado en Te quería decir).   Aunque es arriesgado, puede incluirse en este grupo a Si me voy antes que vos, aclamada por el gran público, una canción pretenciosa pero llena de claudicaciones en cuanto a letra; tan confundido estaba Jaime con ella que en algunos reportajes dijo que era una canción que excedía lo amoroso y que se podía aplicar a cualquier situación de pérdida de un familiar cercano o de un amigo, o de lo que fuera, casi como si fuera una invocación de manual de autoayuda o de trascendencia espiritual; él, nada menos que él, cultor a muerte de la autoexigencia  compositiva y de la creación artística sin concesiones.

Jaime, urbano. Desde un inicio las canciones de Jaime se destacaron por sus  pinceladas de paisaje urbano, casi exclusivamente montevideano, muy lejos de otros ámbitos nacionales como el paisaje rural o el interior del país; sus versos destilan barrio y ciudad, una, e inconfundible:  Montevideo, su impronta.

Solo algunos ejemplos notables como el caso de  Cometa de la Farola que logra la hazaña de envolver al oyente espacialmente, situándolo donde se está remontando esa cometa que vuela con el viento que sopla torcido, con solo dos o tres muy potentes alusiones a  la Farola de Punta Carretas, al Parque Rodó y al Tren Fantasma.  La misma capacidad de describir de manera sumamente sintética, está en Hermano te estoy hablando: “Las cenizas al viento/se pierden sobre el mar picado/frente a la misma rambla/donde le tocó crecer

En Aquello, si bien la alusión es a lo ausente y  omitido, a lo que no puede nombrarse, la presencia  de Montevideo es inconmensurable; pocos versos de canciones la han podido definir con tal fuerza palpitante y viva como los que dicen: “repica el trabajo sobre el hormigón”, “la ropa tendida sobre los alambres/ saluda al ausente/ prolonga el adiós”, “en las avenidas/ limpian las vidrieras/ se abren los balcones/ para que entre el sol”.

Durazno y Convención, arquetipo de esta línea creativa de Jaime, es casi un himno, una bellísima descripción de su barrio.  Pero aquí no se trata de unos pocos versos sintéticos, aquí  es toda la letra de la canción que no tiene desperdicio, con la alternancia descriptiva de Durazno en ritmo de candombe por un lado, y Convención en ritmo de salsa por otro. Una enorme canción,  llena de talento y creatividad.

La misma La hermana de la Coneja (letra de Raúl Castro, pero en la línea de Jaime), tan centrada en contar una historia de un descarrío adolescente,  despacha en dos versos, con una descripción notablemente escueta y acertada, el lugar donde comienzan los hechos “En un depósito sucio/bastión de la Ciudad Vieja”, que nos hace adivinar toda una leyenda urbana masculina bien de época.

Las excepciones al paisaje urbano montevideano son algunas canciones dedicadas a pintar destellos de su exilio, describir viajes y experiencias exóticas como Flamenca real, Para espantar el sueño,  Chalaloco, Lluvia con sol, y otras. Vuelvo a citar aquí Alacrán, notable tema, un candombe beat que aún hoy mantiene intactas sus cualidades musicales y que merecería haber tenido otra difusión.

Jaime, retratista. Otra vertiente creativa ha sido la descripción de personajes, tipos humanos, y sus paisajes subjetivos, sus mentalidades, en versos como brochazos en Pirucho y la barra retratada nombre a nombre; Tal vez Cheché, y su enigmática invocación a Cheché Echenique, su baterista, que culmina al grito de “el Fénix, Fénix, no baja” ; Los futuros murguistas, formidable boceto de los gurises que se arriman a la murga que ensaya, y que se animan a pedir bolada; Que el letrista no se olvide donde va nombrando y retratando a la vez,  a toda velocidad, en punzantes e inspirados versos cosas tan disímiles como los versos de Gamero, la hinchada del Basañez, o la voz del Pepe Guerra; El hombre de la calle y ese extraordinario flash del montevideano medio; Luces en el Calabró y la inolvidable flaca tuquera;  la misma Catalina, homenaje y descripción de su madre; y por supuesto, Brindis por Pierrot. Se destacan también Milonga de Gauna, retrato inspirado en la estética borgeana del duelo y del cuchillero, y Victoria Abaracón, construcción de otro retrato, el de una abuela, con los retazos que conoció de ella.

Jaime, filo, contra filo y punta.  De los mejores aciertos de Jaime, su veta humorística, a veces ácida, que se vuelca como no podía ser de otra manera en los temas y cuplés netamente murgueros. Así, el caso paradigmático de Los Olímpicos, Los futuros murguistas, Que el letrista no se olvide, o incluso la Murga de la pica. Pero también la vemos asomar en otras canciones de contenido mucho más dramático y profundo, como es el caso de la propia Brindis por Pierrot, o en Adiós juventud, y también en La hermana de la Coneja, en las que entre la amargura y la nostalgia se filtran la ironía y el sarcasmo: “Te largan a la cancha/sin preguntarte sin querés entrar/y para colmo/zás de golero/ toda una vida tapando agujeros/y si en una de esas salís bueno/ se tiran al piso y te cobran penal ” (Brindis por Pierrot),  “Parece mentira las cosas que veo/ por las calles de Montevideo” (en Adiós juventud, un coro que daba para todo tipo de sobreentendidos cargados de sátira social y política), “Hoy es señora de cual/ y en el Este veranea/ no imagina el que la vea/ que era de Playa Pascual/ Su camelo bien mal/ bate “chicas” y “colegio”/ te la trabaja de regio/ y anda en checo bien debute “ (La hermana de la Coneja, aunque la letra es de Raúl Castro).

Jaime y la canción política. Si bien Jaime fue catalogado en términos amplios dentro de lo que en general se consideró como Canto Popular, es evidente que siempre huyó de la canción con compromiso político, la canción protesta o con mensaje, apostando siempre a otros niveles, y no a la inmediatez de la circunstancia política ni a la arenga, lo que le ha dado una estatura mayor y más atemporalidad a su música.

Sin embargo algunas de sus canciones fueron tomadas casi como himnos que destilaban subterfugios de alusiones indirectas a los tiempos dictatoriales como la propia Cometa de la Farola inspirada en la hazaña del 76 de Defensor al coronarse campeón uruguayo destronando a los sempiternos Nacional y Peñarol en una gesta casi subversiva, incluso bajo la batuta de un director técnico de izquierda –el recordado Profesor José Ricardo de León-, y que por ello mismo fue vetado por las altas esferas como natural e indiscutido candidato a director técnico de la selección uruguaya para las eliminatorias del Mundial del 78 de Argentina, con el cual sin dudas otro hubiera sido nuestra participación, y no la lastimosa eliminación a manos de Bolivia.  La canción Aquello y sus veladas menciones a todo lo que estaba prohibido en dictadura, que uno escuchaba e inmediatamente intentaba ir descifrando qué era lo que se fue, qué lo que está acá, qué lo que se ha muerto o lo que volverá.  E incluso el  coro final de Adiós juventud, “Parece mentira las cosas que veo/ por las calles de Montevideo” que en aquellos años sonaba casi a clarinada.

Hay que mencionar sin embargo, una excepción, la Retirada de El gran Tuleque de 1987,  cuyo coro reivindicaba a texto expreso la esperanza en el futuro y la lucha por la recuperación de los niños desparecidos y secuestrados en dictadura, así como el grito que el alma pronuncia -¡nunca más!- que a todos nos brotaba por entonces: “Redoblando esperanza y coraje/ con margaritas de amor y de paz/ por los chiquitos que vienen/ por los chiquitos que faltan/ uruguayos/ nunca más”.

Jaime, una conciencia que cruje. Aún recubierta o adornada por la épica del mostrador y de la bohemia, un viento existencialista, el de una conciencia que cruje en medio de un vendaval meditativo y filosófico, ha barrido sus canciones desde siempre, y ha sido un sello distintivo muy personal.  Jaime Roos se pregunta aquí y allá, una y otra vez por el destino, la vida y la muerte, el sentido de todo; metafísica pura, en fin, pero con el envoltorio de grandes letras y grandes canciones.  La más emblemática en este sentido es sin dudas Brindis por Pierrot, pero también podemos citar muchísimas otras como Las luces del Estadio, Hermano te estoy hablando, Una vez más (y su muy sentido retrato desde el alcoholismo), y de manera más acusada aún en sus últimas creaciones Postales para Mario y Tema del hombre solo. A propósito,  hay homenajes explícitos a Onetti como la canción que lleva el título de uno de los cuentos del escritor, El infierno tan temido, y como Candombe del 31 que tiene una evidente reverberación de otro, Justo el 31.

Jaime, un hermano.  Hace ya más de cuarenta años que Jaime nos viene acompañando con sus canciones que se han transformado por su voluntad y pasión creadora en música de la ciudad, como ha sido definido en el libro de Milita Alfaro, El Montevideano, pero que más que eso, nos transmite un mensaje de hombre-acá, de ser- humano-próximo, de individuo que logra trascender la angustia por su existencia, su destino, y su ser en el mundo, en canciones que nos llegan al corazón.  Nos ha conmovido, nos ha hecho reír y apenarnos, nos ha hecho reflexionar, nos ha mostrado la amargura más profunda, nos ha cantado sobre nosotros mismos y sobre la  ciudad en que vivimos, como nadie.

A fines del 2019 lanzó su sitio web (jaimeroos.uy),  muy recomendable (ver Nacho Pardo, Servirá de tablero: recorrida de fan por la nueva web de Jaime Roos,  en La diaria, 28/12/2019). Este año, 2020, se apresta a regresar y a festejar sus 50 años sobre los escenarios con un mega espectáculo Mediosiglo en el Auditorio del Sodre.

¿No es hora ya de considerarlo un hermano?

Amén de verlo en sus espectáculos en vivo, solo me encontré personalmente con él una vez, casualmente, hace varios años, en la sala de espera de una emergencia médica para que nos atendieran a ambos; a él, de una quemadura con agua caliente del termo en su mano izquierda. Nos saludamos, nos reímos de la quemadura que no le permitiría tocar la guitarra quién sabe por cuántos días, nos estrechamos la otra mano, y hasta siempre.

Me hubiera gustado decirle entonces algo de esto que escribo ahora.

Por suerte para Jaime, no lo hice. Imagínense: tener que ir a la emergencia, y todavía que te zampen un discurso.


 

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