La memoria del recuerdo. A propósito de “El fractal de Julia”, de Pedro Giudice

Por Sergio Schvarz


En esta novela, Pedro Giudice (Montevideo, 1950) hará un viaje por la tierra de la memoria desde un lugar que posee un paisaje tan especial como las dunas de Valizas, en la costa este uruguaya. El recuerdo está tratado desde la niñez, la adolescencia y la etapa en que el muchacho será firme defensor de ciertos principios, el joven clandestino, el torturado, el preso y el liberado, con sus manías y sus fobias, el hombre adulto y el hombre viejo, reunidos en un desdoblamiento al modo fractal. Esta es la principal característica formal de la novela. El fractal de Julia, en términos matemáticos, como todos los sistemas dinámicos, tiene su origen al estudiar los problemas de evolución. Y este fractal funciona como el método de las “cajas chinas”, donde dentro de una historia aparece otra similar pero más pequeña y dentro de ésta, otra más pequeña aún y así pudiera ser hasta el infinito, pero que luego, al cerrarse, vuelve a la historia anterior. Aquí dialogan distintos yoes anteriores y posteriores, en relación con un grupo bastante restringido de personajes secundarios que fueron víctimas del terrorismo de Estado. El fractal, entonces, serían los pliegues del tiempo.

Sobre el tema, es otra novela sobre la dictadura cívico-militar que se impuso en el país entre 1973-1984, si bien con rasgos propios, desde la perspectiva de los comunistas uruguayos, desde su accionar político y su mística. Particularmente se narra la experiencia de la cárcel y cómo el recuerdo, como mecanismo de defensa, es lo que les permitió resistir.

Desde la altura de un médano, y todo lo circundante, se extiende el paisaje en el que los recuerdos van a caer. “Extendido de punta a punta del horizonte, que desde lo alto se ve interminable, el mar presenta restos de naufragios y batallas. Galeones que muestran sus panzas escoradas, fragatas de las que emergen solo los mástiles, manchas flotantes de brea, velámenes entreverados con restos de maderas, cuerdas y toneles que derivan a su amparo” (pág. 7), y acá nos muestra, con el método fractal en la construcción paisajística del jardín de dunas y mar, la otra construcción, la humana, donde, parafraseando a Giudice podemos decir: que esta novela, después de las batallas dadas y del naufragio, tratará sobre hombres y mujeres que muestran su cuerpo herido, entreverados con restos de otros cuerpos, miradas, sueños y miedos que andan a la deriva. El pasado sucederá al mismo tiempo que el presente, aun cuando todo provenga de la época de los sesentas, fermental y caótica, febril, década larga de luchas sociales y políticas que pretendían tocar el cielo con las manos, construir el hombre nuevo y sentar las bases de una sociedad justa.

El uso paisajístico (el “paisaje jardín”, o el método de la “relación espejo”) se nos muestra en la expresión de la naturaleza que se adhiere al hombre y conforma el estado anímico del personaje principal, el yo de la narración, aunque se desdoble en sentido de fractal, pero también puede verse, desde el recuerdo, como una fragmentación del yo. De todos modos, la propia estructura de la novela hace que el planteamiento sea, también, fraccionado, disponiendo datos durante cada etapa del desarrollo del personaje. El método fractal queda explicado así: “cerca, el muchacho espera para enredar las curvas de su propia historia, que se mezclará con otras hasta formar una figura reconocible, idéntica a todas las pequeñas pero mayor, y así se juntará más veces, crecerá el dibujo y pasará a una escala grande y enmarañada. Sin embargo, esa curva, nacida de una función matemática muy simple, es única y es la misma en el pequeñuelo y en el moribundo” (pág. 55).

Y este es un viaje por el tiempo de la memoria, porque todo está en el recuerdo. Cada dolor, cada herida abierta, cada sueño trunco, cada aislamiento, cada muerte. Se aferrará al recuerdo, desde el cual nos hablará sobre un tiempo, inasible, principalmente el tiempo de encierro, la cárcel en el Penal de Libertad, y la manera de ir tejiendo recuerdos para seguir dentro de la vida, dentro del mundo. Desde el principio ya tenemos todos los ingredientes, el pasado de un hombre, sus pensamientos de muchacho, el presente de su madurez, y la vejez, al ir reflexionando sobre su propio pasado con él mismo transformándose en interlocutor de sus otros yo.

Cada capítulo, que podría funcionar como relato independiente unido por los mismos personajes, se aboca a un periodo determinado de la historia. Cada comienzo de capítulo evoca el estado de ánimo del personaje por medio de la descripción del paisaje que, a pesar de ser casi siempre el mismo (dunas y mar), cambia incesantemente. El desarrollo del personaje es lineal, lo veremos niño en la quinta del abuelo italiano, luego muchacho que nace a la lucha estudiantil de la mano de una organización política juvenil, poco después surgirá el primer amor. Luego su compromiso revolucionario (comunista) y la militancia clandestina. La casi certeza de que no podrá evadir la detención, la tortura y la cárcel. Y luego lo que sucede después, el no asimilarse del todo a la sociedad, rememorar viejos fantasmas o sentir nostalgia de las personas de antes; el haber perdido la juventud y con ella alguno de los mejores sueños.

El lector va del desconcierto al concierto, hay elementos comunes pero no hay una historia propiamente, a menos que esa historia sea el rememorar del pasado y el discurrir del tiempo. Todo esto se expresa así: “El niño cuenta, el jubilado busca en los arrugados pliegues de su memoria, yo disfruto” (pág. 12). A esos tres se le agregará “un hombre rapado a cero y con piel blanquecina… (con) un mameluco que luce en pecho y espalda, un rectángulo de color y un número mal cosido: 711” (será “el siete once”). Es el preso político que recuerda cuando recordaba en la celda lo que ahora recuerda en estas páginas.

Habrá tiempo, en la novela, para alguna crítica o para alguna revisión. Y se nos completará el cuadro de aquellos tiempos de revuelta y derrota, de grandeza y miseria, donde el dolor fue tan hondo como gigante es la sed de verdad y justicia. Aquí habrá, entonces, una muestra literaria del paso del tiempo y el recuerdo doloroso del mismo.

(El fractal de Julia, de Pedro Giudice, Estuario Editora, Montevideo, Uruguay, 2017, 218 páginas)


 

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