“La insumisa”: La sinceridad de una mirada

Por Sergio Schvarz

“Perseguimos la sombra de nuestro deseo”

Cristina Peri Rossi


La última obra de la poeta y escritora uruguaya, radicada en España desde hace más de 30 años, que recibiera hace poco el Premio Iberoamericano de las Letras José Donoso que entrega la Universidad de Talca, en este caso por su trayectoria literaria, abarca un recorrido autobiográfico, donde interacciona la literatura y la memoria, desde la sinceridad de las palabras y su precisión. Se observa también la cristalinidad de los sentimientos junto a ciertas enseñanzas que son para siempre y que la moldearán por entero, desde su niñez y adolescencia.

Estará su madre, en primerísimo lugar, para la que el sexo “era algo irrelevante, cuando no desagradable”, y que, de alguna forma, “me hizo crecer con la convicción de que, a los efectos del amor, el sexo de los que se aman no tiene ninguna importancia. Como no la tienen el color de la piel, la edad, la escala social o la geografía”.

Esta obra trata del periodo de la niñez hasta la pubertad. En ese sentido, dice que “mi infancia es una estación de trenes, en mitad del campo”. Me detengo en la imagen. La estación de tren (Chamberlain, en un pueblo del interior llamado Casupá) conserva, avejentada por la desidia y la miopía de los malos gobernantes, algo de un esplendor antiguo, y su sabor, apenas diluido por el tiempo. Esa ciudad, afincada en el interior rural, muestra  “un campo llano, yermo, dedicado a la pastura del ganado”. Confirmo yermo: lo que no tiene vegetación. La palabra es precisa, aunque suene antigua. Sí, es cierto, los campos del Uruguay son llanos, yermos, salvo en las zonas donde ahora está la forestación y las que están cercanas a cursos de agua.

Pero antes, cuando circulaban los trenes, no, había movimiento. Y antes es el tiempo de los ingleses, allá en el fondo de la historia de los trenes y las estaciones de trenes. Porque, “la estación la habían construido los ingleses, como casi todo: los trenes, los frigoríficos, los tranvías y la destilación del whisky y de la caña (…). Los trenes eran del más puro estilo inglés: asientos de madera, mesas desplegables con bordes dorados, ventanillas con cortinas de cuero, pasillos de madera alfombrada color púrpura”.

Por culpa de “prima infezione” (principio de tuberculosis) la niña será llevada a Casupá, donde está su tía-abuela, maestra rural, y su marido, jefe de la estación de trenes, y desde allí conocerá el mundo. “Yo tenía cuatro años, era curiosa, hipersensible, alegre, pero estaba profundamente angustiada”. Y por supuesto, “a mí bastaba hablarme de algún animal para conducirme a cualquier parte”. La curiosidad, permanente.

El recuerdo se hace nítido, indeleble: “La fachada de la estación estaba decorada con enormes carteles de latón, hechos en Inglaterra, que anunciaban los productos que se vendían en los almacenes: tés ingleses, chocolates ingleses, pastas inglesas, jerseys ingleses. Pero la gente que yo veía en el pueblo no bebía té, ni comía pastas inglesas: eran pequeños ganaderos, agricultores pobres, enormemente dignos, limpios, que no sabían hablar inglés, y mandaban a sus hijos a la escuela pública que dirigía mi tía con muy buen humor, muchísima solidaridad y gran comprensión. Ellos tomaban mate, mascaban chala y vivían en ranchos de paja, con un aljibe cerca”. Del recuerdo se desprende, ya, algo más, indisputablemente crítico.

Por cierto, nos recordará que “veinte años después, las líneas de ferrocarriles de los ingleses (que habían sido expropiadas por el gobierno, pagándolas a precio de oro) fueron clausuradas para el transporte de pasajeros”, lo cual fue una decisión que estuvo a contramano de la del resto del mundo.

La memoria no traiciona

Cristina Peri Rossi no se traiciona y por ello nos contará la memoria histórica de los hechos que vivió el país y la terrible miopía de los dirigentes de aquella época. “Pero cuando la dictadura militar tomó el poder y las cárceles y los cuarteles no fueron suficientes para encerrar a todos los presos políticos, a la Junta Militar se le ocurrió la idea de volver a habilitar esos viejos y oscuros vagones que estaban perdidos en medio del campo, alejados de cualquier camino y sin destino. Entonces clandestinamente empezaron a emplear los viejos vagones como campos de concentración” (“Los Vagones”, en el Barrio Olímpico, en Canelones, estuvieron operativos como centros clandestinos de detención y tortura a partir, aproximadamente, de setiembre del año 1975 y forman parte de un circuito de represión de la capital canaria que estuvo compuesto por otro sitio de vagones que estaba localizado cercano a lo que era la Escuela de Policía. Allí se recluía, reprimía y torturaba a los militantes sindicales y políticos de todo el departamento).

Nos contará todo, incluso lo doloroso y lo traumático: “Los presos llegaban en camiones, indiscriminadamente, hombres y mujeres mezclados. El sargento daba una orden y los obligaba a bajar. Dos soldados abrían las puertas desvencijadas de los vagones, y los hombres y las mujeres eran encerrados allí, como ganado. Una vez que el vagón estaba bien lleno, se cerraban sus puertas con grandes pasadores de hierro, y no se volverían a abrir hasta el día siguiente, en que los soldados de vigilancia arrojaban latas con algo de comida y algún bidón de agua”. Pero incluso allí, como el soplo de aire en medio del bochorno, hay “algunos soldados benévolos”.

Y yendo de lo general a lo particular: “una alumna mía, que tenía, entonces, dieciocho años, me contó que una mañana, cuando los soldados abrieron la puerta de su vagón para entregarles un bidón de agua, alcanzó a ver una hilera de presos y de presas que eran conducidos, a pie, hasta otro vagón próximo. En la hilera silenciosa de prisioneros descubrió a su tía, de cincuenta años, pero no pudo dirigirle la palabra, porque tenían prohibido hablar. Dice, sin embargo, que reconocer a su tía entre los prisioneros la hizo sentirse horriblemente inquieta, y a la vez,  acompañada”. Y la muerte, rondando como buitres en lo alto del cielo: “A veces alguien moría. Entonces, para aumentar el sufrimiento, los soldados se negaban a retirar el cadáver, que permanecía allí, pudriéndose, en medio del calor y de las moscas”.

Y, sin poder escapar a sus propios fantasmas, en medio de una anécdota sobre una muchacha que era todo para esa niña, surge el tema de los desaparecidos: “Abducidos por un poder omnívoro, los desaparecidos no estaban ni muertos ni vivos, entraban en un círculo del infierno innombrables y sin contornos: ausentados violentamente de su realidad cotidiana, dejaban un agujero negro, un espacio vacío que nadie ni nada podía llenar”.

Las naturalezas de la enseñanza

La naturaleza desborda desde su recuerdo, pauta la narración, encuentra los caminos de la memoria, rompe todos los diques: “La inmensidad de la llanura y la inmensidad del cielo se juntan por delante y por detrás del viajero a caballo, quien pronto se siente el único ser humano de la creación, extraviado Adán en tierra de nadie”. Porque “recorrer leguas y leguas bajo la lluvia (…) vuelve a los hombres y mujeres gente íntima, solitaria, secreta y consustanciada con la naturaleza; esta tiene predominio sobre lo humano, de modo que el hombre y la mujer que andan a caballo varias leguas por la desolada llanura solo dialogan consigo mismo”, y en ese diálogo pueden encontrarse y entenderse por dentro.

La descripción va entonces, ahora, a la naturaleza humana del hombre y la mujer del campo, a su espíritu notablemente conservador, fatalista e inmovilizador: “La dependencia de la naturaleza —épocas de lluvias torrenciales que parecen no van a cesar nunca, períodos de intensa sequía en que la tierra se raja y los animales, muertos de sed, se echan al suelo, a agonizar— los convierte en fatalistas”, y, por tanto, “desconfían de cualquier posibilidad de modificar el orden de las cosas”. Esto es expresado en la frase popular de “siempre que llovió, paró”.

En ese ambiente rural, habrá total libertad, un “amor a la libertad y a la independencia que formaba parte de nuestra educación más elemental”.

Amor y odio: lo  voluntario y lo involuntario

Con meridiana claridad, nos dirá que “todo lo que afectaba a mi madre me concernía”, y mucho más tratándose de las continuas peleas entre su madre y su padre, bebedor y jugador, que la tenían siempre en un estado vigilante. Incluso tenía un cuchillo de cocina bajo su almohada, y no sabía si intervenir o no cuando la discusión subía de tono: “Eran decisiones graves para una niña pequeña, las debía tomar a cada instante, y todas ellas tenían riesgos muy difíciles de calcular”. Y cuando era castigada por el padre, por alguna falta, “en el momento en que mi madre cedía yo me prometía más firmemente nunca ceder, no consentir, no claudicar. A mi madre no le importaba la justicia, sino poner punto final al conflicto. Y para que esto sucediera yo tenía que transar y suplicar perdón a mi padre. Este, como un dios invencible, todopoderoso, tiránico y despótico, concedería su perdón previa humillación de la suplicante. En eso consistía el rito. Los papeles estaban fijos y predeterminados”. Y esa niña, con diez años, de personalidad fuerte, “no temía a la muerte: temía a la injusticias de la vida”.

Hay, en esa niña, una dualidad evidente en torno a sus padres. Tras el deseo, imposible, expresado de forma consciente, de casarse con su madre, hay también una aversión natural contra su padre violento que se ve reflejada, ¡oh, horror!, según la frase dicha por su madre: “sos igual a tu padre”. Porque ese “sos igual a tu padre” significa “que ella no me quería, y si no me quería era, precisamente, porque yo me parecía a vos, maldición que pesaba sobre mí por un oscuro —tenebroso— lastre biológico que yo no podía sacudirme…”. “Yo recibía el reproche en silencio pero con oscuro rencor”. Y además “percibía en el amargo reproche de mi madre una culpabilidad personal”.

“La frase me la repetía muy a menudo, y cada vez que la oía, yo tenía un mudo acceso de dolor, de rabia, de vergüenza y de culpa”. “Si se trataba de una semejanza biológica —si yo había heredado, igual que el color del pelo o de los ojos, el mal carácter, la violencia, la melancolía, la timidez, el aislamiento, la soledad, la afición por la bebida y por las mujeres— era injusto que ella me la reprochara, pero dado que me la reprochaba —y yo no podía imaginar que mi madre fuera injusta, injusto era mi padre, no ella— la semejanza debía de ser involuntaria, aunque no biológica”.

Y después de las dudas, de la parálisis que le provoca esa frase, masticada una y otra vez, llega la réplica que pondrá punto final a la expresión: “A tu marido, dirás. Si me parezco a mi padre, la culpa es tuya por haberte casado con él. Yo no pedí nacer”. Sin embargo, el malestar permaneció latente.

Lo peor de parecerse a él fue la soledad, el fracaso, la orgullosa tristeza de él. A los veinticinco años, él muere, y dirá: “No te quise. No pude quererte. No es posible querer a alguien que causa tanto daño, aunque sea un daño inconsciente”.

Las represiones morales

Una de las primeras expresiones represoras de “no hagas tal cosa porque…”, era el de “ir al asilo” de huérfanos. “Por entonces, todo parecía venir por los aires: las cigüeñas traían a los recién nacidos de París, las palomas transportaban los mensajes de un lugar a otro y el amenazador látigo de badana pendía de la pared, siempre a punto de descolgarse, en vuelo restallante, blandido por mi padre, de modo que yo podía suponer que si me iban a llevar al asilo, sería en el pico horriblemente curvo de un águila”. Esa es la forma que toma el castigo a la desobediencia.

“Intenté corregirme, pero no sabía muy bien qué cosas debía cambiar para evitarlo, dado que la temible sombra del asilo se cernía sobre mí a cada rato, y por motivos muy diferentes”. Sin embargo, “había cosas a las que no estaba dispuesta a renunciar de ninguna manera, como silbar o subirme a los árboles”.

Por cierto “…una ley no escrita muy discriminatoria prohibía a las niñas —y a los niños— contestar a los mayores…”. Y había otras cosas que estaban mal: usar pantalones en lugar de pollera (y el término era preferible a “falda”, que era y es un corte vacuno), leer libros no apropiados para la edad, pelear con su hermana, por haber roto un jarrón (o por cualquier otra cosa), por morderse las uñas o jugar al fútbol con los vecinos del barrio…

La imagen del asilo: “Imaginé una enorme y vieja casa, de color gris y anchísimos muros de piedra, llena de niños y de niñas tristísimos, a quienes en castigo por sus horribles faltas se les impedía salir a la calle, ir a la escuela, leer libros, dibujar y hasta hablar entre ellos. Una cárcel de silencio, de clandestinidad, un suplicio continuo”. Pero la realidad es otra: “No vengas al asilo —le dice el último de la fila de niñas y niños con el pelo cortado  muy corto—. Las paredes están sucias, hay piojos y nadie te viene a ver”.

La religión de los sentidos

En sus orígenes habían sido inmigrantes. “El silencio que guardaban acerca de sus orígenes, de sus antepasados tampoco parecía un pacto…”, entre otras cosas porque “éramos uruguayos de dos generaciones”, y eso ya daba pie para que el origen no importara demasiado.

Porque en su afán de llegar a lo que para ellos era algo así como la tierra prometida, los emigrantes “resistían sin chistar el hambre, la sed, el sol que les estiraba la piel, la sal que les quemaba la lengua; resistían sin protestar las noches de lluvia a la intemperie, la enfermedad de los hijos, el cansancio, la ceguera, la congestión pulmonar…”.

“Cuando comprendí que el exilio no era solo cambiar de espacio, el exilio era separarse de la persona amada, dejar de hablar la misma lengua (los enamorados y las enamoradas tienen su propia lengua), cambiar de amor es cambiar de diccionario y dejar un amor es perder un dialecto”, comprendió que el exilio es un huir de literatura, un intentar huir de la muerte.

Su actitud feminista queda clara: “Estaba bastante harta de comprobar el papel de víctimas pasivas de las mujeres, en las historias que me contaban, que leía o veía: el rapto de las sabinas, la violación de Leda, el martirio de las santas, las adolescentes secuestradas por la “trata de blancas”, todo me hacía pensar que nacer mujer era peligroso, inferiorizante y desigual”.

El qué dirán, esa moralina hueca, vergonzante: las niñas no usan pantalones: “Una vez  había visto a una mujer en pantalones, y no tuve ninguna duda de que se trataba de una mujer. Se lo dije a mi abuela. —Sería una mujer de la vida —me respondió. ¿Cuáles eran las mujeres de la vida y por qué? ¿Había mujeres de la vida y otras de la muerte?”. “La Sociedad (como un juez implacable) no quería que yo usara pantalones, ni silbara, ni jugara a la pelota, ni me trepara a los árboles, la Sociedad no quería que yo hiciera preguntas, ni que contestara a mis mayores, ni que interviniera en las conversaciones de los adultos, ni que leyera algunos libros. La sociedad era un NO gigante contra mis deseos”.

O la confrontación negativa: “eres niña porque no tiene pirulín” (¿falta algo, entonces?). “Años después leí, en Freud, que los niños y las niñas suelen creer que son iguales. Hasta que una adulta tonta —la madre o la abuela— le enseña a la niña que le falta algo”. “Pero a veces ocurre —como me ocurrió a mí— que aun en mi ignorancia —no sabía que tenía clítoris— descubrí, espontáneamente, para qué servía: para proporcionarme un placer autónomo, independiente, sin esperar a ningún Príncipe Azul”.

El mundo de las palabras, para quien como Peri Rossi aprendió a leer sola, es siempre fascinante, porque a veces ocultaban otros designios (como el objeto esclavas, pulsera, y la esclavitud).

Deseo y sexualidad

El mundo de la ciudad, y más específicamente del barrio, incluía a un bichicome, un hombre triste que —según supo después— había sido abandonado por la novia en el momento de casarse. Ella lo vio durante la hora de la siesta, en que, “cuando todos dormían, era el tiempo de la libertad y la fantasía”, porque de esa manera escapaban del poder de los adultos, “llenos de leyes, de normas y de prohibiciones”. Lo primero que pensó es que “eran tan pobres que comían bichos”. El bichicome, “parecía haber perdido una guerra, o haberse extraviado en un país desconocido”. Por otra parte, “no trasmitía inquietud, sino una rara sensación de lejanía, de extrañamiento”. Todos parecen acostumbrarse a él, como si fuera  una parte del paisaje.

El deseo es, ni más ni menos, exactamente lo único que se anhela, todo lo demás es superfluo. Ella, por ejemplo, “soñaba con vivir allí, debajo de la mesa, protegida de los adultos, de sus riñas, de sus celos, de sus envidias”, como Oscar en El tambor de hojalata (aunque por estas y otras razones). “El Universo era violento, aunque no todo el tiempo, y yo procuraba establecer la paz y la justicia”. “Ser la árbitra del mundo era un trabajo agotador e inagotable, pero se trataba de una misión, yo no concebía la vida de las personas sin una”. “La mía era establecer la justicia entre los animales y dulcificar a las personas mayores, aunque a veces, lo mejor, era huir de ellas, como yo huía de mi padre, salvo cuando tenía que defender a mi madre, que era siempre”. “Ser mujer se convertía en el obstáculo para muchísimos de mis deseos”.

Como había tenido una infancia muy solitaria, muchas cosas, de las cosas que empiezan a saber las muchachas, se le escapan: “cuando se reunían para cuchichear me dejaban afuera, porque yo era “inocente” ”. Así la menstruación, o el embarazo, cuando las explicaciones son parciales o falsas. “Si te has desarrollado, tendrás que tener mucho cuidado, si un hombre te toca, quedarás embarazada”. Entonces se dará cuenta que “ser una señorita no significaba ninguna de mis ocultas ambiciones”, y, sobre todo, había que cuidarse de los hombres. “Yo había tenido un par de episodios desagradables y perturbadores, de chica, con amigotes de mi tío soltero, y los hombres no me provocaban más que asco y miedo”.

“Yo tenía trece años y estaba perdidamente enamorada de mi compañera de banco, en el liceo, cuatro años mayor que yo y de una gran belleza y dulzura, llamada Elsa. No sabía que estaba enamorada: primero se siente, luego se sabe. ¿Qué era aquel torbellino interior que me arrastraba hacia ella..?”. Y ella “me trataba con gran dulzura y yo me derretía bajo la mirada de esos ojos celestes que parecían conducir directamente al paraíso”.

Para peor, “yo pertenecía a esa clase de tímidas que se lanzan peligrosamente en cuanto desean algo de manera intensa, sea justicia, bondad, amistad o sabiduría”, y era capaz de todo.

Llegará el desengaño amoroso, y todo parece conspirar en su contra: “El viaje en autobús era largo y estaba lleno de pasajeros adultos que aprovechaban los pasillos repletos y la obligada proximidad para infames toqueteos. Nadie protestaba; todo ocurría en un silencio duro y oscuro como de piedra”.

Quizá para evitar ese mundo hostil, se refugiaba en los libros: “Yo leía muchísimo, sin orden, que es como hay que leer: novelas, poesía, libros de autores clásicos y modernos, los diarios que compraban en la casa de mis tías abuelas, los prospectos de medicina, los carteles de la películas y los libros de la biblioteca”, todo lo que cayera en sus manos.

Pero entonces encontrará alguien en quien apoyarse y sentirse cercana. “¡Somos anormales! ¡Somos homosexuales!”, le dirá su amiga, y ella no sabe de qué está hablando. “Lo mismo que maricón, pero en mujeres”. “Además —le dice—, es pecado mortal”. Es nuevamente el miedo. Va a ser natural el enfrentamiento: “tuve mi primera disidencia con Dios. Si todos éramos hijos de Dios y Dios nos había creado, a mí me había creado anormal, por tanto, no era mi culpa. Yo no había pecado por serlo, de modo que no me sentía culpable”.

Y luego descubrirá el placer: “Era un sexo suave, delicado, de color rosado en medio de aquel blanco estremecedor y los vellos negros, enrulados, parecía una corona. Incliné mi cabeza hacia su sexo mojado, palpitante, y con movimientos suaves, rítmicos y a veces rápidos y repetidos comencé a lamer la maravillosa perla de su clítoris, engarzada allí, como una joya en su estuche”. Porque en definitiva, “al otro, a la otra, uno, una, le da lo que es y lo que fue”.

El deseo, entonces, “comienza por la mirada, por los ojos que descubren un objeto del que se imagina una fuente de placer; los ojos lo persiguen, como si la mirada fuera una forma de posesión, y anticipan el goce”.


(La insumisa, de Cristina Peri Rossi, Casa Editorial HUM, marzo 2020, Montevideo, 212 páginas)

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