Literatura salvaje: Wolf-Alice, de Ángela Carter

Por Romina Serrano 


Dentro del libro de cuentos The Bloody Chamber que la escritora inglesa Ángela Carter publica en 1979, existe un personaje llamado, al igual que la protagonista de las dos famosas historias de Lewis Carroll, “Alice”.

La moderna homónima, además de reflejar la intertextualidad para con la obra de Carroll a través de su nombre, posee conexiones con otras historias infantiles del siglo XVIII y XIX como por ejemplo La bella y la bestia y Caperucita roja. Por medio de la fusión de estos tres textos es que la autora inglesa da con una Alice que, si bien es una niña, es una niña feral [1], una niña-loba o una loba-niña.

La versión loba-niña parece más adecuada para el caso de este personaje ya que el relato nos describe una niña que fue criada por lobos, adquiriendo la formación que el ambiente le propiciaba. El hecho de que ésta fuera su primera y única forma de experiencia de la vida le impide a Alice ser consciente de que en realidad no es un lobo sino una niña humana. La “humanidad” no ha sido experimentada ni aprehendida por lo tanto, este personaje se encuentra en un estado de “nuda vida”[2] donde la línea dicotómica que separa a la humanidad de la bestialidad se muestra imprecisa y semi-borrada.

Esta corrupción de ciertos sistemas dicotómicos pre-establecidos resulta en un leitmotiv dentro de la obra de la autora y precisamente en este libro de cuentos. Además de reformular el límite entre lo civilizado y lo barbárico, Ángela Carter re-produce y no reproduce el sistema falocentrista sostenido a lo largo de la historia de la humanidad. La voz protagónica es una voz femenina, y no solo es una voz femenina sino que es una voz femenina reconstruida por sobre las convenciones de género. Las protagonistas de Carter son heroínas-bestias, son las niñas, las jóvenes, las esposas ferales respecto al sistema impuesto por hombres y que sigue siendo sostenido por las sociedades modernas.

¿Qué nos hace humanos? ¿La materialidad del cuerpo nos define como tales, o debe darse la posibilidad de un “recepcionarse” a sí mismo para reconocerse como hombre y así discernir el “yo” del “mundo”?

El punto de partida de esta breve historia es ese: “Could this ragged girl with brindled lugs have spoken like we do she would have called herself a wolf, but she cannot speak […]” La palabra es la base del ejercicio del poder, del poder ser. La niña, al no dominar el lenguaje no puede decirse a sí misma, no puede definirse y será entonces sujeto de la palabra ajena.

Por otro lado, es una niña, o un pup (cachorro) como se describe en el cuento, esta condición de potencialidad es la que admite el estado de duda, “[t]wo-legs looks, four-legs sniffs” (153). Si Alice fuera una mujer feral, no habría forma de que la historia se diera como con el personaje en período de infancia. En primer lugar, porque el condicionamiento de lo aprehendido estaría solidificado y quebrantarlo sería mucho más difícil. En segundo lugar, su crecida bestialidad impediría que la otredad se impusiera ante ella como salvadora y develadora de la “verdadera verdad” (lo que el director de la escuela ejerce en el caso de Amala y Kamala [*1] es una imposición por supremacía cultural similar al caso de la colonización de las Américas, hay una suposición de que las niñas deben convertirse en tales y abandonar su estado salvaje para permanecer cercanas al prójimo más parecido, los humanos).

Wolf-Alice está quebrada, así como la Alice de Carroll está quebrada entre el consciente y el inconsciente, esta niña lobo se disputa entre un cuerpo humano y una mente bestial. Su cuerpo es humano pero su cognocere está velado por un código que pertenece a otra especie. Solo cuando la niña es sacada de su medio natural y “respuesta” al medio que se supone su natural, comenzará a demostrar capacidades propias de la especie humana, por ejemplo, la relación con el uno mismo.

Sin embargo, así como el desarrollo humano conlleva ciertas habilidades, el desarrollo como bestia, lobo, también, por ejemplo, el olfato de la niña esta sobre-desarrollado en comparación con el olfato humano. De esta forma, la autora refuerza la ambivalencia acerca de la posibilidad de que el ambiente sea capaz de transformar la propia condición genética.

“Nothing about her is human except that she is not a wolf; it is as if the fur she thought she wore had melted into her skin and become part of it, although it does not exist. Like the wild beasts, she lives without a future. She inhabits only the present tense, a fugue of the continuous, a world of sensual immediacy as without hope as it is without despair.” (154)

Otro planteamiento interesante se establece en este párrafo. El animal no humano carece de dimensión temporal. Alice no es consciente del futuro y por tanto, no es consciente de la muerte; su vida se manifiesta en la absoluta nulidad y es manejada por los impulsos innatos de las necesidades biológicas.

Cuando Alice, tras haber sido insertada -y no inserta- en el mundo de los humanos, y es llevada a un convento donde las monjas le impondrán el estilo (básico) de vida de los seres civilizados, éstas realizan un descubrimiento que es destacable como posicionamiento de la autora en su visión de mundo: “They found that, if she were treated with a little kindness, she was not intractable.” (154). Por sobre la dicotomía, que es pura racionalidad, (seccionar elementos, agrupar unos de un lado y otros del otro) hay algo que no se fragmenta, algo que no es un impulso mental sino uno espiritual, la amabilidad, el sentimiento. La “lobo-niña” es menos feroz cuando es tratada con amabilidad, resultando así la fórmula para conectar ambos mundos. Por esto, cuando se le pide a la niña que reproduzca la partición vuelve a su estado natural de intransigencia de los mundos. A modo de consecuencia, la niña es entregada al castillo de the Duke, un hombre-lobo.

Ahora bien, un hombre-lobo ¿no se comería a la niña? Pues no, y aquí se oscurece aún más la identidad de la niña. De alguna forma, el hecho de que haya sido criada por lobos le da cierta familiaridad al estado feroz de the Duke, al menos porque ella es tan diferente de los otros como lo es él.

“[…] but for himself, nothing can hurt him since he ceased to cast an image in the mirror.” (155). Este es otro dato interesante y que resultará crucial en la historia. Las bestias no pueden reconocerse ante el espejo, los humanos sí, como se había antes mencionado, a partir del sexto mes de vida. The Duke no puede reconocerse, pero esto significa que nada puede herirlo, la concepción de la herida como mancha es propia de la humanidad. Tanto the Duke como Alice están del otro lado del espejo ya que su bestialidad les impide ver su propia imagen, quedando así del lado contrario, invertido, desajustado, equivocado, así como la Alice de Carroll que se adentra, del otro lado del espejo, a un mundo que está al revés y que la invierte a ella.

En ninguno de los dos casos las niñas encajan dentro de estos mundos complementarios-dicotómicos. En el caso de “Wolf-Alice” su imperfección como loba la coloca en un lugar de pertenencia y al mismo tiempo de no pertenencia, la diferencia la coloca en una nebulosa zona fronteriza.

“Entonces comenzó a sangrar”. Alice comenzará a atravesar el período de desarrollo propio de la especie humana, este hecho natural la coloca en un estado de extrañeza con respecto a lo que ella había aprehendido que era, una loba. El ciclo menstrual despertará en la muchacha-loba características humanas. Alice sentirá vergüenza, este sentimiento es propio de la especie humana pues proviene de la identificación de un prójimo que juzgará. La noción del prójimo en relación con el uno mismo es algo que solo la razón puede generar, así, Alice, va moviéndose aún más dentro de la zona nebulosa, la “nuda vida” que la envolverá al estar en un lugar, donde no se está en ningún lado. A partir de este momento, Alice comenzará a contactar con el otro lado del espejo.

El primer encuentro con la propia imagen es lúdico; el infante jugará y recibirá su imagen con asombro y diversión. La muchacha lobo, que debe renacer en forma humana, se enfrenta a su reflejo como una infante humana lo haría. Su imagen es su “new friend”, y el relacionamiento con este es lúdico demostrando de esa forma la humanidad de esta “loba”.

Más adelante, cuando encuentra un vestido de baile se despierta en ella algo que es innato, pero a su vez no es coincidente con lo aprehendido. El primer relacionamiento que Alice mantiene con el espejo es uno que ilumina el carácter bifurcado de su ubicación dentro de la barrera de la dicotomía. Si bien puede verse, ella intenta olfatear a su propia imagen, primero, un extraño, pero la imagen no tiene olor alguno. La joven se mira y se descubre a sí misma a través del espejo de una forma nueva, una forma humana que la refleja en el mismo espejo donde las bestias no pueden reflejarse.

¿Alice no es una bestia? No lo es, si bien a primera vista será otra, ella se poseerá a sí misma, ella podrá reconocer la imagen que proyecta hacia la otredad.

Un planteamiento destacable e interesante que la autora desarrolla a través del cuento es la condición femenina como generadora y abastecedora de un universo propio. Alice dará otro paso hacia la humanidad a causa de su ciclo menstrual, a través del cual obtendrá noción del tiempo. Así, la maduración de su género es la que le permite a Alice el desvío con respecto a lo que natamente su biología había asumido. Su espalda pudo curvarse, sus dientes pudieron afilarse, su ingeniería ósea y muscular pudieron haberse conformado según un ambiente que demostraba que la forma de andar era sobre cuatro “patas”, pero finalmente iba a llegar el día donde su condición de mujer humana iba a interponerse, generando así, la diferencia para con su medio (en el bosque junto a los lobos), la misma que para the Duke en relación con los humanos (y con los lobos por supuesto) es una “obscene difference” (160)

La protagonista avanzará en su desarrollo vital como nueva “casi-humana”, ese lugar de el ser y no serlo al mismo tiempo la caracterizará como una ajena, condición que la alejará de su prójimo, de todos los prójimos posibles. Ese reconocimiento de la exclusión generará un reconocimiento de sí misma que será tanto tangible como intangible.

Alice será la extraña entre dos mundos, aquella que queda atrapada dentro del espejo del cual no es el reflejo nilo reflejado, sino lo que allí vive, entre el afuera y la imposibilidad de un otro lado, ella es la nebulosa que solo vive y se intensifica en el through (la nebulosa – nuda-vida), donde ajena a todo, “[…] now and then, singing to the wolves with a kind of wistful triumph, because now she knew how to wear clothes and so had put on the visible sign of her difference from them […], the landscape assembles itself about her, she informs it with her presence. She is its significance.” (161)

En el episodio en el cual tanto the Duke como Alice son heridos, la joven demostrará nuevamente su lado humano. El miedo, la empatía son sentimientos propios de la condición racional del ser humano. Sin embargo, estas manifestaciones copulan con actos animales de modo que a su vez, Alice mantiene firmemente su condición de borderline.

Hacia el final del cuento el espejo dará su última enseñanza. The Duke, malherido, vuelto entremedio sobre su ya entremedio, pero esta vez, participe de la vida y de la muerte, logrará lo impensado. La cercanía con la muerte, el antagonismo viviendo en él, herido, querido muerto, le dará al fin su imagen humana.

“The lucidity of the moonlight lit the mirror propped against the red wall; the rational glass, the master of the visible, impartially recorded the crooning girl. As she continued her ministrations, this glass, with infinite slowness, yielded to the reflexive strength of its own material construction. Little by little, there appeared within it, like the image on photographic paper that emerges, first, a formless web of tracery, the prey caught in its own fishing net, then in firmer yet still shadowed outline until at last as vivid as real life itself, as if brought into being by her soft, moist, gentle tongue, finally, the face of the Duke.” (162)

Quizá solo podamos reconocernos cuando estamos heridos.


[1] En 1926 se popularizó la historia de dos hermanas, Amala y Kamala, niñas ferales que se comportaban como lobos pues habían sido criadas por estos. El director de una escuela las había encontrado y las había utilizado para conseguir donaciones por medio de dicha historia. La veracidad de la historia fue una controversia, según estudios posteriores las niñas padecían de trastornos psicológicos y neurológicos.

[2] Agamben, G. Lo abierto. 2006.

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