Narradores uruguayos de los años 70. Por Alejandro Michelena


Escritores potentes y extraños

Vamos a considerar –a modo de balance- solamente aquellos narradores surgidos a partir del arranque de la década del setenta. Por ese motivo no tendremos en cuenta ni a Mario Levrero, ni a Cristina Peri Rossi, ni a Teresa Porzecanski, los tres insoslayables en cualquier acercamiento a la Literatura Uruguaya de la segunda mitad del siglo XX pero que venían desarrollando su obra desde mitad de los años 60.

Una constelación de “raros”

No se puede negar el toque de extrañeza en la obra de Miguel Angel Campodónico, no vinculable del todo al realismo pero tampoco al género fantástico. Se trata más bien de un producto literario de “frontreras”. Desde sus relatos del volumen titulado “Blanco, inevitable rincón” (Editorial Géminis, 1973), este escritor fue elaborando un mundo propio, metafórico -sombrío arquetipo del real- que va a decantar y percibirse en toda su magnitud en la novela “Donde llegue el río pardo” (Ed. Acali, 1980), un texto clave que tiene como su mayor virtud la riqueza significante; se ha creído ver en ella un implacable y profundo análisis del tiempo oscuro que por entonces se vivía en el Uruguay, pero también una convincente e inquietante metáfora sobre el hombre contemporáneo agobiado por un poder omnipresente y penetrante, mientras que otros lectores descubrieron en la novela un peculiar acercamiento a los extremos de la propia condición humana. Campodónico ha seguido profundizando su narrativa, rica en resonancias, cargada de interrogantes angustiosos, jugado entre lo reflexivo y lo sangrante, desde novelas como “Descubrimiento del cielo” (Arca, 1986) hasta la indudable culminación que significa su “Invención del pasado” (Ed. Planeta, Montevideo, 1996). Y estos perfiles y valores del narrador los corroboramos en libros posteriores, como el conjunto de relatos titulado “Entre humanos y otros animales” (Cruz del Sur, 2006).

 

Tarik Carson es un típico “marginal”. Lo es desde el momento que, si bien publicó su primer libro –“El hombre olvidado” (Géminis, 1973)- antes de los treinta, recién se comenzó a reparar en su obra a partir del segundo título “El corazón reversible” (Ed. Monte Sexto, 1986). Entre tanto Carson, que se afincó y residió en Buenos Aires hasta su muerte, se transformó en autor del género “ciencia-ficción” y publicó en revistas cuyos tirajes promedio envidiarían muchos otros más reconocidos escritores. También es marginal su universo narrativo, que pasa de las preocupaciones esotéricas de los comienzos -volcadas en claves lovecraftianas- a la perspectiva escatológica y pesimista del futuro de su novela “Ganadores” (Ed. Proyección, 1991).

Entre los narradores de comienzos de los 90 se han dado, si bien no los inéditos casi totales sí aquellos que lo fueron mucho tiempo a pesar de acumular una obra intensa, personal, impecable en lo artístico, como es el caso de Juan Introini y su primer libro “El intruso” (Edición del autor, 1991), al que siguió una producción que confirmó sus indudables calidades.

A su vez, Ricardo Prieto, después de lograr su espacio creativo con una brillante carrera en la dramaturgia -algo que alcanzó no sin tener que sortear dificultades- empezó a dar a conocer una cuentística que había iniciado mucho antes. Sus primeros volúmenes en el género –“Desmesura de los zoológicos”, “La puerta que nadie abre” (ambos de Ed. Proyección, del 87 y el 91 respectivamente) y “Donde la claridad misma es noche oscura” (Banda Oriental, 1994)- nos enfrentan a un tratamiento narrativo que maneja con soltura el humor negro y el absurdo a partir de situaciones cotidianas; mundo coherente y personal el suyo, cristalizado en relatos de inusitada intensidad, en los que es evidente un empecinado trabajo estructural. Hay una clara dimensión metafísica en la obra de Prieto, también evidenciada en su teatro y su poesía.

Las novelas de Ricardo Prieto plantean líneas un poco diferentes: en la nouvelle titulada “El odioso animal de la dicha” (Banda Oriental, 1982) se destaca la clave poética al servicio de una historia desolada que transcurre en Buenos Aires, donde residió el autor por años; pero la del relato es una ciudad esencial, alejada de los tópicos previsibles, donde se destaca la profunda melancolía de personajes que resultan entrañables y queribles en su lucha sin esperanzas frente a un destino implacable. Por su parte, “Pequeño canalla” ( Sudamericana, Montevideo, 1997) nos ubica, a través de un sabio uso del realismo poético, en un edificio montevideano céntrico y decadente, poblado de gente crepuscular que supo de pasados esplendores, donde el único joven -en su búsqueda auténtica cargada de rebeldía- es la piedra del escándalo; texto impecable en sus diálogos, que no da treguas al lector por su logrado “suspense”, que muestra un adecuado uso de lo farsesco, el grotesco y el humor negro. Un afirmarse de Prieto en la aventura novelística, con una obra que recreando con verdad un fragmento de “vida y milagros” muy propio de esta Montevideo en que vivimos, logra además incursionar en problemas universales como el pasaje implacable del tiempo y la consecuente trilogía que forman la decrepitud la vejez y la muerte, el iniciático despertar a la vida de un adolescente sensible e intenso, la genuina potencia del amor que logra la comprensión y el acercamiento entre seres muy diferentes.

“Amados y perversos” (Alfaguara, Montevideo, 1999), es una novela que prueba la madurez de Ricardo Prieto como narrador. Texto de mayor aliento y ambiciones que los anteriores, ubica su acción en los tan mitificados años cincuenta uruguayos, los que son recreados sin idealizaciones, por momentos con implacable crudeza, desde una mirada lúcida. Del punto de vista conceptual, esta obra logra que el lector se enfrente a lo irrisorio de muchos de los mitos supuestamente más característicos de la uruguayez (Maracaná y Carnavales incluidos). Una variedad de personajes ricos en espesor y nada estereotipados, intensos y creíbles, que a su vez son característicos de aquellos años, viven sus peripecias en medio de una historia atractiva, que atrapa al lector y no lo suelta hasta el final. Prieto introduce como ingrediente fundamental de “Amados y perversos” lo esotérico, tópico reiterado en el ánimo del personaje principal pero además realidad cósmica o deux ex machina que explica las situaciones y teje los destinos. Y es la primera vez que, tomándolo en serio y encarándolo con profundidad, esto se hace a fondo en la literatura uruguaya.


 

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