La cita sin concierto. Un cuento de Margarita Heinzen


El ya está allí. Cuando ella llegó, apenas levantó la vista y lo vio ubicado en la mesa de siempre, en el lugar de siempre. Pelo castaño y corto tecleaba concentrado en su computador portátil.  Por un instante sus miradas se cruzaron.  Se reconocieron. Reconocieron la rutina de venir a estudiar a la biblioteca todos los días. Tarde tras tarde  trabajaban en dos mesas separadas por un pasillo. El llegaba antes, ella después. Ambos con su portátil y varios libros y cuadernos que desparramaban sobre la mesa. El sólo leía y escribía. Ella tomaba además notas, escribía horas en el cuaderno.  Nunca se hablaron. Ella había notado su presencia al tercer día de ir a trabajar allí y seguramente él también pero no lo demostraba. Ella levantaba la vista del teclado cada tanto y lo veía leer concentrado. No se cruzaron sus miradas. Sólo estaban allí, los dos, sabiendo el uno que el otro estaba en la otra mesa. A ella le caía bien. Le parecía serio, más maduro que el resto de los muchachos del curso. Le gustaba esa manera de sostenerse el jopo con la mano izquierda a la vez que apoyaba la cabeza sobre esa mano mientras leía. Lo miraba de reojo. Lo miraba sin mirar. Lo sentía, moverse a dos metros de ella. Registraba los cambios de silueta que se intuían por el rabillo del ojo.

El día que sus miradas se cruzaron, ella pensó que tal vez era el día que debería hablarle. Le pareció leer algo en su mirada como de reconocimiento, de alegría por verla llegar, por no haber faltado a la cita no concertada.  Y se animó. Se dijo, “esta vez le hablo”.  Se sentó a la mesa como siempre, sacó su computador, lo enchufó, lo encendió y mientras esperaba que se cargara el sistema sacó también los libros de su mochila. De vez en cuando levantaba la vista y buscaba la suya. Él estaba concentrado en su pantalla.

Ella se levantó y fue hacia una estantería a simular que buscaba unos libros. De a ratos dejaba escapar su mirada hacia la mesa donde él trabajaba. El seguía concentrado. Ella volvió a su sitio. Abrió el trabajo del día y comenzó a leer para retomar el hilo del día anterior. No podía concentrarse. Pensaba que ese era el día que tendría que hablarle. Tampoco es que le gustara mucho, ni que se hubiera enamorado. No, nada de eso. Solamente que era la presencia más cercana que había detectado desde que llegó a estudiar acá. Sentía que compartían algo y ella quería probar. Buscar un pretexto, buscar un pretexto, buscar un pretexto. “¿Y si tiro el bolígrafo cerca de él y me levanto a buscarlo? Mmm, como si fuera una señorita del Romanticismo con un pañuelo, se rió de sí misma. Algo más sutil que me permita empezar una conversación, pensó.

En tanto el tiempo pasaba y ella no avanzaba con el trabajo, tanto mirar por el rabillo, tanto levantar la vista, tanto pensar excusas. De repente sintió un ruido de bolsas plásticas crujir desde la mesa de él y lo vislumbró revolviendo adentro. Sonaron unas galletas al quebrarse, sonaron de nuevo al caer bajo la presión de sus dientes. Escuchó una botella abrirse. Sonó el líquido ingresando a su garganta. Las galletas (o lo que fuera) siguieron sonando mezcladas con el agua. Algunos chasquidos se alternaban con otros de los molares quebrando la galleta. Los ruidos atravesaban el pasillo de dos metros y llenaba el espacio vacío de la Biblioteca. Ella empezó a sentir náuseas. A imaginárselo comiendo con la boca abierta, desparramando migas sobre los libros, chorreando agua por las comisuras. Y ya no quiso hablarle. Por suerte no le hablé, pensó. Y se puso a estudiar.


 

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